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Research Method

5.2 Problems & Recommendations

Al hacer una mirada panorámica de los tres casos atendidos encontré los siguientes elementos comparativos.

.- COMPRENSIONES FAMILIARES

Las comprensiones con que llegaron las tres familias a consulta estaban construidas desde una causalidad lineal: eran narrativas culpabilizantes, estáticas, desesperanzadoras y centradas en el portador del síntoma:

[Fa ilia ] Mamá: Mi hijo no hace tareas, perdió 14 materias, ha sido el único niño que ha perdido tantas materias en el colegio. Yo ya no sé qué hacer. La psicóloga del colegio me recomendó hablar contigo, para que tú dieras un diagnóstico, haber si el niño tiene un problema, o qué es lo que le pasa .

Con la intervención terapéutica estas comprensiones iniciales acerca del problema, fueron moviéndose hacia otras de causalidad circular, con lo cual dejaron de ver al adolescente como el problema, y empezaron a examinar cómo otros miembros de la familia también tomaban parte en la situación que los agobiaba.

[Fa ilia ] Papá: Con estas conversaciones voy dándome cuenta que los problemas en la casa, más que con nuestra hija, tienen que ver es con nosotros dos.

Terapeuta: ¿Qué era eso que estaba pasando en ustedes dos?

Papá: Cuando venía de permiso a la casa, yo sentía como que no era parte de esta familia. Mi esposa bajaba las escaleras, mi hija pasaba por frente mío y ninguna me determinaba. Yo pensaba, se supone que yo soy el papá de la familia y quería sentirme atendido. Que hablaran conmigo. Quería sentirme importante, pero no lo sentía. Hoy entiendo que mi mujer se portaba así porque ella ya sabía de mis infidelidades y que a mi hija también le afectaba eso que yo hacía.

Terapeuta: ¿Y dónde ubicamos las pataletas de la hija en este asunto de pareja?

Mamá: e a o o pa a ost a e ue yo o podía segui allada. Que hi ie a algo al espe to . Cuando el problema dejó de verse como el asunto aislado de un hijo rebelde, indisciplinado y falto de consideración con su familia, los participantes comprendieron que la oposición y el desafío, puestos en el lenguaje verbal y no verbal del adolescente, no acontecía en el vacío, sino que emergían en un contexto y estaban articulados a una dinámica familiar conflictiva. Estas comprensiones, les permitieron a los consultantes pasar a relacionar y a conectar los síntomas presentes en el adolescente con pautas familiares de interacción conflictiva y con situaciones problemáticas de orden familiar no resueltas. Cuando las familias entraron en esas comprensiones relacionales, dejaron de culpar al adolescente y pasaron a movilizar iniciativas relacionales en favor del cambio. Igualmente, cuando cambiaron sus pautas relacionales también cambiaron sus comprensiones, y viceversa. Por este camino comprensivo, los síntomas de los adolescentes dejaron de ser “el problema familiar” y pasaron a constituirse “en alertas” que convocaban a toda la familia a revisar su funcionamiento y a construir cambios.

[Fa ilia ] Terapeuta: Ahora que vemos que la rebeldía de su hija emergía no porque ella había sido

adoptada sino por los problemas que había entre ustedes como pareja, los cuales no habían sido conversados con claridad y tampoco resueltos. ¿Qué cosas cree que empezarán a ser distintas en la relación entre ustedes esposos y con ella como hija?

Papá: Con mi esposa debemos hablar más de los asuntos de pareja. Como que nos habíamos distraído de nuestros problemas, cuidando a nuestra hija. En cuanto a nuestra hija, darle más libertad, confianza. A veces la sobreprotegemos mucho. A todo era: no hagas esto porque esto. Como que pensábamos que si pasaba más tiempo en casa, iba a ver que la queríamos más y así dejaría esas rebeldías.

Terapeuta: y parece que terminaron asfixiándola a ella y complicándose ustedes.

Papá: si. Ahora vemos que es importante soltarla. Y nosotros ocuparnos de nosotros como pareja.

Mamá: Que viva y que sepa que nos tiene a nosotros, que puede contar con nuestra ayuda cada vez

La mirada con que quedaron las tres familias, al final del proceso, coincidieron en que las “rebeldías” de los hijos adolescentes más que problemas para combatir habían sido indicadores para ponerles atención: “como que con esas rebeldías hacia nosotros sus padres, ellos nos estuvieran diciendo que algo en la casa no anda bien”.

 La mamá en el caso uno, entendió que lo que su hijo había hecho “era para recordarme que debía ponerme pilas y conseguir mi consultorio. Que era mejor que nos saliéramos de la casa de mis papás, donde a mí también me estaban tratando como si yo fuera una niña chiquita”.

