La presente investigación tuvo por objetivo determinar la relación entre el estilo de apego y el apoyo social percibido en adultos con consumo problemático de sustancias.
En relación a las hipótesis que se refieren a estilo de apego y consumo problemático de sustancias, la primera hipótesis se confirma –a nivel descriptivo-, existiendo mayor proporción de casos tendientes hacia la inseguridad en la muestra clínica y mayor número de casos de apego seguro en la muestra no clínica. Esto es concordante con lo señalado en la literatura (Fonagy et al., 1996; Schindler et al., 2009; Rosenstein & Horowitz, 1999; Ward et al., 2001), ya que desde la teoría, se espera que las personas con apego seguro presenten menor malestar psicológico y mayor control sobre su ambiente (Barrón, 1992; Barrón y Chacón, 1990; Buendía, 1991). De acuerdo a lo señalado por Min-Lee y Bell (2003) y Caspers y cols. (2005), el estilo de apego inseguro se asocia a mayor probabilidad de consumo de sustancias, a diferencia del estilo seguro, que se corresponde con una menor incidencia de consumo. Esto podría indicar que las disfunciones sociales o el consumo problemático que se observa serían mediados por la existencia de un malestar psicológico a la base del trastorno del apego.
Sin embargo, en cuanto a la hipótesis 3, se encontró que el estilo de apego predominante no se asocia significativamente a la presencia o ausencia de consumo problemático –como variables operacionalizadas de forma categorial-, por lo que la distribución de los diferentes estilos de apego no se ve condicionada por el tipo de muestra. Según lo señalado en la literatura, la norma chilena arroja una distribución similar de personas con apego seguro e inseguro (Garrido et al., 2009). Esto hace pensar que en un grupo con características clínicas debiese existir una frecuencia mayor de inseguridad y en muestras no clínicas, distribuciones semejantes a la norma, lo que se contrasta con lo encontrado en este
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estudio, en el cual la proporción de inseguridad –aun siendo mayor en el grupo consumidor- es mayoritaria en ambos grupos. Si bien los resultados no se ajustan a lo consignado en la teoría, esto se puede explicar considerando el nivel socioeconómico de los participantes, dado que a medida que éste disminuye, se ve afectada la calidad del apego, aumentando la prevalencia de apego inseguro y desorganizado (van IJzendoorn & Kroonenberg, 1988; van IJzendoorn et al., 1999).
Por otro lado, se observó que al comparar los puntajes de las dimensiones de apego según la presencia o ausencia de consumo problemático de sustancias, la muestra clínica presenta niveles de seguridad significativamente menores y niveles de preocupación significativamente mayores respecto al grupo de contraste. Desde la literatura, se considera que la persona con apego preocupado tiende a mantener un alto monto de pensamientos y emociones negativos ante situaciones amenazantes, utilizando las drogas para disminuir los niveles de estrés y bloquear las rumiaciones y recuerdos que no puede controlar (Mikulincer & Shaver, 2007), de manera que los puntajes de preocupación de este grupo se explicarían por la necesidad de estas personas de reducir los altos niveles de afecto negativo tras el fracaso de la estrategia de regulación afectiva. Por el contrario, los mayores niveles de seguridad encontrados en la muestra no clínica concuerdan con los estudios que indican que las personas con este estilo de apego presentan un mejor ajuste psicológico (Sarason et al., 1990) y por ello menor incidencia de consumo de drogas.
En lo que respecta a la relación entre apoyo social y consumo problemático, en términos descriptivos se tiene que el apoyo que los adultos perciben de su red es mayor en el grupo no clínico que en el grupo clínico (hipótesis 2). Sin embargo, al comparar los puntajes de apoyo social del grupo consumidor versus el grupo no consumidor mediante análisis inferencial (hipótesis 4), se encuentran diferencias marginalmente significativas únicamente
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para el apoyo afectivo, siendo mayor en el grupo no clínico, lo que permite concluir que el apoyo social percibido muestra niveles similares independientemente de la presencia o ausencia del consumo problemático de sustancias. Además no se halló asociación significativa entre el nivel de apoyo social percibido y el consumo problemático de sustancias entre ambos grupos, contrastando con lo señalado por la literatura.
