CHAPTER 4: CASE STUDY 1: DEVELOPMENT OF PLATINUM NANOPHASE ELECTRO CATALYST
4.5. Preparation of the Platinum Nanophase Electro Catalysts Composite Electrode
No creo ninguna cosa tan corrosiva como la alabanza.
(Carta de Bolívar al general Santander, 15 de abril de 1823)
¿CóMo SE PRoNuNCIó EL PuEBLo VENEZoLANo?
¿Qué saben esas naciones del estado de nuestros barrios y hospitales, de nuestros servicios públicos, de nuestra inmunda salud pública, del deplorable estado de nuestra educación, de la creciente miseria, del envenenamiento progresivo de nuestros ríos y mares provocado por mercenarios que viven apoyados por los que se han erigido en dueños de este país; de la severa destruc- ción de nuestros recursos naturales y el robo que hacen de nues- tros minerales; del estado agonizante de nuestra economía; del hondo deterioro de la moral de nuestros administradores que se podría decir que casi no hay uno que no haya delinquido o esté por delinquir?
Cuando al Presidente de la República se le preguntó si era cierto que se le estaban regalando materiales militares al gobierno de Guayana, respondió campanudamente que esas cosas no deberían
ventilarse en público. ¿Por qué han de ser secreto esos acuerdos? Sobre el apoyo financiero a la Violeta Chamorro contestó lo mismo. Aquí, cuando a la “clase dirigente” le conviene nos ponen de ejemplo a la nación de EE. UU., sin caer en cuenta que en ese país, por deslices muchísimos menores de los que cometen nuestros más inocentes políticos, se pagan condenas severas. ¿Por qué será que los señores presidentes del Norte siempre salen protegiendo a los jefes de Estado latinoamericanos (inclinados a recibir sus favores), aun a sabiendas de que mienten cínicamente, de que reciben informaciones precisas de la gran corrupción que campea en sus gobiernos, que violan los derechos humanos? Claro, por todo el negocio que se esconde tras esos apoyos.
¿Qué nación de las que enviaron mensajes de condolencia por los estremecimientos del 4-F, expresaron su desconcierto y desa- grado ante lo que aquí ocurrió por la Masacre de El Amparo, y ante muchas otras matanzas, desapariciones, torturas y represiones? ¿Qué expresaron esas naciones cuando aquí se robó a diestra y siniestra y un grupo numeroso de bandidos de todos los conti- nentes salieron a la estampida, con las botijas llenas, porque las condiciones económicas del país no soportaron más despilfarro, y esos extranjeros no solo no nos agradecieron en un ápice los millones que se llevaban, sino que con un sentimiento de desprecio y burla se fueron hablando mal de Venezuela, del país que todo se los había dado?
Ni siquiera cuando mataron a un grupo de campesinos colom- bianos en esas razzias que solían hacer ciertos encopetados mili- tares nuestros, no se escuchó en momento alguno mencionar por parte del gobierno neogranadino, que aquí se estuviera hollando la Patria de Bolívar. En esos casos Bolívar no cuenta para nada; en esos casos nuestro Libertador no merece nombrarse. ¡Malditos sean!, ¿a quién creen que engañan?
¿A nosotros qué nos importa que las demás naciones envíen mensajes de dolor por lo de la fulana rebelión, cuando sabemos que esas naciones no se han paseado por nuestros tribunales de justicia, por nuestras cárceles y barrios, por nuestros hospitales y escuelas? Esos emisarios testimoniadores de apoyo a las “democra- cias latinoamericanas” solo vienen a pasear y a tragar de lo bueno y de lo caro.
Lo menos que nos interesa es lo que piensen los demás, alejados del tormento de nuestra Venezuela, llena de tantas injusticias. La peor dictadura es la de estas “democracias”, donde quizá se pueda hablar de todo pero en las que nada cambia, donde la justicia se encuentra secuestrada por los poderosos. No nos explicamos qué es lo que positivamente ha hecho este gobierno de Carlos Andrés Pérez, como para que el pueblo haya podido salir en su defensa. El mayor golpe de Estado ha sido precisamente el de la indiferencia de toda la nación, que se quedó cruzada de brazos ante el diluvio de horror que al gobierno se le fue encima. Hubo momentos en que llegamos a pensar que si los militares alzados hubiesen realizado una empecinada resistencia, el gobierno se habría ido de bruces sin que nadie pudiera evitarlo. Ahora irónicamente se lamenta el general Fernando Ochoa Antich el que el Comandante Hugo Chávez Frías no hubiese resistido lo suficiente.
