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Chapter 4. Results 4.1 Environment

4.2 Pressures

Vivir en la ciudad durante largo tiempo puede convertirse en una especie de proceso de aculturamiento mediante el cual el ciudadano se acostumbra a todas las dinámicas incluyendo las que son verdaderos problemas sociales, como es el caso de la violencia urbana; empujones, gritos, groserías, agresiones físicas y psicológicas se instauran en la rutina diaria de muchas personas, de tal forma que se conciben como hechos normales que no se pueden dejar al margen de la realidad.

Al mirar investigativamente la ciudad se hace perceptible la necesidad de desestructurar esa normalización de la violencia a la que contribuyen también los medios de comunicación masiva y los imaginarios, que aunque imperceptibles direccionan la forma en la que los ciudadanos se relacionan con los otros, con los espacios. En ese camino de reconocer la violencia urbana, no como condición inherente e imposible de cambiar, sino como problemática a neutralizar, la lectura y el análisis de la novela urbana es una de tantas posibilidades.

Tres ataúdes blancos genera una convergencia de voces que conllevan la reflexión sobre las consecuencias que tiene la violencia urbana en los diversos actores sociales, llamados así porque aun siendo solo espectadores pasivos asumen un rol en el tejido de la memoria e historia colectivas, constructos que es necesario releer en tanto en los espacios académicos como en los cotidianos para trascender el marco de las versiones oficiales, en muchas ocasiones vetadas de los sentires y los hechos reales.

Entre fechas y cifras exactas puede olvidarse que han sido personas de carne y hueso las que han padecido el flagelo de la violencia en sus múltiples formas; la literatura viene como recordación de que si hay algo que aúna a las personas para posibilitar la existencia de sociedades consolidadas, es precisamente la condición humana que comparten, con tantos vicios como virtudes, con tantas alegrías como dolores; el éxtasis y el llanto de desesperanza de los personajes ante tanta muerte, agresión e injusticia, acerca al lector a los huérfanos, viudas, secuestrados o desplazados, tantas veces dejados al margen.

El proceso de lectura de la novela urbana Tres ataúdes blancos permite adentrarse en la temática de la ciudad como un gran universo que puede reinterpretarse permanentemente sobre todo por su naturaleza cambiante, camaleónica; con herramientas del análisis sociocrítico es posible establecer relaciones entre la ciudad metafórica plasmada en la literatura y la ciudad real que puede recorrerse a diario, aun con los riesgos de la creciente

violencia urbana. De las relaciones e intertextos anteriormente mencionados emergen los siguientes descubrimientos o hallazgos:

Novela urbana como manifestación estética de tensiones sociales citadinas Someramente podría pensarse que novela urbana es toda aquella en la que los hechos narrados suceden en un escenario citadino, sin embargo es necesario aclarar que más allá del lugar, este tipo de novela trata la ciudad como una cuestión que implica una forma particular de existencia, de sensibilidad, caracterizada por ruptura de las relaciones sociales, crisis del sujeto, anonimato, cadenas del consumismo, suceder de lo imprevisto, conciencia de pérdida, complejidad, banalidades y siempre más preguntas que respuestas.

Aun siendo la ciudad un espacio más bien eufemístico en el que en las prácticas cotidianas se prefiere resaltar los aspectos positivos o bellos mientras se ocultan con esmero las decadencias, los novelistas urbanos contemporáneos como Antonio Ungar o Mario Mendoza, dejan al margen la hipocresía para crear historias en las que la fealdad de las calles y la violencia de sus habitantes, se hacen evidentes, cumpliéndose así el objetivo de dejar a la vista lo evidente pero ignorado.

El optimismo no es precisamente el principal objetivo del novelista urbano, la narración conduce al lector por los senderos de la realidad de la ciudad, que como espacio real no está enmarcado en la tranquilidad sino que más bien genera desasosiego y afán con tantos ruidos, horarios, rutinas u obligaciones; el crecimiento poblacional, económico, cultural e industrial parece pasar su cuenta de cobro a diario, pues el ciudadano se ve sometido a todo tipo de riesgos que llegan inclusive a poner en peligro su vida.

En la novela urbana aparece entonces el crecimiento de las ciudades, fenómeno que hace que se generen nuevas dinámicas, tanto positivas como negativas, a las que los ciudadanos se van adaptando como forma de ser citadinos; ante el rápido crecimiento de las ciudades surgen problemáticas como la violencia urbana, caracterizada por llegar a niveles de corrupción y de agresividad extremos que en muchas ocasiones llegan inclusive a la letalidad en calles que se tornan espacios de confrontaciones donde reinan los más fuertes.

