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1. Pre-placement Phase (H2023): This includes, at a minimum, MHVP
11. La idea de que la felicidad se puede alcanzar por medio de la pereza y la inactividad, en lugar de la idea de que los hombres son más felices cuando se entregan por entero a fines creadores o cuando se dedican a otros hombres y proyectos.
12. La idea de que uno no gobierna sus propios sentimientos y de que no puede hacer nada para sentir determinadas cosas, en lugar de la idea de que uno tiene un enorme gobierno sobre los sentimientos destructivos si se decide a modificar las hipótesis ciegas y anticientíficas sobre cuya base produce esos sentimientos destructivos.
11.3 El proceso terapéutico
Los dos pasos más importantes de la terapia consisten en la prolongación del A-B-C en D (disputation, debate), a fin de que se pueda establecer con el paciente un «diálogo socrático» sobre sus Bi, sus ideas irracionales centrales, y poner en descubierto el influjo destructor que ejercen sobre C (en ocasiones, también sobre A; véase supra). En el caso positivo, a esto sigue E: el efecto cognitivo y conductal. Este efecto en el paciente consiste en una «reorientación filosófica» de su sistema de creencias, pero también en la modificación de su manera de extraer conclusiones, de reunir información, etc. Ellis señala que en este A-B-C-D-E no se trata de combatir los síntomas sino de alcanzar una radical reestructuración cognitiva: no de sentirse mejor (feeling beber) sino de conseguirlo mejor (getting better).
Es evidente que para ello se deben descubrir y analizar primeramente los esquemas A-B-C específicos del paciente. Porque a los pacientes mismos, como lo apuntamos antes, le son notorios por lo común sólo los nexos A -C. Esto se complica aún más por el hecho de que a menudo se presentan problemas secundarios en los que C se convierte en A para una nueva cadena, p.ej.:
1. A: Un estudiante tiene que escribir un informe
B: «Tengo que hacerlo a toda costa, de lo contrario seré un fracaso» «Nunca encuentro la manera de empezar»
«Ya la primera frase o el primer esbozo tienen que ser perfectos» C: Evitación del trabajo, inquietud, falta de concentración
2. A: Un estudiante repara en C como síntoma B: «Tengo que concentrarme bien»
«Es espantosa la manera en que evito el trabajo» «El que no puede trabajar con empeño no produce nada, debería abandonar sus estudios y es un fracasado»
C: Desesperación, parálisis en el trabajo, depresión
En estos casos es atinado empezar por el A-B-C del problema secundario porque es el más accesible para el paciente. En esta variedad de terapia, el trabajo dirige sus primeros pasos a familiarizar al paciente con la «filosofía» de la terapia racional-emotiva; es decir, se lo instruye en particular sobre el «A-B-C»», y no se desdeña remitirlo a publicaciones disponibles (p.ej., Diekstra, 1979). La finalidad es procurar al paciente un conocimiento teórico sobre el origen y el sustento de las neurosis, e introducirlo en el esquema conceptual de la terapia racionalemotiva, al cual después el terapeuta, durante el debate, se pueda referir.
En el contexto así definido, Ellis sostiene que el abordaje racional-emotivo es de naturaleza didáctica, y que a su juicio la relación terapeuta-cliente es una relación maestro-discípulo. El terapeuta enseña a sus pacientes «muchas cosas que de igual modo les habría podido comunicar un buen profesor de psicología, con la salvedad de que los contenidos de la enseñanza se orientan por entero a la persona del cliente y se valen de los hechos de su vida cotidiana» (Ellis, 1979, pág. 162).
El abordaje de los esquemas A-B-C concretos del paciente comienza, como ocurre con la anamnesis en muchas variedades de terapia de la conducta, por A. Las situaciones en que los problemas se presentan se elucidan con precisión porque, junto a B, A supone premisas importantes para las conclusiones de C. Ellis señala que a menudo ya A se percibe de manera irrealista y desfigurada: si alguien informa observar siempre que la gente lo rechaza, que parece tener determinadas expectativas acerca de él, etc., en A se cuelan ya valoraciones (esto muestra que no deja de resultar problemático entender el «A-B-C» como una secuencia; Ellis en varios pasajes habla incluso de «fases»: tanto más se podría hablar de una interdependencia). En el análisis de A, se ponen ya de manifiesto típicas pautas irracionales de pensamiento (como las que se expusieron en el capítulo anterior, a raíz de Beck), p.ej., pensamiento polarizado, hipergeneralizaciones, exageraciones, personalizaciones. ,
También C requiere, por regla general, esclarecimiento. Se trata de las consecuencias afectivas y de conducta, en la forma de perjuicios experimentados, con las. que el paciente acude a la terapia. Pero muchos pacientes no pueden diferenciar entre pensamientos y sentimientos (este distingo es importante para la elucidación de Bi; véase infra). Se impone entonces un entrenamiento para la discriminación, en el que el cliente aprenda por una parte a distinguir cogniciones de emociones (cuya rígida separación en la terapia racional-emotiva ha sido objeto de críticas, cf. Coyne, 1982) y, por la otra, a vivir con más claridad, y especificar, los sentimientos singulares y sus cualidades (p.ej., no es raro que los depresivos confundan con tristeza lo que es enojo y furia). Con la diferenciación de los sentimientos, se habrán obtenido referencias sobre Bi: tal vez el enojo se entrame con «creencias» en el dominio justo/injusto, la angustia presuponga expectativas futuras respecto de A, y en cambio los sentimientos de culpa se produzcan únicamente en la consideración retrospectiva sobre A.
