Overall discussion
6.2.1 Privacy is contingent, tripartite, and multidimensional
Una empresa se puede convertir en monopolio natural por dos razones. Una es por el plebiscito del consumidor (de facto), y la otra por ley (de iure). La historia económica nos enseña que hay empresas que se convierten en monopolios porque dan al consumidor aquello que más desea y su competencia no acierta con los designios del demandante. Este tipo de monopolios no son finitos en el tiempo, al final caen porque realmente no pueden eliminar la competencia. Casos recientes son los de aquellos productos que proporciona la tecnología. IBM tenía el monopolio en la venta de PCs en
los años ochenta. Ahora ni los fabrica de lo atomizado que está el sector. Microsoft llegó a controlar el 95 por ciento de la cuota de mercado de navegadores con el Internet Explorer y desde la última década no ha dejado de bajar aunque sigua siendo el más usado. A este ritmo la competencia se lo comerá en poco tiempo. Antes del año 2000 parecía que el buscador de Yahoo! se iba a comer el mundo y ahora nadie lo usa. Un monopolio se mantendrá hasta que pierda la confianza del consumidor porque siempre habrá la pequeña competencia al acecho para encontrar sus defectos y atacar dando algo mejor al consumidor.
Los monopolios por ley son los creados desde un despacho político para beneficiar a empresas y lobbies. Y hoy día la gran mayoría son de esta clase. El Gobierno toma un sector en monopolio afirmando que el resto del mercado (la sociedad civil) no podría ofrecerlo en unas condiciones “óptimas”. Cuando esto ocurre la oferta inmediatamente baja al quedarse concentrado en uno o pocos oferentes. Esto provoca que la curva de la demanda original (la del libre mercado) quede distorsionada frente al de la oferta convirtiéndola en más inelástica debido a las barreras legales impuestas coercitivamente por el propio Gobierno, como: tarifas, franquicias exclusivas y profesionales, otorgamiento de licencias, altos capitales mínimos para la constitución de la empresa, leyes restrictivas para los proveedores… En este proceso se ha sustituido la competencia por la burocracia limitando el mercado en aras de ofrecer un
servicio público de calidad y asequible, pero como dijera el economista Murray
Rothbard:
“El propio término ‘servicio público’... es un absurdo. Todo bien es útil ‘para el público’ y casi todo bien […] puede ser considerado ‘necesario’. Cualquier designación de unas pocas industrias como ‘servicios públicos’ es completamente arbitraria e injustificada”[58].
Cuando el Gobierno se otorga a sí mismo un servicio o lo reparte entre pocos oferentes o empresas, como la educación o sanidad, no hace que deje de ser escaso, eso es imposible. Solo lo hace más inaccesible generando colas (como la sanidad) o procesos de racionalización (como la educación donde la administración nos asigna colegios). De hecho, en manos del Gobierno los servicios que presta siguen siendo escasos, y por eso se genera a su alrededor una competencia privada como colegios concertados u hospitales privados.
Y es que hemos de entender una cosa, todo lo que valoramos es escaso a nivel económico. La economía precisamente es eso, la distribución de la escasez. Los zapatos no nacen en los árboles, ni los trajes, ni las patatas en sus bolsas, ni los coches, ni las personas nacen ya siendo médicos, ingenieros, informáticos… Todo necesita ser racionalizado, y el sistema más eficiente y justo para esa racionalización y que a la vez satisfaga a los máximos participantes posibles solo será el sistema de precios de
mercado y libre competencia.
Si obviamos lo anterior y creemos que el Gobierno asignará mejor los recursos que millones de procesos y personas en el mercado, crearemos lo que llamamos en economía el “efecto expulsión” o crowding out. Esto es, el monopolio del Gobierno sube los costes del sector y se queda con una importante parte de la demanda porque la ofrece “gratis” para el usuario (pero no para el resto de ciudadanos) y el sector privado solo se queda con unos residuos que solo competirán por la calidad y no el precio. Esta es la razón por la cual, la sanidad y educación privada son caras y únicamente accesibles a los sectores de la población más adinerada. A quienes más perjudican los monopolios del Gobierno son a las clases bajas. El rico siempre podrá permitirse educación o sanidad privada, la clase media y rentas más bajas, no. Sin embargo, los políticos siempre nos han dicho lo contrario.
El economista Don Boudreaux[59] tomó esta idea y se preguntó de forma socarrona: ¿qué ocurriría si los supermercados funcionaran igual que las escuelas públicas? Esta fue la conclusión a la que llegó:
“Los residentes de cada barrio pagarían impuestos dependiendo de sus propiedades. Una parte importante de estos ingresos tributarios lo usarían los funcionarios del Gobierno en la construcción y operación de los supermercados. Los residentes de cada barrio —dependiendo de sus direcciones residenciales —, se les asignará a un supermercado en particular. Cada familia tendría una asignación semanal de alimentos ‘gratis‘. Los Funcionarios del Departamento
de Supermercados, sin duda, tendrían la responsabilidad de determinar las
cantidades adecuadas y los tipos de alimentos a las que tienen derecho las familias según su tamaño. Salvo circunstancias excepcionales, ninguna familia se le permitiría ser clientes de un supermercado ‘público’ fuera de su distrito”. “Los residentes de los barrios más ricos tendrían un mejor surtido de productos y más supermercados atractivos que los residentes en zonas más pobres”.
“Cuando la calidad de los buenos supermercados fuese reconocido por casi todo el mundo, los que abogasen por la ‘libre elección de supermercados’ serían insultados por alguna coalición de trabajadores gubernamentales afirmando que la libre elección de supermercados solo es un intento de engañar a los consumidores y dar un mal servicio. Solo los supermercados gubernamentales ofrecen buen servicio”.
“Aquel pequeño grupo que abogase por los supermercados libres y la separación total entre supermercado y Estado, sería criticado por casi todo el mundo afirmando que son opiniones delirantes dignas de demonios misántropos indiferentes a la malnutrición y al hambre. La privatización de los
supermercados —afirmarían los lobbies gubernamentales— crearían escasez en las tierras”.
“Incluso algunos se rasgarían las vestiduras cuando los partidarios del libre mercado se refiriesen a los ‘consumidores’ como ‘clientes’. Para los defensores del colectivismo los alimentos son algo demasiado importante como para que el mercado los venda o haga negocio con ellos”.
Desgraciadamente la caricaturización de Boudreaux es cierta. El lavado de cerebro gubernamental nos ha hecho pensar que hay temas que solo pueden funcionar cuando los toma el Gobierno. En la URSS sustituyen el proceso de libre mercado por el de la burocracia y los resultados fueron el desabastecimiento total. No había “quesos”, solo había “el queso”. No había pan de cebolla, blanco, de centeno, pintado, de mantequilla, de aceite, de cereales… Simplemente había “el pan” y tenían que hacer colas o marcar sus cartillas de racionamiento para poder adquirirlo. A la vez, tal desabastecimiento creó economía sumergida. ¡Normal, la gente no quería morir de inanición! Eso creó que el Gobierno penase duramente a los que comerciaban en el mercado negro, esto es, era delito que la gente se alimentara a las espaldas del Gobierno. Nunca ha habido un sistema tan frio, criminal y antihumano como el Comunismo, esto es, el del Gobierno total.