RESEARCH METHODOLOGY
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5.9 PROBLEMS ASSOCIATED WITH GEOCACHING
Los conflictos laborales en Vitoria entre 1956 y 1962, aun produciéndose en los mismos ciclos que los de entonces en toda España, manifestaron, como se ha dicho, un nivel de protesta y movilización muy limitados, que serían expresión del estado de fuerzas de los disidentes y opositores al régimen. Pero en sus detalles aparecen algunas novedades de interés. La primera es el protagonismo adquirido en ese momento por sacerdotes y por miembros de la HOAC. Desarticulada o en profunda crisis la oposición tradicional que venía de los tiempos de la post- guerra (socialistas, anarquistas, comunistas y nacionalistas vascos), cierto entorno de la Iglesia -Acción Católica y, especialmente, HOAC y JOC; además, y sobre todo, el Secretariado Social Diocesano, como veremos- se instituyó como el sector social que más preocupación suscitaba al régimen en Álava. Esas organizaciones ya habían aparecido en la huelga de 1951, pero su presencia se adivinaba todavía instrumental o mediatizada, en aquel caso por activistas del nacionalismo vasco. Ahora ya no era el caso y actuaban como tal, aunque todavía se advirtiera una última utilización ajena: el enlace sindical de “Aranzábal”, el comunista Cecilio Ortiz Solís, aparecía a los ojos del Director de Trabajo “como promotor de todo el movimiento [de 1958], pero al carecer de adictos personales, cede al grupo católico el desarrollo de la acción”70. La
tradicional oposición de izquierdas resignaba su protagonismo –como de otro modo hicieran los nacionalistas en 1951- al emergente obrerismo de cariz católico. Pero la HOAC y la JOC vitorianas y alavesas no fueron muy activas, a pesar de agrupar en algún momento un buen 69 En Delegación de Trabajo Laudelino León había sido sustituido, en 1962, por José A. Serrano de Pablo. El 20 de septiembre el gober-
nador civil cerró la fundición de Arrieta al iniciar sus obreros un plante de brazos caídos. 70 AHPA, sección Trabajo, Caja 76.
número de asociados71. Eso sí, las posibilidades para el desarrollo de este obrerismo en Álava
eran muchas: la provincia tenía una sólida tradición de ese sindicalismo católico, aunque básica- mente en su inicial versión “amarilla”; sus infraestructuras eran muy potentes, con el gran local de la Casa Social Católica a la cabeza72; el obispo Bueno Monreal, junto con Pla y Deniel, fue
de los que antes y más se significó en defensa de la HOAC73; y esa organización tuvo por un
tiempo en Vitoria, en la persona de Ricardo Alberdi Ugarte, a uno de sus teóricos y propagan- distas más importantes74. Y no era el único: otros sacerdotes implicados en estas organizaciones
fueron el consiliario de JOC, Antonio Quilchano, el de la HOAC, José Luis Ochoa, el de Llodio, Eustaquio Mendizábal o Pérez de Onraita, entre otros. Incluso por encima, o por allá, estaba el profesor del Seminario, Gregorio Rodríguez de Yurre, respetada autoridad en temáticas socio- lógicas –tenido por “santón”, según el delegado de la OSE (Sindicato Vertical)-, experto en las relaciones entre cristianismo y marxismo, y directo en sus exposiciones públicas criticando el sindicalismo oficial del régimen75. La interpretación que el jesuita Uriarte, por ejemplo, hacía
del documento de los Metropolitanos de 1956 recogía el conjunto de visiones de la realidad y de crítica social que animaban la acción de esta parte de la Iglesia católica: los sindicatos oficiales no son libres, sino que responden al interés del gobierno; la huelga es lícita si no queda otro recurso; “la autofinanciación de las empresas se hace a costa del trabajador. Son beneficios que te corresponden”; la moral es superior al derecho positivo y la interpreta el sacerdote; en defensa de la justicia hay que sufrir persecución si es preciso; solo es lícito y justo trabajar a ritmo nor- mal ocho horas, con salario familiar suficiente; “el trabajo con incentivo (a prima) en la mujer 71 Un informe oficial atribuía en 1962 a la HOAC 170 afiliados varones y 850 a la JOC, además de 240 mujeres en esta última (AHPA, Subd. 708-3, Memoria del Gobierno Civil de Álava 1962). El hoacista Emilio Alonso, por el contrario, recuerda que difícilmente superaron el centenar de miembros la primera y que en torno a veinticinco eran los efectivos de la Juventud, aunque se refiere éste a un momento posterior, ya iniciada la crisis de la HOAC. Por su parte, la Vanguardia Obrera Católica se dirigía desde los jesuitas de “Jesús Obrero”, y tampoco tuvo mucha relevancia.