El apoyo social disminuye la probabilidad de consumo (Demaray & Malecki, 2002; Levitt et al., 1993), protege ante la recaída tras la abstinencia (Garmendia et al, 2008), contribuye a la recuperación durante las etapas tempranas del tratamiento (Laudet et al, 2004), favorece la continuidad del tratamiento de rehabilitación (Dobkin et al., 2002) y permite un mejor afrontamiento al estrés frente al craving (Ames & Roitzsch, 2000). Lo anterior lleva a suponer que las personas en condición de consumidoras de sustancias deberían percibir un menor apoyo social, sin embargo, los hallazgos de este estudio concuerdan con lo señalado por Rodríguez y colaboradores (2004), quienes atribuyen la similitud de puntajes de apoyo social entre personas con y sin consumo a los recursos con los que cuentan los pacientes en los contextos de rehabilitación. Se podría inferir que los programas de rehabilitación en los que se insertan los sujetos de la muestra clínica tienen una función niveladora sobre las carencias del apoyo social de los usuarios, cuyo soporte es crucial en la adherencia al tratamiento y en la percepción de apoyo que tiene la persona en rehabilitación. Es conveniente realizar un análisis más detallado respecto del tamaño de la red social y quiénes son figuras proveedoras de apoyo del consumidor problemático, ya que se ha señalado en la literatura un efecto confundente del número de personas que componen la red sobre el apoyo social percibido por los drogodependientes, red que en algunos casos tiene una influencia negativa por tratarse de un círculo donde existe consumo de sustancias (Garmendia et al, 2008).
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En cuanto a la hipótesis 5, en términos generales se evidencia que existe relación entre el estilo de apego adulto y el apoyo social percibido en la muestra clínica, en concordancia con los hallazgos de Sarason y colaboradores (1990) y Kidd y Sheffield (2005). El Estilo de Apego Predominante tiene un efecto moderado sobre la variabilidad del Apoyo Social Percibido Total y sus dimensiones en el grupo consumidor. Al comparar las puntuaciones de las medidas de apoyo social según el estilo de apego del sujeto consumidor, los resultados indican que el grupo con estilo de apego desorganizado es el que presenta niveles significativamente menores de apoyo social percibido. Esto es concordante con lo señalado en la teoría, donde se establece que la inseguridad del apego se asocia a un bajo apoyo social percibido y baja tendencia a la búsqueda de dicho apoyo en los demás (Mikulincer et al, 2003; Florian et al., 1995).
Por último, en función de las hipótesis 6 y 7, al analizar la relación entre las puntuaciones para cada dimensión de apego y los puntajes de apoyo social, se encontró que a mayores puntajes de evitación, tanto sujetos consumidores como no consumidores arrojan menores puntajes de apoyo social, lo que concuerda con lo consignado en la teoría, dado que la estrategia de regulación emocional utilizada en las personas evitativas es la desactivación del sistema de apego, lo cual deriva en el distanciamiento afectivo de las personas, tanto al recibir como brindar apoyo social (Simpson et al., 1996). A esto se suma el hecho de que las personas evitativas prefieran el uso de las drogas para distanciarse de las situaciones que le generan estrés o emociones negativas (Mikulincer & Shaver, 2007). Esto hace hipotetizar que el uso de la droga en los consumidores es funcional y reemplaza el efecto amortiguador del apoyo social.
También se halló que la puntuación de Seguridad de los consumidores correlaciona directamente solo con el Apoyo Instrumental, lo cual contrasta con lo esperado según la teoría. De forma complementaria, se analizaron las correlaciones de estas variables en el grupo no
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clínico, obteniendo relaciones directas entre la puntuación de Seguridad y todas las medidas de apoyo social, tal como lo establece la literatura. De acuerdo a la bibliografía, el estilo de apego seguro debiera asociarse a mayor apoyo social percibido y la comodidad ante el contacto íntimo con otros (Consedine & Magai, 2003). La búsqueda de apoyo social en estas personas sirve como estrategia efectiva de afrontamiento al estrés y regulación del afecto negativo (Mikulincer & Shaver, 2008).
Las discrepancias de los resultados hallados entre la muestra clínica y no clínica en relación a seguridad y apoyo social se pueden interpretar tanto desde una perspectiva que considera el apoyo social en el contexto de consumo como desde la teoría del apego en función del consumo problemático.
Según la literatura, el apoyo social influye en el ajuste psicológico de la persona y en la probabilidad de manifestar conductas de riesgo (Jiménez et al, 2006), así como en la capacidad de afrontar el estrés a través de un efecto amortiguador (Buendía, 1991; Barrón, 1992; Barrón y Chacón, 1990). De ello se desprende que cuando una persona incide en el consumo problemático, el apoyo social con el que pudiera contar es insuficiente o no es percibido de forma adecuada para actuar como protector eficaz ante situaciones de vulnerabilidad al consumo.
Por otro lado, la puntuación de Seguridad del Ca-Mir es medida a partir de las relaciones de la infancia, la adolescencia y la adultez. Cabe destacar que el estilo de apego podría cambiar ante ciertos sucesos vitales y con la naturaleza de las relaciones que se establecen a lo largo de la vida, donde eventos negativos asociados a relaciones cercanas pueden provocar cambios en la seguridad del apego (Waters, Weinfield & Hamilton, 2000).
