• No results found

Probabilistic FEM using Direct Partial Differential Method

In document UNIVERSITÄTSBIBLIOTHEK BRAUNSCHWEIG (Page 102-118)

a) Los juicios morales humanos

Estamos muy acostumbrados a escucharlo: ―¡esto no es justo!‖, ―me parece muy conveniente‖, ―tiene un trato correcto‖, ¿con qué derecho hacen esto?‖, ―debemos actuar con más rectitud‖, ―la honestidad por encima de todo‖, ―es lo más decente que podías hacer‖, ―respeta mi dignidad‖. Nuestro lenguaje y pensamiento está repleto de este tipo de juicios. Los aplicamos a múltiples situaciones y personas. Posiblemente no seamos del todo capaces de explicar a qué nos referimos con ellos. Pero están ahí y los usamos.

Observar la existencia de juicios como los que hemos citado nos permite constatar el hecho de la moral. Indican que no sólo interesa al hombre su propio placer y felicidad, sino también algo que denominamos con diversos términos: ―perfecto‖, ―justo, conveniente‖, ―correcto‖,… Todos ellos, en el fondo, reducibles a uno: ―bien‖178. Indagaremos aquí qué

contenido está entrañado en la noción de bien y en qué medida se emplea legítimamente.

178 Iremos matizando el sentido específico de algunos de estos términos a lo largo del ensayo.

Ahora nos interesa mostrar simplemente que todos ellos apuntan al ámbito sobre el cual gira toda nuestra investigación.

166

b) Idea común del bien

Decíamos anteriormente que, en general, la filosofía echa a andar desde el estado en el que se encuentra. Para poder aplicar esto a nuestra investigación ética, tenemos que dejar clara la primera definición de bien de la que dispondremos inicialmente. Hay que formular aquello que, a bote pronto, este concepto nos sugiere a la mente. Lo mínimo que la gente estaría dispuesta a admitir. La expresión más simple y obvia. Una afirmación de Perogrullo. Ya hemos citado el pasaje en el que Rosmini se plantea esto mismo en los Principios de la ciencia moral179: «tomemos la definición de bien

que nos da el sentido común y en la cual todos los hombres que usan el lenguaje concuerdan» (PSCM, II, 1, 66/36c), una proposición en la cual «concuerden todos y [en la] que el absurdo de lo contrario no necesite demostración» (66/37a)180.

Al inicio del segundo capítulo de los Principios, encontramos la propuesta concreta del filósofo de Rovereto: «es indudablemente verdadero que los hombres suelen llamar ―bien‖ a ―lo que se apetece‖» (66/37a, énfasis eliminado). Con esta definición arranca toda la ética rosminiana. Difícil ser más simple para empezar. De hecho, fácilmente nos surgirá la duda si esta definición ofrece algo relevante para la moral.

En cualquier caso contamos con una definición que se compone de la relación de dos elementos: una «relación de las cosas con la facultad de

apetecer» (66/37b, énfasis modificado)181. El primer elemento consiste en un

algo apetecido. Rosmini señala aquello más básico apetecido por cualquier

sujeto: «a sí mismo (la propia existencia, la propia conservación) y después, e igual modo, todo aquello que lo puede volver perfecto y más completo»

179 En su otra gran obra de ética fundamental, la Historia comparativa y crítica de los sistemas en torno al

principio de la moral (SC), Rosmini presenta un planteamiento inicial distinto. Arranca también de

algo elemental, pero esta vez de la acción humana.

180 En adelante, puesto que iremos comentando el capítulo II de los PSCM, indicamos sólo la

referencia de la página.

181 Otras definiciones: «una relación entre las cosas y un ente que las apetece» (67/37b, énfasis añadido).

Más adelante, formulándolo en orden contrario: «hay dos elementos contenidos en la definición común […] el gozo [godimento], primer elemento, y la perfección con la cual goza, segundo elemento» (67/38a).

167

(67/37b). El segundo elemento es un alguien que apetece. Parece obvio que lo bueno debe agradar a alguien. Una cosa no puede ser buena si no hay nadie que la apetezca. Una vez más, acerca de la facultad de apetecer, Rosmini ofrece una definición que dice muy poco de nuevo: «no es otra cosa que la facultad que nos lleva a gustar del bien» (66/37b).

