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7.4 2003 – Present: Pause, and now Fast Growth and New Services

El gran medio de la cooperación social es la división y la combinación del trabajo. La división del trabajo aumenta enormemente la productividad de cada uno y, por lo tanto, la productividad de todos. Esto se ha reconocido casi desde que la economía empezó a considerarse como ciencia. Reconocerlo así es, en efecto, el fundamento de la economía moderna. No es una mera coin- cidencia que la formulación de esta verdad se encuentre en la primera oración del primer capítulo del gran libro La riqueza de las naciones de Adam Smith, publicado en 1776: “La mayor mejora de los poderes produc- tivos del trabajo, y la mayor parte de la habilidad, destreza y juicio con los cuales este es dirigido o aplicado, parecen haber sido efectos de la división de trabajo”.

Adam Smith pone a continuación el ejemplo “de una empresa casi insigni- ficante, en la que la división del trabajo ha sido tomada muy en cuenta: se trata del negocio de la fabricación de alfileres”. Cuenta que “un trabajador

2. Cf. Ludwig von Mises, Theory and History (New Haven: Yale University Press, 1957), pp. 55-61. 3. Ibíd., p. 57.

no educado en este negocio (que la división del trabajo ha hecho un negocio diferenciado), ni familiarizado con el uso de la maquinaria empleada en él (a cuyo descubrimiento la misma división del trabajo ha dado probablemente lugar), podría escasamente, a pesar de poner en ello la mayor diligencia, hacer un alfiler al día, y seguramente nunca veinte”. Dada la forma como el trabajo se ha desarrollado (estamos en 1776), nos dice: “Un hombre saca el alambre, otro lo endereza, un tercero lo corta, un cuarto le hace punta, un quinto lo esmerila por un extremo, para lograr la cabeza”. Así sucesivamente, de modo que “la ocupación importante de hacer un alfiler se divide, de esta manera, aproximadamente en dieciocho operaciones distintas”. Cuenta como él mismo conoció “una pequeña factoría de esta clase, donde solo trabajaban diez hombres” y aun así “podrían hacer entre todos más de cuarenta y ocho mil alfileres en un día. Cada uno, por lo tanto, haciendo una décima parte de cuarenta y ocho mil alfileres, podría considerarse como fabricando cuatro mil ochocientos alfileres en un día. Pero si hubieran trabajado todos por se- parado e independientemente, y sin que ninguno hubiera sido educado en este negocio peculiar, ellos seguramente no podrían haber hecho veinte cada uno, quizás ni uno siquiera al día; es decir, seguramente, ni la ducentésima, quizás ni la cuatromilésimoctogésima parte de lo que actualmente son capaces de realizar, como consecuencia de una división y combinación apropiadas de sus operaciones diferentes”.

Smith prosigue mostrando, a base de ilustraciones adicionales, cómo “la división del trabajo... en el grado que pueda introducirse, se traduce, en cada situación, en un aumento proporcional de los poderes productivos del traba- jo”; y cómo “la separación de oficios y empleos diferentes parece haber ocu- rrido a consecuencia de esta ventaja”.

Él atribuye este gran aumento de la productividad a “tres circunstancias diferentes: primero, el aumento de destreza en cada trabajador particular; segundo, el ahorro del tiempo que comúnmente se pierde en pasar de una clase de trabajo a otro; finalmente, la invención de un gran número de máquinas, que facilitan y reducen el trabajo, permitiendo a un hombre hacer la tarea de muchos”. Estas tres “circunstancias” se explican después detalladamente.

“La gran multiplicación de producciones en todas las artes, originadas en la división del trabajo” —concluye Smith— “da lugar, en una sociedad bien gobernada, a esa opulencia universal que se derrama hasta las clases infe-riores del pueblo”.

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Pero esto lo lleva a formularse una pregunta adicional, de cuya respues- ta trata en su segundo capítulo. “Esta división del trabajo, que tantas venta- jas implica, no es en principio efecto de ninguna sabiduría humana, que prevé y quiere aquella opulencia general a la que dicha división conduce. Es la necesaria, aunque muy lenta y gradual, consecuencia de una cierta propen- sión de la naturaleza humana, que no tiene en mente tan grande utilidad: la propensión a permutar, trocar e intercambiar una cosa por otra”.

