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Problems with bullying and harassment at work and other problems

Antes de hablar de la situación de la mujer en el mundo del trabajo es importante analizar de qué se trata este concepto. Encontrar una definición exacta y acertada del trabajo no es una tarea fácil; no obstante, es común que se distingan dos tipos de significados; el primero de ellos expresa que “el trabajo es toda actividad destinada a producir bienes y servicios para satisfacer las necesidades humanas” (Kohler, 2007, p. 6) y el segundo afirma que “el trabajo es una acción realizada por seres humanos que supone un determinado gasto de energía, encaminado hacia algún fin material o inmaterial, conscientemente deseado y que tiene su origen y/o motivación en la insatisfacción, en la existencia de una privación o de una necesidad por parte de quien lo realiza” (Kohler, 2007, p.6).

Existen diferentes panorámicas acerca de las transformaciones del mundo laboral dichas por diferentes autores, una de las más interesantes expresa a nivel esquemático que la “humanidad tardó cientos de miles de años en aprender a independizarse de la naturaleza cultivando la tierra y domesticando animales… varios miles de años para lograr una independencia mayor, sustituyendo el trabajo animal y humano por energía a gran escala. El último salto de los inicios de la revolución industrial a la energía atómica, la informática y bioingeniería hay que medirlo en décadas más que en siglos” (Giardani y Liedtke, 1998, p. 124).

Una vez presentada la idea del mundo del trabajo, se puede dar paso a la materia laboral con relación a la mujer. Actualmente, la curva de participación laboral de las mujeres se asemeja cada vez más a la de los hombres; de acuerdo con un estudio en América Latina a cargo de la Organización Mundial del Trabajo (OIT), la tasa de actividad femenina de mujeres aumentó de 50,2% a 51,7% mientras que la masculina disminuyó de un 82,0% a un 77,7% entre 1980 y 2008, lo cual no sólo significa que la situación va en mejora, sino que también las mujeres ya no renuncian a su actividad profesional en la edad en la que construyen una familia.

No obstante, en los últimos años se ha evidenciado que el empleo femenino mantiene una especialización sectorial y profesional; es decir, éste en su mayoría se relaciona con actividades de servicios relacionados con la sanidad, la educación, las finanzas, la hostelería, la restauración y lo social. “Basta con que los hombres se apoderen de tareas consideradas femeninas y las realicen fuera de la esfera privada para que se vean ennoblecidas y transfiguradas: “Es el trabajo”, observa Margaret Maruani, “lo que se construye siempre como diferente según lo realicen hombres o mujeres” (Bourdieu, 1998, p. 79).

Del mismo modo, se dice que el trabajo en general se transforma en un trabajo sexuado donde las mujeres se concentran en las posiciones inferiores de la jerarquía salarial, en los puestos operativos y de empleadas y en las profesiones intermedias, mas no en los altos cargos responsables de tomar decisiones importantes dentro de una compañía. Según algunos expertos es más común observar una mujer que hace varios años trabaja en el mismo cargo sin obtener un ascenso y ver a un hombre a quien sólo le basta un año para obtener un aumento de salario y un cambio de posición en la escala jerárquica.

En ese sentido, las mujeres manifiestan sentirse peor tratadas que los hombres en los lugares donde trabajan y percibir que su trabajo no goza del mismo reconocimiento o prestigio profesional. De la misma forma, es frecuente que en esferas laborales los hombres manejen un trato especial hacia las mujeres, “con una intención aparentemente opuesta, recordándolas y reduciéndolas de algún modo a su feminidad, gracias al hecho de atraer la atención hacia el peinado, hacia cualquier característica corporal, utilizar términos claramente familiares (el nombre de pila) o más íntimos (“niña”, “querida”, etc.) en una situación formal” (Bourdieu, 1998, p. 79).

A diferencia de lo anterior, algunos profesores y sociólogos como Frank Furedi, autor de ¿Es un mundo de mujeres?, piensan diferente al respecto. Para el autor, cada vez es

más difícil limitar el poder de las mujeres porque han logrado grandes avances en el tema de género; ahora se habla de una feminización de la sociedad debido a que las mujeres han alzado su voz y han estado dispuestas a criticar las normas y las políticas de la sociedad en beneficio de ellas. Esta sociedad postmoderna, la cual poco a poco va

adoptando más características femeninas que antes, ha dejado atrás valores machistas para dar paso a la sensibilidad, el tacto, la flexibilidad y el cuidado, valores propios femeninos. Ante esta posición, el autor relaciona fuertemente las transformaciones del rol de la mujer con los cambios económicos de la sociedad, donde el olvido de los valores masculinos se podrían asociar al descenso del capitalismo y la masculinidad aparece como un mecanismo de defensa ante la feminización.

