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V. Procedures Involved
5.1.1. Los tiempos prehispánicos
El cacicazgo prehispánico de Guatavita se ubicaba en el sector centro-oriental del Altiplano Cundiboyacense y fue una unidad política cacical de tipo regional que incluía a cacicazgos locales y capitanías ubicadas en territorios localizados en las cuencas del Río Machetá en el alto Valle de Tenza, el Río Guavio y el Río Tominé, en cuyo valle se localizó con toda seguridad el asentamiento más grande (Bernal 2008, Perea 1989, Pérez 1990) (ver mapa 5 al final del Capítulo 5). El poder regional de este cacicazgo fue mencionado por algunos cronistas a comienzos del período colonial (Aguado 1956/1581/, Castellanos 1932/1592?/, Rodríguez Freile 2003/1636/, Simón 1981/1635/).
Desafortunadamente la construcción del embalse de Tominé en la década de 1960 inundó buena parte del valle, e inclusive el pueblo de origen colonial, lo que ocasionó que no se pueda reconstruir arqueológicamente la secuencia cronológica del poblamiento del valle, variable demográfica que serviría para evaluar las dinámicas de poblamiento del cacicazgo de Guatavita y las sus conexiones regionales a través de la cultura material y del registro arqueológico existente. No obstante, algunos elementos arqueológicos de la zona de Tominé se salvaron de la inundación como es el caso de un conjunto de estructuras funerarias localizado en la ribera occidental del actual embalse, atribuido a los muiscas prehispánicos (Broadbent 1963). Dichas estructuras fueron construidas con lajas de piedra horizontales dispuestas sobre rocas aparentemente preexistentes en el sitio. También se observan lajas verticales ubicadas intencionalmente
10 Algunos de los datos e ideas expresadas en este capítulo han sido parcialmente publicadas en Bernal
(2008) y Bernal (2012) y están originadas en la tesis sobre el cacicazgo de Guatavita que se presentó para obtener el título de Magister en Historia de la Universidad Nacional de Colombia en 2007. Salvo algunos párrafos sobre el testamento del cacique de Guatavita, los argumentos e ideas fueron reescritos en su totalidad para diferenciarse de los textos publicados y escritos anteriormente.
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en las paredes de suelo, pero en ningún caso éstas sostienen las lajas horizontales por lo que técnicamente no pueden ser catalogadas como estructuras dolménicas (ver imagen 16 al final del Capítulo 5). Cuando los antropólogos Silvia Broadbent y Joaquín Parra visitaron el área en los años 60’s del siglo XX el lugar de las tumbas ya se encontraba totalmente saqueado y sin contexto. De todas maneras, al sitio arqueológico, ubicado en la vereda “Tominé de Indios”, se accede fácilmente y cualquier visitante puede constatar
la presencia en el suelo de fragmentos de cerámica del período muisca prehispánico en las cercanías de las estructuras en piedra. Hay que destacar que entre la tipología de rasgos funerarios que se ha construido para los muiscas prehispánicos (Pradilla 1988), este tipo de enterramientos parece estar circunscrito al territorio de influencia que tenía el cacique de Guatavita en el sector centroriental del altiplano antes de la llegada de los españoles. En efecto, sepulturas con este tipo de composición de lajas han sido reportados en áreas que, según algunos autores, hacían parte del cacicazgo prehispánico de Guatavita como las estribaciones del este de la Cordillera Oriental y la cuenca del río Guavio (Botiva 1989, Pérez 1990), y en localidades vecinas a Guatavita como Guasca (Botiva 1989). En esta región, si bien no se puede establecer una relación de “sujeción”
o “control” entre ambos cacicazgos en tiempos prehispánicos, se sabe que el cacique de
Guatavita era tenido en cuenta para la ratificación del cacique de Guasca (AGN Caciques e Indios 20, doc. 11 fols. 707r y v).