72 Los dos centros de formación profesional con que contaba Vitoria desde mediados de los años cuarenta y donde se formaban los jóvenes trabajadores de las nuevas industrias eran iniciativa de la Iglesia: la Escuela de Aprendices de Acción Católica (las futuras Escuelas Diocesanas), creada por los sacerdotes Pedro Anitua y Manuel Zaldívar, a semejanza de la Escuela de Armería de Eibar, y “Jesús Obrero”, idea del jesuita Demetrio Ruiz de Alburuza. En 1951, el gobernador Martín-Ballestero aseguraba que los consiliarios de esos dos centros eran “abiertamente separatistas” (Fundación Francisco Franco, documento 19793).
73 En 1950 conferenció para los seminaristas vitorianos el padre Mylembroech, consiliario de la JOC belga, uno de los modelos (con las ACLI italianas) de este tipo de entidades. En febrero de 1951, Bueno Monreal impartió otro ciclo de charlas dirigidas a los obreros y emitió una pastoral de contenido social. En la huelga de ese año salió en defensa de Victoriano Aristi, organizador de la HOAC y detenido entonces, y dio el plácet a ese recurso al paro ante preguntas de obreros “si era una huelga laboral y por motivos justos”. Incluso es reseñable el detalle de que el proceso de “especialización obrera” –“la evangelización por los iguales, el obrero apóstol del obrero”- que dio inicio a ese nuevo activismo católico tuviera su base en el modelo expuesto, precisamente en Vitoria, en 1945, por monseñor Zacarías de Vizcarra, primer consiliario de Acción Católica tras la guerra (B. López García, Aproximación a la historia de
la HOAC, 1946-1981, Madrid, 1995, pp. 30 y ss.).
74 Ya en noviembre de 1946 fue uno de los cinco seminaristas invitados a pronunciarse sobre el carácter que debía tener el órgano de difusión de HOAC, la revista ¡Tú!: “Con gran espíritu combativo, realista y para todos”. En la Semana Nacional de 1961 propuso fomentar los Grupos Obreros de Estudios Sociales (GOES) y preparó para los mismos materiales como “Presente, pasado y futuro sindical”, posiblemente la base de su libro Unidad y pluralismo sindical, que publicó en 1966 en Irún, en la Editorial Ethos. En ese año había creado con los hoacistas de Guipúzcoa esa editorial. Sus tesis se resumían en un artículo publicado en Ecclesia, en mayo de 1963: “… la solución de la descristianización de la clase trabajadora vendrá fundamentalmente por la presencia activa de los militantes en los medios obreros”.
75 “Los sindicatos españoles actuales son contrarios a la ley moral, al derecho natural y a la doctrina del Concilio” (AHPA. Fondo Sindi- catos, sign. 27/1, Memoria de Actividades de la Delegación Provincial de Sindicatos de Álava para el año 1966).
es ‘contra-natura’”. Era el catálogo que animaba lo que Laudelino León llamaba la “guerra santa” a que los curas invitaban a los obreros católicos. Era, además, como el falangista percibía, una opción alternativa a la Organización Sindical, dotada de legalidad, recursos, dirigentes y estrategia suficientes como para cuestionar el monopolio en el mundo laboral que detentaba el oficialismo sindical. La oposición, incluso la tradicional de las izquierdas, le preocupaba menos que esta meditada disidencia: era aquí más débil y León era partidario de tenerla visible, incluso dentro de la OSE, para así poder contactar, dialogar y obrar como interesase en cada momento. Los enlaces y jurados, y aquí radicaba otra novedad, ya no eran los teóricamente encargados de asumir y aplicar en el ámbito laboral los intereses corporativistas del régimen; ahora eran ellos los que se reunían y los que trasladaban demandas de orden salarial, sin que por ello debiera pensarse aquí en una mayor influencia de los opositores al régimen de la existente76.
