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Program Directors’ Views: Barriers to Development; Program Success;

L

os dinosaurios dejaron de cami- nar por la Tierra hace 65 millo- nes de años. Aunque nadie lo diría, con velocirraptores protagoni- zando películas y tricerátops decoran- do los dormitorios de adolescentes. Steven Spielberg ha logrado que haya una especie profundamente impresa en la fantasía juvenil. También los paleontólogos están de acuerdo en

que la superestrella de los dinosau- rios fueTyrannosaurus rex.

 Afirmaba Stephen Jay Gould, de la Universidad de Harvard, que el nom- bre de una especie compendia una teoría sobre el animal.Tyrannosau-

rus rex —“el rey entre los lagartos

tiranos”— evoca una imagen pode- rosa de la especie. John R. Horner, de la Universidad de Montana, y Don

Lessem anotaron lo siguiente en su libroThe Complete T. rex: “Tenemos

la suerte inmensa de poder conocer

aT. rex, estudiarlo, imaginarlo y dejar

que nos asuste. Pero, sobre todo, tene- mos la inmensa suerte de que T. rex

haya desaparecido”. Y Robert T. Bak- ker, del Museo Paleontológico Glen- rock en Wyoming, decía de nuestra fiera que era “un correcaminos infer- nal de 4500 kilogramos”, en alusión a su tamaño y fuerza.

En Parque Ju rás ico, que presume

de ser la mejor representación que se haya hecho de los dinosaurios,T. rex

aparece constituido en una máquina asesina sin otro fin que la agresión

   S    A    N    O    K    A    Z    U    H    I    K    O

1. TYRANNOSAURUS REX defiende su comida, un Triceratops , frente a otro compañero, tam- bién hambriento. Troodóntidos, los pequeños velocirraptores que aparecen abajo a la iz- quierda, esperan los despojos que les dejen los tiranosaurios, mientras los pterosaurios los sobrevuelan en círculos, en un día cualquiera de hace 65 millones de años. Arboles y plan-  tas con flores completan el paisaje; las gramíneas tenían todavía que desarrollarse.

cruel de víctimas indefensas. Pero semejante estampa brota de una licen- cia artística, sin fundamento cien- tífico. Tras un siglo de estudio y la exhumación de 22 esqueletos, casi completos, poseemos ya una canti- dad sustancial de información sobre su anatomía. Ahora bien, resulta peli- groso inferir aspectos de conducta a partir exclusivamente de la anato- mía. Por eso, la naturaleza genuina

deT. rexsigue envuelta en el miste-

rio. Se debate todavía si nos halla- mos ante un depredador o ante un carroñero.

En el decenio de 1990 apareció una nueva hornada de paleontólo- gos que han ido sacando a la luz algunos de los secretos mejor guar-

dados de T. rex. La nueva genera-

ción se propone introducir el regis- tro fósil en un contexto vivo, como si quisieran insuflar movimiento a la exhibición estática de los museos. Conforme los paleobiólogos han ido descubriendo claves inéditas, unas nuevas del todo y otras preteridas,

T. rexse ha ido transformando ante

nuestros ojos.

En vez de extraer conclusiones rela- tivas a la conducta sobre la base exclu- siva de la anatomía, se exigen ahora pruebas de una actividad real. Los res- tos esqueléticos de numerosos indi- viduos deT. rexarrojan luz sobre la

interacción entre ellos mismos y con otras especies. Además, los llamados restos indirectos (“fósiles traza”) dan

testimonio de determinadas realiza- ciones a través de pruebas físicas; me refiero a las huellas dejadas por los dientes en los huesos mordidos y las señales de desgaste dentario. De gran valor son también los coprolitos o heces fósiles. (Los restos de los her- bívorosTriceratopso Edmontosaurus

en coprolitos de T. rex aportan una

prueba contundente de la interacción interespecífica.)

