época, que los autores picarescos podían servirse de él para describir, en términos enteram ente directos, las diversas fases de la unión am o rosa 63.
Ejercicios de adiestramiento
El mismo espíritu reflexivo había sugerido al paidotriba la conve niencia de prescribir a su alumno toda una serie de ejercicios de adies tram iento destinados a prepararlo de m anera indirecta para las prue bas del program a de atletismo. Tam bién aquí la pedagogía griega h a bía desplegado un gran esfuerzo de análisis e inventiva. El repertorio de estos ejercicios, enriquecido progresivamente con el transcurso de los siglos, florece plenamente durante los siglos 11 y iii de nuestra e r a 64. M archa sobre diversas clases de terrenos, carrera de extensión limitada (unos treinta metros), carrera circular, carrera de avance y retroceso, carrera y saltitos en el lugar golpeando las nalgas con los pies (ejercicio favorito de las mujeres espartanas)65, golpes al aire con los pies, movimientos de brazos, χειρ ο ν ο μ ία 66, sin mencionar otros ejercicios más complejos, tales como subir la cuerda, o ciertos juegos com o el de pelota o del a r o 67.
Resulta fácil com prender cómo se desarrollaron estos ejercicios: muchos de ellos aparecieron naturalm ente al margen de los deportes atléticos; luego, cam biándose poco a poco los medios por los fines, adquirieron cierta condición autónom a. Así, la necesidad de prepa rar un piso mullido, σκάμμα, para la lucha o el salto, condujo natu ralm ente al atleta a la acción de cavar (en efecto, el pico form a parte de la panoplia del gimnasio y aparece con frecuencia en los vasos pin tados del siglo v que representan escenas atléticas): con el tiem po se advirtió que la acción de cavar era un ejercicio saludable, y se la cata logó entre los demás «ejercicios violentos» adecuados para fortalecer los m úsculos6S.
De igual m odo, la preparación pugilística desarrolló los ejercicios de brazos: m antener los brazos extendidos, con los puños cerrados, y permanecer así largo tiempo en posición de guardia, resistir la ten tativa de un com pañero que trata de obligarlo a bajar la g u ard ia69.
O tro tanto ocurría con el empleo d e punching-bag, x o j q v x o s: saco de
cuero repleto de granos pequeños o de arena, suspendido del techo de una sala de m anera que quedase a la altura del pecho. P o r otra parte, ya no sólo para el adiestram iento de los pugilistas, sino tam bién para el de los pancracitas: se ejercitaban en recibir el impacto 63 Luc. AS. 8-10; Anth. XII, 206. 67 Id. VI, 26; 32; g a l. San. tu. II, 9.
64 L u c . Anach. 4; g a l. San. tu. II, 68 g a l. San. tu. II, 9-10. 9-10; ANTYLL. a p . o r i b. VI, 22; 35 . 69 g a l. San. tu. II, 9, p . 141.
65 id . VI, 31. 66 Id. VI, 30.
del saco al volver éste sobre la cabeza o sobre el cuerpo, fortaleciendo así su equilibrio70.
La preparación del salto dio origen a la práctica de ejercicios en el mismo lugar, incluyendo movimientos de brazos con pesas11; no tardó en conocerse todo un repertorio de movimientos, análogo al que todavía hoy practicamos: flexión del torso hacia adelante, tocando sucesivamente cada uno de los pies con la m ano opuesta, etcétera72. H ay algo que resulta más específicamente griego, y es el hecho de que todos estos ejercicios se ejecutaban al son del oboe: cada estable cimiento tenía asignado un auleta, que se encargaba de dar ritm o a los movimientos del atleta; cosa curiosa, no sólo intervenía en estos ejercicios de entrenam iento, sino tam bién en las pruebas deportivas del pentatlón (11).
