CHAPTER 4 RESULTS
4.4 Structural Model
5.4.2 Practical Implication
Acaso ningún proyecto apostólico fue abrazado con tanto calor y tenacidad por Ignacio como la misión de Etiopía. Por las noticias que llegaron a su conocimiento, debió de concebir la firme esperanza de que había llegado el momento de conseguir la unión de la Iglesia copta de aquel país con la Iglesia romana.
¿Cómo pudo ser que se pusiesen tantas esperanzas en una misión que los hechos demostraron ser sumamente difícil y que, de hecho, por entonces fracasó? El nudo del problema lo constituían las reales disposiciones de los dos reyes que intervinieron en el asunto: Lebna
Dengel y su hijo y sucesor, Galâwdêwos. ¿Tuvieron estos dos soberanos una sincera disposición y voluntad para la unión con Roma? Si existe alguna duda por lo que se refiere al primero, la cosa resulta mucho más problemática respecto al segundo, que es con quien tuvo que tratarse en tiempo de San Ignacio. El negus de Etiopía tenía absoluta necesidad de la alianza con los portugueses para oponer una válida resistencia a los repetidos ataques de los musulmanes. Fue seguramente esta alianza y amistad con Portugal la que favoreció la tendencia al acercamiento de Etiopía a la Iglesia católica. Queda por ver si esta voluntad fue firme y sincera. Cuando se llegó a las inmediatas, Galâwdêwos se negó a la sumisión. Manuel Fernandes, el compañero de patriarca Andrés de Ovie- do, calificó este gesto de «perfidia». No hay duda de que Fernandes entendía este término como sinónimo de incumplimiento de la palabra dada por parte del negus. Pero es muy probable que, en realidad, Galâwdêwos no hubiese tenido nunca una voluntad seria de someterse a Roma.
Por lo que se refiere a la misión de la Compañía, los hechos se desarrollaron de esta manera: en 1540 murió Lebna Dengel, llamado en Europa David. Le sucedió su hijo Galâwdêwos, para los europeos conocido con el nombre de Claudio (1540-59). Era un joven de dieciocho años. Al hacerse cargo del reino, la situación de su país parecía desesperada tras las derrotas sufridas de parte de los musulmanes. Casi todo el territorio etíope estaba en manos de los invasores. En sucesivas acciones bélicas, la situación mejoró.
Hacia 1546 se creyó en Portugal que el momento de la sumisión de Etiopía había llegado. Juan III pensó en la Compañía para llevar a cabo aquella importante misión. El 26 de agosto de aquel año escribió una carta a San Ignacio, en la que le recomendaba que tuviese a bien acoger las propuestas que le haría su embajador en Roma, Baltasar de Faria. La primera cosa que había que hacer era designar un padre que pudiese ser promovido al cargo de patriarca de Etiopía. Juan III proponía a Pedro Fabro, ignorando que éste había muerto en Roma el día 1.º de aquel mismo mes.
Ignacio aceptó desde el principio con entusiasmo la misión de Etiopía, a la cual se ofreció a participar en persona. Contestando al rey de Portugal, le decía: «He pensado en el Señor nuestro escribir ésta de mi mano. Si los otros compañeros en el mismo talento o profesión, que nos ha llamado (en cuanto nos podemos persuadir) su divina Majestad, no me
prohibieren, por no me mostrar rebelde a todos, como yo creo que no lo harán, yo os ofrezco, donde otro de los nuestros no quisiere tomar esta empresa de Etiopía, de tornarla yo de muy buena gana, siéndome mandado».
A tan prometedores auspicios siguieron siete años de apatía. Solamente en 1553 volvió a hablarse de aquella misión. Hay que notar que uno de los motivos por los que Ignacio convocó aquel año a Roma a San Francisco Javier (desconociendo que el apóstol de la India había muerto ya medio año antes) fue el de coordinar los asuntos de Etiopía: «Sin estas razones, que son todas para el bien de la India, pienso daríades calor al rey para lo de Etiopía, que de tantos años a esta parte está para lo hacer, y no se ve nunca efecto».
A partir de entonces, Ignacio puso manos a la obra. Durante cinco días, todas las misas y oraciones de los jesuitas de la casa y colegio de Roma tenían que ser ofrecidas por esta intención. Ignacio pidió a todos los Padres y Hermanos que manifestasen su disponibilidad para ir a la nueva misión. «Toda la casa y colegio está lleno de personas que desean esta empresa», escribía el Santo al P. Salmerón el 24 de junio de 1554.