Suele aceptarse la premisa de que las especies emparentadas tienden a comportarse de forma similar. En esa línea, se están corroborando los da- tos de T. rex mediante la compara-

ción con los de otros miembros más antiguos de la familia Tyrannosau- ridae, incluidos sus parientes Albe r-

   L    O    U    I    S    P    S    I    H    O    Y    O    S    M    A    T    R    I    X    ;    G    R    E    G    O    R    Y    M .    E    R    I    C    K    S    O    N    (    i    n    s    e    r    t    o    )

tosaurus,Gorgosaurusy Daspletosau- rus, que forman en conjunto el grupo

de los albertosaurios.

¿Individualista o gregario?

E

n Parque Jurás icoy en otras figu-

raciones los tiranosaurios van por libre, solitarios. Pero las pruebas se acumulan en otra dirección. Nos hablan de un comportamiento gre- gario enT. rex, al menos durante cier-

tos momentos de su vida. Destacan a este respecto dos excavaciones de

T. rex en la Formación Hell Creek,

de Montana oriental.

En 1966, un equipo del Museo del Condado de Los Angeles se disponía a exhumar un adulto deT. rexen Hell

Creek, cuando se encontraron con la

sorpresa de un ejemplar bastante menor encima. De entrada se atri- buyó el segundo espécimen a tirano- saurios de talla menor. Tras el exa- men de las pruebas histológicas —la microestructura de los huesos— he llegado a la conclusión de que el segundo animal era un juvenil (véase

la figura 4). Se produjo otro hallazgo

similar durante la excavación de “Sue”, el fósil mayor y más completo

deT. rex jamás recuperado. Sue debe

su fama extra al precio que se pagó por su subasta: 8,36 millones de dóla- res. Posteriormente, en la cantera de Sue, se hallaron restos de un segundo adulto, un juvenil y de una cría. Los

investigadores que trabajaron en la Formación Hell Creek, el autor de este artículo incluido, coinciden en que es difícil que distintosT. rexsoli-

tarios acabaran enterrados juntos. La explicación verosímil y de sentido común aboga por considerarlos parte de un mismo grupo.

Un hallazgo de 1910, más espec- tacular aún, respalda la conducta gregaria de los Tyrannosauridae. Un equipo de investigadores, procedente del Museo Americano de Historia Na- tural de Nueva York, que trabajaban en la canadiense Alberta, encontra- ron un yacimiento de huesos —un depósito con fósiles de muchos indi-

   P    A    T    R    I    C    I    A    C .    W    Y    N    N    E

3. LA ENORME FUERZA desarrollada por T. rex en la técnica de bocado “morder y arran- car” (arriba) fue suficiente para formar surcos profundos en la superficie de la pelvis de Triceratops del recuadro de la izquierda. El cuerpo enorme de T. rex (esqueleto de la iz-  quierda) y su poderosa musculatura cervical le permitían “arrancar” de cuajo.

2. PARA MORDER LA COMIDA (arriba) T. rex empleaba los dientes delanteros. Arrancaba  tiras de carne que se apretaban en sitios difíciles, los intercostales, por ejemplo.

viduos— que contenía nueve ejem- plares por lo menos del grupo de los albertosaurios, parientes deT. rex.

Philip J. Currie y su equipo, del Real Museo Tyrrell de Paleontología en  Alberta, han reubicado el descubri- miento de 1910 y realizado una inves- tigación pormenorizada de la asocia- ción de fósiles. Semejante congregación de carnívoros acontece cuando caen en una trampa, un pozo de barro o los se- dimentos blandos de las riberas, don- de suele quedar atrapada la presa per- seguida. En estas circunstancias, sin embargo, la reunión de fósiles debe- ría contener también los restos del herbívoro cazado. La ausencia del ve- getariano entre los albertosaurios (y entre los cuatroT. rexque incluyen

a Sue) indica que el grupo formaba una unidad natural y perecieron jun- tos por culpa de la sequía, la enferme- dad o el anegamiento.

Examinando los restos, Currie estima que el tamaño de los anima- les oscilaba entre 4 y 9 metros de lon- gitud, variación de tamaños que denuncia que nos hallamos ante un grupo compuesto por juveniles y adul- tos. Hay un sujeto notablemente mayor y más robusto que los otros.  Aunque podría tratarse de un alber- tosaurio de especie diferente, no parece probable la mezcolanza. Si estos parientes deT. rexpresentaban

una estructura social, el individuo preeminente podría haber sido el patriarca o matriarca del rebaño.

