pues entonces habría un término medio del exceso y del defecto, y un exceso del exceso y un defecto del defecto. Por el contrario, así como no hay exceso ni defecto en la moderación ni en la virilidad, por ser el término medio en cierto modo un extremo, así tampoco hay un término medio, ni un exceso ni un defecto en los vicios mencionados, sino que se yerra de cualquier modo que se actúe; pues en general ni existe término medio del exceso y del defecto, ni exceso y defecto del término medio. […]74
Libro III. Acciones voluntarias e involuntarias
[…]
Capítulo 3. La deliberación
¿Deliberamos sobre todas las cosas y todo es objeto de deliberación, o sobre algunas cosas no es posible la deliberación? Quizá deba llamarse objeto de deliberación no aquello sobre lo cual podría deliberar un necio o un loco, sino aquello sobre lo que deliberaría un hombre de sano juicio.75 En efecto, nadie delibera sobre lo eterno, por ejemplo, sobre el cosmos, o sobre la diagonal y el lado, que son inconmensurables; ni sobre las cosas que están en movimiento, pero que ocurren siempre de la misma manera, o por necesidad, o por natura leza o por cualquier otra causa, por ejemplo, sobre los solsticios y salidas de los astros; ni sobre las cosas que ocurren ya de una manera ya de otra, por ejemplo, sobre las sequías y las lluvias; ni sobre lo que sucede por azar, por ejemplo, sobre el hallazgo de un tesoro. Tampoco deliberamos sobre todos los asuntos humanos, por ejemplo, ningún lacedemonio delibera sobre cómo los escitas estarán mejor go- bernados, pues ninguna de es tas cosas podría ocurrir por nuestra intervención.
Deliberamos, entonces, sobre lo que está en nuestro poder y es realizable, y eso es lo que resta mencionar. En efecto, se consideran causas la naturaleza, la necesidad y el azar, la inteligencia y todo lo que depende del hombre. Y todos los hombres deliberan sobre lo que ellos mismos pueden hacer. Sobre los conocimientos exactos y suficientes no hay deliberación, por ejemplo sobre las letras (pues no vacilamos sobre cómo hay que escribirlas); pero, en cambio, deliberamos sobre lo que se hace por nuestra intervención, aunque no siempre de la misma manera, por ejemplo, sobre las cuestiones médicas o de negocios, y sobre la navegación más que sobre la gimnasia, en la medida en que la primera es menos precisa, y sobre el resto de la misma manera, pero sobre las artes más que sobre las ciencias, porque vacilamos más sobre aquéllas.
La deliberación tiene lugar, pues, acerca de cosas que suceden la mayoría de las veces de cierta manera, pero cuyo desenlace no es claro y de aquellas en que es indeterminado. Y llama- mos a ciertos consejeros en materia de importancia, porque no estamos convencidos de poseer
74. Hay tres virtudes morales que Aristóteles destaca: el valor, la templanza y la mesura. También se refiere a otras como la generosidad, la amabilidad y la veracidad. La virtud ética más elevada es la justicia, que se relaciona directamente con la noción de mesótes, ya que la idea de justicia implica la de equilibrio.
75. Aristóteles establece aquí el margen de razonabilidad de aquellos que deliberan. Ese margen está dado por la razonabilidad propia del hombre normal. Ahora, ¿quién sería ese hombre normal? Ese hombre normal no puede ser ni el necio ni el loco. De esta manera, con esta caracterización negativa, por exclusión, encontramos la medida de la normalidad.
