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Process limitations and incompatibilities

5.3 Design challenges

5.3.1 Process limitations and incompatibilities

Quid est ergo “tempus”? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerenti explicare velim, nescio25.

Quizás el marco estructural, lineal y limitado, que otorgamos a la idea del tiempo proceda de la conciencia que tenemos de nuestra propia li- mitación, de los límites temporales de nuestra propia vida, “un chispazo

entre dos tinieblas”, como dijo Miguel de Unamuno. Y sin embargo no po-

demos ya mantener conceptualizaciones del espacio y del tiempo como si de objetos materiales o realidades independientes se tratara. La físi- ca del siglo XX estableció como entidad unificadora de relatividades un espacio-tiempo “tetradimensional”. El tiempo, como entidad autónoma, sencillamente no existe. Aunque nuestra visión, interpretación y viven- cia de las cosas necesite de esa representación ilusoria para explicarse:

Nosotros, los seres humanos, no vemos ni captamos esa realidad física, sino que ya la captación la hacemos a “nuestra manera”, según nuestro cerebro. Nuestro cere- bro es como un prisma que descompone a la unidad espaciotemporal en percepción de vivencia de Espacio y percepción de vivencia de Tiempo26.

El espacio y el tiempo no pueden ser considerados por separado, sal- vo como construcciones mentales, que es justamente a lo que nos esta- mos refiriendo. Dejamos totalmente a un lado el tiempo cronométrico, el tiempo de los relojes, simple convención artificiosa que subdivide en partes iguales un patrón reiterado de movimiento, el de la tierra girando sobre sí misma y alrededor del sol, para crear un sistema de referencia objetiva que nos permita organizar los hechos, situaciones, movimientos y cambios de nuestras existencias compartidas. Todos sabemos que una hora de reloj no es igual para todos ni en todas las circunstancias. Cuan- tifica parte de un movimiento astronómico, pero no nos sirve en absolu- to para medir la vida. Podemos ser más o menos precisos, con respecto a la danza de un planeta en el sistema solar, para establecer la duración comparativa de un fenómeno o transformación, pero esto no significa prácticamente nada en cuanto al contenido de la experiencia vital que se despliega en ese marco de duraciones. La experiencia vivida del tiem- po, la dimensión psicológica de la temporalidad, no puede ser medida por los relojes. Diferenciemos, pues, entre el tiempo cronométrico y el tiempo psicológico, para poder establecer también una tercera categoría de la temporalidad: el tiempo ficticio, que es el tiempo de la narrativa y de la cinematografía.

A todos nos es muy sencillo tomar conciencia del antes y del des- pués para establecer la clave primaria de la secuencialidad con la que articulamos el despliegue de las cosas en el tiempo. Esto está basado en un mecanismo puramente fisiológico. Así lo demuestran algunas patolo- gías cerebrales que tienen como consecuencia la pérdida del sentido del orden secuencial en las percepciones27. Es una forma de ordenar y arti-

cular consustancial con nuestra estructura y mecánica cerebrales, con nuestro pensamiento, incapaces como somos de concebir mentalmente la totalidad, lo infinito, lo eterno. En esta organización cerebral de las for-

mas y de sus transformaciones vamos añadiendo significados, conceptos, lenguaje, es decir, asociaciones de ideas. La intrincada complejidad si- náptica de nuestro encéfalo tripartito28 construye, fragmenta y clasifica

nuestra percepción del mundo para hacerlo asequible en un universo de pensamientos que conforma, con su correspondiente cortejo de emocio- nes asociadas, la representación mental de la vida que nos contiene. Es un relato cinematográfico del que somos autores, intérpretes y espec- tadores, en el que todo comienza, crece y finaliza: los tres actos clási- cos de toda narración. Las cosas, los hechos, los personajes, las formas, las situaciones, los movimientos, todo ello aparece y desaparece ante la pantalla de la mente dejándonos la aparente evidencia, también pensa- da, de que el tiempo pasa.

Pero, ¿acaso el tiempo puede “pasar” sin que pase algo en él? ¿Qué se- ría entonces eso que pasa? ¿No serán precisamente los movimientos del contenido mental, es decir, el mecanismo del pensamiento, lo que cons- tituye la idea, quizás también ilusoria, del tiempo?

Según la mitología griega, Cronos fue el padre de Zeus, que a su vez era origen y gobierno de todo acontecimiento. Por lo tanto el tiempo precedía a la totalidad de los seres. Una forma imaginativa de represen- tar la existencia, impulsada por la humana necesidad de explicarlo todo. Pero es precisamente la explicación, el despliegue de los acontecimien- tos, opciones que aparecen dentro de un campo ilimitado de probabili- dades, lo que engendra la temporalidad como estructura organizativa necesaria. Si el universo se limitara al giro de la tierra alrededor del sol como únicas entidades existentes, ¿ese movimiento mediría el tiem- po? ¿Lo estaría creando?: “Esta concepción de un tiempo producido por la

sucesión de los acontecimientos permite escapar de los atolladeros lógicos hacia los cuales no deja de conducir la visión de un tiempo dotado de auto- nomía29”.

El premio Nobel de física Richard Feynman dijo que “el tiempo es lo

que pasa cuando no pasa nada más”. Pero ¿dónde pasa lo que pasa? Sin

duda en los ambiguos campos del psiquismo: psique, logos, mente… Y si no pasa nada más, si la mente se vacía de contenido, pueden ocurrir dos cosas: una posibilidad es que nuestra atención se desvíe hacia el paso

del tiempo como algo pensado y surja así esa sensación que llamamos “aburrimiento”. Otra es que quede un estado puro de conciencia sin for- ma ni contenido en el que nada comienza o termina, en el que el tiempo, sencillamente, no existe. Y eso, en nuestra lengua, se llama “eternidad”. La experiencia psicológica del tiempo, el que algo se nos haga largo o se nos pase “volando”, nada tiene que ver con los relojes, sino con la atención y el interés que nos relaciona con ello en un particular estado de ánimo. Si nuestra mente es cautivada por la situación, sea cual sea su naturaleza, no tendremos la sensación de que el tiempo pasa. Esto resulta especialmente significativo cuando de lo que se trata es de escu- char música, asistir a un espectáculo teatral o ver una película. Es decir, cuando son las propias artes del tiempo las que lo hacen desaparecer de nuestra consciencia. Pura magia. Creando la adecuada fluidez de dura- ciones, densidades, intensidades y reiteraciones equilibradas, es decir, creando ritmo, el tiempo de la creatividad disuelve el tiempo de otras realidades. El tiempo ficticio o tiempo cinematográfico expulsa de nues- tro espacio mental al tiempo cronométrico y al tiempo psicológico. Que- da la mente absorta en el relato.

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