 Ahora bien, constituye un cuadro radicalmente novedoso la represen- tación gregaria de los tiranosaurios, implicados en complejas interrela- ciones intragrupales. Pero ni siquiera entonces la ciencia les concede esta- tuto de animales pacíficos. Algunas señales de la interacción grupal de

T. rex son dentelladas curadas en

parte, que revelan un comportamiento harto violento entre ellos. En un tra- bajo reciente, Currie y Darren Tanke, del Museo Tyrrell también, insisten en ese aspecto. Tanke es una autori- dad en paleopatología, ciencia que estudia lesiones y enfermedades en el pasado remoto. Ha detectado un patrón característico en los mordis- cos de los terópodos, grupo de dino- saurios carnívoros que abarca aT. rex

y a otros tiranosaurios. Las marcas en cuestión dibujan surcos acanala- dos o puntuales a ambos lados del hocico, en los costados o parte infe- rior de las mandíbulas y, ocasional- mente, en la zona superior y poste- rior del cráneo.

Para interpretar las señales de las heridas, Tanke y Currie reconstru- yeron la pelea entre dinosaurios. De entrada buscaban hundir los dientes de un lado, en vez de atacar de frente. Infieren, además, esa pugna a den- telladas de las señales observadas en las hemimandíbulas de estos tirano- saurios. A tenor de esas muescas, los agonistas mantenían las cabezas parejas durante la confrontación. Dada la magnitud de algunas heri- das fósiles, se desprende que T. rex

no se andaba con remilgos a la hora de castigar a su oponente de la misma especie. Uno de los tiranosaurios estu- diados por Tanke y Currie muestra un diente “de recuerdo” incrustado en la mandíbula agredida, regalo quizá de su adversario.

La alimentación, el apareamiento y la posesión de un territorio serían los motivos de enfrentamientos vio- lentos. Mas, cualquiera que fuese la causa desencadenante de la pelea, el registro fósil muestra que el com- portamiento era siempre el mismo.

Las lesiones entre jóvenes parecen haber sido más habituales, por la razón verosímil de que un juvenil es susceptible de ser atacado por indi- viduos de su edad y también por adul- tos de mayor talla. (No obstante, el registro fósil puede presentarse ses- gado, con pruebas más numerosas de heridas en jóvenesT. rex. En los adul-

tos ciertas heridas curarían con el tiempo, borrando las señales. Pero los juveniles se hallaban más expues- tos a morir si sufrían la dentellada del adulto, portándose a la tumba las marcas crueles.)

Mordiscos y bocados

I

maginemos el gran colmillo de un babuino o de un león. Superpon- gamos a esa imagen la de una boca enorme, llena de dientes caniniformes del tamaño de un clavo de traviesa de tren y bordes aserrados. A pesar del evidente potencial de tales dagas, creían los paleontólogos que esca- seaban las marcas de dentelladas. Los contados hallazgos publicados antes de 1990 consistían en breves alusiones dispersas en artículos cen- trados en otros descubrimientos más sugestivos; las claves contenidas en los restos fósiles que denunciaban algún aspecto del comportamiento escapaban al análisis.

Con todo, hubo investigadores que reflexionaron sobre los dientes. Ya en 1973, Ralph E. Molnar, del Museo de Queensland, especulaba sobre la fuerza de la dentadura, fundándose en la morfología. Más tarde, James O. Farlow, de la Universidad de Purdue, y Daniel L. Brinkman, de la Universidad de Yale, llevaron a cabo estudios morfológicos sobre la den- tición de los tiranosaurios y deter- minaron que su robustez se fundaba en su sección transversal redondea- da, que les haría soportar la resis- tencia de los huesos en el proceso masticador.