Al final de esta evolución, la gimnasia griega resultó en cierto m o do desdoblada, por haber yuxtapuesto a la técnica puram ente depor tiva, que había heredado de sus orígenes, tod a u n a gimnasia higiéni ca que recuerda muy de cerca el «m étodo analítico» tan grato a la
gimnasia sueca del siglo X IX . Conocemos sobre todo este segundo as
pecto a través de la literatura médica de la época rom ana, pero sería un error creer que solamente fue aplicada por los médicos y bajo la form a de gimnasia curativa (ésta existía, desde luego: se curaban las oftalm ías y el extreñimiento andando sobre la punta de los p ie s73, la gonorrea por medio de carreras pedestres74, la hidropesía mediante la natación) 75, el testimonio de Galeno confirm a que esta gimnasia higiénica había sido concebida con miras a la educación de los jóve nes de catorce o más años, o aun m ás jóvenes76.
Cuidados del cuerpo
El atleta griego, a cualquier edad, se ejercita com pletam ente des nudo: he aquí uno de los usos que más netamente continúan definiendo la originalidad del helenismo fíente a los bárbaros. Esta costum bre,
como se recordará, d ataba del siglo V IH 77, pero nos sorprende ver
que se presenta como un progreso técnico el abandono del ceñido cal zón minoico; la desnudez total no siempre facilita el esfuerzo atlético y ¡puede acarrear algunos inconvenientes! (12).
Los pies tam bién se conservaban descalzos, aun para el salto y la carrera: es cierto que ésta se disputaba en una pista mucho menos con sistente que las nuestras: en efecto, después de arrancar el pasto se
70 PH iLSTR . G ym . 57; s o r . I, 49;
ANTYLL. ap. OR1B. VI, 33.
71 PHiLSTR. Gym. 55; a n t y l l . ap.
ORIB. VI, 34.
72 g a l . San. tu. II, 10, p. 145.
73 ANTYLL. ap. ORIB. VI, 21, 9.
74 Id. VI, 22, 3.
75 Id. VI, 27, 2.
76 g a l . San. tu. II, 1, p. 81; II, 2, p. 91.
77 t c d . I. 6, 5; p l a t . Rsp. V, 452 c d . ; PAUS. I, 44, I.
removía el terreno con el pico, se alisaba y recubría con un a espesa capa de a re n a 78, de m odo que el pie se hundiera en e lla 79. Tam bién en este aspecto el atletismo griego se oponía a nuestros usos actuales.
La cabeza permanecía descubierta, aun bajo el ardiente sol del v eran o 80; los más delicados, sin em bargo, se protegían de la intem perie con un curioso bonetito, hecho de piel de perro, según parece81, que se aseguraba por medio de un lazo anudado bajo el m entón, muy similar al que usaban los campesinos franceses del siglo x iii, según lo m uestran las esculturas góticas (13).
P ero tal vez la práctica más característica de la gimnasia griega es la de las fricciones con unción de aceite. Tam bién aquí es preciso remitirse a la literatura médica p ara hacerse una idea de la im portan cia que la ciencia higiénica concedía a esta costum bre, así como tam bién de la precisión y m inuciosidad de las prescripciones que le con cernían: se friccionaba íntegramente todo el cuerpo antes de cualquier ejercicio, en una habitación tem plada. Tras una prim era fricción m o derada, en seco, se aplicaba el aceite, que desempeñaba el papel de nuestra actual em brocación, friccionando la piel con la m ano desnu da, primero con suavidad y luego con mayor energía (teniendo en cuen ta, por supuesto, la resistencia del niño según su ed a d )82. A la fric ción preparatoria se oponía la fricción «apoterapéutica», que se rea lizaba al finalizar todo ejercicio, con el objeto de relajar los músculos y atenuar la fatiga, así como la prim era había servido para darles flexibilidad83. Esta fricción final se hallaba reglam entada con tanta minuciosidad como la inicial y tam bién se aplicaba en ella la unción con aceite. La provisión del aceite necesario representaba, pues, una de las más onerosas inversiones que debía afrontar todo buen gim na siarca, y el pequeño frasco de aceite form aba parte del equipo que había de portar el joven atleta.