El problema más urgente y delicado era el de la elección del patriarca y de los dos obispos auxiliares. Ignacio, que tan fuertemente se había opuesto al obispo de Jayo y al cardenalato de Laínez, no tuvo especial dificultad en aceptar estos obispados en tierra de misión. Para patriarca, en la imposibilidad de contar con Fabro, propuso al P. Broët, pero Juan III prefirió que la elección recayese en un portugués. Descartado Simón Rodrigues, en quien se pensó en un primer momento, el escogido fue Juan Nunes Barreto, que había trabajado satisfactoriamente en Tetuán, ocupado en la redención de cautivos. Para obispos coadjutores y sucesores fueron escogidos los P. Andrés de Oviedo y Melchor Carneiro. A éstos debían juntarse otros doce jesuitas.
El P. Oviedo y los misioneros jesuitas que debían acompañarle salieron de Roma para Portugal y Etiopía en septiembre de 1554.
Juan Nunes Barreto y Andrés de Oviedo recibieron la ordenación episcopal en Lisboa el 5 de mayo de 1555. Los otros expedicionarios, bajo la dirección del P. Melchor Carneiro, habían salido para la India un mes antes. Nunes y Oviedo les siguieron, embarcándose el 28 de marzo de 1556. Goa debía ser una etapa para alcanzar Etiopía. Para el patriarca designado, Juan Nunes, resultó imposible llegar a esta meta, y murió en Goa en 1562. Para orientación de obispos y misioneros, Ignacio dirigió al
patriarca Juan Nunes, en febrero de 1555, unos Recuerdos que podrán
ayudar para la reducción de los reinos del preste Juan a la unión de la Iglesia y religión católica, en que exponía la táctica que debían adoptar en
cuanto llegasen a Etiopía. El primer paso debía ser conciliarse las simpatías del negus, en la seguridad de que, si éste accedía a secundar los planes que se le propondrían, todo el pueblo seguiría sus pasos. Convenía también ganarse a las personas más influyentes en la corte. Más que los métodos violentos, como eran las disputas teológicas, había que hacer uso de la suavidad y de la persuasión. Las actividades de los enviados tenían que ser exclusivamente de orden espiritual, como la predicación, la di- rección de Ejercicios, la administración de sacramentos. Había que atender también a la educación de la juventud con la creación de colegios. En la administración de los sacramentos y uso de los demás ritos, aconsejaba acomodarse al uso latino. Pero esto era un consejo, no una imposición. Para conseguir más fácilmente estos objetivos era conveniente que elementos jóvenes del país entrasen en la Compañía.
El 23 de febrero de 1555 escribió Ignacio una larga carta para el negus Claudio, en la que le ponderaba la unidad de la Iglesia: «La Iglesia católica no es sino una en todo el mundo, y no puede ser que una sea debajo del pontífice romano y otra debajo del alejandrino». Le alababa las cualidades del patriarca designado y las de sus coadjutores y sucesores y de los demás jesuitas enviados. A éstos les recomendaba que, a su vez, fuesen respetuosos y obedientes al soberano.
Para preparar el terreno a una misión tan deseada y preparada, el virrey de la India, Pedro Mascarenhas, el mismo que había intercedido quince años antes para el envío de los primeros jesuitas a la India, fue del parecer que antes de la ida del patriarca saliese para Etiopía un precursor que le preparase el camino. El designado fue el P. Gonzalo Rodrigues, que salió de Goa el 7 de febrero de 1555. Al llegar a Etiopía fue recibido por Galâwdêsvos; pero, cuando éste se enteró de los planes que se le propo- nían, rechazó al enviado. Aunque Rodrigues preparó una exposición escrita de sus proyectos, el negus no se dejó persuadir, y Rodrigues tuvo que regresar a la India en febrero de 1556 sin haber conseguido nada. En vida de Ignacio, pues, no se llevó a efecto el sueño que durante tanto tiempo había acariciado. En 1557, año siguiente a la muerte de San Ignacio, pudo poner los pies en Etiopía el P. Andrés de Oviedo, pero fue poco lo que pudo alcanzar. Retirado a Fremona, en la provincia del Tigre, para ejercer desde allí, en cuanto le fuese posible, su ministerio episcopal, vivió una vida de suma pobreza, hasta llegar a tener que cultivar el terreno