Otra evidencia arqueológica asociada a Guatavita es un tipo especial de cerámica llamada Guatavita Desgrasante Tiestos (GDT), la cual fue definida y caracterizada en las investigaciones de Broadbent (1971, 1986) y Langebaek (1987a) sobre la alfarería y la cronología cerámica del altiplano. La GDT está asociada tanto al mundo cotidiano, como al ritual (Ver imagen 21 al final del capítulo 5). Cuando hace parte de este último aspecto, las piezas presentan una elaborada decoración con pintura roja o marrón sobre un baño blanco, al igual que incisiones y apliques. Las decoraciones representan motivos geométricos y zoomorfos. Dentro de las formas, la vajilla ceremonial está compuesta por los ofrendatarios para almacenar “tunjos” –mencionados en el capítulo
3–; botellones, ollas, jarras y copas asociadas a la fabricación, almacenamiento y servicio de la chicha (ver imágenes 10 y 11 del capítulo 3); objetos de la parafernalia
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ritual como ocarinas, sonajeros y cuentas; poporos11 para el consumo de la coca; y cilindros que se pueden relacionar con el avivamiento del fuego necesario para fundir el oro y elaborar piezas de orfebrería (Langebaek 1987a). En cuanto a la distribución geográfica, fragmentos y piezas de GDT están presentes en muchas de las composiciones cerámicas de sitios arqueológicos del altiplano meridional.
Respecto a su cronología, el GDT pertenecería al Muisca Tardío, asociado a fechas de 14C entre el 1.320±125 d.C y 1.660±60 d.C (Langebaek 1995a:172, 198). Mientras que en muchos sitios del altiplano, como es el caso de los lugares arqueológicos reportados por Broadbent (1971) en el suroccidente de la Sabana de Bogotá, la cerámica GDT aparece casi exclusivamente en contextos funerarios –o al menos no asociables al ámbito doméstico–, en el área de Guatavita y sus alrededores es común tanto en contextos de vivienda y vida cotidiana como relacionados al mundo funerario y ceremonial.
En el Alto Valle de Tenza se ha reportado la existencia de tumbas con piezas GDT (Lleras 1989). En este lugar algunas fuentes coloniales tempranas muestran que los caciques y líderes étnicos pudieron haber tenido relaciones políticas y sociales con los caciques de Guatavita en el momento de la conquista española, o incluso haber sido parte del territorio controlado políticamente por éstos últimos (Bernal 2008). En el área central de la jefatura prehispánica de Guatavita propiamente dicha, Broadbent (1963; 1971; 1986) indicó la existencia de fragmentos de GDT recolectados en sectores relacionados con lugares de vivienda cerca del antiguo poblado de Guatavita12, y en los vecinos Sesquilé, Gachancipá y Tocancipá, pueblos localizados en la Sabana de Bogotá, y que a finales del período Muisca Tardío, y según algunos autores, pudieron también tener una estrecha relación política y social con Guatavita (Bernal 2008, Perea 1989, Pérez 1990).
11 Los “poporos” son objetos elaborados preferiblemente en calabazo (mate) y en otros materiales (oro y
cerámica) intentan reproducir la forma de un calabazo. Contienen cal y otros elementos asociados al “mambeo” o masticación de la hoja de coca. La cal contenida en el poporo es extraída de éste con un palito que es llevado a la boca y así se acelera el proceso de precipitación del alcaloide contenido en la hoja de coca. En la Imagen 33 al final del capítulo 7 se presenta un ejemplo de poporo.
12 El pueblo colonial de Guatavita se encontraba en la misma zona del Valle de Tominé donde
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La ubicación prehispánica del cacicazgo en un territorio que combinaba áreas planas de la Sabana de Bogotá con otras bastante quebradas al oriente permitió el acceso a zonas más cálidas y secas dentro o cerca de un altiplano relativamente húmedo y frío. De tal manera, se facilitó el abastecimiento de productos básicos de subsistencia como el maíz o los tubérculos que producían las familias en espacios del piso térmico frío, y de aquellos productos que, como el algodón, la coca y la sal, son vitales para la reproducción social de las sociedades andinas –o mejor aún “norandinas” –. Dichos
productos fueron agrupados hace algún tiempo por Frank Salomon (1980) como bienes que garantizaban un “mínimo de comodidad socialmente aceptado” y que estimularon redes de intercambio y arreglos interétnicos e inter-cacicales en algunas áreas de los Andes Septentrionales.
