El programa de estudios dirigido a la gestión de los riesgos en la modernidad tardía desarrollado en el ámbito del Núcleo de Estudios y de Investigaciones en Prácticas Discursivas y Producción de Sentidos (PUC / SP) (5)
, desde 1996, se asienta en algunos apuntes.
(5)El núcleo y el programa de investigaciones están bajo la coordinación de Mary Jane Spink e incluyen Proyectos Integrados de CNPq así como proyectos desarrollados por alumnos de maestrazgo y doctorado.
1) La palabra riesgo se ha vuelto de uso corriente en las lenguas indoeuropeas alrededor del siglo XIV, en un periodo en que se había vuelto posible pensar el futuro como controlable. 2) La formalización de los riesgos como concepto fundamental para la gestión de colectivos se sostiene en el desarrollo de una tecnología específica: el cálculo de probabilidades.
3) El análisis de los riesgos, a partir de mediados del siglo XX, se asienta en tres pilares: el cálculo del riesgo, la percepción del riesgo por el público y la gestión de los riesgos (que involucra, más recientemente, la comunicación del riesgo para el público).
4) El análisis de los riesgos es escenario de acalorados debates que confrontan posturas objetivas y socio-culturales que desembocan en el consenso (poco confortable para unos) de que la definición de lo que viene a ser riesgo está imbricada con valores y ordenes morales que extrapolan la racionalidad del cálculo del riesgo.
5) Ese debate, en la modernidad tardía, se desplaza de la esfera de los valores a la esfera del cálculo, ponderando que los riesgos manufacturados tienden a ser imponderables.
6) Finalmente, sean los riesgos calculables o imponderables, a medida que afectan a los
colectivos ellos son obligatoriamente objeto de gestión pública. O sea, la gestión de los riesgos es tarea central en el gobierno de las poblaciones, sea en los micro-contextos de cada ciudad, estado, nación, o en el macro-contexto de la sociedad globalizada. Riesgos asociados a la quiebra económica, al terrorismo internacional, a la destrucción ambiental, a la contaminación por agrotóxicos entre otros, al empleo de nuevas tecnologías en la salud, así como los riesgos del cotidiano urbano tienen que ser calculados, asegurados y administrados.
Las formas de control de los riesgos posibilitan, por lo tanto, entender las modernas estrategias de gubernamentalidad, concepto desarrollado por Foucault en variados escritos, sobre todo en contexto homónimo de la clase proferida en el Collège de France el 1 de febrero de 1978 (Foucault, 1995). Optamos por el concepto de gubernamentalidad para evitar reducir el problema de la gestión de los riesgos a la esfera del Estado, insertándolo en la cuestión más amplia de una mentalidad de gobierno.
El conjunto constituido por las instituciones, procedimientos y reflexiones, cálculo y tácticas que permiten ejercer esta forma bastante específica y compleja de poder, que tiene como mira la población, por forma principal de saber la economía política y por instrumentos técnicos esenciales los dispositivos de seguridad (Foucault, 1995:291).
O sea, el gobierno nada más es que la fusión de las actividades de cada uno de nosotros,
cabiéndole a la Psicología Social una importante contribución en la comprensión de los sentidos de los riesgos en la vida cotidiana. Trayendo esa propuesta para el encuadre de la Psicología Discursiva que se dibuja en el ámbito del movimiento constructivo, el enfoque se desplaza de las estrategias regladas a las formas de hablar sobre riesgos en diferentes instancias de la vida cotidiana (6)
.
(6)Habíamos explorado, en encuestas anteriores, las diversas maneras en las que circulan los repertorios sobre riesgo. Con ese objetivo, desarrollamos encuestas en la media (Spink, Medrado y Mello, 2002), en algunos campos disciplinares (Psicología y Educación en la Salud)
y explotamos los sentidos del riesgo en el espacio de vida de personas de diferentes segmentos de la sociedad (Spink, 2000a).
Continuando la reflexión sobre el estatuto teórico del lenguaje de los riesgos, retomamos la pregunta: ¿cómo trabajar la condición entre los aspectos más permanentes de las maneras de hablar sobre riesgo en la modernidad (la normativa del lenguaje de los riesgos), las
especificidades de los discursos en diferentes sectores de actividad donde hay riesgos como aspectos intrínsicos (los géneros del habla) y la polisemia de los riesgos en las prácticas discursivas cotidianas (la dialogicidad)?