En las principales ciudades el pueblo se concentró en la Plaza Bolívar a la espera del ejemplo que Caracas diera, allí en la capital donde los rebeldes se jugaban el pellejo en medio de la metralla y el fuego. Había en los pechos un sentimiento de grandeza como quizás no se había sentido desde los tiempos de la Independencia o del 23 de enero de 1958. En verdad que bastaba un pequeño soplo para que todo el gobierno de CAP se viniera abajo y entonces la alegría popular habría sido total. Nadie ha hablado todavía del gran patriotismo de los jóvenes bolivarianos, de la extraordinaria
sensibilidad de los militares sublevados contra la corrupción, quienes teniendo en sus manos las posibilidades de imponer el poder o al menos ejecutar una espectacular resistencia por tener a su mando las tropas élites de nuestras Fuerzas Armadas, prefi- rieron entregar las armas y contener un desbarajuste sangriento que muy bien podía durar mucho tiempo. En verdad, el Golpe fue ejecutado y triunfó; ya nada puede evitar sus enormes conse- cuencias en lo moral, en lo político, en lo humano: la imaginación hermosa del pueblo ya lo recrea como una leyenda, lo lleva en sus labios y en su corazón. Muchas mujeres lo cantan, muchos niños lo llevan en sus ojos, muchas madres lo transmitirán tal cual lo lloraron de alegría, como lo llevaremos por siempre en el corazón.
Muchas mentiras se han dicho para desprestigiar a estos jóvenes rebeldes y los viejos militares, como Carlos Julio Peñaloza –quien tuvo la abominable estupidez de apostar dinero sobre la capacidad de resistencia de Chávez como si lo estuviera haciendo en un garito– quienes aceptaron todas las ofensas de la alcoba lusinchista en Miraflores, estafas y engaños a la nación, robos y concusión (dentro de los mismos recintos militares), han querido (por recelo, por la incapacidad moral de no haber tenido un ápice del coraje que sí tuvo la fuerza Bolivariana), decir que eran unos monstruos que querían ejecutar con ritos diabólicos a generales y políticos corruptos. Los integrantes del Movimiento Bolivariano
Revolucionario hubiesen querido convencer al país de que era
necesario salir de esta insolente casta de bestias, de tipos como Humberto Celli (tan ahogado en su vientre y en su triple papada como también lo están un Humberto Calderón Berti, un Tarre Briceño o José Rodríguez Iturbe) quien vive ocupado del azar de las carreras de caballos en los hipódromos nacionales, y que ahora es presidente del partido Acción Democrática. Contra esa incuria, contra esa inercia tan mortal para la cual no hay razones de votos,
razones de comprensión ni de humano trato que valga; no los movieron a reflexión los sangrientos hechos del 27 de febrero, y siguieron tan indolentes, tan lerdos, tan apátridas como lo han sido y como lo serán siempre.
La gente de la calle que ha sentido en carne propia la veja- ción constante de este sistema, que debe sobrellevar frustraciones diarias en todos los órdenes por culpa de las irresponsabilidades de los gobiernos, muchas veces ha sentido la urgencia de hacer algo por la fuerza. Con esa esperanza imbécil que algunos quieren poner en las urnas electorales para renovarnos, para ser más honestos y eficientes, jamás llegaremos a ninguna parte, por la sencilla razón de que quienes se dedican al oficio de la política de partidos en este país son precisamente los más incapaces, los que tienen más tiempo para divagar, para las ociosas e interminables reuniones que acaban siempre traicionando los sentimientos más puros y las intenciones más juiciosas y equilibradas. Y si hoy nos dijeran que debemos resignarnos, constreñidos a sufrir para siempre la genia- lidad de los legisladores y magistrados que salgan favorecidos en nuestras campañas electorales, contestaremos que mil veces prefe- rimos enfrentarnos con las armas a este idiotizante Estado.
Con el correr de las horas vamos cayendo en cuenta de que CAP se siente a un mismo tiempo vencedor y humillado. Todo un mundo se le ha venido abajo, pero aún tiene la suficiente cachaza para mentirse a sí mismo y decir, y decirse: “—yo represento la institucionalidad de este país. Aquí lo que ha habido es un desajuste provocado por grupos criminales cuyo único fin era matarme”. Como el pueblo lo abandona busca fuerza en los mensajes de apoyo que le llegan del exterior. Espera despertar un sentimiento de solidaridad y de esperanza, en lo que ha consolidado en su propia tierra como demócrata y constitucionalista. ¡Qué horrenda soledad y qué horrenda lástima producía este hombre tan fuera
de sí! Plegado a una Bandera sacada de Venevisión y gritando: “¡Vean conciudadanos, lean la prensa, los cientos de mensajes que me llegan de todas partes! ¿No creéis hijos míos que esto es razón suficiente para que os sintáis orgullosos del país que habitáis?” Es impresionante, y esto nunca lo conseguirán aceptar los gobiernos y los que daban apoyo a esta democracia, la inmensa frustración que tenía el pueblo al saber que CAP no había caído del todo. Y mien- tras este era el sentimiento generalizado, CAP clamaba porque se oyeran los mensajes que llegaban de otras naciones. No mensajes de los obreros de su país, de los barrios, de los estudiantes, maes- tros, médicos, campesinos de su pueblo, sino de Bush, Mitterrand, Gaviria, Menen y Salinas de Gortari.