En el caso de Guatavita, se tiene conocimiento de la producción algodonera, cocalera y salitrera dentro de los límites del cacicazgo como el Valle de Tenza y el Cañón del Río Guavio, y algunas partes del piedemonte llanero en donde se sembraba algodón y coca o se los adquiría por medio del intercambio con grupos de los Llanos Orientales (Langebaek 1987b, Pérez 1990). Así mismo, una de las fuentes salitreras del sur del Altiplano queda en Gachetá, lugar en donde el cacique de Guatavita tenía un cercado, y donde aún en la segunda mitad del siglo XVI mantenía relaciones políticas con capitanías allí ubicadas (Bernal 2008, Perea 1989). La relativa facilidad en la obtención de estos productos no accesibles para todas las unidades políticas del altiplano permitió el establecimiento de relaciones con otras comunidades muiscas de los sectores fríos por medio del intercambio (Langebaek 1987b), aspecto que seguramente se puede relacionar con la importancia y prestigio del cacicazgo de Guatavita en tiempos precoloniales.
Se ha resaltado en muchas ocasiones la categoría especial del cacicazgo prehispánico de Guatavita, al igual que relaciones estrechas entre esta jefatura y la de Bogotá. Respecto a esto último, como todas las cuestiones relacionadas con los niveles de integración sociopolítica de los muiscas prehispánicos por encima del nivel regional, ciertamente es difícil sustentar que Guatavita estuviera controlado o “sujeto” al Zipa de
Bogotá. Si bien los cronistas y las primeras relaciones geográficas de la región mencionan esta relación, ni en pleitos coloniales, ni en la información que se desprende
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de las primeras visitas a los pueblos indígenas del período colonial más temprano se nombra, así sea de forma ambigua o vaga, una relación de subordinación entre ambos cacicazgos. Desde la arqueología, al menos con los datos que se conocen hasta la fecha, es absolutamente imposible poder establecer qué tipo de relación política existía entre las jefaturas de estas dos áreas. Manteniendo la congruencia con lo expresado en el capítulo 3 sobre los modelos de sociedad y política de los cacicazgos muiscas, se sugiere que el cacicazgo de Guatavita era, en el momento de la conquista española, un cacicazgo regional independiente.
Uno de los temas que resalta la característica especial de este cacicazgo es su vinculación con el mundo religioso y ceremonial de los muiscas. En el capítulo 3 se señaló la estrecha relación que existió entre orfebrería, religión y política entre los muiscas. La producción orfebre de Guatavita y la participación de objetos de metalurgia, elaborados en esta región dentro del sistema de intercambio de productos del Altiplano Cundiboyacense en el momento de la conquista española, ha sido sugerida desde hace varios años por algunos autores (Langebaek 1987b, Pérez 1990). Este aspecto le pudo haber significado a su cacique la posibilidad de establecer relaciones políticas mediante la entrega de regalos de características simbólicas especiales como los adornos personales ya que se nombran que eran “plateros”, término que se ha
relacionado con especialistas en la fabricación de dichos objetos. Al respecto, narraba Fray Pedro Simón (1981/1625/: III, 425-426) que “[…] la mayor parte de los guatavitas tenían excelencia sobre los demás indios de la provincia [de Santafé] en fundir y labrar oro […]” siendo expertos “plateros”, lo que hacía que estuvieran por casi todos los
pueblos “[…] ganado su vida en eso […]”. En contraprestación a esto, nombraba Simón
que había indios de otros lugares “sirviéndole” al cacique de Guatavita.
