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No hay duda de que la llegada del fenómeno SIDA/VIH en la década de 1980 tuvo un profundo efecto en las actitudes hacia el sexo, así como en el propio com- portamiento sexual. En primer lugar, se hizo evidente para todos que el sexo sin protección podía tener consecuencias terribles. Por supuesto, las había tenido siempre, tanto procedentes de las enfermedades de transmisión sexual como del embarazo. Sin embargo, de algún modo, el concepto de que un individuo podía morir a causa de un encuentro sexual casual tuvo un efecto de escala comple- tamente diferente a todo lo que había sucedido antes. Se aportaron enormes sumas de dinero para nuevos enfoques de la educación sexual, así como para ini- ciativas de investigación destinadas a estudiar el comportamiento sexual y los estilos de vida de muchos grupos, incluidas las personas jóvenes. El efecto del pánico al SIDA/VIH en los adolescentes lo han documentado muchos autores, in- cluidos AGGLETONy cols. (1991), WILLIAMSy PONTON(1992) y MOOREy cols. (1996).

Recordando este período, podemos ver que la ansiedad generada en Europa por los gobiernos y los medios de comunicación fue exagerada. Hoy sabemos que, en el contexto europeo, la infección por VIH es un riesgo de salud grave para grupos como los usuarios de drogas intravenosas y quienes realizan actos homo- sexuales casuales. Sin embargo para la gran mayoría de las personas jóvenes, plantea un riesgo relativamente menor, y esto ha llevado a un cambio de las acti- tudes públicas hacia el VIH/SIDA. En efecto, se puede decir que el péndulo ha oscilado demasiado en sentido opuesto, hasta el punto de que los jóvenes no consideran ya que el SIDA sea algo por lo que tengan que preocuparse. Sin embargo, la aparición de esta enfermedad de transmisión sexual ha tenido un profundo efecto en casi todo lo relacionado con la sexualidad, y consideraremos ahora algunos de los cambios que se han producido.

En primer lugar, el interés se ha dirigido a la cuestión de la información sexual. En los primeros estadios de conocimiento de la enfermedad, hubo una comprensible preocupación por la ignorancia pública con respecto a ella y se desarrollaron numerosos programas para mejorar los niveles de comprensión. Estudios como los de KRAFT (1993) en Escandinavia, DUNNE y cols. (1993) en

Australia y WINNy cols. (1995) en el Reino Unido documentaron el conocimiento sexual de las personas jóvenes. Es interesante señalar que los resultados de muchos de estos estudios hicieron resaltar el hecho de que, aunque había algu- nas lagunas en el conocimiento del VIH/SIDA de los adolescentes, en conjunto,

los jóvenes sabían más sobre este asunto que sobre la fertilidad, la anticoncep- ción u otras enfermedades de transmisión sexual. Esto lo explica, sin duda, el ele- vado nivel de publicidad dado al SIDA en los medios de comunicación en la épo- ca en que estos estudios tuvieron lugar, pero es un resultado preocupante, sin embargo, y ha llevado a llamamientos para una nueva consideración del currícu- lum de educación sexual. Volveremos a este asunto más adelante en este capí- tulo. Por supuesto, quedó claro en seguida que el conocimiento no cambiaría necesariamente el comportamiento, y el enfoque se desplazó a otros factores que podrían influir en las prácticas de “sexo seguro”.

Los datos del estudio Wellcome del comportamiento sexual en el Reino Uni- do (WELLINGSy cols., 1994) indican que ha habido un aumento sostenido en la

cantidad de adolescentes que utiliza un anticonceptivo en la primera relación. Los preservativos se usan más a menudo que ningún otro método, y la mitad de todos los jóvenes afirman haberlo usado para su primera experiencia sexual: un 20% comunica el uso de la píldora, mientras que un 24% indica no haber empleado ningún método. En el estudio Wellcome se intentó definir el “sexo inseguro”, que se identificó como tener dos o más compañeros en el año anterior, pero no haber utilizado preservativo en esa época. Con arreglo a los resultados, aproximada- mente el 10% de la muestra en el intervalo de edad de 16 a 24 años entraba en esta categoría, aunque esto puede ser una estimación demasiado baja, porque se excluyó del análisis a varios grupos.

