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Notations and abbreviations

Chapter 3 Materials and methods

3.2 Processing of raw materials

Al poniente del golfo de Urabá, precisamente, el narrador se encuentra con gente «de diferentes lenguas y ar- mas» (Fernández de Oviedo, 1950, p. 112), pueblos colindantes con la Especería: son indios que pelean con varas y macanas, y que no son tan belicosos como sus vecinos del levante, los abo- minables y extraños antropófagos. Sobre las lenguas, dice que hay diversas, pero en la provincia que se llama Cueva (en Pana- 18 Obsérvese la personificación.

má, ya en camino hacia la Mar del Sur) la lengua es mejor y hay en aquella sociedad una especie de costumbres hidalgas.

El narrador se ocupa de recoger las palabras que en las diver- sas lenguas indígenas sirven para estructurar la sociedad. El se- ñor principal es el quevi, cacique, tiva o guajiro, y los subordinados de este señor (entre los cuevas), sacos, y los que están sujetos a estos, son cabra («caballeros o hombres hijosdalgo, separados de la gente común, y más principales que los otros del vulgo, y mandan a los otros»). Pero advierte que los caciques, sacos y cabra tienen sus nombres propios (como las provincias, ríos , valles y pueblos). Lo que significa que hace, primitivamente, una clasifi- cación semántica de los sustantivos. Explica de qué manera se da la movilización social entre estos hombres, y a partir del interés lingüístico lo que surge es una caracterización de una sociedad semejante a la medieval, especialmente en lo que al inmovilismo social se refiere: el héroe guerrero recibe del cacique tierras, mujer (espavé), siervos, honra, y se le aplica el carácter de hidalgo, que se hereda. Los hijos varones de este héroe serían cabra algún día como su padre, y también, obligatoriamente, serían militares. Ya no es el mérito, sino el azar el que determinaría el sino de cada hombre. De esta manera, el noble o el siervo tendrían que man- tenerse en su particular situación como absolutos. Sin decirlo, el cronista compara y encuentra semejanzas: «y aqueste saco tiene otros muchos indios a él sujetos, que tienen tierra y lugares, que se llaman cabra, que son como caballeros o hombres hijosdalgo, separados de la gente común, y más principales que los otros del vulgo, y mandan a los otros» (p. 116).

Encuentra similitudes entre la manera de bailar cantando de los indios y los cantares de los labradores españoles y flamen- cos «cuando en el verano se juntan con los panderos, hombres y mujeres, a sus solaces». Y le llama la atención la admiración de los indios por la carta, que, para algunos hasta tiene alma. Todo esto, comenta, se debe a la falta de letras. Se interesa en la po- sición de la mujer entre los cuevas, y describe cómo, a partir de la guerra (y de la muerte del enemigo) se decide quién tiene más tierra y señorío, y esclavos: «Las diferencias sobre que los indios riñen y vienen a batalla son sobre cuál tendrá más tierra y seño- río, y a los que pueden matar matan, y algunas veces prenden y

los hierran, y se sirven de ellos por esclavos, y cada señor tiene su hierro conocido; y así, hierran a los dichos esclavos, y algunos señores sacan un diente de los delanteros al que toman por es- clavo, y aquello es su señal» (p. 123). Describe cómo veneran en sus areitos la memoria de los que murieron en las batallas, pero asimismo se ocupa de las cosas extrañas: cómo momifican a los caciques y las borracheras con chicha que hace que los indios cai- gan sin sentido.

No es, pues, la moral caballeresca de los actores españoles o indios la que importa en esta historia porque no existen los actores individuales. Sin embargo, sí hay fragmentos en los que la representación, la descripción de los cuevas nos los muestran con características cortesanas, en virtud de la semejanza crea- dora de poesía.

Pero también hay pueblos muy extraños como los caribes fle- cheros de Cartagena: son atropófagos, se pintan la cara para pe- lear, pero también para adornarse (y a él le parecen feos aunque los indios piensen lo contrario): «y las mujeres que toman sírvense de ellas, y los hijos que paren (si por caso algún caribe se echa con las tales) cómenselos después; y los muchachos que toman de los extraños, cápanlos y engórdanlos y cómenselos» (p. 123).

Estas descripciones, tanto la de los cuevas como la de los caribes, son estereotipos. Según Bice Mortara Garavelli (1991, pp. 43-44), desde el siglo ii se había planteado en los sistemas re- tóricos una oposición entre la tradición pagana (la de los griegos y romanos) y la cristiana que nacía. Surgieron los padres apo- logistas, quienes con una elocuencia combativa defendían a la religión cristiana de los ataques de los paganos, y ello dio paso al planteamiento de acusaciones de infanticidio, canibalismo, prácticas incestuosas sin aportar pruebas de ningún tipo, con- tra los paganos. Las indagaciones de esta clase conducen a per- secuciones repugnantes. Tertuliano (s. ii) se manifiesta contra ellas, asegurando que de las prácticas del paganismo se había alejado la tradición filosófica grecorromana, de modo que no había que continuar esa persecución. En cambio, comienzan a aparecer en los textos alabanzas a las prácticas religiosas tradi- cionales. También se hace eso en el Sumario cuando se describe el huracán terrible que derriba casas y arranca grandes árboles

de cuajo, como cosa del diablo. Pero comenta: «En este caso de- ben contemplar los cristianos con mucha razón que en todas las partes donde el Santo Sacramento se ha puesto, nunca ha habi- do los dichos huracanes y tempestades grandes con grandísima cantidad, ni que sean peligrosas como solía» (p. 130).

Más adelante, en los siglos iv y v la cultura clásica y la cristia- na producen frutos que están cruzados con influencias comu- nes. Esta información hace pensar que el texto de Tertuliano comprueba la existencia de estereotipos que fueron penetran- do la cara formal de la retórica, y que sirvieron al narrador para acusar a «los indios infieles» de prácticas inhumanas, y, en cam- bio, para encontrar en aquellos en quienes ya estaban «ense- ñoreados» los cristianos, características de gente civilizada. Es otra vez el rostro del libro de las maravillas, de nuevo la cara de la simpatía-antipatía que asoma sobre el cuello de los hombres fieles-infieles.

Este hombre en el que ya están «enseñoreados» los cristianos no es el buen salvaje de Rousseau, en estrecha comunicación con la naturaleza. Lo contrario. Son las características ciudadanas, las de los hidalgos viejos, las que humanizan al hombre. El otro, el que vive al natural, es el salvaje, el de violentísimas pasiones. De esta manera comienzan a emparentar los caribes del Suma-

rio y los malones crueles, que desbordan su «naturaleza» en La cautiva de Echevarría.

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