Al entender el origen de la división del trabajo sobre la base de una inex- plicable “propensión a permutar, trocar e intercambiar”, como a veces parece sostener en su argumento siguiente, Adam Smith se equivocó. La coo- peración social y la división del trabajo descansan sobre el reconocimiento (aunque a menudo implícito, más bien que explícito) del individuo de que tal división promueve su propio interés: o sea de que la labor realizada de acuer- do con la división del trabajo es más productiva que el trabajo aislado. De hecho, el propio argumento siguiente de Adam Smith, en el capítulo II, clara- mente lo reconoce así:

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En una sociedad civilizada [el individuo] necesita a cada instante la cooperación y asisten- cia de la multitud... El hombre reclama en la mayor parte de las circunstancias la ayuda de sus semejantes y en vano puede esperarla sólo de su benevolencia. La conseguirá con mayor seguridad interesando en su favor el egoísmo de los otros y haciéndoles ver que es ventajo- so para ellos hacer lo que les pide. Quien propone a otro un trato le está haciendo una de esas proposiciones: Dame lo que necesito y tendrás lo que deseas, es el sentido de cualquier clase de oferta; y así obtenemos de los demás la mayor parte de los servicios que necesita- mos. No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, la que nos procu- ra el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas.

“Sólo el mendigo”, indica Smith en la ampliación del argumento, “depende principalmente de la benevolencia de sus conciudadanos; pero no en absolu- to”, ya que “con el dinero que un hombre le da, él compra alimento”, etc.

“Es por trato, por trueque y por compra”, sigue Adam Smith, “que recibi- mos la mayor parte de los servicios mutuos que necesitamos, es esta misma inclinación a negociar la que al principio da lugar a la división del trabajo. En una tribu de cazadores o pastores, un individuo, pongamos por caso, hace arcos y flechas con más rapidez y destreza que ningún otro. Frecuentemente los intercambia por ganado o piezas de caza con sus compañeros; y al final descubre que de esta manera puede adquirir más ganado y más piezas de caza que si él mismo saliera al campo a capturarlos. Es así como, siguiendo su

propio interés, se dedica casi exclusivamente a hacer arcos y flechas, convir- tiéndose en una especie de armero”. Smith continúa explicando cómo surgen otros especialistas.

En resumen: cada uno de nosotros, persiguiendo nuestro propio interés, descubrimos que podemos ser más efectivos a través de la cooperación social. La creencia de que hay un conflicto básico entre los intereses del indi- viduo y los de la sociedad es insostenible. La sociedad no es más que el nom- bre que le damos a la combinación de los esfuerzos de los que cooperan con un fin determinado.

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A BASE DE LA VIDA ECONÓMICA

Veamos un poco más de cerca la base motivacional de este gran sistema de la cooperación social, a través del intercambio de bienes o servicios. Acabo de usar la frase “interés propio”, después del ejemplo de Adam Smith, cuan- do habla de los “propios intereses”, el “amor propio” y las “ventajas” del car- nicero y el panadero. Pero deberíamos procurar no suponer que la gente entra en estas relaciones económicas de unos con otros simplemente porque cada uno busca sólo su ventaja “interesada” o “egoísta”. Veamos cómo un econo- mista agudo replantea la esencia de esta relación.

La vida económica, escribe Philip Wicksteed, “consiste en todo ese com- plejo de relaciones en las que entramos con otra gente, y nos prestamos nosotros o nuestros recursos a la promoción de sus objetivos, como un medio indirecto de fomentar los nuestros”5. “Por procesos directos e indirectos de

intercambio, o la alquimia social cuyo símbolo es el dinero, las cosas que tengo y las que puedo hacer son transmutadas en las cosas que quiero y en las que podría hacer”6. La gente coopera conmigo en la relación económica

“no principalmente, o no únicamente, porque estén interesados en mis obje- tivos, sino porque tienen ciertos objetivos propios; y, así como yo descubro que solo puedo asegurar la consecución de mis objetivos asegurando la coo- peración con ellos, también ellos descubren que solo pueden realizar los suyos asegurando la cooperación de otros, y que yo me encuentro en la posi- ción, directa o indirectamente, de poner esta cooperación a disposición de ellos. Por tanto, una gran diversidad de nuestras relaciones con otros integran un sistema de ajuste mutuo, por el cual promovemos los objetivos de cada uno simplemente como una forma indirecta de promover los nuestros”7.