Empezando con el presupuesto de la existencia de un lenguaje social de los riesgos, lo que estamos proponiendo es que desde que los riesgos pudieron pensarse dentro de la perspectiva de la gestión, se formatearon ciertas constancias discursivas que nos permiten hablar de la existencia de un lenguaje de los riesgos. Barbara Adam y Joost Van Loon se refieren a ésta en los siguientes términos:
El lenguaje de los riesgos está tradicionalmente asociado al mundo económico de los cambios y de las pólizas de seguros, al mundo médico en la relación entre profesionales de la salud y sus pacientes, a los deportes radicales y a las personas que “arriesgan” sus vidas por los demás. En esas situaciones tradicionales de riesgo, las personas calculan el riesgo potencial de ciertas acciones y toman decisiones. Seleccionando a la luz de sus evaluaciones. Riesgos específicos se conciben y se relacionan a las personas, a las familias y a las naciones, en lo que se refiere al bienestar físico, mental, social y/o económico. El lenguaje de los riesgos, por lo tanto, es y siempre ha sido indudablemente social. La percepción de riesgo presuponía una relación particular con un futuro esencialmente desconocido, cuya probabilidad de ocurrir podía, sin embargo, calcularse tomando por base frecuencias pasadas: una respuesta socio-cultural calculada en anticipación a acontecimientos potenciales. El cálculo del riesgo y ese tipo de comportamiento es una cuestión de matemáticas que independe que el riesgo se calcule de manera explícita o implícita (...) Con esa perspectiva, el mundo del cálculo de riesgo presupone diferenciaciones nítidas entre lo que es seguro y peligroso, entre verdadero y falso y entre pasado y futuro (Adam y Van Loon, 2000:7).
El enfoque de la reflexión de Adam y Van Loon es el ordenamiento del riesgo en la modernidad tardía (7)
. Siendo los riesgos en la modernidad tardía más desordenados (messy) y menos propensos al cálculo, Adam y Van Loon argumentan a favor de la necesidad de cambiar el género prevalente que articula riesgos y peligros con base en el cálculo (que obedece una lógica binaria), por otro género más relacionado con la reflexión que lleve en consideración los sentidos que se les atribuye al riesgo en diferentes contextos. O sea, postulan la necesidad de un nuevo lenguaje.
(7)Modernidad tardía comprendida según la teoría de Ulrich Beck (1992) sobre la sociedad de riesgo.
Ya nuestra propuesta, más próxima a la teoría lingüística de Bakhtin, es que jamás apagamos las voces que hablan a partir de otros lenguajes sociales, por más inadecuadas que puedan venir a ser. Además de eso, el lenguaje de los riesgos que se formatea en el decurso de los siglos, desde que el riesgo se volvió objeto de gestión, se expresa de formas diferentes cuando es usado en distintos contextos, por ejemplo, en el ámbito de las tres tradiciones discursivas que proponemos: el gobierno de colectivos (en las cuestiones de salud, tecnología, ambiente), la disciplina de los cuerpos y la aventura.
La primera tradición, el gobierno de colectivos, se relaciona a la creciente necesidad de gobernar poblaciones, a partir de la modernidad clásica. Refrenda, por tanto, medidas
colectivas, destinadas a administrar relaciones espaciales –la distribución y el movimiento de personas en los espacios físicos y sociales–. Con esa tradición discursiva la metáfora más utilizada para posicionar las personas con relación a los riesgos es estar en riesgo (Spink, 2000a; 2001).
disciplina ésa en la que el mismo cuerpo es punto de mira de control, siendo la educación su estrategia central (Foucault, 1995). La disciplinarización de las personas contempla dos etapas. En la primera, la disciplina del cuerpo está en la higiene, vinculada al movimiento higienista de finales del siglo XIX y a la moral de la prevención: higiene personal, higiene del hogar e higiene moral. A lo largo del siglo XX, con el aumento de la expectativa de vida, gracias al control de enfermedades infecciosas y de la mejora de las condiciones sociales, las enfermedades
crónicas han pasado a ser preocupaciones centrales de la salud pública. Progresivamente, los conocimientos médicos definen nuevos modelos de control. Una persona debidamente
informada es responsable por la autoadministración de su salud. El estilo de vida como forma de autocontrol es la faz más famosa de esa reorganización (Spink, 2000a). “Es en esta esfera que vemos emerger una de las más potentes metáforas sobre los comportamientos ante riesgos: correr riesgos” (Spink, 2000b:163). En lo que se refiere a la prevención, la lógica es evitar los riesgos.