 En el caso dos, el papá dijo: “si mi hija no se hubiese complicado tanto, yo no le ha ía pa ado ta tas olas al asu to de los dos o o pa eja. Lo ue ella hizo e ayudó a darme cuenta de lo valiosa que es la familia que tengo”.

 En el caso tres, el papá dijo: “Yo no me había dado cuenta que había llegado a mi casa

ta a do ito . Al o ie zo, e da a u ha pied a ue i hijo e deso ede ie a, pe o

más rabia me daba cuando me contestaba. Hoy me doy cuenta que eso lo hacía porque quería que yo fuera para ellos un papá”

.- SOBRE LAS INTERACCIONES FAMILIARES

Según las narraciones que las familias hicieron acerca del funcionamiento antes que aparecieran los síntomas en sus hijos adolescentes, encontramos:

 En la familia uno, los esposos eran casados. Mientras él estuvo activo en las fuerzas militares, dice ella, “las cosas iban bien, él venía a casa, compartíamos y luego regresaba a sus deberes. Al pensionarse vino a vivir a casa. El estar juntos todos los días nos trajo problemas. A él no le parecía que yo saliera a trabajar. Era un asunto como de celos. Las cosas se fueron poniendo cada vez más tensas, entonces decidimos separarnos”.

Convinieron que el papá cuidaría al hijo mayor y la mamá al menor. Las relaciones entre la madre y su hijo trascurrían sin contratiempos. Cuando ella se queda sin el consultorio, empezó un tiempo de dificultades económicas,

para sortearlas ella opta por irse a vivir a su casa paterna. Hacia los tres meses de estar en la nueva residencia inician los síntomas del hijo.

 En la familia dos, los esposos son casados. La convivencia como pareja había sido por temporadas. Él siempre ha estado al tanto de sus deberes de proveedor. Ella ha cuidado la casa y ha velado por la hija. Si bien, él quiere mucho a su hija siente que han tenido una relación distante lo que pasa es que por mi carrera, han sido muy pocos los momentos que he estado con ella. Inclusive cuando le celebré los 15 años, yo no sabía nada de mi hija. Para los palabras que dije, me tocó preguntarle que cuál era su mejor amigo, qué le gustaba, porque muchas de esas cosas no las

sa ía . Al respecto la hija también coincidió en el tema de la ausencia de su

papá: “pues al principio me dolía que llegara y se fuera, pero después me fui acostumbrando a que no estuviera e asa

Tuvieron una relación de pareja sin mayores contratiempos hasta que la esposa se enteró de las infidelidades del esposo. En este contexto empezaron los síntomas de la hija.

 En la familia tres, los esposos son casados, han estado juntos como familia por temporadas. El papá ha sido el proveedor, ella ha cuidado el hogar y los hijos. Cuando él venía a casa “era amoroso con todos, compartíamos mucho juntos. Me ayudaba mucho. Estaba al tanto de todo lo de la casa”. Para sus hijos también las estadías del esposo en casa habían sido gratas “mi papá era muy chévere con nosotros, jugábamos, nos llevaba a sitios bonitos. Si era un poco estricto, pero no como ahora que siempre está bravo y nos regaña por todo”. Hace dos años recibió un nombramiento que le permitió empezar a vivir con su esposa y sus hijos. Hacia los seis meses de su llegada a casa empiezan los síntomas en el adolescente.

 Estos tres casos nos muestran a unas familias que venían funcionando con unos roles fijos: los esposos han sido los proveedores y la mayor parte de sus tiempos lo han copado en las actividades militares; las esposas han

permanecido con los hijos, los han educado y han velado por sus hogares. Cuando los esposos venían a casa, por vacaciones, interactuaban con sus esposas e hijos de manera amorosa y colaboradora. Los hijos han crecido sabiendo que sus papás trabajan para sostenerlos y por temporadas vienen a casa para estar todos juntos; y mientras tanto “quienes educan, corrigen, regañan y dan permiso son las mamás”.

Ahora vamos a referirnos a un segundo período relacional. Con el síntoma en casa, las interacciones cambiaron en las tres familias: “las cosas en casa cada día eran más insoportables, más difíciles de manejar, realmente pasamos por momentos muy críticos

[Papá en la familia tres]. Siguiendo los relatos de este período encontramos lo siguientes elementos:

 Se encuentra similitud en los contextos relacionales que desencadenaron los conflictos en las familias uno y tres. Las interacciones empezaron a c ambiar cuando las mamás empezaron a ser desplazadas de su rol de educadoras, y los hijos pasan a ser controlados por el militar que vive o que llega a casa. En el primer caso, la mamá regresó a su casa paterna en condición de hija, allí se encuentra con un abuelo estricto y controlador que había sido militar, el cual la supervisa a ella y a su nieto. En la tercera, es el esposo quien regresa a vivir con su núcleo familiar y “quiso imponer orden en casa, a su manera y a su gusto, sin darse cuenta que no era necesario que llegara a esos extremos” [adolescente en la familia tres].