5. Phillip Wicksteed, The Common Sense of Political Economy (London: Macmillan, 1910), p. 158. 6. Ibíd., p. 166.

7. Ibíd.

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Hasta ahora, quizá el lector no haya descubierto ninguna diferencia sus- tancial entre la postura de Wicksteed y la de Adam Smith. Sin embargo, hay una muy importante. Yo participo en una relación económica o comercial con usted, para el intercambio de bienes o servicios por dinero, principal- mente para promover mis objetivos, no los suyos, y usted, por su parte, par- ticipa en ella principalmente para promover sus objetivos, no los míos. Pero esto no significa que alguno de nuestros objetivos sea necesariamente egoís- ta o egocéntrico. Yo podría contratar sus servicios como impresor, para pu- blicar, a mi costa, un folleto en el que demandara mayor consideración con los animales. Una madre que compra comestibles en el mercado irá donde pueda conseguir la mejor calidad o el precio más bajo, y no para ayudar a algún tendero en particular; sin embargo, en la compra de comestibles puede tener en mente las necesidades y gustos de su marido o de sus hijos más que sus propias necesidades o sus gustos. “Difícilmente podríamos concluir que, cuando Pablo de Tarso se hospedó en casa de Aquila y Priscila, en Corinto, y trabajó con ellos fabricando tiendas, lo hiciera por motivos egoístas... La relación económica o el nexo comercial son igualmente necesarios para desarrollar la vida del campesino y el príncipe, el santo y el pecador, el após- tol y el pastor, el más altruista y el más egoísta de los hombres”8.

Al llegar a este punto, el lector podría estarse preguntando si este es un libro de ética o de economía. Pero he enfatizado esta cooperación económica porque tiene un relieve tan importante en nuestra vida diaria. Juega, de hecho, un papel mucho más grande en nuestra vida diaria del que la mayor parte de nosotros somos capaces de suponer. La relación de empleador y empleado (no obstante las ideas falsas y la propaganda de los socialistas marxistas y los sindicatos) es esencialmente una relación cooperativa. Cada uno necesita al otro para lograr sus propios objetivos. El éxito del empleador depende de la diligencia, la habil- idad y la lealtad de sus empleados; los empleos y los ingresos de los emplead- os, del éxito del empleador. Incluso la competencia en el campo económico, tan comúnmente considerada por socialistas y reformadores como una forma de guerra económica9, es parte de un gran sistema de cooperación social, que

promueve la continua invención y mejora de productos, la reducción de costos y precios, la multiplicación de opciones diversas y el aumento del bienestar de los consumidores. La competencia por los

8. Ibíd., pp. 170-171.

trabajadores eleva constantemente los salarios, y la competencia por los empleos mejora el desempeño y la eficiencia. La verdad es que los competi- dores no cooperan directamente unos con otros, pero cada uno, al competir por el favor de terceros, procura ofrecer más ventajas a estos terceros de las que su rival puede ofrecer. Así, cada uno promueve el sistema completo de la cooperación social. La competencia económica es simplemente el resulta- do de los esfuerzos individuales por alcanzar la posición más favorable en este sistema de la cooperación, y debe existir en cualquier modo concebible de organización social10.

La cooperación económica, como he dicho, abarca un ámbito mucho más grande de nuestra vida diaria del que la mayor parte de nosotros somos capaces de entender, e incluso del que estamos dispuestos a admitir. El ma- trimonio y la familia son, entre otras cosas, una forma no solo biológica, sino también económica, de cooperación. En las sociedades primitivas, el hombre cazaba y pescaba, mientras la mujer preparaba los alimentos. En la sociedad moderna, el marido es todavía responsable de la protección física y el su- ministro de alimento a la esposa y a los hijos. Cada miembro de la familia gana en esta cooperación, y es en gran parte sobre el reconocimiento de esta ganancia económica mutua, y no simplemente sobre las alegrías del amor y el compañerismo, sobre el que se asientan más sólidamente los fundamentos de la institución del matrimonio.

Pero, aunque las ventajas de la cooperación social sean económicas en un muy alto grado, no son únicamente económicas. A través de la coo- peración social promovemos todos los valores —directos e indirectos, mate- riales y espirituales, culturales y estéticos— de la civilización moderna.

Algunos lectores verán alguna semejanza, y otros pueden suponer inclu- so una identidad, entre el ideal de la cooperación social y el ideal de Kropotkin de la “ayuda mutua”11. Ciertamente hay una semejanza. Pero la

cooperación social me parece no solo una frase mucho más apropiada que la ayuda mutua, sino un concepto mucho más apropiado y preciso. Casos típi- cos de cooperación ocurren cuando dos hombres reman en un barco o en una canoa en lados diferentes, cuando cuatro hombres levantan y trasladan un

10. Cf. Ludwig von Mises, Human Action, p. 274.

11. Príncipe Kropotkin, Ethics: Origin and Development (New York: The Dial Press, 1924), pp. 30-31 y pássim. También, Mutual Aid (London: Heineman, 1915). Las ideas éticas de Kropotkin estaban basadas, en su mayoría, en teorías biológicas. En contra de las ideas de Nietzsche (y en parte de las ideas de Spencer), él argumentaba que “el factor predominante de la naturaleza”, la práctica prevaleciente entre las especies y “el factor principal de la evolución progresiva” no es “la lucha por la existencia” sino la ayuda mutua.

