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«... junto a los mismos altares de las iglesias se mató a los sacerdotes del Señor con sus ayudantes. Después de que todos hubieran sido abatidos, hasta que no quedó varón alguno, prendieron fuego a la ciudad entera con las iglesias y demás edificios, no dejando más que el suelo desnudo.»

GREGORIO DE TOURS, OBISPO'

«Nadie gobierna más que los obispos, nuestra gloria ya no existe...»

Mientras que la diferencia entre francos y galorromanos desaparecía poco a poco, aunque no la diferente legislación, las fronteras exteriores del reino merovingio permanecieron tal cual, y eso hasta el final del período merovingio. Cierto que hubo complicaciones políticas, como no faltaron tampoco algunos ataques de los avaros contra Turingia y de los visigodos contra Francia meridional, así como algunas algaradas francas e incursiones de rapiña más allá de las fronteras. Pero el objetivo principal no fue ya la expansión hacia fuera, ni la ampliación del conjunto del reino, ni el sometimiento y la explotación de vecinos extraños y lejanos. Fueron los reyes, una vez más cuatro, y sus numerosos sucesores los que pretendieron agrandar sus posesiones y territorios a costa de los territorios de los demás, y de manera casi ininterrumpida perjudicarles y debilitarlos de ese modo. En una palabra, cada uno buscaba la supremacía.

Ello hizo que a finales del siglo vi y comienzos del vil casi todos los príncipes merovingios muriesen de muerte precoz y violenta, que las brutalidades y atropellos a gran escala se dieran de continuo en el reino. que estallasen incesantemente guerras civiles y de pillaje, que se redujeran a cenizas muchos lugares, quedasen asoladas zonas enteras y se cometiesen innumerables saqueos, mutilaciones y asesinatos, a los que se sumaron pestes y hambres. Los campesinos se ocultaban en los bosques y robaban por su propia cuenta. En medio de aquel desenfreno y atolladero todos los medios eran buenos para los combatientes, si contaban con alguna perspectiva de éxito.3

Los nietos de Clodoveo

A la muerte de Clotario I, el reino franco se dividió entre cuatro gobernantes, y a la temprana desaparición del mayor de sus hijos fueron tres los soberanos, y dos a la muerte del hijo segundo.

De primeras, en 561 —al igual que medio siglo antes tras la muerte de Clodoveo I—, fueron cuatro los herederos que se repartieron el

reino. Por edad, de mayor a menor, tales herederos fueron los hijos de Clotario I.

Chariberto I de París, que murió ya a finales de 567, después de haber repudiado a su mujer, la reina Ingoberga, haberse unido con las dos hermanas Meroflede y Marcovefa, una monja, y haberse casado por cuarta vez con Teodechilde, hija de un pastor de ovejas.

Guntram de Orleans (561-592), que gobernó alternativamente el territorio franco-burgundio del reino desde Chalon-sur-Saóne y desde Orleans. Fue él quien emitió el primer decreto medieval sobre la santificación del domingo (588). También ordenó en ocasiones —hasta el punto de que «se le habría podido tener por un obispo del Señor» (Gregorio)— rogativas, ayunos (exclusivamente a pan y agua) y vigilias y se mostró muy generoso con la Iglesia en general y según parece se mortificaba personalmente, aunque sin despedir a sus queridas. Guntram despidió a su concubina Veneranda para desposar a Marcatrude, hija de un tal Magnacar, pero a la que a su vez repudió por haber envenenado al hijo de Veneranda. Tomó después a una criada de Magnacar, Austrichilde, a cuyos dos hijos hizo asesinar por el «honor» de su esposa y cuyos bienes incorporó al «tesoro real». Y a ella, a Austrichilde, el príncipe piadoso, que rebosaba «fuerza admirable» y «bondad de corazón» (Gregorio), y que ya en vida fue tenido por un santo, le prometió la ejecución de los médicos que no habían podido curarla. Y cumplió lo prometido. ¡Más tarde fue venerado como santo!, cuya fiesta es el 28 de marzo.

La escena política la controlaron Sigiberto I de Reims (561-575), soberano del reino franco oriental, y el menor Chilperico I de Soissons (561- 584), hermanastro de los otros tres, cuyas mujeres, Brunichilde y Gaisvinta, hermanas procedentes de la casa regia visigótica, se pasaron al catolicismo al casarse con él.4

Cuando Chariberto I, nieto mayor de Clodoveo y rey de París, murió en 567, su territorio, que comprendía casi toda la mitad occidental de Galia, fue objeto de reparto. En vez de la división cuatripartita se hizo una nueva del reino franco, que esencialmente constaba de Austria, Neustria —una y otra «Francia» en sentido amplio— y Burgundia. (En el período longobardo también la parte oriental del norte de Italia se llamó «Austria», y la occidental «Neustria».)

Auster, Austria (tierra oriental) llamada generalmente Austrasia y regida por Sigiberto, constaba de las cuencas del Maas y del Rin, así como de algunos otros territorios más hacia el este, con una mayor participación germánica. La residencia fue primero Reims para pasar luego a Metz. Neustria (Niwister, Nuevo Territorio Occidental) comprendía la parte occidental y era el núcleo político del reino merovigio, que los francos habían conquistado desde el siglo v, y por tanto buena parte del antiguo territorio soberano de Siagrio^que se extendía desde el Loira al

Sena y hasta Flandes. Esa «Francia» en sentido restringido, con una población preponderantemente romana y con las capitales de Soissons y más tarde París, correspondió a Chilperico I; los propios neustrios gustaban de llamarse

«franci» y a su tierra «Francia». La nueva Burgundia se había ampliado

notablemente respecto de la antigua, siendo Chalon-sur-Saóne la residencia real preferida de Guntram. Pero también se repartieron Aquitania y Provenza.