Se trataba, pues, de un cambio generacional, de ciclo, que se manifestaba con claridad en los territorios más industrializados y movilizados del país, pero que se extendía lentamente a otras zonas de nueva industrialización como Vitoria y Álava. Por eso aquí el debate acerca de si el punto de inflexión de la oposición tradicional, del tiempo de la República, guerra y postguerra, es 1951 –la huelga de los tranvías barcelonesa o la de los obreros vascos, como se ha sostenido tradicionalmente- o 1962 –las de las minas asturianas e industrias del norte, con comisiones obreras de fábricas y talleres77- es un tanto accesorio. La industrialización más tardía en nuestro
caso no solo altera la aplicación de esas fechas sino que, en Álava, los efectos sociales de la misma –mayor y diferente conflictividad sociolaboral- se retrasaron una década larga desde la generalización de las chimeneas, hasta finales de los años sesenta y principios de los setenta. Solo a partir de entonces se incrementó notablemente la conflictividad laboral, ya en un modelo inequívocamente renovado, y solo en las huelgas de finales de 1975 –quizás con el anticipo de la de “Michelin” de 1972- se hizo definitivamente visible en Vitoria una clase obrera que ya vivía en una ciudad industrial.
En ese escenario de los años sesenta, el mayor cambio manifestado en la acción opositora (o solo disidente) vitoriana (y alavesa) es que mientras la tradicional (y declinante) se hacía desde el activismo de centralidad política y espacio subversivo, la renovada acumulaba fuerzas a partir de la demanda social y laboral (y matizadamente política), y actuaba en lo posible a la luz del día y en los ambientes de legalidad consentida. Así lo hizo, con toda la ventaja de no tener esos problemas de legalidad, el sacerdote Carlos Abaitua, cuya eficacia en la respuesta al régimen de dictadura supera con mucho en estos años los resultados de las otras “organizaciones pararre- ligiosas” antes referidas (y no digamos los de las abiertamente opositoras). A su manera, venía a representar provisionalmente el desplazamiento de las expresiones clásicas del movimiento obrero por la emergencia de otras formulaciones más acordes con las demandas de esa nueva clase trabajadora que se estaba formando: un fenómeno general a todo el país.
76 AHPA, Sección Trabajo, Caja 76.
77 X. Domènech (Clase obrera, antifranquismo y cambio político. Pequeños grandes cambios, 1956-1969, Madrid, 2008) actualiza esta segunda tesis ya expuesta con anterioridad, sobre todo, por P. Ysás y C. Molinero.
“Los movimientos al calor de la Iglesia eran en Vitoria de tres tipos. Estaba Abaitua con el Secretariado Diocesano (viviendas…), estaba la HOAC y estaban los Cursillos de Cristiandad. Éstos se reunían en la Casa Social de Vicente Goicoechea. Conmovieron Vitoria. Eran de Acción Católica. Los coordinaba Cirarda. El futuro alcalde Casanova, juez, andaba por allí. En ese marco se juntaban nacionalistas vascos y fascistas españolistas (con el teniente coronel Larranz a la cabeza). También había elementos importantes, como Pedro Anitua en las Diocesanas o el padre Ruiz [de Alburuza] en Jesús Obrero, muy dignos y antifranquistas”78.
En este básico resumen del activismo social eclesiástico destacaba por encima de todos el sacerdote Carlos Abaitua. Éste vino a recoger y sintetizar dos tradiciones que tenían en Vitoria prolongado acomodo y desarrollo: la aplicación de técnicas modernas de análisis, previas a la puesta en práctica de acciones que evitaran la alteración del statu quo y, sobre todo, de la posi- ción preeminente de la Iglesia en situaciones de transformación radical y acelerada del entorno social; y la atención a la población desfavorecida, con el objetivo de mantener la cohesión y el orden social de la ciudad y la provincia en esos momentos de alteración. La rápida industrializa- ción vitoriana desarrollada a partir del segundo lustro de los años cincuenta y, particularmente, la llegada de un importante contingente de trabajadores inmigrantes que transformó la demogra- fía y las pautas habituales de la ciudad pusieron de nuevo a prueba esas acendradas tradiciones locales. En un caso eran vitorianas solo porque se habían desarrollado en el importante semi- nario de esta ciudad, sobre todo por una generación de sacerdotes que durante los años treinta había estado muy atenta y había puesto en marcha procedimientos de análisis sociológico tras- ladados sobre todo de Bélgica (el rector Escarzaga, Barandiarán, Thalamas Labandíbar, Enciso, Goicoecheaundía…)79. Lejos de los procedimientos reactivos de la Iglesia española, la parte más
moderna de la vasca analizaba con rigor los cambios de su entorno social como punto de partida para aplicar medidas eficaces que le siguieran teniendo como referencia y autoridad principal, más allá de esas turbulencias. Era una intención claramente defensiva, con el objeto de que las nuevas masas de trabajadores no rompieran la ligazón y la obediencia que tenían respecto de la institución eclesiástica, como había ocurrido en ocasiones anteriores80.
