COMPENSATION REPORT 2013 OF SWISS PRIME SITE AG
3. Principles and elements as well as authority and determination of compensation 1 Elements of the Board of Directors’ compensation
Como es de esperar, las tasas de viudedad sufren un incremento en la vejez en ambos géneros pero hay diferencias significativas en la forma de vivir la experiencia de viudedad. En primer lugar, hay más mujeres viudas que hombres en la misma situación: la proporción de mujeres viudas de 65 a 69 años representa el 20,9% del total y, entre las mayores de 70 años llega al 52,3%. En cambio, la proporción de varones viudos de 65 a 69 años representa tan solo el 5,0% del total y, entre los mayores de 70 años llega al 18,0% (IMSERSO, 2015).
Esto podría ser explicado por el hecho de que las mujeres suelen casarse con hombres algunos años más mayores que ellas, como media, lo que asociado a una esperanza de vida más baja de los hombres, aumenta la probabilidad de que las mujeres vivan más tiempo viudas (IMSERSO, 2015). Otra posible explicación sería que los hombres mayores que se quedan viudos suelen volver a emparejarse con más frecuencia que las mujeres mayores viudas (de Jong Gierveld, 2004).
En este sentido, la mayor supervivencia de las mujeres les supone una desventaja, ya que cuando los hombres llegan a una edad en la que son comunes las enfermedades y discapacidades, suelen contar con el apoyo y el cuidado de sus esposas. Sin embargo, la situación inversa es menos frecuente porque generalmente sus maridos ya no están cuando las mujeres llegan a esa etapa en la que probablemente serían más dependientes y necesitarían ser cuidadas (IMSERSO, 2015).
La pérdida del cónyuge es un hito que marca dos etapas distintas de la vida de las mujeres y que suele venir acompañada de cambios en su estilo de vida y sus planes hacia el futuro. En algunos casos, la viudedad les supone mayores dificultades económicas, ya que dejan de contar con los ingresos de su pareja. En otras ocasiones, especialmente aquellas viudas que tuvieron que cuidar a sus maridos por periodos largos, se ven
impactadas por un cambio importante en sus rutinas; tienen que asumir nuevas tareas, de las cuales antes se encargaban sus maridos o dejan de hacer algunas actividades por ya no contar con la compañía del cónyuge (Marhánková, 2016).
Sin embargo, diversas evidencias demuestran que la mayoría de las mujeres viudas suelen presentar características de resiliencia frente a la situación de viudedad (Hahn, Cichy, Almeida, y Haley, 2011; Koren, 2015), lo que no suele ser cierto para los hombres viudos, quienes tienden a ser más vulnerables a los efectos de dicha condición. Por ejemplo, al describir sus experiencias de viudedad, las mujeres que participaron en una investigación cualitativa en Israel indicaron procesos de reconstrucción de vida y sentido de independencia, además de tener vidas activas y niveles saludables de funcionamiento físico y psicológico tras la pérdida del cónyuge. Por otra parte, los varones entrevistados en el mismo estudio indicaron más dificultad en superar la pérdida de sus parejas, aunque hubieran contado con el apoyo familiar (Koren, 2015).
Según señalan Fontes y Neri (2015), la resiliencia es una cualidad importante en las etapas más avanzadas de la vida, ya que se presenta como una manera de afrontar las adversidades relacionadas con las experiencias de enfermedad de la propia persona mayor o de pérdidas de sus seres queridos. Además, la resiliencia se asocia con la salud, la participación social y el bienestar psicológico de las personas mayores. En este sentido, otra investigación que comparaba el uso del tiempo y el bienestar psicológico de dos grupos de mujeres mayores – uno compuesto por viudas y el otro por mujeres casadas refuerza que las viudas presentaban un funcionamiento psicológico semejante a lo de las casadas. En general, ambos grupos clasificaban su nivel de bienestar entre regular y bueno (Hahn et al., 2011).
El emparejamiento en la vejez es un fenómeno en ascenso, especialmente en las culturas más modernas e individualistas, como es el caso de Holanda. Además ocurre con
mayor frecuencia entre los varones (de Jong Gierveld, 2004). Por otra parte, en países marcados por culturas más conservadoras y colectivistas, como es el caso de España, se ha notado cierto rechazo, especialmente por parte de las mujeres mayores, en relación a volver a formar pareja tras haberse quedado viudas (López-Doblas, Díaz-Conde, y Sánchez-Martínez, 2014). Investigaciones recientes llevadas a cabo con muestras de españoles mayores desvelan un porcentaje muy reducido – un 3-4% - de mujeres mayores que se han quedado viudas y que iniciaron una nueva relación de pareja (Sánchez Vera, Algado-Ferrer, Centelles-Bolos, López-Doblas, y Jiménez-Roger, 2009; Ayuso-Sánchez, 2011).
Según López-Doblas et al. (2014) son diversos los motivos por los cuales la mayoría de las mujeres mayores españolas rechazan la posibilidad de volver a emparejarse después de haberse quedado viudas. Por una parte, pesan los valores tradicionales que sostienen que no es adecuado que otro hombre ocupe el lugar del fallecido marido que, además, muchas veces ha sido la única pareja con quien la viuda ha convivido. Algunas de las viudas que han sufrido con malas relaciones de pareja prefieren no arriesgarse a tener otra relación que también podría ser desagradable. Otra excusa utilizada por las viudas y que también se basa en valores conservadores es la idea de la inadecuación de formar una nueva pareja en edades más avanzadas. A esto estaría vinculado el temor por la posibilidad de que esas mujeres tuvieran que hacerse cargo del nuevo cónyuge –caso de tener una dependencia futura-.
Sin embargo, más influyente que esos valores tradicionales, lo que aleja esas viudas de la posibilidad de buscar una nueva relación de pareja es el deseo por mantener la libertad y la independencia adquiridas. Al quedarse viudas esas mujeres pasan a vivir nuevas experiencias generadas por la falta del cónyuge: por un lado tienen que afrontar nuevos desafíos y problemas, y por otro pueden disfrutar de una sensación de control de
sus propias vidas que nunca habían probado antes, sea porque vivían bajo la autoridad de sus padres o la de sus maridos (Donio-Bellegarde y Pinazo-Hernandis, en revisión; López-Doblas et al., 2014).
Otras investigaciones también han puesto de manifiesto diferencias de género a la hora de explicar sus motivaciones para no volver a emparejarse. Davidson (2002) halló que mientras los viudos lo justificaban principalmente por no haber encontrado la mujer ideal que pudiera sustituir a su fallecida esposa, para las viudas, se sumaba a este motivo el deseo por no tener que cuidar a otra persona y por poder disfrutar de una sensación de libertad. Ambas motivaciones también fueron expresadas por las viudas entrevistadas por Marhánková (2016), quienes no estaban dispuestas ni a perder la independencia que tenían en relación a su hogar y a su tiempo libre ni a tener que encargarse del cuidado de otra persona.
Mientras la principal fuente de apoyo social de las mujeres mayores que siguen casadas son sus maridos, las viudas cuentan con fuentes variadas en el intercambio de apoyo emocional e instrumental. Las viudas entrevistadas en el estudio de Hahn et al. (2011) intercambiaban más apoyo emocional diario con sus amigos, vecinos y grupos religiosos que las mujeres casadas. También intercambiaban más apoyo instrumental con amigos, vecinos, hermanos y otros familiares que el grupo de las casadas. Además, las viudas recibían significativamente más apoyo informal de sus hijos que las casadas, lo que podría deberse a una mayor necesidad de ayuda para afrontar los cambios vitales advenidos de la viudedad.