El uso general de la fricción con aceite perseguía ante todo una finalidad higiénica; sólo muy secundariamente cabría asignársele otra finalidad ventajosa com o la de tornar la piel resbaladiza y por tanto, más difícil de tom ar en las luchas del pan cracio 84. Lo cierto es que este uso se com binaba con otro, cuyo efecto en este sentido era con tradictorio: ya debidam ente frotado, el atleta se recubría con una fi na capa de polvo que dejaba caer sobre la piel en form a de leve lluvia a través de los dedos entreabiertos de la m a n o 8S. Se nos dice a veces que este revestimiento, por el hecho de volver la piel menos resbaladi za, tenía por objeto asegurar las tom as del cuerpo en la lu c h a 86. Sin em bargo, lo más frecuente es suponer que sea la higiene la que justi ficara el empleo de ese polvillo: regulaba la emisión del sudor y pro-
78 BCH. 23 (1899), 566, 5 s.
79 LUc. Anach. 27.
80 Id. 16.
81 POLL. X , 64.
82 g a l. San. tu. II, 2; 3; 7 ( = o r i b.
VI, 13).
83 GAL. id. III, 2 ( = ORIB. VI, 16; cf. 17-20).
84 Luc. j^nach. 28.
85 PHiLSTR. Gym. 56.
tegía la piel contra la acción de la intemperie (¿se pensaba acaso en la acción solar o, a la inversa, en la acción del viento frío ? )87. Tam bién a este respecto cabían distinciones y prescripciones minuciosas: Galeno, según parece, veía en el uso del polvillo un tratam iento muy enérgico que él no aconsejaba en el cas'o de los niños de poca e d a d 88. F ilóstrato enum era cinco clases distintas, cada una poseyendo virtu des propias: el polvillo de lodo es detersivo; el de alfarería hace trans pirar (para Luciano, por el contrario, el empleo del polvillo se pre senta como un recurso contra la transpiración demasiado abundan te); el polvillo asfáltico es estimulante; el de tierra negra o am arilla resulta excelente tanto para el m asaje como para la nutrición, aparte de que el amarillo posee la ventaja de dar al cuerpo cierto brillo y agra dable aspecto89. De ahí que, una vez concluido el ejercicio, fuese tan necesaria una limpieza cuidadosa, que com enzaba con una fricción enérgica de la piel mediante una alm ohaza de bronce, arXeyyís90.
Así, pues, cuando tratam os de im aginarnos los atletas desnudos bajo el claro cielo de la Hélade,
conviene desconfiar de la transposición inm aterial que nos p ro po r cionan los poetas neoclásicos: hay que verlos a pleno sol, en medio del viento que levanta el polvillo con que se re cu b rían 91 la piel gra sicnta y revestida de una costra de tierra coloreada, sin m encionar a los pancracistas revolcándose, ensangrentados, por el l o d o ...92
P or medio circula el paidotriba: no anda desnudo, sino cóm oda mente vestido con una capa de p ú rp u ra 93, que subraya el carácter dogm ático de su enseñanza (pero tam bién es cierto que con u na sacu dida de hom bros podía librarse de su himation para hacer cualquier dem ostración que juzgue necesaria). Su autoridad se halla reforzada por una curiosa insignia que lleva en la m ano: es una larga vara en form a de horquilla, de la que se vale no tanto para indicar o rectificar la posición de un miembro, cuanto para descargar un vigoroso co rrectivo sobre un alumno torpe o sobre aquél que, durante el com ba te, comete una tram pa o intenta un golpe irregular (14). Ya tendre mos ocasión de ver, al ocuparnos de las escuelas de letras, cuán b ru tal era la pedagogía antigua: ¡como para que la escuela de gimnasia ofreciera delicadezas especiales en este aspecto!
Gimnasios y palestras
En cuanto a la escuela en sí misma, aparece designada indistinta mente, unas veces con el nom bre de palestra, otras con el de gimna-
87 Id. 29. 91 Luc. A m . 45.
88 g a l. San. tu. II, 12, p . 162. 92 l u c. Anach. 1-3.