Por lo tanto, tras conocer se trataba de actuar, y así lo hizo Carlos Abaitua -también profe- sor del Seminario y especializado en sociología religiosa en París- a través de la creación del Secretariado Social Diocesano, en 1956, un modelo que luego se exportó a las otras diócesis vascongadas y navarra. Con ese instrumento creó en el primer barrio de trabajadores que se estaba formando en Vitoria (y en el primer nuevo núcleo industrial), en Adurza (entre San Cristóbal y Olárizu), un Centro Social, una cooperativa de consumo, una escuela y una residen- cia para jóvenes trabajadores, organizados alrededor de la parroquia y con la idea de desarrollar
78 Testimonio de Pedro Morales Moya, periodista local durante el franquismo y diputado en Cortes por la UCD durante la Transición y en los comienzos de la democracia (entrevistado el 24 de marzo de 2009).
79 A. Rivera y J. de la Fuente, Modernidad y religión en la sociedad vasca de los años treinta (Una experiencia de sociología cristiana:
Idearium), Bilbao, 2000, pp. 9-80.
80 En este caso se comprobaba de nuevo que, por ejemplo, los autóctonos asistían en su casi totalidad a misa –un 80%-, mientras que los inmigrantes hacían descender drásticamente esa media. Y lo hacían más cuanto de más lejos procedieran (ver datos de R. Duocastella, J. Lorca y S. Misser, Sociología y pastoral. Estudio de sociología religiosa de la Diócesis de Vitoria, Vitoria, 1965, p. 94).
un proyecto de autogestión que fuera de la construcción de viviendas al estímulo de iniciativas culturales y de tiempo libre81. Abaitua, junto con otros como Ricardo Alberdi, Juan Mª Uriarte
y José Mª Setién (hasta que éste se trasladó a San Sebastián), dependiendo su Secretariado del Obispado, establecieron relación con diversos empresarios locales, elementos de la HOAC y de Acción Católica, y agentes sociales para poner en marcha, por ejemplo, iniciativas de construc- ción de viviendas en ese barrio de Adurza y en el más alejado de Errecaleor82. El procedimiento
se puede ver en el listado de fundadores y directivos de la residencia para obreros jóvenes y solteros “Hogar Alavés”, creada en julio de 1957: había empresarios como Vicente Aranzábal, Félix Alfaro Fournier, Ignacio Emparanza, Ángel Areitio, Juan Arregui, Gamarra, Béistegui y otros como el ingeniero Ignacio Chacón (dueño de terrenos en ese sureste de la ciudad) o el militar Enrique Miranda. En otra iniciativa, la cooperativa de viviendas “Mundo Mejor”, figu- raron a lo largo de los años algunos de los citados, además de constructores (Juan Cruz Arana),
hoacistas (José Pérez Valderrama, Joaquín Jiménez), políticos (el ex alcalde Lacalle Leloup y
su sustituto Luis Ibarra Landete, el futuro Procurador en Cortes Alfonso Abella, el industrial Cayetano Ezquerra, el nacionalista Luis María Sánchez Iñigo …), periodistas (José Mª Sedano), el entonces canónigo catedralicio José Mª Cirarda83... En definitiva, estaban como colaboradores
algunos de los principales patronos del lugar, de los “de siempre” (Alfaro, Aranzábal) y de los nuevos llegados de Guipúzcoa (Arregui, Emparanza, Areitio, Béistegui…), y diferentes repre- sentantes de lo que se ha dado en llamar la “Vitoria moral”84. Ello ilustra acerca de la segunda
tradición que se recuperaba en ese momento: la atención perenne de Vitoria por sus pobres, ahora encarnados en esos miles de jóvenes trabajadores inmigrantes que llegaban de los pueblos de la provincia, de los campos castellanos o, incluso, de las lejanas tierras extremeñas, gallegas o andaluzas. Esos inmigrantes eran sus “nuevos pobres” y Vitoria se aplicaba a proporcionarles los medios para que su existencia no le generara complicaciones y conflictos85. En esa doble
intención preventiva, la Iglesia y, sobre todo, personas como Carlos Abaitua Lazpita tuvieron un destacado protagonismo.