Estas dos familias fueron entrando en interacciones asimétricas, construidas desde posiciones jerarquizadas. El abuelo en una y el papá en otra, toman el control; la disciplina, las órdenes y las sanciones se fueron haciendo cada vez más frecuentes en estas casas. La introducción de las nuevas dinámicas suscitó malestares en los sistemas; ante lo cual las mamás, despojadas de sus roles, tenían poca posibilidad de intervenir en el cambio de éstas nuevas dinámicas del hogar. Malestares que se complejizaron hasta hacer síntomas en los dos adolescentes. Los cuales fueron, los miembros de estos núcleos

familiares que se dieron el permiso para cuestionar, confrontar y rechazar la disciplina militar que se había introducido en sus casas. En ese contexto llegan a terapia.

 Los cambios interaccionales que suscitaron la presencia del síntoma en la familia dos fueron un poco diferentes. Dice el esposo: “en la casa las cosas siempre habían estado bien, gracias a Dios no nos ha faltado nada. Los problemas empezaron cuando mi esposa se enteró de mi infidelidad”. Ella no le hizo reclamos directos por lo que había pasado, “internamente sentía mucho dolor, pero externamente opté por la indiferencia y el rechazo. Yo lloraba mucho. No entendía por qué me había hecho eso. Yo le pedía a Dios que él se diera cuenta de su error, recapacitara y volviera a ser como antes”.

La esposa traía sospechas desde años atrás, “las cosas estaban aguantadas desde hacía bastante tiempo”, pero ella no estaba empeñada en confrontarse

con su malestar, esperaba que los cambios vinieran del marido; parecer que la hija no compartía: “yo pelié varias veces con mi mami porque ella quería arreglar las cosas. Yo tenía muy claro que las cosas no funcionaban ellos juntos. Para mí lo mejor era que se separaran. Me molestaba mucho que mi mami no hiciera nada para que las cosas

a ia a , ella espe a a ue i papi vi ie a y le dije a si seguía o o [Adolescente familia dos]

Comprobada la infidelidad, los esposos se distancian. En casa la mamá y la hija se alían, pero lo hacen con propósitos distintos: la mamá para que él vuelva a casa y la hija para que él se separe. Los síntomas de la hija trajeron el papá a la casa, pero las finalidades de este giro relacional también eran distintas. Dice la mamá: “Yo estaba muy sentida por lo que me había hecho, pero cada vez que mi hija, se ponía insoportable, cuando se me fue de la casa, yo sentía que sola no podía lidiar con todo, entonces ahí yo acudí a él para que me ayudara, sentía que necesitaba de él” En cambio para la hija, la intención era distinta:

“Terapeuta: ¿qué hacía tu mami en ese tiempo que las cosas estaban mal entre ellos?

Hija: Yo veía que el tiempo pasaba y mi mami no decidía nada. Le contaban todo lo que mi

papi estaba haciendo y ella solo lloraba. A mí eso me daba mucha rabia. Ella, yo sentía que se desquitaba conmigo, en ese tiempo cambio demasiado conmigo.

Terapeuta: ¿fue en esa época que te fuiste de la casa? Hija: si, ya no aguantaba más.

Terapeuta: pareciera que te fuiste de la casa para que tu papi tuviera que hablar con tu mami y ahí ella aprovechara para ponerle las cosas en claro a él.

Hija: yo o lo ha ía po eso, pe o de p o to pudo se po eso

El esposo regresó a casa a intervenir en lo que estaba pasando con la hija pero también arrepentido de lo que había hecho, les pide perdón y empezó todo su empeño por reconstruir la familia. Inicialmente ni la esposa ni la hija le creyeron. Por lo cual, él siguió mostrándoles que su empeño era verdadero. La esposa lo perdono, pero la hija no. De modo que los síntomas de oposición y desafío de la hija continuaron y cada vez con mayor fuerza. En ese contexto llegaron a la terapia.

Un tercer momento por el que pasaron las interacciones de estas tres familias se dio durante las sesiones de terapia. Entre las cosas que vi y lo que las mismas familias mismas fueron narrando de su proceso, presento lo siguiente:

 Con la familia uno empecé a sentir no a una mamá y a un hijo, sino como a dos hermanos saturados de lo que hacia el abuelo en casa. Dice la mamá: “el vive en su habitación y yo en la mía. Pero para que este niño salga de la ducha es una batalla, se demora horas y horas bañándose. Él lo hace como de adrede, como para sacarle la chispa a los abuelos. Entonces mis papás son: que apure, que la ruta lo va a dejar, y entonces ellos me mandan a mí, que lo acose para que salga rápido. Eso es un martirio, es una lucha todos los días .

