Podríamos decir que los hombres y mujeres tenemos la gozosa tarea de construir la propia vida, de encontrar nuestra vocación personal, que es propiamente el proyecto vital. Este necesariamente tendrá que ser suficientemente amplio para que en él se alojen todos los demás proyectos, que serán como hitos del primero, trayectorias por recorrer desde la mismidad del propio ser. Proyecto que dará respuesta de modo profundo a la pregunta “quién quiero ser”, para desde allí, desde el arcano personal y entendiendo que las circunstancias con las que nos hemos de topar y en las que nos encontraremos son de diversa índole, recorrer el camino que nos lleve a una felicidad compatible con la vida misma, sus edades, sus alegrías, dolores y afanes cotidianos. La vida se nos ha dado, pero no es hecha; vivir es un quehacer que ha de ser imaginado, anticipado, proyectado, en busca de la felicidad, que está en el presente a modo de instalación y en el futuro como vector, sin renunciar a nada de lo que somos; por eso ha de cobijar especialmente las relaciones personales, los otros “quiénes”, bienes mayores que todos los “qué” que encontremos en el mundo.
Referencias
Araújo, A. (1992). El pensamiento antropológico de Julián Marías. Bogotá: Universidad de La Sabana.
Aristóteles (1985). Ética a Nicómaco. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales.
Marías, J. (1973a). Antropología metafísica. Madrid: Revista de Occidente.
Marías, J. (1973b). El tema del hombre. Madrid: Espasa-Calpe.
Marías, J. (1979). Problemas del cristianismo. Madrid: Biblioteca de autores cristianos.
Marías, J. (1981). Introducción a la filosofía. Madrid: Revista de Occidente.
Marías, J. (1985). Breve tratado de la ilusión. Madrid: Alianza.
Marías, J. (1992). La educación sentimental. Madrid: Alianza.
Marías, J. (1995). La felicidad humana. Madrid: Alianza.
Marías, J. (1996a). Ensayos de teoría. Madrid: Revista de Occidente.
La experiencia del asombro, desde la observación maravillosa de la realidad, es para Giussani la primera aproximación racional para explicar el sentido religio- so: “Mientras dure la tierra, sementera y retoño, frío y calor, verano e invierno, día y noche no cesarán” (Gn 8, 21). En la medida en que el ser humano viva más en contacto y en relación con la naturaleza, más pronto comienza a reconocer el misterio del sentido religioso.
Es claro que no se pueden comparar las condiciones griegas o romanas antiguas con las condiciones actuales, incluso tampoco las condiciones del cristianismo en sus inicios con el momento actual, pues se trata de otro tipo de vida y de condiciones; sin embargo, el ser humano no ha cambiado, son esencialmente los mismos problemas vitales en circunstancias diferentes. Los grandes sabios han hablado de ello, las tragedias griegas lo mencionan, las grandes obras clásicas lo recrean una y otra vez.
Si nuestra situación presente está marcada por la existencia de una filosofía ac- tual muy valiosa, por el abandono de la perspectiva filosófica y por el fenómeno del arcaísmo (el olvido deliberado del pasado reciente y la vuelta a formas ante- riores), la vuelta a la filosofía como un saber que nos ayude a orientarnos no es excesivamente complicada: “No hay que volver al pasado, porque no ha habido interrupción en la creación filosófica”. Nuestra época ha creado una filosofía extraordinariamente profunda, abierta y llena de posibilidades, lejos de todo agotamiento.
La reflexión metódica sobre la vida no ocupa una porción central de las pre- ocupaciones del hombre corriente y contemporáneo, lo que de plano parece constituir una especie de apatía espiritual que hace que lo problemático de esta reflexión esté reservada a una muy variada pero escasa “fauna intelectual”. Por ende, la tarea que nos ocupa es un desafío, un reto, una osadía. Se trata de reco- nocer que, como decía Bernardo de Chartres, somos como enanos en hombros de gigantes: tenemos las posibilidades para ver más y más lejos, no por nuestra condición física, sino sencillamente por ser levantados por encima de su gran altura. Hemos de sobreponernos a las diferentes circunstancias que podemos observar, a las que dediquemos tiempo, silencio, reflexión, puesta en común, discusión, por medio de análisis y propuestas que ofrezcan claridad para pro- veer de luz o embellecer las distintas realidades del mundo y del hombre, oscu- recido por una incertidumbre evidente y rampante.
La resiliencia social es un factor de protección que está inmersa en una socie- dad en crisis. Es muy importante tener en cuenta que el arte ofrece los elemen- tos necesarios para que en los procesos resilientes las estrategias pedagógicas y metodológicas trabajen aspectos tan importantes para la persona, como son la autoestima, la afectividad, el amor, la solidaridad, los valores, la moral y la ética, entendidos como componentes de lo que significa estar bien.
Ser persona humana es igual a actuar, sentir, sentir, hablar, vivir, dar sentido o comprender el sentido de las cosas de manera humana y un gran etcétera, pero, ¿y eso qué significa? La tautología no puede ser más abrumadora y a la vez más es- peranzadora: ser una persona humana es ser una persona humana, por lo menos en la forma. Exigir y exigirse moralmente es loable, pero fallar en la vida moral es quizá más humano que lo anterior. La preocupación frente a una caracterización demasiado rígida de lo que significa ser persona humana, por lo menos aquella en la que se exalte, como hace de cierta manera Taylor, aspectos tan positivos, es que termine dejándose en la triste penumbra de la poesía o la literatura ese lado muy humano que significan el fracaso, la pesadumbre, la mezquindad y el dolor que dan, y quizá con mayor profundidad, sentido a la vida humana.
Sin duda, es necesario poner en práctica una pedagogía moral que eduque en el valor de la vida. Pero una pedagogía mediada en primer lugar por la recta razón. En un mundo donde el deterioro moral es cada vez más creciente, se hace imprescindible argumentar racionalmente las verdades que afirmamos. Desde la argumentación racional y el diálogo, se podrá interiorizar en las conciencias de- terminadas convicciones morales profundas formadas desde dentro y capaces de afrontar las objeciones que nos llegan desde fuera.
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