Dicha feminización también aplica a los hombres, pues poco a poco ellos son invitados a sentir, llorar y expresar sus sentimientos sin ninguna clase de represión. Es importante aclarar que, según Furedi, la feminización no se ve como el remplazo de lo femenino por lo masculino, ni por el hecho que más mujeres están haciendo lo que los hombres hacían, sino más bien como parte de la transformación económica del mundo.

Gracias a estos cambios muchos aspectos de la vida de la mujer han tomado otro rumbo. Un ejemplo de ello es el aspecto laboral, donde las mujeres se han sabido adaptar a una sociedad de trabajo cambiante que les ha pedido a gritos versatilidad y flexibilidad y ellas se lo han sabido dar. En la misma línea, la percepción de los trabajos sexuados también se ha renovado, tanto así que “muchos hombres jóvenes de clase trabajadora encuentran que no hay trabajo masculino para ellos. En muchas comunidades de clase

trabajadora existe ahora una mayor proporción de mujeres que hombres en el trabajo” (Furedi, 1996, p. 76). Así mismo, los medios de comunicación “han hecho a los hombres jóvenes indolentes e improductivos, quienes parecen no encontrar un lugar en la sociedad. Como contrapartida a este predicamento, el éxito de las mujeres en adaptarse a las nuevas circunstancias ha sido altamente elogiado” (Furedi, 1996, p. 76). En fin, para el autor, lo que se ve a nivel de trabajo no es precisamente una mejoría en la posición de las mujeres, sino más bien un deterioro en la calidad de vida de los hombres, más específicamente a nivel económico, lo cual logra que el estatus femenino aumente.

Con ánimo de retomar el punto central, la situación actual de la mujer con relación al trabajo, más específicamente a nivel colombiano, es necesario conocer algunas cifras

que proporcionen un panorama general de la problemática. A pesar de que previamente en el apartado de Educación se vio que la mujer es quien está obteniendo la mayoría de los títulos de educación superior, esta ventaja no se ve reflejada en las cifras que corresponden al panorama laboral.

Según la Gran Encuesta Integrada de Hogares a cargo del Dane, se evidencia una gran brecha entre los sexos debido a que en el año 2010 la tasa de ocupación masculina fue de un 67,5% y la femenina de tan sólo un 43,7% (véase la figura 6). A pesar de lo anterior, las mujeres aún siguen siendo el mayor grupo en edad de trabajar, el número de mujeres en edad de trabajar en Colombia es 17.758 (79,3%), frente a 16.957 (77,8%) de hombres (véase la figura 7).

Figura 6: Tasa de ocupación por sexo. 2001-2010

Fuente: Dane, Gran Encuesta Integrada de Hogares.

Procesado por: Alta Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer – Observatorio de Asuntos de Género.

Figura 7: Población en edad de trabajar por sexo 2001-2010

Fuente: Dane, Gran Encuesta Integrada de Hogares.

Procesado por: Alta Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer – Observatorio de Asuntos de Género.

En esta misma línea, se demuestra que la participación de los hombres en el mundo del trabajo es mucho mayor al de las mujeres, 48,2% de ellos reportan haber trabajado la semana anterior al censo frente a un 25,4% de las mujeres. Los oficios del hogar siguen siendo territorios femeninos, pues un 34,3% de ellas afirman haber realizado dichos oficios frente a un 3,0% de los hombres (véase la figura 8).

Figura 8: Población de 5 años y más, censada en hogares particulares, por actividad realizada la semana anterior por sexo.

Teniendo en cuenta lo anterior, es importante resaltar que la brecha entre los sexos en materia laboral no sólo se evidencia en la tasa de ocupación, sino también en la de desempleo, el cual no ha tenido la misma repercusión en hombres que en mujeres (véase figura 9). A lo largo de los años, el sexo femenino se ha visto afectado notablemente por el desempleo, pues las mujeres debido a que han tenido una mayor participación en los campos del cuidado de las personas, la reproducción de la vida y los trabajos no remunerados, no acceden al mercado laboral de una forma rápida y fácil.