La continuidad del patrón de apego infantil hacia la adultez es un fenómeno dinámico, sujeto a la interacción entre la persona y su entorno y al funcionamiento socioemocional que
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ésta tiene en diversos escenarios -familia, escuela o pares- y en sus vínculos actuales, de modo que los modelos internos operantes serían reflejo de un prototipo formado en los primeros años de vida pero también de una acumulación de experiencias posteriores (Carlson, Sroufe & Egeland, 2004). Sumado a ello, las personas que muestran fluctuaciones en la seguridad del apego tienden a poseer modelos internos operantes poco definidos e inconsistentes como resultado de haber sido expuestos a factores de riesgo de la relación con sus figuras de apego, lo cual genera fluctuaciones en el apego adulto, especialmente en contextos interpersonales cambiantes (Davila, Burge & Hammen, 1997). Esto cobra sentido si se considera que el grupo de consumidores del estudio muestra una tendencia a la inseguridad del apego y además han vivido un cambio de contexto relacional al ser internados a los programas residenciales, lo cual hace pensar que su dimensión de seguridad del apego es inconsistente, por lo tanto, no tendría una relación positiva con el apoyo social percibido como se esperaba desde la teoría.
Elementos como el establecimiento de relaciones de apego negativas durante el desarrollo, experiencias de abuso o maltrato, experiencias vitales negativas relacionadas con las figuras de apego (pérdidas, separaciones, entre otras), disfunción familiar, una red social que no estuvo disponible o no proveyó de los recursos necesarios para afrontar los cambios del ciclo vital o la baja percepción de dichos recursos son variables que pudieron llevar a los sujetos actualmente seguros a tener un estilo más inseguro en algún momento de sus vidas o a no percibir el apoyo social de su red o hacer uso de éste. También es posible que en aquellos casos donde las representaciones mentales tempranas de sí mismo y de los demás fueron eminentemente negativas, éstas pudieron oscilar hacia mayor seguridad a través de la resignificación de las experiencias negativas con las figuras de apego y la vivencia de experiencias correctivas como una oportunidad de establecer vínculos más seguros y una mayor tendencia a buscar y brindar apoyo social, donde el contexto de terapia es un momento
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especialmente idóneo en el que la persona puede percibir mayor apoyo por los recursos que le ofrece la red, siendo una experiencia reparadora que impulsa hacia el cambio positivo de las representaciones de apego. Por el contrario, una persona que contó con una base segura desde etapas anteriores del desarrollo, pero que vivió experiencias negativas o tuvo los factores de riesgo para incurrir en el abuso de sustancias, podría tener actualmente problemas para percibir o visualizar los recursos de su red de apoyo. Todos estos elementos dan cuenta de que el nivel de seguridad del apego y el apoyo social percibido son variables sujetas al contexto relacional de la persona.
Los resultados encontrados en este estudio deben ser considerados en la intervención psicoterapéutica en el contexto de rehabilitación. Cabe destacar lo señalado por Waters y colaboradores (2000), quienes consideran que es posible cambiar desde la inseguridad a un apego más seguro con la exploración y la consiguiente resignificación de las experiencias negativas tempranas. Esto lleva a pensar que intervenciones reparadoras en el estilo de apego podría vincularse a un mejor ajuste psicológico de los consumidores. Por otro lado, la revisualización del apoyo social percibido desde la red es una estrategia efectiva y sin mayor complejidad que contribuye a la reparación. No obstante, la resignificación de las experiencias negativas de apego en la terapia requiere de un trabajo más profundo, prolongado e individualizado en el paciente, requiriendo una revisión de la historia relacional del sujeto y una fuerte vinculación con el terapeuta, quien ha de facilitar una relación terapéutica basada en el respeto, validación, contención y proximidad afectiva hacia el otro. La reparación del apego es posible a través de una psicoterapia individual, que repare, trate y elabore trastornos del apego y traumas infantiles; alivie los contenidos ansioso depresivos y traumáticos, desarrolle mayor confianza en sí mismo y en los demás, así como un mayor autocontrol emocional a partir del acompañamiento psicosocioeducativo, junto al desarrollo de habilidades sociales y
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facilitación de comprensión de las dificultades de las competencias parentales y énfasis en la resiliencia (Barudy y Dantagnan, 2005).
