1 INTRODUCTION
5.2 Practical implementations
no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos»10 148. La encarnación como acción salvífica puede ser en-
tendida en un triple movimiento: de cercanía, de so- lidaridad y de identificación11.
De cercanía. Cuando Dios decide enviar a su Hijo
Palabra Eterna para que se encarnara y pusiera su morada en el mundo12, contemplamos la cercanía de Dios con la humanidad caída. El Hijo despojándose de su rango divino, dejando la casa del Padre13, se convirtió en signo visible de reconciliación de Dios con la humanidad, restituye aquella amistad que por el pecado habíamos perdido y nos acerca a la pa- ternidad que desde el principio se manifestó en la creación, cuando fuimos hechos a su imagen y se- mejanza14.
8 Jn 1,14
9 Palabra griega que significa vaciamiento o aniquilación, y que se traduce en Filipenses 2,7 como “se anonadó a sí mismo”. En el siglo XIX este texto vino a ser la base en la interpreta- ción de la encarnación, afirmando que el Verbo de Dios se despojó de los atributos divinos a fin de poder encarnarse.
10 Filp 2,6-7
11 Francisco Tobarda, Reflexiones teológicas. 12 CELAM
13 Lc 2,49, Lc 5,13 14 Gn 1,26
Mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido a todo ser humano15, se ha hecho compañero de la humanidad, para en calidad de esclavo hacerse seme- jante a nosotros, rompiendo así, todas las ataduras que nos separaba y venciendo la lejanía de aquellos que se perdieron del camino y se marcharon a tierras extrañas. El abajamiento de Dios en la carne humana, aparece como la máxima expresión de la identidad de Cristo en sí mismo y en su relación con Dios. 149. De solidaridad. Esa cercanía de Dios en la encarna-
ción nos conduce a comprender la solidaridad. Jesu- cristo, según Pablo, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. La cercanía de Cristo al ser humano, se presenta como prototipo salvífico, pues, Él se sintió uno más entre los hombres de su pueblo y desde esa postura asumió los retos de la redención. El criterio solidario de despojo le llevará en su vida pública a unirse a los grupos más desprotegidos de la sociedad, aquellos entendidos como los últimos, los marginados. Por eso, los Evangelios cuidando el criterio de solidaridad presentan a Cristo nacido en la pobreza, viviendo como los pobres, predicando a los pobres y muriendo como los últimos a causa de la injusticia. La solidaridad, además, impone en cada creyente y aún en los agentes de pastoral, la convic- ción de hacernos cercanos a la misión evangelizado- ra, de involucrarnos a ejemplo del Señor, asumiendo la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo presente en nuestro pueblo y siempre dispuestos a oler a oveja, signo noble de la misión.
150. De identificación. La solidaridad encuentra su culmen en la identificación con el otro, como dice la Carta a los Hebreos que Jesucristo «se hizo semejante a no- sotros en todo, menos en el pecado»16, con ello afir- ma, que no sólo se hizo cercano y solidario, sino que, 15 Gaudium et spes 22
se sintió uno de nosotros, se identificó con los peque- ños, con los que pasan hambre, con los leprosos, con los enfermos y los despreciados. De esta manera, la encarnación invita a una profunda identificación con el pueblo que vamos a evangelizar. Debemos sentir- nos uno de ellos para provocar esa interacción que permite evangelizar y evangelizarnos. Nuestro pue- blo tiene mucho que enseñarnos, desde su pobreza, miseria y angustia.
151. La encarnación no la debemos entender como un he- cho puntual, sino como una realidad perdurante, que se ha convertido en garantía de salvación. Porque Cristo asumiendo la condición de esclavo, reconcilia no sólo, a la humanidad con Dios sino que inclu- so crea una dimensión nueva de los hermanos entre sí. La encarnación como realidad perdurable sigue dando nuevas pistas a los problemas que enfrenta el mundo de hoy. La sabiduría de este misterio nos impulsa a los discípulos, a encarnarnos en la historia de nuestro pueblo, despojándonos de nuestros pre- juicios y haciéndonos compañeros de camino de las culturas nativas que han ido perdiendo su identidad de pueblo, de encarnarnos en la familias que han perdido su identidad y misión, de encarnarnos en la vida de los jóvenes que cada vez pierden el senti- do de la vida, encarnándonos en miles de mujeres y hombres que han perdido esperanza ante el desem- pleo y la miseria, de encarnarnos en una cultura que favorezca el diálogo en medio de los diversos modos de vivir y entender el cristianismo.
152. Asumir la encarnación, es asumir los desafíos de in- tentar colocar el Evangelio en diálogo profundo con la cultura actual. Dice el Papa Francisco que no debe- mos ignorar la tremenda importancia que tiene una cultura marcada por los signos de la fe cristiana17. La provincia de Tungurahua nacida, crecida y desarro- 17 Evangelii Gaudium 68-70
llada al amparo de la fe católica, posee grandes valo- res que necesitan del acompañamiento y del cuida- do para provocar nuevos procesos de evangelización que fortalezca la riqueza ya existente. Pero, como toda cultura, necesita de purificación y maduración para recocer las debilidades que deben ser sanadas con la presencia del Evangelio. El machismo, el alco- holismo, la drogadicción, la violencia doméstica, el poco interés por la vida de fe, el abandono de la Igle- sia de algunos creyentes, la creencia en la brujería y la superstición, la falta de sentido en el hombre de la ciudad y el sincretismo salvaje presente en las co- munidades indígenas son rasgos urgentes de nuestra misión.
153. Asumir la encarnación es reconocer la piedad popu- lar de nuestro pueblo, entendiéndola como el mejor punto de partida para iniciar procesos de evangeli- zación. La piedad popular tan arraigada en nuestro pueblo, necesita ser acompañada por criterios que ayude a purificar estos signos sencillos por medio de un discipulado que promueva la formación y el compromiso con la promoción social.
154. Necesitamos una mirada contemplativa para las cul- turas urbanas, de los grupos humanos que crecen en la ciudad, en medio del consumismo y la indiferen- cia. Debemos evidenciar la ausencia de Dios en los hogares, en las casas y en sus plazas, y demostrarles que la presencia de Dios impulsa el sentido de la vida y la familia. Y la urgente necesidad de superar el individualismo por medio de la solidaridad, la fra- ternidad y el deseo del bien y la justicia. Es necesario entrar con el Evangelio a los grandes vacíos existen- ciales, generando en la ciudad actividades novedosas y atractivas que promuevan espacios de oración y de comunión.
155. Debemos reconocer el surgimiento de nuevos gru- pos de fe y su paulatino crecimiento. Esto nos lleva
al compromiso de apostar por el ecumenismo y el diálogo interreligioso; estamos llamados a crear vín- culos de comunión que promueva en los creyentes de las diferentes comunidades de fe, una cultura del respeto y del diálogo, por medio del encuentro y de la paz, actitudes urgentes que se construyen a base de paciencia, comprensión y dando pasos humildes pero concretos18.