89 PHiLSTR. Gym. 56; cf. 42. 93 Id. 3.
90 Id. 18.
sio. Ambas voces no eran en verdad sinónimas, pero el uso helenísti co mezcla sus diversas acepciones de m odo tan inextricable que la m o derna erudición ha renunciado a establecer distinciones precisas a es te respecto (recuérdense las dificultades análogas con que ya tropeza mos en el caso de los títulos de cosmetas, gimnasiarca, etcétera; no hay un griego helenístico: los términos cam bian de significado según los tiempos y lugares). A veces, pero no siempre, se opone la pales tra, escuela para niños, al gimnasio donde se ejercitan los efebos y los adultos; o bien, la palestra, escuela privada, al gimnasio, institu ción municipal. P or mi parte, yo aceptaría más bien la distinción que opone la una al otro como la parte al todo: el gimnasio sería el con junto integrado por la reunión de la palestra, campo de ejercicios ro deado de instalaciones diversas, con el estadio, pista de la carrera pe destre (15).
Palestras o gimnasios; estos establecimientos abundaban tan to en el m undo helenístico que las excavaciones de nuestros arqueólogos han encontrado gran núm ero de ellos. Y he aquí un hecho singularmente valioso: todas estas ruinas revelan un tipo muy uniform e y se ilustran recíprocamente, gracias sobre todo al com entario que sum inistra un capítulo de V itruvio94, sin mencionar los textos epigráficos, como uno que incluye un inventario de un gimnasio de D élos95.
Perm ítasem e elegir como ejemplo el gimnasio inferior de Priene, excavado y dado a conocer en publicaciones de m anera muy satisfac toria: data del siglo 11 a.C . (antes del 130); su plano, muy claro, es muy típico, porque no alcanzó a sufrir las deformaciones que repre sentan los gimnasios construidos bajo la influencia rom ana (16).
Este gimnasio se halla situado en la parte sur de la pequeña ciu dad inm ediatam ente arriba de la m uralla. Está construido en una te rraza, sostenida por un m uro con poderosos cimientos, adosado al flanco de la escarpada colina sobre la cual se levanta Priene. La en trada, con sus gradas y columnas dispuestas a la m anera de un verda dero Propileo monumental, se abre sobre una calle con escalinata. Por el lado oeste penetram os en un patio rodeado de pórticos, perfecta mente cuadrado y orientado, y que constituía lo que hemos de llamar propiam ente la palestra. Mide 34-35 metros de lado (esto es, un cen tenar de pies: algo menos que el modelo-tipo descrito por Vitruvio). Este patio, cuyo piso seguramente se mullía y se recubría de arena, era el campo de deportes donde se realizaba la m ayor parte de los ejercicios.
En el costado este se abre la entrada; al norte de ella, una exedra abierta sobre dos columnas; al sur, tres salas donde yo ubicaría el ves
tuario, ά π ο δ ι τ η ρ ι ο ν (por com paración con el inventario epigráfico
de un gimnasio de D élos)96. Conform e al precepto de Vitruvio, el pórtico norte tiene doble profundidad y presenta una doble fila de
94 VITR. V, 11. 9« Id. 97, I, 123; 125.
columnas «para que la tem pestad del viento del sur no pueda pene trar en ráfagas hasta el interior». Detrás de este pórtico norte se le vantaban, adosadas a la colina, las construcciones más im portantes; seguramente existía un piso superior, del cual nada queda. En la planta b aja se observan cinco habitaciones, dos de ellas con un a clara significación.