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piano o un cajón aplicando sus manos a esquinas opuestas, cuando un carpin- tero contrata a un ayudante, cuando una orquesta interpreta una sinfonía.

No vacilaríamos en decir que cualquiera de estas actividades es una tarea cooperativa o un acto de cooperación, pero deberíamos dudar de calificarlos a todos como ejemplos de “ayuda mutua”. La “ayuda” implica asistencia gratuita: los ricos ayudando a los pobres, los fuertes ayudando a los débiles, el superior compasivo ayudando al inferior. También parece implicar el carácter de un acto desordenado y esporádico, más bien que el de una coope- ración sistemática y continua. La frase “cooperación social”, por otra parte, parece cubrir no solo todo lo que la expresión “ayuda mutua” conlleva, sino el mismo objetivo y la base de la vida en sociedad12.

12. La frase “cooperación social”, en este capítulo y a lo largo del libro, debe interpretarse solamente en su significado más amplio. No se refiere al tipo de “cooperación” entre individuos o grupos en contra de otros individuos o grupos —como cuando hablamos de cooperación con los Nazis, o con los comunistas o con el enemigo. Tampoco se refiere a la “cooperación” compulsiva que los superiores algunas veces insisten en imponer a sus subordinados —a menos que ésta sea compatible con una cooperación extensa que ayude a la sociedad como un todo. Tampoco se puede aplicar, por la misma razón, a la cooperación con una mayoría temporal o local, cuando esto sea incompatible con una cooperación más amplia para lograr los propósitos humanos.

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A FALACIA DEL VOLUPTUOSO

No hay ningún conflicto irreconciliable entre los intereses del individuo y los de la sociedad. Si lo hubiera, la sociedad no podría existir. La sociedad es el gran medio a través del cual los individuos persiguen y realizan sus fines. Y dado que no es más que otro nombre con el que se designa la combinación de los individuos para cooperar entre sí, la sociedad es también el medio con el que cada uno de nosotros promueve la consecución de los objetivos de otros como una forma indirecta de alcanzar los nuestros. En una mayoría abrumadora de casos esta cooperación es voluntaria. Son solo los colectivis- tas quienes presumen que los intereses del individuo y de la sociedad (o el Estado) son fundamentalmente opuestos, y que el individuo solo puede ser llevado a cooperar en la sociedad mediante coacciones draconianas.

La verdadera distinción que debe hacerse, sobre todo en aras de la clari- dad ética, no es entre el individuo y la sociedad, ni siquiera entre “egoísmo” y “altruismo”, sino entre intereses de corto plazo e intereses de largo plazo. Esta distinción se hace constantemente en la economía moderna1. En ella se

basan en gran parte los economistas para condenar las políticas de aranceles, subsidios, fijación de precios, control de alquileres, subsidios agrícolas, imposiciones sindicales, financiación del déficit e inflación. Quienes dicen en tono burlón que “en el largo plazo todos estaremos muertos”2son tan

irresponsables como los aristócratas franceses, cuyo lema era après nous le dèluge (después de nosotros, el diluvio).

LARGO PLAZO FRENTE A CORTO PLAZO

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1. El tema de Economics in One Lesson, del autor de esta obra, (New York: Harpers, 1946) está resumido en la página 5 como sigue: “A este respecto… la ciencia económica se puede reducir a una lección y esa lección se puede reducir a una oración. El arte de la economía consiste en observar los

efectos de cualquier acto o política no solamente en el corto plazo, sino en el largo plazo; también consiste en seguir las consecuencias de esa política, no solamente para un grupo sino para todos los grupos”. Está claro que esta generalización puede aplicarse a la conducta y las políticas en todos los

campos. En la ética se podría plantear así: La ética debe considerar no solo los efectos a corto plazo

sino los efectos a largo plazo de cualquier acto o regla de acción; debe considerar las consecuencias de ese acto o regla de acción, no solo para el agente o cualquier grupo en particular sino para todos los que podrían verse afectados, en el presente y en el futuro, por este acto o regla de acción.

La distinción entre intereses de corto plazo e intereses de largo plazo ha estado siempre implícita en los juicios éticos de sentido común, especial- mente en los concernientes a la ética prudencial. Pero rara vez ha recibido un reconocimiento explícito, y menos aún con esas palabras3. El moralista clási-

co que estuvo más cerca de formularlo sistemáticamente fue Jeremy Bentham. Y lo hace no comparando intereses de corto plazo con intereses de largo plazo, o las consecuencias de las acciones a corto plazo con las conse- cuencias de las mismas a largo plazo, sino comparando cantidades mayores

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