Respecto a la importancia simbólica y religiosa de esta región y de sus caciques, se destaca la existencia de lagunas dentro de su territorio. Dentro de los límites que a comienzos del siglo XVI tenía la jefatura de Guatavita existen algunas áreas de páramo en donde hay destacados espacios lacustres, en especial la Laguna de Guatavita. Para algunos autores (Casilimas y López 1987) las lagunas eran consideradas por los muiscas como una especie de templos, y en este caso en particular, se propone que eran un santuario importante en el ámbito meridional del altiplano. Por cierto, una de las pocas
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ocasiones conocidas y publicadas en las que se ha realizado trabajos arqueológicos en Guatavita es una reciente investigación prospectiva realizada por Juan Pablo Quintero (2012) en el área de esta laguna. El autor demuestra que en el lugar se realizaban ceremonias y rituales. La ubicación de algunos sectores con concentraciones considerables de fragmentos cerámicos asociables a formas ceremoniales como copas, botelloness y ofrendatarios, muchos de ellos del tipo alfarero Guatavita Desgrasante Tiestos (GDT) que se mencionó en párrafos atrás, enfatiza el carácter ceremonial o ritual del emplazamiento. La ubicación de la Laguna de Guatavita, su imagen y el tipo de materiales cerámicos que se han encontrado en sus alrededores puede verse, al final del capítulo, en el mapa 5 y las imágenes 16 y 17.
Todas estas características especiales llevan a pensar en las fuentes de la autoridad y el poder cacical en las postrimerías del período arqueológico Muisca Tardío. Seguramente, la fabricación de una alfarería y orfebrería hecha en un territorio con características religiosas especiales les proporcionaba un valor simbólico agregado a los productos que se regalaban o circulaban. Además dentro del territorio de Guatavita se producían algunos productos indispensables para la reproducción social de los muiscas como la sal, la coca y el algodón. Ambas cuestiones le facilitaron a las autoridades políticas de esta jefatura establecer de redes de intercambio con otras localidades y regiones, y por medio de esto, reforzar alianzas y lealtades. Mediante este mecanismo se logró también la adscripción, y tal vez la sujeción, de unidades socio- políticas de diverso tamaño como cacicazgos locales pequeños y capitanías que incluían a varios grupos familiares.
5.1.2. Los caciques coloniales de Guatavita en la segunda mitad del siglo XVI
Teniendo en cuenta las ideas que se han expresado en capítulos anteriores, los conflictos iniciales de la sociedad colonial temprana en las tierras andinas giraban alrededor de la posesión y control de la mano de obra indígena. Esto hace parte de un sistema “socio técnico” en el que los intereses coloniales de los españoles, en las tierras
altas suramericanas, requirieron de las instituciones indígenas que se relacionaban con el acceso y funcionamiento del trabajo, y con el conocimiento de las condiciones
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ecológicas y ambientales indispensables para el manejo de la agricultura. Por ese motivo, la trayectoria de las encomiendas en los primeros años del dominio español es uno de los mejores instrumentos para analizar las transformaciones coloniales de los cacicazgos andinos. El Altiplano Cundiboyacense no fue la excepción a esta regla, y el caso concreto de Guatavita sirve para evaluar las relaciones de poder entre caciques, las autoridades coloniales y los encomenderos españoles en los Andes Septentrionales.
Al igual que muchos otros caciques del altiplano en los años del período comprendido entre la conquista y los primeros intentos de un gobierno colonial formal en el Nuevo Reino de Granada a finales de la década de 1540, el cacique de Guatavita se levantaría y sería acusado de rebeldía por las primeras formas de autoridad española en la región (Bernal 2008, ver también capítulo 4). A parte de los esporádicos datos sobre estas rebeliones, es muy difícil poder decir algo más sobre las reacciones de las autoridades étnicas de Guatavita en la década de 1540. Seguramente cuando los españoles se enteraron de la importancia religiosa de Guatavita supusieron que su cabeza política debía tener una gran cantidad de oro, razón por la cual debieron presionarlo y hostigarlo más que a otros caciques. Uno de los problemas del vacío de información sobre el cacicazgo de estos años es lo relativo a la sucesión del cargo de cacique en los años que siguieron a la llegada de Jiménez de Quesada al altiplano. Como se sugirió en el capítulo anterior, el tema de la transmisión de la jefatura es importante para entender los cambios en el liderazgo y la legitimidad de los caciques dentro de las comunidades. El único dato en este sentido se obtiene del relato conocido como “El Carnero” escrito por un criollo llamado Juan Rodríguez Freyle
(2003/1636/:68): en los años de la invasión ibérica la persona que luego sería cacique de Guatavita a finales del siglo XVI estaba entrando en su período de preparación ritual para suceder a su tío.
