• No results found

Preparing for the Phonics Screening Check 68

Después de varios años de violencia generada por el ELN y las FARC, llegaron a Concepción los paramilitares con ansias de sangre y dinero. Mataron cruelmente a quienes llamaban colaboradores de la guerrilla, extorsionaron y amenazaron a los que consideraban ‘con billete’.

Me gustaba ver el piso de mi casa brillante, por eso le echaba montones de cera, y justo ese día, un martes o miércoles, más o menos, estaba en mi oficio cuando un tipo, que nunca había visto, preguntó por mi papá. Quedé fría… Estaba segura de que era un ‘paraco’.

En el pueblo decían que esa gente era terrible, que eran muy malos. Yo los imaginaba tal cual los veía en las noticias: mandones, malgeniados, pero sobre todo, matones.

Alejandro Calderón y Marcela Flórez llevan 27 años de casados y tienen dos hijos, Mariana y Alejandro. Ellos nunca tuvieron la oportunidad de entrar a una universidad; sobretodo Marcela, a quién la guerra bipartidista la dejó huérfana de padre cuando apenas tenía 10 años, junto a sus siete hermanos.

Pero esta pareja de trabajadores incansables se propuso darles la mejor educación y formación académica a sus hijos, y emprendieron la lucha contra el desempleo que reina en su municipio, Concepción. Alejandro aprendió a trabajar en el comercio, comprando y vendiendo mercancía, y su esposa se dedicaba al hogar y a cortar pelo.

De esta manera, poco a poco, iban pagando los estudios de sus ‘chinos’, como les dicen normalmente, que para entonces estaban próximos a entrar a la universidad. Pero el panorama cambió con la incursión del paramilitarismo en el alejado municipio de Concepción, y más aún, cuando tocó las puertas de su casa, aquella época decembrina del 2002.

“Estábamos los dos con Alejandro, la primera vez”, asegura Marcela.

-No, interviene su hija. Yo estaba encerando cuando llegó el tal ‘Chulo’. Me acuerdo perfectamente de la cara del man porque en la calle decían que era alto, negro y feo.

-¡Ah, sí! El primero que llegó a buscarlo fue el bobo ese, el que trabajaba sacando cal en Málaga. Me preguntaba por Alejandro, que necesitaba yo no sé para qué, y yo le dije:

-Pero es que no está ¡Entienda! No está.

Con ese ‘malparío’ nos alcanzamos a agarrar porque me decía que yo lo estaba escondiendo y que si se le daba la gana se lo llevaba a la fuerza; recuerda Marcela, muy enojada.

Cuando yo llegué, Marcela me contó que habían ido por mí y esa tarde volvió a buscarme el mismo man, agrega Alejandro.

-¿Usted es Alejandro?, me preguntó en su segunda visita. -Sí

-Lo necesita el comandante ‘Flechas’, de la organización, en la Bomba a las 4 de la tarde. Deme el número de teléfono.

-Y ¿para qué?

-Necesitamos hablar con usted.

De una vez se fue. Pasadas las 3 me llamaron para que no fuera porque no podían estar, pero me advirtieron que no me fuera a salir de la casa, que en el transcurso de la semana venían a buscarme.

Yo no comía, no dormía, era una sensación horrible y no entendía qué carajos estaba pasando. Sin embargo, tenía que actuar y ¿qué hice? Al otro día me fui con Marcela para Málaga; yo tenía una plata en el banco, la sacamos y la guardamos en la casa de mi suegra. Eran como 7 u 8 millones nada más, pero esos tipos miraban cuentas.

Después volví a ir en busca de contactos, de alguien que tuviera relación con ellos y que me pudiera ayudar, pero nada. Nunca pasó nada. Y yo asustado. A ratos no pensaba en cosas negativas pero después era consciente de lo mal que estaban tratando a la gente y volvían los miedos.

Ya después fue cuando llegó el tal Flechas, como a los 8 días. Yo le di la mano y me preguntó:

-¿Esta casa es suya? Y la miraba.

-No, es de una hermana.

Y dice Marcela: “el tal vez traía en la cabeza otra cosa. Pensaría que nosotros teníamos esto llenito de mercancía”. Y le dije:

-Señor, es que ni siquiera la casa es de nosotros.

Después supimos que la Peñaranda les había dicho que, mejor dicho, éramos ricos.

La Peñaranda, como dice Marcela, era una secretaria de la alcaldía municipal. Al parecer, y según muchos concepcioneros, una mujer un poco amargada y chismosa, que se relacionaba con el grupo armado de turno.

Un día que fui a Málaga, un amigo mío, al que le decimos ‘Manga Floja’, sí me dijo: “ojo que lo van a joder y la de eso fue Elvira Peñaranda”. Ella les había dado la lista de todos los que le vendían a la alcaldía; entre esos yo, que apenas estaba comenzando en ese negocio.

