3 M.2 Module Interface Details
3.5 System Control Interface
3.5.1 Power On & Reset
Para Pablo, la muerte no es algo meramente biológico, al menos no la muerte del ser humano, sino algo intrínsecamente unido al pecado. Como señala en Romanos 5,12-21, la muerte aparece como una potencia influida por el pecado. Es un fenómeno universal que remite a otro igualmente universal, el pecado de todos los hombres desde Adán mismo:
"Por tanto, como por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron; -porque, hasta la ley, había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa no habiendo ley-; con todo, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no pecaron con una trasgresión semejante a la de Adán, el cual es figura del que había de venir" (Rom 5,12-14).
Sin embargo, Cristo será para Pablo el fundamento de la victoria sobre la muerte, pues con él dominará la sobreabundancia de la gracia:
"Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo" (1 Cor 15,21-22; cf. Rom 5,17).
Ahora bien, ¿cómo será, según Pablo, esa resurrección? En términos generales, sus epístolas más antiguas repiten las ideas del libro de Daniel, aunque más tarde parece abandonarlas por las ideas del libro de Sabiduría, pero rectificándolas al no admitir un alma sin cuerpo. Como novedad es de destacar que en 1 Tesalonicenses y en 1 Corintios Pablo va a unir por vez primera la expectación, más reciente, de que Jesús vendrá al final de los tiempos con la expectación, más antigua, de una resurrección escatológica, algo que llevará a cabo sin encontrar paralelos en la literatura judía de su tiempo.
En 1 Tes 4,13-18, un texto de marcado carácter cristocéntrico en el que la resurrección de Cristo se convierte en modelo de la resurrección de los que mueren en él, Pablo trata explícitamente de la suerte final de los justos:
"Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús. Os decimos esto como palabra del Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El mismo Señor bajará del cielo con clamor, en voz de arcángel y trompeta de Dios, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor" (1 Tes 4,14-17).
Parece que Pablo, al menos en este período de su vida, comparte la perspectiva del libro de Daniel, para quien los justos resucitarán a la vida terrena y los impíos sufrirán la muerte para siempre (1 Tes 5,1-11), aunque dotándola de un fuerte cristocentrismo, por el que Cristo descenderá del cielo para hacer su entrada solemne como Señor en la tierra. En 1 Cor 15 Pablo mantendrá la misma opinión. Esta vez los corintios, o un grupo de ellos, parecen negar la resurrección corporal, defendiendo una inmortalidad del alma desencarnada. La argumentación de Pablo a favor de la resurrección de los hombres está condicionada por la resurrección de Cristo (1 Cor 15,17), quien representa las "primicias" de la resurrección de todos (1Cor 15,20-22). Con otras palabras, de la misma manera que Cristo resucitó, o fue resucitado, así también lo serán todos los hombres. La resurrección es vista por Pablo como una nueva creación obra de Dios, recreando el cuerpo carnal y perecedero en espiritual e imperecedero, pasando del "ser psíquico" (soma psychikon) al "ser espiritual" (soma pneumatikon), el ser humano resucitado y transformado por Cristo:
"En efecto, así es como dice la Escritura: Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente [cf. Gn 2,7]; el último Adán, espíritu que da vida. Mas no es lo espiritual lo que primero aparece, sino lo animal; luego, lo espiritual. El primer hombre, salido de
la tierra, es terrestre; el segundo, viene del cielo. Como el hombre terrestre, así son los hombres terrestres; como el celeste, así serán los celestes. Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terrestre, llevaremos también la imagen del celeste" (1 Cor 15,45-49).
Sin embargo, la perspectiva antropológica defendida en 1 Tesalonicenses y en 7 Corintios cambiará radicalmente en 2 Cor 5,1-10, donde la influencia platónica parece evidente. En esta nueva perspectiva, Pablo estaría distinguiendo en el hombre dos elementos separables: el cuerpo y otra realidad que no especifica, pero que estaría en la raíz misma de su "yo" y que se correspondería con el alma platónica. Este cambio muy probablemente se debió a los graves peligros por los que pasó Pablo, y que le harían cuestionarse su esperanza de llegar vivo a la parusía de Cristo. Concibe el cuerpo como una morada transitoria, en la que se vive exiliado lejos del Señor. La muerte ya no sería una ruptura de la vida consciente y psíquica, sino sencillamente el abandono de un cuerpo perecedero, incluso sería una liberación en cuanto que da término al "exilio" que supone vivir separados de Cristo. A la "morada terrestre", el cuerpo, que será destruida y a la que se compara con una "tienda" en la que se habita provisionalmente (2 Cor 5,6.8), Pablo contrapone una "morada eterna, no hecha por mano humana, en los cielos", un nuevo cuerpo celeste creado por Dios. Al morir, el hombre deja su cuerpo terrestre, para obtener un cuerpo celestial, incorruptible. Otra diferencia fundamental con respecto a la escatología de 1 Corintios es que, a partir de 2 Corintios, Pablo defiende lo que se podría denominar como una "escatología ya realizada", por la que por el bautismo el cristiano ya está revestido en Cristo:
"Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el misterio de la reconciliación" (2 Cor 5,17-18).
Esta doble perspectiva de Pablo frente a la muerte aparece unificada en la carta a los Filipenses, obra, según piensan algunos comentaristas, de un editor que unificaría dos o más cartas de diferentes períodos: mientras Fil 1,23-24 recuerda el pensamiento de 2 Cor 5,1-10, Fil 3,20-21 evoca el de 1 Cor 15,42-47. En todo caso, sea como fuera, para Pablo el cómo de la victoria del hombre sobre la muerte, a pesar de su seguridad en Cristo, sigue siendo un misterio y por eso busca acercamientos distintos de comprensión pero nunca definitivos.