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La angustia es, como se ha expuesto, el último estado psicológico, del cual brota el pecado con el salto cualitativo. Sin embargo, pronto revela la consideración de la vida que todo el paganismo, así como su repetición dentro del cristianismo, se mueve en meras determinaciones cuantitativas, de las cuales no brota el salto cualitativo del pecado. Este estado no es, empero, el de la inocencia; considerado desde el punto de vista del espíritu, es justamente pecaminosidad.

Es muy digno de nota que la ortodoxia cristiana haya enseñado en todo tiempo que el paganismo radica en el pecado, mientras que, sin embargo, la conciencia del pecado sólo ha sido puesta por el cristianismo. La ortodoxia tiene, no obstante, razón, sólo con que quiera explicarse algo más exactamente. Por medio de determinaciones cuantitativas da el paganismo largas al tiempo, por decirlo así, sin llegar al pecado en su sentido más profundo; pero esto es justamente el pecado.

Fácil es demostrar que esto es cierto del paganismo. Con el paganismo dentro del cristianismo pasa una cosa algo distinta. Esta vida pagano-cristiana no es ni culpable ni inocente; no conoce en rigor diferencia alguna entre presente, pasado, fututo, eternidad. Esta vida y su historia corren, como en los tiempos antiguos la escritura sobre el papel, sin conocer signos de puntuación y garrapateando una palabra sobre otra, una frase sobre otra. Estéticamente considerado, es esto muy cómico. Un arroyo que corre murmurando por la vida, suena graciosamente; pero una suma de criaturas racionales que se convierte en un murmullo sin fin y sin sentido es algo cómico. Ignoro si esta plebs puede ser usada por la Filosofía como una categoría, para servir, por ejemplo, de substrato a una vida superior, como la charca vegetativa, que va

espantoso. La angustia de la muerte responde, pues, a la angustia del nacimiento, sin que yo pretenda repetir aquí lo que ya se ha dicho, en parte con verdad, en parte sólo con ingenio, en parte con entusiasmo, en parte con frivolidad, sobre que la muerte es una metamorfosis. En el momento de la muerte se encuentra el hombre en el extremo ápice de la síntesis; el espíritu no puede en rigor estar presente, pues no puede morir; y, sin embargo, tiene que estar a la expectativa, pues el cuerpo tiene que morir. La visión pagana de la muerte era más dulce y más graciosa, como también la sensibilidad del paganismo era más ingenua y su temporalidad más descuidada; pero no alcanza la suprema y última significación de la muerte. Léase la bella disertación de Lessing: Cómo se figuraban los antiguos la

muerte, y no se negará que la figura de aquel genio durmiente, o la bella solemnidad con que el genio de

la muerte inclina su cabeza y apaga la antorcha, mueve el alma de un modo melancólico y misterioso. Hay, si se quiere así, algo indescriptiblemente animador y seductor en confiarse a un guía semejante, que es pacífico, como un recuerdo en que no se recuerda nada. Mas por otra parte es siniestro seguir a este guía silencioso; no oculta nada; su figura no es un incógnito; tan pronto como se presenta, se presenta la muerte, y con ésta todo ha terminado. Hay una insondable melancolía en el gesto amistoso con que este genio se inclina sobre el moribundo y con el soplo del último beso apaga la última chispa de la vida, mientras que todo lo vivido ha ido desapareciendo poco a poco, y así queda la muerte como el misterio que, inexplicado, explica cómo fue la vida entera un juego en que al final todo, lo más grande y lo más pequeño, se perdió como unos niños de la escuela, y, finalmente, también el alma —el maestro— deja libre la plaza. Pero éste es también el fundamento de que la aniquilación de la vida tenga lugar tan mudamente: el todo era sólo un juego de niños; y ahora el juego se ha terminado.

36 Lo aquí expuesto hubiera podido encontrar también su puesto en el capitulo primero. No obstante, preferí este lugar, porque lo expuesto es la mejor introducción a lo siguiente.