El desmembramiento de la herencia de Chariberto tuvo como consecuencia toda una serie de guerras civiles por la supremacía. Los sangrientos conflictos entre los hermanos no acabaron hasta la muerte de Sigiberto, que a su vez capitaneó multitudes paganas: «la ferocidad de los pueblos» de la ribera derecha del Rin contra la buena tierra católica de Neustria. Desde 562, cuando los primeros enfrentamientos con los avaros en las cercanías del Elba tuvieron atado a Sigiberto, el rey Chilperico, el más joven y tal vez el más acomodaticio de los hermanos que residía en Soissons, llevó a cabo una serie de incursiones contra Austria e intentó adueñarse de Reims, Tours y Poitiers, «arrasándolo y destruyéndolo todo por completo» (Gregorio de Tours). Entretanto Sigiberto, promotor de la devoción a san Medardo, patrón del obispado de Soissons y de París, saqueó e incendió la mayor parte de las aldeas de la región parisiense y encarceló a sus habitantes; también intentó, aunque inútilmente, adueñarse de la capital provenzal de Arles, que pertenecía a su hermano Guntram. Pero el obispo diocesano Sabaudo, un digno pastor del Señor, engañó al ejército de Sigiberto, y lo recondujo con ardides ante las puertas de la ciudad, de modo «que se vio atacado por la espalda por las espadas de los enemigos y de frente por las paredes de los ciudadanos...» (Gregorio de Tours).5

La lucha entre los hermanos Chilperico y Sigiberto se agravó aún más por una tragedia familiar, que halló eco en la leyenda de los nibelungos.

«... Dignas de una Mesalina y una Agripina»

Hacia 566 Sigiberto de Reims casó con Brunichilde, hija del rey visigodo Atanagildo, poco más o menos un año después de que Chilperico de Soissons hubiera desposado a Gaisvinta, hermana mayor de aquélla. Pero Chilperico, que antes había repudiado a su mujer Audovera y que «tenía ya muchas mujeres», por intermedio de una de sus criaturas hizo ahogar poco después de la boda a Gaisvinta, que sentía nostalgia de su tierra y que siendo arriana se acababa de convertir «a la Iglesia ortodoxa». Y, tras «llorar sólo unos días a la difunta» (Gregorio), desposó a su antigua querida Fredegunde. Ello provocó una terrible enemistad entre

las dos reinas, «mujeres dignas de una Mesalina y una Agripina» (Mühl- bacher) y una guerra de Venganza sin escrúpulos entre los reyes de Reims y de Soissons.6

Especialmente Fredegunde, procedente de una familia de siervos («ex

familia ínfima») encaramada a reina y, a lo que parece, dueña por entero de la

voluntad del rey, resulta un magnífico ejemplar de la época. Durante largos años fue la amiga íntima del obispo Egidio de Reims, uno de los políticos más activos de Austria, y en ocasiones, protegida también del obispo Regnemond de París, a la vez que experta en asesinatos de gentes de alto rango; una cristiana para la cual casi estuvo a la orden del día la liquidación de reyes, y una de las furias más diabólicas de la historia universal, que triunfó simplemente con la extorsión, la tortura, el puñal y el veneno.

De común acuerdo con el rey Chilperico, hizo asesinar sucesivamente a varias docenas de adversarios influyentes. Sin escrúpulos y más bien con profunda satisfacción caminó sobre cadáveres. Hizo encarcelar a sus víctimas, azotarlas y someterlas a lenta tortura, a la vez que naturalmente se apoderaba de sus tesoros. Las hacía ahorcar, quemar o envenenar. A un sacerdote, que vacilaba en cumplir su orden de asesinato, le hizo cortar las manos y los pies. Hizo ejecutar al obispo Pretéxtate, así como a su propio hijastro Clodovec y a la madre de éste, Audovera. Parece que también intervino en el asesinato del rey Sigiberto, a quien los asesinos contratados por ella hundieron «por los dos costados un cuchillo imponente, un scramasax», que además «estaba impregnado de veneno» (Gregorio). Eso ocurría el año 575 en la corte real de Vitry. Puede que incluso fuera la causante de la muerte de Chilperico, su marido.

Únicamente el rey le impidió que eliminase a su propio hijo Sansón inmediatamente después de darlo a luz, aunque el niño murió con apenas dos años. En Toumay dirimió toda una serie de contiendas entre familias liquidando a sus cabezas. Por su propia mano llevó a cabo un fracasado intento de asesinato contra su hija Rigunte, envió a un clérigo asesino contra Brunichilde y a otros dos curas con puñales envenenados contra Brunichilde y Childeberto. En cierta ocasión llegaron incluso simultáneamente doce criaturas de Fredegunde a la corte real católica, en la cual «por vergüenza de los hombres» tanto a clérigos como a laicos se les cortaban manos, narices y orejas.

Muchos se mataban por miedo a las torturas. «Algunos murieron en el tormento.» El rey Guntram escapó a los «emisarios» de Fredegunde, la cual así y todo, cuando huyó con sus tesoros a París, gozó de la protección del obispo Regnemond. Toda una genuina actitud cristiana. Gregorio de Tours describe ampliamente los crímenes de aquella «inimica Dei atque hominum» (enemiga de Dios y de los hombres), que acabó como

viuda en el territorio neustrio del reino, cada vez con mayor influencia y luchando con todos los medios hasta su muerte por el reconocimiento de su hijo menor Clotario.7

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