Cuando llegó el ‘Flechas’ a la casa estaba, mis hermanas, que había venido de vacaciones a visitar a mi mamá, apenas lo vieron, se fueron. Yo pensé ¡cómo son de hijueputas! Lo ven y me dejan solo.

-¡Uy, sí! Nosotros dijimos ¡cómo son de hijueputas! Sabían de la situación y nos dejaron ‘soliticos’, añade Marcela.

A Marcela ni la saludó, yo le di la mano, pero le vi semejante pistolón y ¡uy!, cuenta Alejandro.

Después me dijo: -Usted es un testaferro. -¿Qué es un testaferro?

-Que usted le saca plata la guerrilla

-Eso es falso. Yo lo único que hago es comprar y vender. Le vendo al municipio.

Duramos como 10 minutos en esa conversación y finalmente me dijo que tenía que darle una plata a la organización.

-Y eso ¿cuánto? - Treinta millones.

-Nooo, yo no tengo eso. Ni porque me dedique el resto de mi vida a trabar para ustedes reúno esa cantidad.

E insistía que eran 30.

-Un día de estos mando por ella. Y volteó el ‘culo’ y se fue.

Ahí fue cuando yo le dije a Alejandro, digámosle a Ciro, el alcalde, que nos ayude. Y él fue el que habló con ese miserable, dice Marcela.

Todo pasó tan rápido. El tipo me volvió a citar y Ciro me dijo que él arreglaba eso. El caso es que después de ese encuentro, entre ellos dos, supe que la orden era grave y dura: si no daba la plata me mataban y mataban a los de mi casa.

Volvieron y me citaron a las 8 de la noche en un potrero, cerca al cementerio. Me tocó ir solo. Iba a llevar a la perra pero no me dejaron. Ellos fueron por mí. Yo me eché 2 millones de pesos en la pretina del pantalón y me puse la ruana. Sentí mucho miedo. Creí que me iban a matar. Empezamos a hablar pero el comandante no se bajaba de los 30 millones. Duré como media hora tratando de que me rebajara pero él insistía en que sobre mí había información grave. Sacó un radio y llamó a un tal ‘Douglas’, el matón más duro que había, y hablaban en cable. ‘Flechas’ le decía:

-Pero el precio es el que ya se dijo y si no, hay que proceder, decía ‘Douglas’. Yo no sé si sería matarme o qué. Después, apagó el radio y de una le dije: -Mano, ¿pero a usted no le gusta la plata?

-Claro que sí

-Entonces yo le doy algo, pero bájele a la letra porque de verdad, toda esa plata no la tengo. Nunca me he ganado eso, tampoco he cobrado un cheque por 50 millones, como usted dice. Yo no puedo declarar toda esa cantidad. -Usted cobró cheques por 70 millones

-El contrato más grande ha sido de 30 millones, la ley tampoco lo permite y yo no voy a caer en la trampa de los torcidos.

Me decía también que yo era colaborador de la guerrilla.

-No es sea colaborador, es que estamos bajo la ley de ellos y ahorita ya llegaron ustedes y nos toca bajo la ley de ustedes. Ya mañana ustedes se van, llegan otros y la misma cuestión.

Me recibió los 2 millones y me dejó claro que el resto se los tenía que dar en una semana. Quedamos en que serían 15.

-Y que no le vaya a faltar nada a esa cuota porque se agrava la situación, aclaró.

Pagué en tres contados. Ahí entregué el trabajo de un montón de años. Ahí se fueron las matrículas de mis hijos. Me salió caro retomar las noches de tranquilidad.

Cuando terminé de pagar todo me dijo:

-Usted siga trabajando y cualquiera que llegue a chantajearlos nos avisa o cuando yo me vaya le presento al comandante que llegue. Me dio la mano, se despidió y ya.

A mí también me había alertado Tito, mi amigo. Él había escuchado muchos comentarios en las oficinas de Cotrans, una empresa de transporte intermunicipal.

Pero a ellos nos les bastó con sacarme la plata. También fui su mensajero. Para ese entonces yo había comprado, en sociedad, un camión de carga con mi primo y nos tocó, durante un mes, recoger las ‘vacunas’ por todo el pueblo. Eso a todo el mundo le sacaron plata, hasta a un zapatero, como de a 10 mil pesos. Eso era una ‘chichigua’. Duro me tocó a mí y todo por mala información. -Necesito una carrera, dijo ‘El Chulo’

-Sí señor, contestó el taxista

-Espéreme aquí que voy para donde un ‘hijueputa’ que tiene billete, agregó. Hoy, alias ‘El Chulo’ está trabajando en la mina de cal, tal cual lo hacía antes de sentirse poderoso por cargar un arma en su pantalón y decir que era miembro de las AUC.