Lo anterior, se refleja en un el estudio realizado por la CEPAL del 2008, donde se muestra que las mujeres son quienes dedican más horas semanales al trabajo, en especial al no remunerado (véase figura 10).

Figura 9: Tasa de desempleo por sexo. 2001-2010

Fuente: Dane, Gran Encuesta Integrada de Hogares.

Procesado por: Alta Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer – Observatorio de Asuntos de Género.

Figura 10: Horas semanales dedicadas al trabajo, al trabajo doméstico no remunerado y al trabajo remunerado, población ocupada de 15 años y más, según

sexo.

Fuente: Comisión Económico para América Latina y el Caribe (CEPAL), sobre la base de publicaciones de las encuestas de uso del tiempo y/o preguntas sobre jornadas domésticas y ocupaciones remuneradas incorporadas a las encuestas de hogares de los respectivos países.

Teniendo en cuenta la información anterior, cabe hacer un paréntesis para exponer una de las opiniones de Marcela Lagarde en cuanto al tema. Según la autora, en el mundo las mujeres son las que hacen el trabajo invisible y los hombres el visible pues son quienes generan valor, dinero y prestigio. “Cuando se le pregunta a una mujer “¿señora usted trabaja?”. Responde: “No, soy ama de casa, no trabajo, estoy en la casa todo el día”, sin considerar que este es otro tipo de trabajo, sin seguro social, vacaciones, días de descanso” (Lagarde, 1994, p. 29).

Sumado a lo anterior, las mujeres son quienes dedican más horas semanales al trabajo, éstas sólo alcanzan a ganar aproximadamente el 75% de los ingresos de los hombres, es decir, una brecha del 31% para el sector informal y una del 17% para el sector formal (véase la figura 11). Según algunos estudios, esta situación se debe a la división histórica del trabajo, donde tanto hombres como mujeres han sido divididos “de manera separada en determinadas actividades económicas y ocupaciones: las mujeres se concentran, de un lado, en actividades consideradas tradicionalmente femeninas (segmentación horizontal), como las confecciones y los alimentos; y de otro, en ocupaciones de menor jerarquía, salario y decisión al interior de cada actividad o

empresa (segmentación vertical), como los cargos administrativos” (Observatorios de Asuntos de Género, 2005, p.20).

Figura 11: Relación entre el ingreso promedio de las mujeres respecto a los hombres 2001 – 2004 (Trece áreas metropolitanas)

Fuente: Dane, Gran Encuesta Integrada de Hogares.

Procesado por: Alta Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer – Observatorio de Asuntos de Género.

Ahora bien, para ver el escenario actual del mundo del trabajo y las nuevas generaciones de egresados de programas técnicos, tecnológicos, universitarios, de especialización, de maestría y de doctorado, es pertinente conocer si existen brechas salariales con relación al sexo. A continuación se dará a conocer el salario de entrada de un recién graduado tanto hombre como mujer. En el caso de los hombres, se presenta que éstos reciben aproximadamente $1.958.232 de remuneración; mientras que las mujeres tan sólo reciben $1.640.607 (véase la figura 12). Dicho de otro modo, las mujeres ganan 12,6% menos que los hombres como trabajadoras dependientes.

Figura 12: Salario de entrada de recién graduados por sexo.

Según la exposición Segregación educativa y brecha salarial por sexo entre los recién graduados universitarios en Colombia a cargo de la economista Laura Emiliani, en

Colombia existe una brecha salarial muy grande. En el reporte global realizado en el 2010 entre 135 países, Colombia ocupo el lugar 94 en diferencia salarial por sexo y las encuestas de hogares reportan que las mujeres ganan 13.5% menos que los hombres, incluyendo personas de todas las edades y condiciones sociales.

La teoría económica explica la brecha salarial por medio de cuatro factores. El primero, la experiencia laboral y el nivel educativo, es decir, entre más experiencia laboral y entre más nivel educativo se obtendrá una mejor remuneración. Segundo, características personales y familiares. Tercero, la segregación ocupacional, factores culturales que llevan a que ciertas mujeres ocupen ciertos trabajos y no otros o que hayan más mujeres enfermeras que hombres. Cuarto, diferencia en tasas de ascensos.

