El inconveniente con el que nos tropezamos es siempre el mismo: las lenguas tienen una estructura formal muy compli- cada y esta es en gran parte disfuncional, esto es, inexplicable desde el mundo. Chomsky y sus discípulos han aducido este hecho como prueba del innatismo de la facultad del lenguaje, pero ante la evidencia de que ello aísla a la Lingüística de la ciencia, acercando sus postulados a la vieja idea creacionista del origen divino del lenguaje, han terminado por acudir a una fuente bastante sorprendente: la Física. ¿Qué se quiere decir con esto? Lo que se pretende sugerir es que la sintaxis es una consecuencia de la complejidad de las relaciones establecidas entre las palabras o, según afirma Chomsky, el resultado de comprimir millones de conexiones neuronales en un espacio no mayor que una pelota de baseball. Como dice Chomsky (2003, 117)en una entrevista reciente:
“Tal vez toda la evolución esté modelada por procesos físicos en un senti- do profundo, dando lugar a muchas propiedades equivocadamente atribuidas a la selección … Pongamos la observación de que la serie de Fibonacci aparece por todas partes. Nadie cree que se trate de Dios o de la selección natural: todo el mundo supone que es el resultado de las leyes físicas”.
Ha sido Jenkins (2000)quien ha desarrollado este argu- mento por extenso buscando sus antecedentes en la teoría de la Urpflanze de Goethe y más recientemente en la obra de D’Arcy Thompson (1917). En lo relativo a la serie de Fibona- cci, una serie de números en la que cada uno es el resultado de la suma de los dos anteriores (1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34…), la pregunta es por qué nos la encontramos una y otra vez en la naturaleza, tanto orgánica (p. ej., las espirales de los gira- soles) como inorgánica (los cristales de ciertos minerales); y la respuesta es que se trata de una propiedad de la materia, la cual no tiene más remedio que producir estos resultados. Naturalmente, de cara a la explicación de las propiedades for- males de las gramáticas esto es poco más que una petición de
principio, pues la serie de Fibonacci no tiene nada que ver con el lenguaje. A donde sí se ha acudido es a la moderna teoría
de la complejidad. La teoría de la complejidad es una ciencia emergente cuya primera manifestación práctica no tuvo lu- gar hasta los sorprendentes descubrimientos realizados por François Jacob y Jacques Monod en los años sesenta del si- glo pasado relativos a cómo los genes se activan y desactivan mutuamente. Esto planteó una revolución en embriología. A partir de una sola célula, el zigoto, se producen hasta 50 di- visiones, lo cual conduce al ser humano adulto que tiene mi- llones de células. Sin embargo este es un proceso que parece dirigido, puesto que en cada tejido se realiza sólo un tipo de células. La solución de Jacob y Monod fue la auto-organiza-
ción: los genes se expresan diferenciadamente en cada lugar dependiendo de complejas interacciones entre las células y el entorno extracelular.
Estos son los hechos. Todavía estamos muy lejos de poder entender cómo funciona el genoma. Pero hay otras situacio- nes más accesibles a la observación de la complejidad. Pronto se sumaron datos procedentes de otros ámbitos. Por ejem- plo, las sociedades de hormigas y termitas, ¿cómo es posible que parezcan actuar coordinadamente y lleguen a recolectar exhaustivamente un territorio o a construir termiteros com-
plejos, a pesar de que cada insecto sólo se relaciona por el olor con los que lo rodean, sin un jefe o un equipo que coor- dine todo? Las unidades individuales, las hormigas, no reco- gen, almacenan ni procesan información por sí mismas. Por el contrario, lo que sucede es que interactúan de forma que es la colectividad en su conjunto, la colonia de hormigas, la que manipula dicha información. Curiosamente esta forma de proceder, sin un organismo que centralice la información, permite a la colonia responder adecuadamente a los retos del entorno. También resultan notables los comportamientos colectivos de las termitas, otro insecto social. Según advir- tió ya el naturalista francés Paul Grassé, la construcción de los nidos termiteros parece seguir, como en el caso de arriba, una pauta misteriosa que emerge (he aquí un término clave) de la propia configuración del nido en cada fase del proceso constructivo: una cierta distribución local de las partículas (hojas, espinas, piedrecillas) que las termitas van trayendo pa- rece guiar el comportamiento del insecto que trae una nueva partícula, con lo que, al colocarla en un cierto lugar y no en otro, vuelve a modificar la distribución del nido y así sucesi- vamente. La dinámica de todo el proceso es la siguiente: al principio, las termitas colocan las partículas, junto con una cierta cantidad de feromona, al azar en una superficie dada; pero al llegar nuevas termitas, las concentraciones elevadas de feromona estimulan nuevos aportes, y así se van elevando muros en ciertos sitios y dejan de alzarse en otros.