Tras estos esclarecimientos provisionales de algunos nexos A-C -si el cliente se queja de demasiados problemas, se escogen al comienzo sólo los más importantes-, se persiguen los indicios ya recogidos respecto de sus «sistemas de creencias». Para descubrir las irracionalidades cognitivas básicas, pueden servir de orientación aproximada las ya citadas «ideologías must-turbatorias»» y las doce categorías principales de «ideas irracionales». Sin embargo, muchos autores advierten que no se debe confundir «la "docena escasa", a la que repetidamente se recurre, [. . .] con un sistema deslindado de cogniciones al alcance de la mano» ni creer que «estas, en la previa formulación que les ha dado Ellis, se deben meter en la cabeza del cliente» (Kessler, 1983, pág. 1113); y «la incapacidad del cliente, observada a menudo, para orientarse en los ítems de los cuestionarios sobre pensamiento irracional (cf., p.ej., Sutton-Simon, 1981) realza la hipótesis de que los sistemas de creencias se deberían especificar de manera mucho más concreta e idiosincrática».
Por eso en cada terapia demanda un trabajo considerable traer a luz las creencias irracionales específicas. En este trabajo, además del «diálogo socrático», en que el paciente es llevado al convencimiento de la insensatez de sus creencias irracionales (véase infra), se pone a prueba además la destreza del terapeuta; señalemos aquí que estos dos procedimientos son poco susceptibles de planificación y de comunicación general; en definitiva, lo que vale es la experiencia y la capacidad de convencimiento de los terapeutas. Es preciso tener en cuenta que el descubrimiento de ideas irracionales y disfuncionales se lleva a cabo durante toda la terapia. Pero tanto para la práctica como para la teoría se debe lamentar que Ellis emplee de manera tan difusa y cambiante un concepto tan central como el de «irracionalidad»: emplea «irracional» como sinónimo de «disfuncional»>, «desatinado», «irrealista», «mágico», etc.; Von Quekelberghe (1979, pág. 23) le critica: «el contenido semántico del concepto de irracionalidad utilizado por Ellis incluye desde el desatino, pasando por la contradicción lógica, hasta la mera insuficiencia de los medios elegidos», y señala además que Ellis incurre en una definición circular de la irracionalidad.
El último paso de la terapia, sin duda el más vasto, dentro del A-B-C, es el definido globalmente como «D»: «disputar, debatir, discriminar y definir» (Ellis, 1979, pág. 21). Una pieza nuclear es el ya citado «diálogo socrático», en que el terapeuta, por medio de obstinadas preguntas -sobre todo del tipo «¿por qué tiene que [must]. . . ?»-, «pone en cuestión», en el sentido literal, las ideologías must-turbatorias del paciente. En relación con esto, Ellis destaca en muchos de sus trabajos que se trata de la «extensión de los métodos de las ciencias naturales a los asuntos humanos», en aras de establecer la distinción «entre sentido y sin sentido, ficción y realidad, creencia y ciencia», etc. (Como muchos psicólogos, Ellis entiende por «ciencia natural» la imagen del mundo del siglo XIX, revisada hace ya mucho tiempo.) Si prescindimos de esta invocación de la realidad y de la ciencia, los que practican la terapia racional -emotiva introducen, además de «D», que venimos considerando, un amplio espectro de técnicas de intervención; las expondremos brevemente para concluir.
11.4 Métodos de intervención en la terapia racional-emotiva
Si en la sección anterior expusimos la intervención terapéutica, con arreglo al modelo de A-B-C-D-E, más bien bajo el aspecto de las fases de un proceso (que por otra parte se superponen), el espectro de las técnicas de intervención de esta variedad de terapia -aplicadas sobre todo en «D»se puede estructurar también según tres modalidades metódicas: Ellis mismo propuso una clasificación en aspectos «emotivos», «conductistas» y «cognitivos» (p.ej., 1979).