Hay voces acalladas, percepciones ignoradas, miradas olvidadas y experiencias invisibilizadas en lo que respecta a la violencia urbana, tan difícil de definir como de frenar porque sucede en ciudades también de difícil conceptualización, con historias confusas por truncadas, con calles plagadas de imaginarios, de personas que se

desconocen entre sí y que parecen luchar más para subsistir que para vivir, agobiados por el mal tráfico, por los brotes repentinos de agresiones.

La cultura popular suele denominar las ciudades como reinos del anonimato porque son tantas las personas y tan concurridas las calles, que no hay espacios para los encuentros, por el contrario se exige rápida circulación, entonces resulta usual que haya ciudadanos que no saben ni siquiera el nombre de las personas que viven a su alrededor ni mucho menos cuáles son las cuestiones que les aquejan o les quitan la paz; el citadino padece una especie de insensibilidad, que sin embargo no ha sido elegida por voluntad propia sino que ha sido impuesta como parte del proceso de socialización, como método de defensa ante tantos peligros reales e imaginados.

Es acertado entonces afirmar que la novela urbana es la expresión estética de los imaginarios tanto individuales (del autor) como de las colectividades; gracias al arte de las letras se ponen de manifiesto construcciones discursivas y mentales que al transitar las calles de la ciudad las personas van resignificando; del anterior planteamiento no ha de entenderse la novela como un calco de la realidad sino como una metaforización que permite establecer semejanzas entre múltiples ciudades, de diferentes tiempos.

La costumbre generada por la repetición de rutinas fijas en la ciudad impide en muchas ocasiones el extrañamiento necesario para descubrir novedades y para comprender los signos cifrados del gran texto citadino, la escritura es tal vez la trasgresión de ese desdén, constituye una apuesta que aporta significativamente al ejercicio de la memoria, en un contexto en el que se favorece más el olvido que la recordación, con bombardeos permanentes de imágenes y sensaciones pasajeras, por simuladas.

La novela urbana y las narraciones en general favorecen el encuentro con otras experiencias, sin necesidad de ser histórica ni testimonial, la literatura refiere la realidad, no se contenta con plasmarla sino que además la cuestiona a los ojos del lector para que sea él mismo quien tenga ansias de releer la historia para tener un horizonte de visión más amplio, en el que el reconocimiento del otro se torna proceso fundamental; si bien es cierto que los autores clásicos merecen gran admiración, los autores contemporáneos, hacedores de la novela urbana, merecen también múltiples lecturas atentas.

Violencia como móvil de narración

Desde una perspectiva de resignación e inanición, podría pensarse la violencia como una característica inherente a la cultura, imposible de evadir en las dinámicas propias de la vida en sociedad, acción tan poderosa que no se puede ni definir ni suprimir; en los colegios colombianos se enseñó durante mucho tiempo que el ganador es aquel más aguerrido, quien toma las armas y logra imponerse sobre el perdedor, condenado eternamente a obedecer.

Las telenovelas como El capo, El cartel de los sapos y sin tetas no hay paraíso, todas producciones colombianas transmitidas dentro y fuera del país, generaron en el consciente-inconsciente colectivo ideales de violencia, invitaron a buscar la plata, sinónimo de comodidades y de poder, aun teniendo que matar o agredir a los otros de las más diversas formas, dejaron en evidencia la debilidad institucional, insinuaron la necesidad de defenderse por cuenta propia mediante la ley del más fuerte, en este panorama la vida vale relativamente poco, matar es parte del día a día.

Junto con aquellas nefastas tendencias a normalizar la violencia e inclusive a vanagloriarse de su práctica como forma de llegar a la riqueza o al poder, surgen también las reflexiones del teórico y la extrañeza del escritor, quienes a partir de una visión particular de las confrontaciones violentas, muestran su desconcierto e invitan a reconocer el absurdo de tantas muertes, van más allá de las cifras oficiales para adentrar al lector en la humanidad de aquellos que han sido parte del conflicto, generan de esta manera memoria de hechos anteriormente banalizados.

En Tres ataúdes blancos el protagonista se ve forzado a la narración escrita cuando ha sido víctima de la violencia en forma de persecución política, asesinato de su padre, agresiones físicas, atentados a sus amigos, amenazas y retaliaciones; el tono de la narración hace pensar que los hechos agobian hasta el punto de forzar un proceso de desahogo que permita al menos un poco de paz, al mismo tiempo que se le da trascendencia a los hechos y a las personas por medio de la memoria escrita.