Varios estudios han intentado identificar los factores de riesgo asumidos al practicar el sexo sin protección. Aunque la falta de conocimiento puede ser un fac- tor, es probable que desempeñe un papel relativamente menor en el cuadro ge- neral (MOOREy cols., 1996). Más importante es la edad del individuo. WELLINGSy

cols. (1994) comunican que cuanto más joven es la persona que practica la prime- ra relación, más probable es que la realice sin protección. Así, en el estudio Well- come, los resultados mostraron que casi la mitad de todas las mujeres y más de la mitad de todos los varones que practicaban el sexo antes de los 16 años probable- mente no utilizaban anticonceptivo en la primera ocasión. Otros factores incluyen la falta de acceso a consejo sobre anticoncepción y la falta de confianza en poder adquirir u obtener preservativos. Los grupos que son particularmente vulnerables incluyen los que tienen problemas de comportamiento, carecen de hogar o reciben asistencia, o los que son propensos ya a comportamientos de asunción de riesgos (FELDMANy cols., 1995; CROCKETTy cols., 1996; BREAKWELLy MILLWARD, 1997). Sin

embargo, quizá el factor más importante de todos sea el contexto social y psicoló- gico de la actividad sexual temprana, y esto es lo que examinaremos ahora.

La manera más sencilla de comprender cómo se puede producir el sexo sin protección es considerar los requisitos para el uso de un preservativo. En pri- mer lugar, es preciso adquirirlo y tenerlo disponible en el momento adecuado. Además, tiene que ser aceptable para ambos compañeros admitir que uno de ellos ha planeado practicar el sexo. Probablemente es necesario también poder hablar sobre el uso de un anticonceptivo y sentirse lo bastante seguros el uno del otro para arriesgarse a interrumpir la activación sexual. Además, por supuesto, todo esto supone que al menos un compañero es sensato y racional al comienzo del encuentro. Cuando eres joven, se inicia una relación, y no se está en absolu- to seguro de la otra persona, apenas sorprende que en algunas situaciones no se cumplan todas estas condiciones.

Aparte de la falta de confianza y todas las demás preocupaciones que son una parte inevitable del crecimiento, el factor más significativo que se tiene que considerar es la diferencia de género. Ha habido varios debates importantes sobre el tema de las construcciones con género de la sexualidad durante la últi- ma década (por ejemplo, LEES, 1993; THOMSONy HOLLAND, 1998; HOLLANDy cols. 1988). HILLIERy cols. (1998) van al fondo del asunto en su artículo titulado: “Cuan- do llevas preservativos todos los chicos piensan que quieres”. Como muchos de estos autores dejan claro, en la esfera del sexo rige una doble moral, por la cual la habilidad sexual para los hombres es algo de lo que se debe estar orgulloso, mientras que para las mujeres es algo sobre lo que hay que callar. En efecto, los epítetos más despectivos dentro del grupo de compañeros se dirigen a menudo a las jóvenes de las que se sabe que llevan una vida sexual activa. Estrecha- mente asociado con esto, sin duda, está el hecho de que las mujeres tienen menos autoridad que los hombres en relación con la toma de decisiones sobre el uso de anticonceptivos. Así, es más probable que deleguen en los hombres y que influya en ellas el hecho de que el uso del preservativo es menos placentero para ellos que el de otros tipos de anticonceptivo. La utilización de prácticas de sexo seguro depende de la confianza entre los compañeros, así como de un grado de planificación y comunicación. La investigación durante la última década ha demostrado que hay una amplia variedad de obstáculos para un sexo seguro en este grupo de edad. Es necesario un mayor reconocimiento de los factores socia- les y psicológicos que actúan en los encuentros sexuales, así como un enfoque más holístico para la educación sexual.

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