Tenemos la impresión que, en realidad, estamos dando vueltas a un concepto de bien aún impreciso. Como si tan sólo se hubiesen tocado los polos entre los que se sitúa el bien: ―lo bueno‖ y ―quien apetece lo bueno‖, pero no el bien mismo. Parece como si aún estuviésemos ante un mero nombre. Nuestra labor tiene que continuar en una especie de ―destripamiento‖. Debemos seguir inspeccionando el compuesto para mostrar de manera más pormenorizada sus partes. Lo hacemos en una primera fase analítica del concepto común que acabamos de especificar.

168

c) Hacia la definición filosófica

Cuando hablamos de apetecer, hablamos de sensibilidad y de placer. En esta primera fase analítica de los Principios no contamos con otra concepción de la facultad de apetecer. Está vinculada e, incluso, identificada a la facultad de la sensibilidad. Apetecer el bien y la perfección, equivaldrá, pues, a sentirlo y gozar de él: «la palabra apetecer la entiendo como la facultad de tender a ciertas cosas para gozar de ellas, facultad que supone la de sentir placer de las perfección de las naturalezas y con ella se confunde» (68/39a).

Admitido este punto elemental, Rosmini se plantea una objeción: ¿significa esto que las cosas son buenas en función del placer?, ¿depende la perfección del sujeto que siente? (67-68/38b). Ciñéndose a la estricta observación, el filósofo responde positivamente: el bien depende de la sensibilidad. Con sus palabras:

Razono de la manera siguiente: está claro que para saber si una cosa es una perfección conviene que sepamos si esa cosa es agradable a la naturaleza que la posee o a la cual se refiere. Y no puede serle agradable si no le es agradable en un modo sensible. En efecto, relativamente a un ser que no siente las perfecciones no existen (69/39c).

No podemos evitar que nos surja inmediatamente una segunda cuestión: ¿entonces el bien y la perfección es reducible al placer?, ¿es algo

subjetivo? Para Rosmini esto supone ya un paso ilegítimo. Dependencia sí,

identificación no. En esta matización se encuentra la clave del análisis rosminiano. Hay que destacar tres aspectos:

1) Por una parte, nos dice el filósofo, debemos distinguir entre lo

sensible y el acto por el cual sentimos. En términos de bien y perfección:

aunque las perfecciones se conocen por «una relación con la facultad de sentir y apetecer», ellas se distinguen de las mismas facultades sensibles, las cuales «están fuera» de las perfecciones, «colocadas en otro ser» (70/40c- 41a). De manera que cada una de estas perfecciones de la naturaleza «podemos pensarla como existente también fuera del acto en el cual es sentida y gustada» (72/42a).

169

2) Por otra parte, hay que advertir que el bien y la perfección están relacionados con la inteligencia. No sólo con la sensibilidad. Esta nueva relación nos viene directamente sugerida por el hecho de que consideramos buenas las cosas: hablamos de ―un bien‖, de ―algo perfecto‖. Únicamente la inteligencia puede distinguir, tratar la realidad como una cosa diferenciada, en sí misma. En estea sentido afirma Rosmini que las perfecciones de las cosas aun poseyendo una vinculación con el apetito «suelen considerarse por el entendimiento estando por sí mismas, despojadas de aquella relación» (76- 77/46b).

Pero, el entendimiento todavía «va más allá». Descubre que la apetecibilidad de la cosa se corresponde «con una cierta disposición de partes, con un cierto orden en la medida, en la forma, en el número, en la conjunción y acción mutua de esas partes» (78/47b) de la naturaleza observada, sea humana, animal o inanimada. Esta disposición y orden nos permite formar el concepto de ―bien‖ o ―perfección‖ de esa naturaleza (cf. 78/47c-48a). A pesar de esto, Rosmini nos recuerda que en los conceptos de las perfecciones de las cosas, formados por el entendimiento, no desaparece nunca la relación con el placer sensible. De hecho, «la actitud para producir […] un constante sentimiento placentero» constituye «originalmente la base, la regla y el principio de aquel orden» propio de la perfección de la cosa (79/48c).

3) Resumiendo el veloz análisis realizado vemos emerger un tercer aspecto que resulta definitivo en la definición del bien. Hemos mostrado cómo las perfecciones de las cosas están asociadas con la sensibilidad y con la

inteligencia. Sin embargo, recordemos que esta relación no significa

identificación. El bien y la perfección no se confunden con el sujeto que lo disfruta o entiende, de igual modo como la materia sensible no se confunde con el sujeto sintiente (cf. 72n4/42n1) ni las ideas con el sujeto inteligente (cf. 73n4/43n1). En este sentido, afirma Rosmini que el orden del ser es captado por «una manera de sentir extra-subjetiva» (78n7/47n2) y, por otro lado, afirma que si bien este orden «no existe más que para el entendimiento», sin embargo «es algo más allá del acto del entendimiento

170

que lo intuye» (78/48b). Podemos concluir entonces que el bien es ―algo‖ que posee tanto de lo real sensible como de lo ideal inteligible.