En el centro hay, ante todo, una hermosa sala, más ancha que pro funda (más o menos 9,5 m x 6,6 m), con techo sobreelevado, y abierta sobre dos colum nas y con m uros lujosam ente revestidos de m árm ol hasta más de tres m etros de altura; en la parte superior del m uro del fondo, una serie de pilastras y, en el medio, u na arcada que cobija la estatua de un hom bre vestido, de pie (sin duda algún benefactor de la ciudad y, en particular, del gimnasio). Evidentem ente se tra ta aquí del ephebeum previsto por Vitruvio, sala de reunión y de confe rencias destinadas a los efebos: en los m uros se han encontrado cen tenares de graffiti diseñados por los propios efebos, tales como: «Lu gar de fulano, hijo de m engano»97. Siempre aparece una sala seme jante, dispuesta en la misma ubicación: en los hermosos gimnasios de la época rom ana, como en el de Pérgam o, por ejemplo, evolucio na adoptando la form a de un pequeño teatro con graderías, de planta semicircular. En Priene aparece designada con la denom inación de «exedra de los efebos», en una inscripción98 que contiene la dedica toria de dos bustos destinados a ornarla: estatuas y bustos ofrecidos por donantes generosos, constituían en efecto la decoración norm al de la palestra y de sus pórticos (17).
En el ángulo noroeste del pórtico se abre la instalación de los b a ños fríos, frígida lauatio, Χοντρόν de que habla Vitruvio. En época rom ana este sistema se desdobla al añadirse las term as, baños calien tes, hipertrofiándose rápidam ente, hasta tal punto de que en los paí ses latinos la palestra pasa a ser una dependencia secundaria, en ta n to que las term as se convierten en el elemento esencial. Aquí, estamos aún cerca de los orígenes y advertimos en las instalaciones una sim plicidad muy similar a la que nos m uestran los vasos pintados del si
glo V: a lo largo del m uro corre un canalillo a una altura que permite
el apoyo, provista de una serie de m áscaras leoninas que vierten el agua, algo que recuerda los sum arios lavabos de tantos viejos cole gios o cuarteles de nuestro tiem po: ¡el prim or de las m olduras y de los mascarones agrega cierta elegancia, pero nad a de confort!
P or lo que respecta a las otras tres salas, es necesario identificar las con los tres anexos que en el mismo pasaje describe Vitruvio: la única duda se refiere a la ubicación que ha de atribuirse a cada sala. Me inclino a pensar que, a la derecha del ephebeum , tal como lo pre vé Vitruvio, debía de hallarse el coryceum, sala del purtching-bag (él boxeo es el único deporte que se practicaba en local cubierto; algunos gimnasios más completos, como es el caso del de Délos, disponían
97 Ins. Priene, 313. 98 Id. 112; I, 114-115.
E l g im n a sio h e le n ístic o d e P rie n e (según T h . W i e g a n d y H . S c h r a d e r , P rien e B e rlín , 1904, lá m in a fu e r a de te x to ).
de una sala para el ring, el sphairisterion); las otras dos dependencias corresponderían al elaeothesium, local o depósito donde se distribuía el aceite, y al conisterium, depósito de arena o de los polvos tan nece sarios como el aceite para el cuidado de la piel, según se ha visto. En Priene, una de estas dos salas, la del ángulo nordeste (¿el conisterium?), es netam ente más espaciosa que la otra, tal vez porque en ella se p ro cedía a los masajes, bajo techo, como lo recom endaban los médicos. En el mismo lado nordeste de la palestra se abre un portillo de acceso a las instalaciones previstas para la carrera pedestre y acceso riamente, para el lanzam iento de disco y de jabalina, y acaso tam bién para el salto. P or im ponerlo así la pendiente de la colina, esas instala ciones ocupaban tres niveles: en la parte inferior, cinco metros por debajo de la palestra, se extendía la pista propiamente dicha, el στάδιον o δρόμοs, de 18 m etros de ancho y 191 m etros, aproxim adam ente, de largo. P or desgracia, no ha sido posible hallar rastro alguno de la lí nea de llegada, lo cual no permite medir la longitud exacta del reco rrido. En cambio, podemos estudiar la instalación de la línea de p ar tida. Las excavaciones han revelado los restos de dos instalaciones, que debieron de sucederse cronológicamente. La más clara, y tam bién la más simple, se halla en el interior: ocho bases que debían sos tener otros tantos pilares; entre esos pilares tom aban sus puestos los corredores en el m om ento de la salida con los pies sobre una doble línea trazada en la arena; y en torno de esos mismos pilares, supone mos, que cada uno daría la vuelta para correr en sentido inverso en