Como se mencionó en el capítulo anterior, la muerte del cacique de Guatavita, quien presenció la llegada de los primeros españoles, pudo darse al ser el protagonista de unas acciones de rebeldía. También es posible que lo apresaran y enviaran a Cartagena como lo sugiere vagamente un proceso por maltrato contra los indios que se le levantó a Miguel Díaz de Armendariz (Indios de Bosa… 1995/1550?/:157).
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decía ser hijo del “cacique viejo” relataba que a su padre se lo habían llevado preso a
Santa Marta durante los años de la gobernación de Alonso Luis de Lugo entre 1542 y1544 (AGN Encomiendas 19 doc. 17 fol. 419r).
Sin embargo, a principios del siglo XVII Rodríguez Freyle (2003/1636/:68) contaba que había conoció personalmente a Don Juan, uno de los primeros caciques coloniales de Guatavita. En el relato se dice que Don Juan heredó el cargo de su tío, quien ocupaba el cargo de cacique en el momento de la conquista, y quien a los pocos años de la presencia española aceptó su obediencia al rey, “[…] dándose de paz con todos sus sujetos […]”, recibiendo el bautismo católico con el nombre de “Fernando” y
muriendo de viejo. Sobre esta persona, se pueden establecer algunas conjeturas. En la década de 1550 el individuo que se presenta como cacique de Guatavita en unos pleitos sobre esta encomienda aparece como “Pedro Guecha” o como “Guecha” (Bernal
2008:151, Gamboa 2005:72). Es posible que Fernando y Pedro fueran la misma persona y corresponda a un error o una imprecisión de Rodríguez Freyle. También es factible pensar que este personaje estuviera preso un tiempo y volviera a Guatavita a continuar con su cacicazgo. Independiente de lo anterior, la palabra guecha fue traducida por uno de los Vocabulario mosco (2013/1612?/fol 40v) como “tío hermano de la madre”, y según los cronistas los “guechas” eran los guerreros muiscas. Pero
también hay que recordar que el término denota una figura de autoridad masculina dentro de la casa o “guê” (Henderson y Ostler 2009). Este personaje requirió de
intérpretes durante unos procesos judiciales, lo que además ratifica su identidad como “indio chontal”.
Sobre su sobrino, Don Juan, tiene la total certeza de su existencia como cacique de Guatavita ya que éste aparece en un documento fechado en 1572 y se conoce su testamento hecho en 1609. La sucesión entre el sobrino y el tío se dio en algún momento entre finales de la década de 1550 y 1572. Éste permaneció como cacique durante el resto del siglo XVI. Según su testamento (Testamento de Felipe Vásquez
2004/1609/), se casó con la mestiza María Vásquez, quien al parecer trabajaba como criada en la casa del encomendero de Guatavita (Rodríguez Freyle 2003/1636/:68). Con esta mujer tendría cuatro hijos, todos ladinos, y dado que sus nombres eran castizos, debieron haber sido bautizados en el ritual católico. En el testamento se indica que una
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de sus hijas se casó con Francisco de Castro, personaje que podría ser –o pretendía ser– español o criollo ya que en la fuente no se nombra si era mestizo o incluso indígena como es lo común en los documentos del período colonial neogranadino (Rappaport 2009, 2011 y 2012). En todo caso, de Don Juan saldría una estirpe mestiza. Hay que tener en cuenta que el mestizaje de las elites indígenas de Hispanoamérica pudo servir en algunas ocasiones como un mecanismo para franquear las barreras étnicas que imponía el sistema de castas (Bernand y Gruzinski 1999: II,58 Boyer 1997, Rappaport 2009, 2011, 2012, Rodríguez 2008). Al menos en el caso de este cacique muisca colonial no se aprecia la estrategia de mantener una descendencia producto de alianzas