La tercera tradición, que aproxima los campos de la Economía y de los Deportes, hereda el positivismo de la aventura, presentando especificidades discursivas en cuanto a la lógica de la gubernamentalidad. Así, un conjunto de repertorios sobre riesgo que, de cierta forma, escapa a la gubernamentalidad, exhibe connotaciones que hacen del correr riesgos una práctica
necesaria para alcanzar determinadas ganancias. Esa perspectiva es reinterpretada en la modernidad por la Economía. Correr riesgos, guiado por tasas probabilísticas, es el elemento intrínseco de ese dominio. Algunos de los repertorios propios de la aventura se han vuelto parte integral del campo de la economía, imprimiendo singularidades en el abordaje de riesgos en ese campo de saber: coraje, adrenalina, miedo e incluso el riesgo de quiebra o de síncope cardíaca (Spink, 2000a; 2001). Lo cotidiano del pregón de la bolsa de valores es aclarativo de ese género discursivo sobre riesgo.
Lo que está en juego en el abordaje de la Economía sobre riesgos es el grado de satisfacción o descontento asociado a una posible acción o transacción. En esa perspectiva es totalmente irrelevante si un perjuicio es significado como placentero o catastrófico: la relevancia está en la satisfacción subjetiva ante potenciales consecuencias y no en una lista predefinida de efectos indeseables. Así el denominador común satisfacción personal es el que permite la comparación directa entre riesgos y beneficios, a partir de un abanico de opciones (Renn, 1992).
La aventura, que parece ser parte de la condición humana, está resignificada en la modalidad de las emociones radicales. Ciertos deportes radicales son domesticados y, hasta cierto punto, reintegrados a la vertiente de la gubernamentalidad, ya que se apoyan en reglas y equipos de seguridad. En esas modalidades se busca mantener viva la tradición de fortalecimiento de carácter. Pero, en oposición a la aventura sujeta a reglas, se encuentra un creciente número de modalidades de aventura sin rescate, por ejemplo, la demanda por reservas naturales donde personas se adentren sin expectativa de rescate en caso de accidente. Las peculiaridades discursivas de la tradición aventura (considerando aquí el mundo de los negocios y de los deportes) hacen necesario reconocer que las teorías sobre riesgo necesitan incorporar el sentido del riesgo deseado (Machlis y Rosa, 1990). La metáfora es correr el riesgo deseado. En los procesos de socialización heredamos tensiones decurrentes de la manera como ciertas constancias discursivas sobre riesgo han sido formateadas en la sociedad industrial o sociedad moderna: 1) tensión entre una perspectiva colectiva de administración de riesgo –apoyada en la legislación– y una perspectiva más individualista de introyección de la disciplina; 2) tensión entre las visiones de legos y de especialistas –los especialistas más apoyados en la
cuantificación de los riesgos mientras que los legos echan mano de la información disponible–; y 3) tensión entre el imperativo de la prevención de los riesgos y la percepción de que correr riesgo ayuda a formar el carácter o a liberar creatividad (Spink 2000a).
En suma, esas tensiones y diferencias emergen en los distintos géneros de habla utilizados en campos variados. Aunque preservando la idea de control basado en el cálculo, el lenguaje de los riesgos asume connotaciones singulares y usos específicos, coloreándose por los géneros de habla típicos de las prácticas discursivas en las diferentes arenas de actividad. Buscaremos,
en lo que resta de este texto, ilustrar esas diferencias y, paralelamente, señalar que se trata de géneros de habla que tienen interlocución con el lenguaje social formateado en el afán de hablar sobre el control de los riesgos: el lenguaje de los riesgos.
4. Estrategias de gubernamentalidad: contrastes y diferencias entre tradiciones