Tal como ya lo escribí en las intervenciones utilizadas con este caso, las sesiones ayudaron a recomponer la relación madre – hijo, se hizo llevándolos a que recordaran cómo funcionaban las cosas entre ellos antes del problema e invitándolos a rescatar parte de ese funcionamiento. En éste

punto ayudó una comprensión que hizo la mamá en la tercera sesión: “yo creo que los síntomas del hijo, son una invitación que él me hace, para que sea yo y no sus abuelos quienes lo eduquen” Con esta resignificación del problema, se empeñó en buscar un local para su consultorio y luego un apartamento para donde irse a vivir. El saber que pronto iban a tener un espacio familiar para ellos, los llevó a empezar a relacionarse distinto.

 Con la familia dos en la primera sesión quedó a la vista que los síntomas de la hija estaban conectados con las dificultades conyugales. Cuando la hija dejó de ser el foco de atención de la problemática familiar, se distensionaron las relaciones en el subsistema padres-hija, pero se tensionaron entre los esposos. La esposa pudo hacer sus reclamos, los cuales fueron contra argumentados por el esposo: “Por esos días yo sentía un vacío en mi casa, algo que no puedo explicar y de pronto encontré en esa persona como un refugio, alguien con la cual podía comentar mis cosas, mis problemas y ahí empezó esa relación. No fue que cuando la vi, dije que bonita, y de una le caí. De alguna manera mi esposa y mi hija también tuvieron la culpa por dejarme solo”. Hubo intentos de volver a las pautas anteriores: vinieron

escaladas tratando de mostrar quién tenía la razón. Como terapeuta intervine diciéndoles: “no creo que ustedes vengan a buscar ayuda profesional para seguir haciendo más de lo que hacen en casa”

De interacciones en escalada, pasaron a hablar y escuchar al otro, así no estuvieran de acuerdo con lo que el otro decía. Esta nueva dinámica permitió que el esposo reconociera delante de la esposa “eso que hice estuvo muy mal, yo se que les dolió mucho pero ellas saben que todo lo que estoy haciendo es para demostrarles que cambié y que eso no va a volver a pasar”. Este

reconocimiento por parte del papá suscitó otra dinámica relacional: la hija empezó a acercarse a su papá y volvieron las expresiones de afecto entre los esposos, lo cual favoreció que el proceso avanzara:

Terapeuta: ha pasado algo que me ha llamado mucho la atención. Cuando su esposo reconoce que hubo infidelidad, que eso estuvo mal y les pide que lo perdonen de corazón, las relaciones entre ustedes empezaron a cambiar demasiado. ¿Qué fue lo qué pasó?

Mamá: Yo pienso que para mi hija no había sido suficiente que mi esposo simplemente viniera a casa y nos dijera perdóneme, voy a cambiar. Como que ella necesitaba como que hubiera un testigo, y un proceso que lo ayudara a que eso fuera verdad.

Terapeuta: ¿solo ella necesitaba eso?

Mamá: jejeje. Yo también

Terapeuta: ¿lo que tu mamá dice interpreta y recoge tu sentir?

Hija: si es así. Yo muchas veces le dije a mi mamá que no fuera tonta, ilusa, que no le creyera. Muchas veces me enojé con ella porque le estaba creyendo así no más.

El sentir que tenían un espacio para hablar sin caer en escaladas, que los acompañaba “un testigo de sus palabras” posibilitó el proceso. La mamá

pudo empezar a hablar de cómo vivió la infidelidad de su esposo, del malestar que le causó el hecho que su suegra y sus cuñadas se hubiesen puesto en contra suya. Cuando él escuchó todos estos eventos, se conectó emocionalmente con ella, se colocó de su parte, lo cual favoreció para que se restablecieran las relaciones de pareja, y la dinámica familiar tomó otro horizonte.

 En la familia tres, cuando llegan a sesión, el papá hablaba primero, sugería y además regulaba lo que los otros decían. La mamá hablaba poco y muchas veces intervino para confirmar al esposo; el hijo estaba al margen de la sesión. Eso me llevó a asumir con toda la propiedad el curso de la conversación y la concesión de la palabra. Recuerdo que al papá yo lo frenaba con mi mano y alentaba a la esposa y al hijo a intervenir. Un primer cambio en la interacción vino con la permuta de nombres: “rebeldía del adolescente por encontronazos familiares”. Si antes en la casa estaban

repartidos en dos bandos: buenos y malos, pasaron a verse y a tratarse cuidando que sus palabras y actitudes disminuyeran los “encontronazos”, con

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