Una de las principales limitaciones del presente estudio tiene que ver con el tamaño muestral utilizado. Se buscó convocar a la mayor cantidad de personas insertas en los programas residenciales de tratamiento para consumo problemático de sustancias pertenecientes a SENDA Maule, por lo que el tamaño muestral de este grupo corresponde al mayor número posible de conseguir, teniendo el resguardo ético de respetar la voluntariedad de su participación. Además, el contar con un grupo de contraste no clínico no fue una labor sencilla de realizar debido a los criterios de selección que se requería para la evaluación de esta muestra (nivel socioeconómico bajo y ausencia de psicopatología). Dado que la prioridad era el análisis con el grupo clínico, se decidió no extender el tamaño muestral de la muestra no clínica por no tratarse del grupo objetivo del estudio, tomando el resguardo de utilizar los análisis estadísticos adecuados para una muestra pequeña. Sin embargo, se sugiere en próximos estudios contar con una muestra mayor que permita con mayor seguridad la generalización de las conclusiones obtenidas y que permita las comparaciones de grupo según estilo de apego dado que en este caso el bajo número de personas con estilo seguro dentro de la muestra clínica fue una de las mayores limitantes para realizar los análisis estadísticos.
En cuanto al instrumento utilizado para medir apoyo social, se sugiere considerar en próximos estudios el tamaño de la red con la que cuentan los participantes como una variable a analizar en la percepción de apoyo social, la cual no fue utilizada en el presente estudio ya que no está considerada dentro de la baremación y carece de normas para ser interpretada o catalogada. Además, el instrumento en general carece de medidas que detecten deseabilidad social o falseabilidad de las respuestas. Por otro lado, más allá de evaluar el apoyo social con criterios cuantitativos, es necesario profundizar desde la entrevista y el relato para indagar en
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la historia vital del sujeto, complementando la clasificación de los cuestionarios de apoyo social. Esto daría cuenta de quiénes son las personas proveedoras de apoyo y bajo qué condiciones lo hacen (calidad, frecuencia, tiempo) y los sucesos vitales que afectan a la persona que contribuyeron en la incidencia del consumo de sustancias.
Por otra parte, las características del cuestionario Ca-Mir hacen de éste un instrumento difícil de utilizar en estudios de muestras grandes, debido a la complejidad del formato de respuesta, por lo que la aplicación debe ser asistida por el evaluador de la forma más personalizada posible. Otra limitante del instrumento es la duración de la aplicación y las competencias que requiere de parte de los sujetos evaluados. En esta aplicación la mayor limitación fue el tiempo disponible de los participantes y la extensión de la evaluación, lo cual generó en algunos casos rechazo a la participación, sobre todo en la fase de clasificación forzada, la cual resultó ser frustrante en algunos casos. La duración de este instrumento puede provocar que los sujetos contesten los ítems sin realizar un análisis a conciencia y premeditado de su respuesta con el fin de finalizar pronto la aplicación. Además, cuando las temáticas evocadas en el Ca-Mir respecto de situaciones pasadas o presentes no les es indiferente, puede generar incomodidad, movilizar recuerdos y emociones negativas y derivar en el abandono de la aplicación. Sin embargo, esto ocurrió en la minoría de los casos. Otra limitación del presente estudio en relación al instrumento para evaluar apego se refiere a la complejidad de la redacción de los ítemes, los cuales se prestaban para confusión interpretativa en algunos de ellos, por lo que se debía recurrir a la aclaración de su significado, considerando especialmente que una parte importante de participantes poseían baja escolaridad, lo cual pudiese relacionarse con problemas de comprensión lectora. Por último, el Ca-Mir no entrega detalles del estilo de apego de la infancia, adolescencia y adultez de forma separada, sino que solo considera de forma global todas las experiencias vitales del sujeto para derivar en un estilo
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actual predominante impidiendo el análisis de alguna etapa, evento gatillante o suma de factores de riesgo relacionados con el apego que hayan llevado al individuo al consumo problemático de sustancias. Sería interesante poder evaluar en futuros estudios la evolución de las dimensiones del apego, todo para establecer los contrastes al momento de inicio y término del proceso terapéutico que involucra la rehabilitación, lo cual cobra relevancia desde la reparación que se pudiera hacer en la calidad del apego como factor protector en la mantención de la abstinencia.
La severidad del consumo problemático –variable que no fue controlada- también podría afectar los resultados de los instrumentos debido al daño cognitivo y orgánico en algunos casos, propio del uso prolongado y abusivo de sustancias. Podría ser considerada en futuros estudios tanto como variable de estudio como variable excluyente de participación si es que afectase la validez de los resultados. También resulta pertinente controlar de forma más rigurosa las habilidades de comprensión lectora y la baja escolaridad para obtener protocolos fidedignos. Es importante considerar la droga de uso o sustancia de entrada a los programas de rehabilitación en futuros estudios, con el fin de establecer relaciones entre apoyo social y los efectos sociales, conductuales o emocionales de las drogas (sedantes o estimulantes). Por otra parte, sería interesante integrar en investigaciones futuras grupos de población que no presenten riesgo social y que pertenezca a distintos estratos socioeconómicos para controlar el posible efecto de estas variables en la calidad del apego y el apoyo social que se percibe.