Según la exposición, un estudio llevado a cabo por Fernando Tenjo muestra que en Bogotá entre 1976 y 1989, la tasa salarial entre hombres y mujeres se redujo desde el 65% al 25%, incluyendo las empleadas domésticas. En caso de omitir a las empleadas domésticas de la muestra, la brecha salarial se disminuyó del 16% al 4%. Los economistas explican esta brecha a partir de dos factores. En primer lugar, la brecha fundamentada en características observables como los años de estudio de la persona, la universidad a la cual asistió, entre otros. En segundo lugar, una brecha basada en características no observables como habilidades de comunicación, ambición, etc.

Tenjo afirma que la brecha salarial se ha disminuido gracias al capital humano de las mujeres, es decir, al aumento de los niveles de educación que éstas han ido obteniendo; sin embargo, sostiene que la brecha inicial del 16% se basaba más en características no observables y ahora la del 4% se basa más en las no observables. En otras palabras, se podría decir que la discriminación va en aumento.

En esta misma línea, Emiliani expone que al mirar hombres y mujeres con mismas características, se puede ver que ellos son quienes tienen retornos salariales más altos. Así mismo, explica que gracias a que la magnitud de la brecha ha sido cambiable con el paso del tiempo, aún hay muchos factores causales que se desconocen. Las brechas

salariales en Colombia han creado fenómenos tales como el techo de cristal y los suelos pegajosos; el primero de ellos hace referencia al escalamiento de la mujer en una empresa donde recibe una remuneración en aumento hasta que llega a un techo invisible, el cual no le permite seguir ascendiendo ni en cargo, ni en remuneración; y el segundo de ellos, explica la situación de muchas mujeres que se quedan en una misma posición toda la vida, en palabras más coloquiales, se quedan pegadas al piso y no pueden salir adelante.

Los principales resultados del estudio realizado por Emiliani muestran que desde el primer año de trabajo de los egresados de las universidades ya existe una brecha salarial del 10,7%. Desde este año, las mujeres empiezan a experimentar el techo de cristal, pues aquellas que reciben un sueldo alto tienen una brecha más amplia que las que reciben un sueldo bajo. Además de lo anterior, se evidencia que las mujeres pueden ser más tímidas para negociar a su favor y menos agresivas al pedir un aumento salarial. En conclusión, para Emiliani, las políticas orientadas a reducir la brecha deberían estar direccionadas a las decisiones educativas de las mujeres y hombres, es decir, mucho antes de ingresar al mercado laboral, casi que desde que están en el colegio.

Con ánimo de concluir el contexto laboral de la mujer en el caso colombiano, es pertinente resaltar dos puntos. El primero de ellos se basa en que así como pasa en la esfera de la educación, en el contexto laboral también siguen manifestándose territorios masculinos y femeninos, dicho de otro modo, trabajos y profesiones sexuadas. Para ilustrar, “el que hoy en día muy pocos empleadores enganchen hombres para el oficio de secretariado, muestra la persistencia de una fuerte norma laboral de género o de preferencias en este aspecto, que asocia cualidades e identidades de género a oficios identificados con la feminidad” (Observatorios de Asuntos de Género, 2005, p. 19). Así mismo, “algunas mujeres han incursionado en oficios que tradicionalmente han correspondido a los hombres, como es el caso de la conducción de taxi. De esta manera, ellas enfrentan un ambiente de dominio varonil, actitudes masculinas, y los serios riesgos de seguridad personal que conlleva dicha ocupación” (Observatorios de Asuntos de Género, 2005, p. 19).

El segundo punto a resaltar tiene en cuenta el acceso de la mujer a la economía laboral. Si bien es cierto la mujer poco a poco ha venido incursionándose al mundo del trabajo ya sea de manera informal o formal; sin embargo, últimamente se ha visto la tendencia que los trabajos que son desempeñados por ellas no gozan de una buena calidad. Al hablar de calidad en el empleo, se entiende por “el conjunto de factores vinculados al trabajo que influyen en el bienestar económico, social, psíquico y de salud de los trabajadores” (Reinecke y Valenzuela, 2000). Lo que se afirma anteriormente se debe fundamentalmente al hecho que la población femenina labora en empleos que les ofrecen bajos ingresos, relaciones laborales con poca estabilidad, poca protección, cumplimiento de jornadas laborales extenuantes y permanencia en lugares de trabajo que atentan contra la seguridad personal.

Una vez visto el contexto laboral de la mujer colombiana, se puede dar paso a un campo laboral en específico: el campo publicitario. A continuación se profundizará en la situación actual laboral de las mujeres en la industria publicitaria, más específicamente en cargos creativos.

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