El lector encuentra al final de la novela en mención narraciones escritas por Ada Neira en forma de cartas a su amado Lorenzo, desaparecido, secuestrado, cuyo destino es tan incierto que le genera la angustia y el dolor necesarios para escribir lo que vive en otro país, refugiándose de su propia patria, queriendo huir de tanta violencia, agobiada por los interrogantes sin respuesta, por las esperanzas que quiere matar pero siguen en su interior,

forzándola al retorno. Lorenzo y Ada Neira recurren a la narración para salvarse, trasgrediendo la intrascendencia, recordando, compartiendo cuanto han vivido, lo mismo hacen las personas de carne y hueso, aunque la ciudad parece imponer silencio.

A continuación se muestran varias iniciativas que han tomado el rumbo de extrañeza anteriormente mencionado y que sirven de insumo para esta investigación, para su mejor exposición se agruparon teniendo en cuenta las temáticas que direccionan este hacer; se incluyen algunos proyectos institucionales en los que, como en la novela urbana, se toma la narración como posibilidad de encuentro, de reconocimiento del otro, en tanto ser humano, respecto a la obra Tres ataúdes blancos, cabe aclarar que es poco lo dicho, solo algunas reseñas y un par de entrevistas audiovisuales a su autor, Antonio Ungar.

 Es de destacar la labor que ha venido realizando el Centro Nacional de Memoria Histórica, entidad que mediante diferentes iniciativas como muestras museológicas, archivos audiovisuales, narraciones tanto escritas como en audio de libre acceso, ha brindado a la ciudadanía un acercamiento a la emocionalidad y las vivencias de personas que han sido víctimas de la violencia en Colombia, constituyendo una especie de rescate de aquellas voces que de otra manera naufragarían en el olvido, concibiendo la narración como una forma de desentrañar el pasado.

 Del Centro Nacional de Memoria Histórica se referencian a continuación tres proyectos que están estrechamente relacionados con las temáticas abordadas en esta investigación: Hasta encontrarlos. El drama de la desaparición forzada en Colombia, informe en el que se hace un recorrido por el marco legal y conceptual de tal problemática y luego se socializan propuestas de ciudadanos quienes desde su cotidianidad recuerdan, al mismo tiempo que claman la recordación social (empatía), de sus familiares desaparecidos a partir de pancartas que contienen sus fotografías, vestigios de una antigua vida.

Bojayá: La guerra sin límites, es un informe en el que se relatan los hechos ocurridos el 2 de mayo de 2002 en el departamento del Chocó, donde tras la explosión de un cilindro sobre la iglesia murieron 79 civiles y otros muchos quedaron heridos, el documento entremezcla descripciones de los hechos y relatos de las víctimas, generando la reflexión sobre la impotencia y el padecimiento de la población civil que siempre queda en medio de las balas entre un bando y otro (en este caso entre paramilitares y miembros de las FARC), siendo los más

perjudicados los pobladores de a pie, aquellos que sin tomar las armas ven morir a sus vecinos o familiares e inclusive mueren sin que se haga justicia, sin que se le dé importancia a su ausencia.

Un cuento descuadernado es una serie radial en la que el Centro de Memoria Histórica hizo una adaptación del informe ¡Basta ya!, tal vez uno de los más reconocidos de sus trabajos, para audiencia radial; la historia que hila los relatos de víctimas de la violencia en Colombia es la de Víctor, un periodista que se ve de repente atormentado por aquellos susurros que dan cuenta del sufrimiento por las confrontaciones que en este país no han encontrado otra vía que las armas; como Víctor, muchos ciudadanos desconocen las voces de las víctimas, así como las estratagemas que sedimentan el proceder de los grupos armados, este proyecto convierte aquellos incómodos susurros en voces bien audibles.

 A los esfuerzos institucionales del Centro Nacional de Memoria Histórica se une el trabajo investigativo y de divulgación que hace el Instituto Para la Pedagogía, la Paz y el Conflicto Urbano (IPAZUD), adscrito a la Universidad Distrital Francisco José de Caldas; sus producciones incluyen artículos en los que se informan, analizan y reflexionan las diversas problemáticas socio-culturales que emanan de las prácticas violentas, tan inscritas en la historia de Colombia; se muestran también iniciativas ciudadanas que buscan impulsar un reconocimiento de las víctimas para la necesaria renovación cultural.

 La revista Ciudad Pazando, del IPAZUD, mediante dos números anuales publica y comparte con la comunidad académica artículos y proyectos de diversas envergaduras, todos tendientes a la recuperación de la memoria colectiva para la construcción de una nueva cultura en la que se reconozca a las víctimas y se escuchen sus voces como parte de la historia nacional, en ocasiones tan sesgada o deformada por intereses particulares que ponen a la verdad sus propios matices, la paz aparece entonces como una construcción cotidiana de toda la sociedad.  El canal público de televisión, Señal Colombia, se ha comprometido con el

proceso de construcción social de la paz que debe pasar necesariamente por el reconocimiento de la violencia y de las secuelas que ha generado a nivel cultural su ininterrumpido suceder; entre las diversas propuestas audiovisuales que ha llevado al público cabe destacar: A tres voces: relatos artísticos de paz, serie documental que lleva artistas a lugares en los que el conflicto ha sido agudo

(Toribío Cauca, Tumaco Nariño y Libertad Sucre), allí se encuentran con artistas locales cuyas acciones evidencian que al mismo tiempo los relatos y el arte han permitido exteriorizar las secuelas que dejan las vivencias violentas, en una especie de catarsis colectiva.