convirtiéndose poco a poco en tierra, primero en turba y en sucesiva evolución en otras cosas. Desde el punto de vista del espíritu, es semejante existencia pecado, y lo menos que se puede hacer por ello es decir esto; pues con esto se exige de ella espíritu. Al paganismo no le alcanza lo que acabamos de decir. Una existencia semejante sólo puede encontrarse dentro del cristianismo. Esto tiene su fundamento en que la falta de espíritu resulta tanto más insondable cuanto más elevado está puesto el espíritu; cuanto más alto está lo que se pierde, tanto más míseros son los «sin sentido» (Ef 4,19) en su satisfacción. Comparando esta felicidad de la falta de espíritu con el estado de los esclavos en el paganismo, aun tiene sentido este último, pues en sí mismo no es absolutamente nada. El extravío, desorientación, que es propio de la falta de espíritu, es, por el contrario, lo más espantoso de todo; la desdicha es precisamente que la falta de espíritu tenga una relación con el espíritu —y ésta no sea nada—. Por eso puede la falta de espíritu apropiarse hasta cierto grado el contenido entero del espíritu; pero bien entendido, no como espíritu, sino como juego, galimatías, fraseología, etc. Puede apropiarse la verdad; pero bien entendido, no como verdad, sino como charlatanería y comadrería. Esto es, estéticamente visto, lo infinitamente cómico de la falta del espíritu; pero en general no se fija la atención en ello, porque el expositor mismo está más o menos inseguro en lo que concierne al espíritu. Por eso se gusta de poner en boca de la falta de espíritu, cuando se trata de exponerla, francas y verdaderas habladurías; porque no se tiene el valor de hacerla emplear precisamente las palabras que el autor mismo emplea. Esto es inseguridad. La falta de espíritu puede decir absolutamente lo mismo que haya dicho el espíritu más rico; sólo que no lo dice por la virtud del espíritu. El falto de espíritu se ha convertido en una máquina parlante; ¿por qué no había de poder aprender de memoria una charla filosófica tan bien como una confesión de fe o un recitado político? ¿No es notable que coincidan el ironista único y el máximo humorista y se unan en la afirmación, en apariencia sumamente simple, de que es menester distinguir entre lo que se entiende y lo que no se entiende —y por qué no habría de poder decir exactamente lo mismo el hombre más falto de espíritu—? Hay sólo una prueba de espíritu, esto es, la prueba misma del espíritu en un hombre; quien pida otra cosa, acaso pueda recolectar pruebas en abundancia, pero caerá sólo por ello bajo la determinación de: «falto de espíritu».

En la falta de espíritu no hay angustia. Es para ello demasiado feliz; está demasiado satisfecha de sí misma; es demasiado falta de espíritu. Pero ésta es una razón muy dudosa y aquí es donde se revela el paganismo distinto de la falta de espíritu; aquél está determinado en la dirección que va hacia el espíritu, ésta en la dirección que viene del espíritu. El paganismo es, por tanto, si se quiere, ausencia del espíritu y muy distinto de la falta de espíritu. Y además es, por cierto, sumamente preferible. La falta de espíritu es un estancamiento del espíritu, una caricatura de la idealidad. Por eso no es propiamente estúpida —cuando se trata de charlar; pero es sosa la significación en que se dice de la sal: «si la sal es sosa, ¿con qué se salará?»—. Su extravío, desorientación, pero a la vez su seguridad, radican en que no entiende espiritualmente nada, no toma nada como problema, aunque todo lo roce con su desmayada charla. Si alguna vez es tocada por el espíritu y empieza a tener convulsiones, como una rana galvanizada, surge un fenómeno que responde plenamente al fetichismo pagano. Para la falta de espíritu no hay ninguna autoridad, pues sabe que para el espíritu no hay ninguna; pero como ella, desdichadamente, no es espíritu, es una perfecta idólatra, a pesar de todo su saber. Con la misma veneración adora a la cabeza hueca que al héroe; pero su verdadero fetiche resulta en todas las circunstancias el charlatán.

ella, como se encuentra el espíritu; pero la angustia está ahí, está a la espera. Es posible que un deudor logre sustraerse felizmente a su acreedor o alejarlo con buenas palabras. Pero hay un acreedor que nunca deja de cobrar: es el espíritu. Desde el punto de vista del espíritu, se halla también la angustia en su lugar en la falta de espíritu, pero escondida y disfrazada. Hasta el observador se horroriza cuando dirige a ella su mirada. Siempre que la fantasía quiera ver encarnada la angustia, será su figura espantosa de ver; pero la angustia todavía espanta más cuando considera necesario disfrazarse, para no aparecer como es, siéndolo. Cuando la muerte se presenta en su verdadera figura, como el siniestro esqueleto armado con la guadaña, no se la contempla sin espanto; pero si aparece disfrazada, para burlarse de los hombres que creen, ilusos, burlarse de ella, de tal forma que sólo el atento observador ve que el desconocido que seduce a todos con su cortesía y a todos los arrastra a la loca algazara del placer sin freno, es la muerte, sobrecoge a aquél un profundo terror.

II. LA ANGUSTIA DETERMINADA DIALECTICAMENTE EN LA DIRECCION

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