Recientemente la teoría de la complejidad se ha revelado como una disciplina matemática (Kauffman, 1995), pero con implicaciones psicológicas, según han demostrado las investi- gaciones realizadas por el físico Hermann Haken (1996)para explicar pruebas psicológicas de reconocimiento de patro- nes visuales por medio de modelos matemáticos dinámicos de sistemas alejados del equilibrio. La idea es que los siste- mas complejos, en los que un elevado número de unidades interactúa de forma no lineal, conocen transiciones de fase. Las transiciones de fase son inestabilidades que se producen
en los puntos críticos de una cierta simetría y que conducen bruscamente a otra simetría. Por ejemplo, una pelota, que se encuentre exactamente en lo alto de la loma que separa dos valles, tras haber ascendido uno de ellos, podrá pasar brusca- mente al fondo del otro con un leve impulso del viento. Haken sugiere que los cerebros humanos, como sistemas complejos alejados del equilibrio que son, presentan las características propias de las transiciones de fase. Una de estas propiedades es la histéresis, Si se considera la serie de dibujos de abajo:
se advertirá que al mirar las figuras de izquierda a derecha llega un momento en el que se pasa bruscamente de ver un rostro a ver una mujer (punto de inestabilidad). Pero esta transición no siempre ocurre en el mismo punto, en la serie de la izquierda es más tardía que en la de la derecha. Tal vez el lenguaje surgiese de manera parecida, como una transición de fase en el cerebro de un homínido que intentaba comuni- car a sus semejantes pensamientos complejos y no lo lograba con los medios rudimentarios —gestos y gritos— de los que su tribu había dispuesto hasta ese momento.
Las estructuras emergentes de las situaciones más dispa- res tienen, sin embargo, las mismas propiedades formales, son predecibles. La tentación de los lingüistas de derivar la sintaxis universal como un conjunto de leyes de la comple- jidad ha sido inmediata: Berwick (1998), ha logrado derivar matemáticamente la propiedad sintáctica fundamental del programa minimalista de la gramática generativa, merge, y supone, que una vez obtenido merge, lo demás resulta auto- máticamente. Permítaseme expresar mi escepticismo ante es- tos planteamientos. Si cualquier sistema de símbolos, por el mero hecho de existir, produjese necesariamente una sintaxis
como la de las lenguas naturales, uno tiene derecho a pregun- tarse por qué todos los demás sistemas simbólicos del ser hu- mano (la moda, los códigos sociales de protocolo, los mitos, etc.) no han generado algo parecido. Y si lo característico no está en la fusión de símbolos, sino en el llamado principio de
lo discreto (particulate principle), el cual permite generar se- cuencias infinitas con medios finitos, habría que preguntarse por qué otros sistemas que presentan dicha propiedad y que han sido comparados con el lenguaje, como los números o los elementos químicos (Abler, 1989), no han desarrollado tam- poco una sintaxis lingüística.