la adecuada información para hacer un buen diagnóstico. Pero no deliberamos sobre los fines, sino sobre los medios que conducen a los fines.76 Pues ni el médico delibera sobre si curará,77 ni el orador sobre si persuadirá, ni el político sobre si legislará bien, ni ninguno de los demás sobre el fin, sino que, puesto el fin, consideran cómo y por qué medios pueden alcanzarlo; y si parece que el fin puede ser alcanzado por varios medios, examinan cuál es el más fácil y mejor, y si no hay más que uno para lograrlo, cómo se logrará a través de éste, y éste, a su vez, mediante cuál otro, hasta llegar a la causa primera, que es la última en el descubrimiento. Pues el que delibera parece que investiga y analiza de la manera que hemos dicho, como si se tratara de una figura geométrica (sin embargo, es evidente que no toda investigación es deliberación, por ejemplo, las matemáticas; pero toda deliberación es investigación), y lo último en el análisis es lo primero en la génesis. Y si tropieza con algo imposible, abandona la investigación, por ejemplo, si necesita dinero y no puede procurárselo; pero si parece posible, intenta llevarla a cabo. Entendemos por posible lo que puede ser realizado por nosotros, pues lo que puede ser realizado por medio de nuestros amigos lo es en cierto modo por nosotros, ya que el principio de la acción está en nosotros. A veces lo que investigamos son los instrumentos, otras su utilización; y lo mismo en los demás casos, unas veces buscamos el medio, otras el cómo, otras el agente.
Parece, pues, como queda dicho, que el hombre es principio de las acciones, y la deliberación versa sobre lo que él mismo puede hacer, y las acciones se hacen a causa de otras cosas. El objeto de deliberación, entonces, no es el fin, sino los medios que conducen al fin, ni tampoco las cosas individuales, tales como que si esto es pan o está cocido como es debido, pues esto es asunto de la perfección, y si se quiere deliberar siempre se llegará hasta el infinito.
El objeto de la deliberación es el mismo que el de la elección, excepto si el de la elección está ya determinado, ya que se elige lo que se ha decidido después de la deliberación. Pues todos cesamos de buscar cómo ac tuaremos cuando reconducimos el principio del movimiento a nosotros mismos y a la parte directiva de nosotros mismos, pues ésta es la que elige. Esto está claro de los antiguos regímenes políticos que Homero nos describe: los reyes anunciaban al pueblo lo que habían decidido. Y como el objeto de la elección es algo que está en nuestro
poder y es deliberadamente deseado,78 la elección será también un deseo deliberado de cosas
76. Deliberamos sobre aquello que tiene un interés directo para nosotros, sobre aquello que no es permanente, sobre los medios concernientes a los fines. La deliberación constituye el centro del proceso de elección, que es resultado del encuentro entre el deseo de alcanzar un fin y el cálculo (deliberación) de los medios necesarios para realizarlo. La deliberación es una noción más bien técnica y política que ética, pues consiste en combinar los medios eficaces relacionados con fines realizables. No trata de fines sino de medios, no trata del bien sino de lo útil y eficaz. La deliberación práctica no es ni puede ser un saber científico, y el criterio de la elección correcta radica en el prudente, que basa sus juicios en su amplia experiencia de las condiciones de la vida humana (M. Nussbaum: La fragilidad del bien, Madrid, Visor, 1995, pp. 373-374).
77. Mediante estos tres ejemplos, Aristóteles ilustra que los fines están implícitos en la definición de una tarea, ya que sería absurdo pensar que quien ha elegido una profesión (médico, orador, político) se cuestione esta elección una vez tomada, es decir, se cuestione si debe curar, convencer o legislar bien, sino que asume junto con la profesión sus fines generales.
78. En el capítulo anterior (EN 1111b 5-10) Aristóteles traza una distinción entre la elección/decisión y la voluntad/deseo. Esta distinción permite afirmar que: a) no hay elección de cosas imposibles, pero sí voluntad o deseo: “quiero ser inmortal” (EN 1111b 20-25); b) el deseo se refiere al fin; la elección, a los medios conducentes al fin (EN 1111b 26-28), y c) la diferencia entre “elección” y “voluntad” es tan sólo de extensión, pues de lo
a nuestro alcance, porque cuando decidimos después de deliberar deseamos de acuerdo con la deliberación. Esquemáticamente, entonces, hemos descripto la elección, sobre qué objetos versa y que éstos son los medios relativos a los fines.79
Libro VI. Examen de las virtudes intelectuales
[…]
Capítulo 3. Enumeración de las virtudes intelectuales. Estudio de la ciencia
[…] Las disposiciones por las cuales el alma posee la verdad cuando afirma o niega algo son cinco, a saber, el arte (tékhne), la ciencia (epistéme), la prudencia (phrónesis), la sabiduría (sophía) y el intelecto (noûs);80 no incluimos el juicio y la opinión, porque en ellos es posible el error.