81 A. González de Langarica y C. Carnicero Herreros, “La acción social dentro de la Iglesia durante el franquismo: el caso del Secreta- riado Social Diocesano de Vitoria (1956-1969)”, en A. Rivera, J. Mª Ortiz de Orruño y J. Ugarte (eds.), Movimientos sociales en la
España contemporánea, Madrid, 2008 (cd de comunicaciones, pp. 1.035-1.058).
82 Aunque no se dieron situaciones graves de chabolismo, el déficit de vivienda se convirtió en el primer problema de Vitoria desde finales de los años cincuenta. Todavía en 1973 se calculaba que faltaban por hacerse 5.800 “de tipo social”; desde 1960 se habían construido en Álava 30.697 (24.854 en Vitoria).
83 La sociedad “Hogar Alavés” la presidía el obispo Peralta Ballabriga y tuvo desde sus inicios al sacerdote José Antonio Madinabeitia Basterra como administrador. Sin embargo, la tutela del proyecto por parte de Abaitua y sus diferencias con Madinabeitia, mani- festadas desde muy pronto, acabaron estallando en 1974 (AHPA, Fondo Subdelegación, caja 1131.28). Sobre la sociedad “Mundo Mejor”, ver A. González de Langarica y C. Carnicero Herreros, “La acción social dentro de la Iglesia durante el franquismo”…, pp. 1.043-1.044.
84 Término acuñado por nuestro colega Javier Ugarte para referirse al sector no directamente vinculado a la guerra civil que, a partir de los años cincuenta, restituyó un espacio social de encuentro al margen del régimen (pero no necesariamente de oposición) y sirvió de base a estas y otras actuaciones. Su aplicación práctica en esos años, en A. González de Langarica, La ciudad revolucionada. Indus-
trialización, inmigración, urbanización (Vitoria, 1946-1965), Vitoria-Gasteiz, 2007, pp. 107 y ss.
85 De hecho, la iniciativa del Secretariado Diocesano surgió a partir de los trabajos de esos sacerdotes con jóvenes trabajadores llegados de los pueblos de Álava y con dificultades de integración en la ciudad. Fue la Delegación Diocesana de Apostolado Rural.
Pero, además, en el caso de Abaitua, su concepción no era meramente defensiva sino que, en una visión integrada y compleja, entendía que su Secretariado Diocesano y sus logros materiales debían servir de impulso para la emancipación social de aquellos trabajadores: el artículo sexto de sus Estatutos lo resumía perfectamente al concretar sus actividades preferentes (vg. estudio, apostolado social, orientación, formación, bienestar, asesoría para los problemas laborales86,
creación de cooperativas, residencias, escuelas y parroquias, y “todo aquello que conduzca a la obtención de un orden social más cristiano”). Un informe policial de 1974 describía a Abaitua como “Sacerdote de mucha valía, progresista, antijerárquico, demócrata avanzado” que había “originado con sus conferencias y actividades, situaciones conflictivas entre la Iglesia y las Autoridades”, y que amenazaba en esos momentos finales del franquismo con convertir aquella inofensiva residencia para trabajadores en “un refugio proclive a la subversión y foco de acti- vidades políticas”87. Quizás fuera exagerada esa apreciación, pero lo cierto es que, a los ojos de
las autoridades –del jefe provincial del Sindicato oficial al Delegado de Trabajo, pasando por los sucesivos gobernadores civiles o por las notas del Servicio de Información de la Guardia Civil-, Abaitua era el personaje más peligroso para la dictadura en Álava, aun sin manifestarse nunca como un abierto opositor a la misma.
Comenzó con sus conferencias sobre cuestiones sociales -aquellas tres famosas conferencias de Abaitua, Alberdi y Setién88-, reiteradas después en cuanto empezaron a notarse los primeros
e inicialmente negativos efectos sociales de aquel Plan de Estabilización económica de 1959, punto de partida definitivo para el proceso desarrollista que se vivió en la segunda parte de la dictadura franquista. El Centro Social de Adurza sirvió de escenario a diversas charlas donde, además de los citados, hablaban otros como el profesor Rodríguez de Yurre, el sacerdote José Martínez Lahidalga o, más tarde, el abogado y futuro alcalde José Ángel Cuerda.... La doctrina social de la Iglesia era el argumento que centraba sus intervenciones, inevitablemente críticas