Y es que el problema, a mi modo de ver, consiste en que Berwick (y con él Chomsky) resultan demasiado optimistas. Porque, en definitiva, ¿en qué está basado merge?: es un ope- rador de concatenación que combina dos palabras en una nueva superpalabra que tiene las propiedades funcionales de una de ellas tan sólo. Por ejemplo, un nombre y un adjetivo dan lugar a una frase nominal: come patatas fritas y come pa-
tatas tienen un valor equivalente (frente a come patatas com- parado con no come patatas) porque patatas fritas es el re- sultado de fusionar (merge) patatas —como núcleo— y fritas —como modificador—. Yo no diré que el descubrimiento de la base matemática de esta operación no sea interesante. En realidad estriba en lo que se llama función booleana de canali-
zación, esto es, en una situación en la que, dadas dos entradas (inputs), cualquiera que sea el valor (on / off) de una de ellas, el resultado de la salida (output) coincide siempre con el valor de la otra: on on on/off on/off off off
Dicha función booleana resulta de manera automática cuando se alcanza un cierto nivel de complejidad y, natural- mente, debió surgir en la red de conexiones neuronales del
cerebro conforme este se desarrolló. Pero esta situación no es específica del lenguaje. Cualquier acto perceptivo, como notaron hace casi un siglo los psicólogos de la Gestalt, se basa justamente en esto, en que dadas dos unidades, una de ellas (FIGURA) se impone sobre la otra (fondo), con lo que el resul-
tado de la percepción es la FIGURA. Por ejemplo, una mujer
delante de una cortina se ve como una mujer, es la imagen de una mujer, en el mismo sentido en el que la suma de patatas más fritas es una clase de patatas y no una clase de fritas.
La explicación que se apoya en la Física encierra, contra lo que pretenden sus defensores, muchos puntos oscuros. En realidad, es la consecuencia de los derroteros epistemológicos de la gramática generativa, un movimiento que comenzó rei- vindicando —y practicando— el más riguroso método cientí- fico y que hoy anda mucho más cerca de la cábala que de la ciencia. Las propiedades sintácticas que se describen en este modelo están ahí, guste o no guste a los lingüistas funciona- listas, con todo el peso aplastante de su gratuidad y falta de justificación icónica. En otras palabras: que parecen univer- sales arbitrarios a los que ninguna explicación evolucionista de un instrumento de comunicación adaptativo puede hacer justicia. Pero como resultaba evidente que remontar dichos principios a la pura aleatoriedad de un sistema complejo era una solución ad hoc, se intentó simplificarlos al máximo hasta llegar a merge, con el resultado indeseado de que para dicho viaje sobraban esas alforjas, pues merge se explica per- fectamente en términos de teoría de la percepción. Los gene- rativistas insisten en que la sintaxis de las lenguas no puede explicarse por evolución gradual, pero yerran el tiro cuando afirman que es un desarrollo espontáneo de una base com- putacional común a otros sistemas como el de los números. Desgraciadamente los números, que diría Galileo (es decir, las Matemáticas), están en la base del mundo natural, pero el lenguaje es exclusivo del ser humano. Con lo que, pienso, el filósofo Dennett (1999, 658) tenía toda la razón al acusar a los generativistas de confundir una grúa con un gancho divi-
no, esto es, una explicación científica con otra de naturaleza metafísica:
“Pero aunque Chomsky nos descubrió la estructura abstracta del lenguaje —la grúa que es más responsable de la elevación [del ser humano] hasta su posición [entre las especies], más que todas las otras grúas de la cultura—, nos ha desani- mado enérgicamente a considerarlo una grúa. No es extraño que los que anhe- lan la existencia de ganchos celestes con frecuencia hayan aceptado a Chomsky como su autoridad”.
¿Qué escenario parece, pues, verosímil para el origen del lenguaje? En mi opinión una re-presentación del mundo que no deje de tener en cuenta que, como organismo, el actor len- guaje ya había incorporado previamente parte de lo represen- tado. En un primer momento es muy probable que los actos perceptivos, sobre todo los visuales y los acústicos (los más desarrollados en los animales superiores), se hiciesen extensi- vos a la asociación de símbolos, esto es, que surgiese una pri-
mitiva sintaxis perceptiva basada en merge. Pero de aquí a las complejidades de la sintaxis formal desarrollada de cualquier lengua sigue mediando un abismo. Un abismo que no puede salvar la cultura, pese a su obvia influencia, pues estos rasgos formales son comunes a todas las lenguas —son, pues, una cuestión genética—, mientras que las diferencias entre ellas se explican, y muy bien por cierto, en términos icónicos, esto es, por la Sociología y por la Semiótica.