La violencia: interrogante por resolver

Las manifestaciones de la violencia son múltiples, se transforman permanentemente y esto genera que hacerles frente u oposición resulte tan complejo como comprenderlas porque a medida que la cultura cambia, los violentos se adaptan para seguir en su labor, van dejando una herencia a las nuevas generaciones que por momentos parece inquebrantable, pero que en ocasiones cesa como pausando los actos violentos para dar paso a la esperanza que mantiene en pie a los individuos, a la sociedad.

Luego de la exploración teórica son muchos los adjetivos que pueden ponerse junto a la palabra violencia a modo de complemento, solo por citar algunos ejemplos: política, física, psicológica, gubernamental, estatal, legal, ilegal, lingüística, cultural, intrafamiliar, infantil, armada, letal, normalizada, cotidiana, mediática, corporal, reiterativa, nacional, real e imaginada; con todo y complementos lo que genera el concepto es un sinfín de interrogantes que invitan a trascender la mera descripción para llegar a la proposición, pendiente en una sociedad autoproclamada en época de postconflicto.

Novela urbana: entre la realidad y lo imaginado

Antonio Ungar es un autor bogotano nacido en 1974 que ha vivido en diferentes países, pese al cambio de lugar no ha dejado de escribir, tal parece que su compromiso con las letras no encuentra obstáculos. Puede trazarse un puente entre aquella violencia que observa y experimenta el personaje José Cantoná, junto con su familia, con la realidad que vivió Ungar durante sus años de crecimiento en Colombia, en una de sus entrevistas le preguntaron si había sido el gobierno de Uribe una inspiración para su obra, él contestó que puede serlo como también Franco, Chávez, Videla y otros.

Si un habitante de Bogotá quisiera establecer una sinonimia entre la República de Mirando y Colombia o entre algún barrio de la ciudad capital y la Esmeralda, podría hacerlo sin duda alguna, lugares atestados de gente afanada que correr presurosa sin un rumbo propio ni fijo, sociedades tan atareadas que no se dan cuenta de sus propias

atrocidades, pantallas que mienten sin ninguna vergüenza para enmascarar a políticos que toda riqueza abarcan sin brindar realmente nada a las gentes, en la novela, en la realidad…

Aquellos canales de televisión que entremezclan la violencia más descarnada con las banalidades de los famosos y que tanta indignación generan en José Cantoná, se parecen a ciertas frecuencias nacionales en las que muertes o ataques a la vida son una parte insignificante de los noticieros porque importa más lo último en tendencias de moda o la más reciente cirugía que se hizo alguna de las modelos que se venden; los espectadores se acostumbran a ello, la vida deja de ser importante.

Trazar el puente es posible, atravesarlo también, sin embargo es necesario reconocer en la obra literaria un universo autónomo, capaz de valerse por sí mismo, sin dependencia ni trazados directos con la realidad; es Ungar el que crea a José Cantoná, con su sensibilidad y sus propias perspectivas de la ciudad, de la vida misma; buscar una realidad específica en la obra sería limitarla, negarle su esencia metafórica que en el proceso, el lector va enriqueciendo a partir de sus propias experiencias e imaginarios.

Los personajes de la novela urbana contemporánea, vistos como expresiones microsemióticas, pueden percibirse como perfilaciones de ciudadanos reales; así mismo la ciudad que se muestra en Tres ataúdes blancos, por sus características y por los fenómenos de que hacen parte sus ciudadanos, puede ser cualquier ciudad contemporánea; el protagonista José Cantoná vivencia la ciudad, aquella ubicada en el país llamado Miranda por decisión del personaje en mención para encubrir su verdadero nombre ¿Colombia? ¿México?, aventurarse a nominar resulta mera especulación, lo cierto es que aquellas calles que recorre Cantoná, siempre con afán y hasta con temor, son semejantes a las reales.

Resulta fácil limitarse a semejar lo leído con la realidad experimentada, lo cierto es que Giraldo (2001) contribuye a reconocer la ciudad de la obra literaria como un todo autónomo e independiente que sin embargo está estrechamente relacionado con los imaginarios que construimos de la ciudad a diario; los imaginarios son perspectivas mentales que se tienen de los lugares y de los seres, podrían pensarse someramente como

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