voluntario participan, además de los hombres, los niños y los animales, pero no de la elección (EN 1111b 8-10). Mientras podemos desear cosas fuera de nuestro alcance, la elección está delimitada, es una voluntad determinada y restringida por la razón que limita el campo de objetos posibles para el deseo.
79. Aristóteles indica una forma de razonamiento específica para la relación entre deseo/voluntad y elección/ decisión: el silogismo práctico. Esta forma argumentativa traduciría la naturaleza de la intencionalidad y la racionalidad teleológica en las acciones humanas. Se podría esquematizar el silogismo práctico de la siguiente manera:
El sujeto A se propone la meta p
A considera que no puede dar lugar a p a menos que haga x Por lo tanto, A se dispone a hacer x
La elección no es común a los irracionales; sin embargo, estudios contemporáneos acerca de las elecciones, las decisiones y las acciones (como los de Elster) presentan una noción más amplia de racionalidad, negándose a asimilar intencionalidad y racionalidad, ya que si bien es cierto que un mínimo requisito de racionalidad implica consistencia de metas y razones, es necesario advertir que la conducta intencional muchas veces se basa en razones y deseos irracionales.
80. 1) El arte (tékhne) es un modo de ser productivo acompañado de razón verdadera referido a lo contingente. Se ocupa de las cosas que no son ni necesarias ni universales. Está subordinado a la sabiduría práctica, ya que la producción es distinta de la acción. Nos permite producir aplicando habilidades y con la ayuda de reglas. 2) La ciencia (epistéme) se ocupa de lo necesario y eterno, y es comunicable por la enseñanza, la cual parte de lo conocido, ya sea por inducción o por silogismo. La ciencia es un modo de ser demostrativo que nos permite conocer las leyes naturales. 3) La sabiduría práctica-prudencia (phrónesis) es el poder de la buena deliberación acerca de las cosas buenas para nosotros, es decir, sobre la manera de producir un estado de ser general que sea satisfactorio. Es una disposición verdadera que nos permite actuar con la ayuda de una regla sobre lo contingente. La prudencia no puede ser ni ciencia ni arte porque el objeto de la acción puede variar y porque el género de la acción es distinto del de la producción. Con lo cual es un modo de ser racional verdadero y práctico respecto de lo que es bueno para el hombre (EN VI, 5, 1140b 1-5). Esta disposición puede ser pervertida por el placer y el dolor. 4) La razón teórica-sabiduría (sophía) es la unión de la intuición y de la ciencia, orientada hacia los objetos más elevados. No sólo debe conocer lo que sigue de los principios (como la ciencia), sino también poseer la verdad sobre los principios (como la intuición). La sabiduría es ciencia e intelecto de lo más honorable por naturaleza. Por eso muchos que desconocen su propia conveniencia son llamados sabios y no prudentes, y se dice que saben cosas grandes y admirables, pero inútiles, porque no buscan los bienes humanos (EN 1141b 5-8). La sabiduría teórica es superior a la sabiduría práctica: no estudia los medios de llegar a la felicidad. El fin del hombre es la vida teórica. Ésta entonces nos permite descubrir las primeras causas y primeros principios. 5) La razón intuitiva-intelecto (nous) capta las formas que constituyen la base de toda demostración. Es la capacidad gracias a la cual aprehendemos las últimas premisas de donde parte la ciencia. Aprehende los primeros principios por inducción, que es el proceso por el cual se pasa de los casos concretos