Pero, ¿exactamente qué naturaleza tiene ese ―algo‖? Rosmini no lo acaba de enunciar en los Principios, sin embargo todo apunta ya a un tercer elemento que consiste precisamente en la relación misma. Relación entre lo sensible y lo inteligible, entre lo real y lo ideal. Este carácter relacional del bien explica que el filósofo haya estado hasta ahora ―balanceándose‖ entre la sensibilidad y el entendimiento sin detenerse nunca en ninguno de ellos182.

* * *

Al final de los Principios Rosmini realiza un salto importante al ámbito ontológico. Pasa del bien sentido y conocido al bien esencial de la cosa. En primer lugar, asocia orden de las cosa con esencia de la cosa. Con palabras del autor: «en ese orden [intrínseco de la cosa] colocamos muy a menudo la misma esencia, la especie de la cosa» (79/48c). O al revés: la especie o esencia de la cosa «supone un orden» (79/49a).

Pero todavía asciende más. Considerando que todas las esencias no son otra cosa que determinaciones y actos del ser, nos habla del «mismo orden esencial y necesario del ser […] intrínseco al ser» (81/50c). De esta manera, ofrece una definición ontológica del bien: «el bien es el ser considerado en su orden, el cual es conocido por la inteligencia» (83/52c).

Con este último resultado, Rosmini resuelve la cuestión fundamental que se había planteado al inicio de la obra y que figura en el rótulo del segundo capítulo: ―la idea del ser considerada como la regla suprema para juzgar sobre el bien en universal‖. En su epistemología Rosmini ha intentado mostrar la existencia de una idea intuida por el hombre como base del conocimiento del resto de ideas. El filósofo la ha llamado ―idea del ser‖. Ahora, al inicio de su obra ética se pregunta si esta idea juega algún papel en la moral: ¿además de criterio de conocimiento y de verdad sirve también como criterio del bien?, ¿conectan en este elemento primordial

182 Un texto que presenta el bien a la vez como independiente y relativo a la sensilidad ilustra este

balanceo: «las perfecciones y valores de las cosas son sinónimos de bien. Se conciben ciertamente como causa del sentimiento agradable, pero la mente las contempla también independientemente de este efecto suyo como algo real, objetivo, activo. Y, por tanto, el bien es más general que las

171

epistemología y ética?183. A partir del análisis realizado la respuesta es

afirmativa. En efecto, pues aquel orden esencial de las cosas que estaba en la definición del bien se capta intelectivamente y, por tanto, mediante la idea del ser: «se deduce y se contempla intuitivamente en el primer hecho, es decir, en el ser mismo, objeto primitivo de todo pensamiento» (81/51a)

Hemos concluido el análisis. Sin embargo, hay que reconocer que hemos avanzado demasiado rápido. Seguramente circulen por nuestra cabeza aspectos discutibles que requieren una mayor explicación y un estudio más detenido. De todos modos, los Principios de la ciencia moral no dan más de sí. Para acabar de describir el bien con fundamento tenemos que remontarnos a la epistemología y ontología rosminianas. Es lo que vamos a hacer seguidamente. A partir de aquellas dos ciencias intentaremos ofrecer una definición más precisa de los tres elementos constitutivos del bien (B). Después los volveremos a reunir en el concepto de orden del ser (C). Finalmente, profundizaremos en la definición ontológica (D).

183 En el primer capítulo, tras resumir su ―ideología‖, Rosmini plantea la cuestión: «queda por ver

cómo conociendo nosotros el ser tenemos, con sólo esto, suficiente en las manos para juzgar sobre el bien y el mal moral. Lo que parecerá ciertamente extraño a quien no haya reflexionado nunca sobre ellos, pues ciertamente parece que sabiendo qué es el ser en universal podemos entender qué son los seres particulares, pero no entender qué es el bien, y el bien moral, pues no aparece a primera vista una relación entre los seres y las acciones morales […]. Es esto justo lo que me propongo hacer, un poco distendidamente, en todo este libro, el cual, en el fondo, no tiene precisamente otro objetivo que éste» (PSCM, I, 2, 55-56/27c). La conclusión final en PSCM, II, 3.

172

In document UNIVERSITÄTSBIBLIOTHEK BRAUNSCHWEIG (Page 102-118)