En 1992, aportaba el autor nuevo material en respaldo de esa idea. Kenneth J. Olson, pastor luterano que recogía fósiles para el Museo de las Montañas Rocosas, vino a verme con diversos especímenes. Trajo una pelvis incompleta que medía 1,5 me- tros de longitud por un metro de ancho; pertenecía a un Triceratops

adulto; también recolectó un frag- mento del dedo de un pie de un Ed-

montosaurus adulto (dinosaurio de

pico de pato). Examiné los especí- menes de Olson; observé que ambos huesos estaban dañados con surcos y marcas redondeadas de hasta 12 cen- tímetros de longitud y varios de pro- fundidad. La pelvis de Triceratops 4. LA MICROESTRUCTURA DEL HUESO revela la edad del animal estudiado. Los individuos

más viejos tienen huesos constituidos por canales haversianos (grandes círculos a la iz-  quierda), túbulos óseos que han reemplazado de forma natural la estructura aleatoriamente orientada del hueso más joven (derecha). El análisis microscópico del hueso ha revelado que los individuos considerados en un comienzo especies de talla menor eran en realidad juve- niles de T. rex .    G    R    E    G    O    R    Y    M .    E    R    I    C    K    S    O    N

presentaba unas 80 señales. Estudié el tamaño y forma de las marcas; de las más profundas hice moldes con masilla dental. Los dientes respon- sables de esas huellas distaban unos de otros 10 cm. Los hoyuelos hendi- dos tenían una sección transversal cóncava. No cabía duda de que las piezas dentarias portaban carenas aserradas (bordes cortantes eleva- dos) en la cara anterior y posterior. Tomados en su conjunto, los indicios apuntan haciaT. rex como autor de

las improntas.

El hallazgo ofrecía valiosas pistas para adentrarse en la conducta. Confirmaba que T. rexse alimenta-

ba deTriceratopsy Edmonto saur us,

muy comunes en su tiempo. Además, la disposición y forma de las heridas abría una nueva ventana a la con- ducta alimentaria deT. rex, que evi-

dencia dos estrategias diferentes; una consistía en “morder y arrancar”, es decir, dar un profundo bocado y tirar con fuerza produciendo desgarros.  Así procedió T. rex con la pelvis de

Triceratopshallada por Olson. Pero

T. rex recurría también al mordisco

corto con los dientes frontales (in- cisiformes); aprehendía y arrancaba a bocados la carne intercostal, donde el hocico de la bestia podía llegar. Este método dejaba en el hueso sur- cos paralelos y alineados en vertical. En muchos casos, las marcas de la pelvis deTriceratopsdistaban entre

sí pocos centímetros, como si T. rex

hubiera extraído progresivamente la carne, a la manera de quien se come una mazorca de maíz. Con cada bo- cado arrancaba algo de hueso. Ima- ginamos que se lo comía también. La confirmación no tardó en llegar, de donde menos esperábamos.

En 1997 Karen Chin, del Servicio de Inspección Geológica de los Esta- dos Unidos, recibió una masa fósil, informe, excavada por un equipo del Museo Real de Saskatchewan. El objeto, que pesaba 7,1 kilogramos y medía 44 por 16 y por 13 centímetros, resultó ser un coprolito de T. rex. El

espécimen, el primero convincente de un terópodo y más del doble del mayor coprolito conocido de un car- nívoro, estaba lleno de hueso pulve- rizado. Aplicando de nuevo métodos histológicos, Chin y el autor esta- blecieron que el hueso pulverizado procedía de un joven dinosaurio her- bívoro.T. rexingirió parte de los hue-

sos y, además, los digirió parcial- mente con poderosas enzimas y ácidos estomacales.

En la línea de Farlow y Molnar, Olson y el autor sostienen que, pese a la escasez de pruebas, T. rex tuvo

que dejar muchas señales de sus dien- tes. La inexistencia de pruebas no es prueba de inexistencia. Dos factores podrían explicar semejante vacío en el registro fósil. En primer lugar, no ha habido una búsqueda sistemática de las dentelladas. Y lo que es más importante, los recolectores se han venido mostrando reticentes ante especímenes mellados por los mor- discos. Desde siempre, los museos preferían esqueletos completos en vez de simples partes aisladas. Pero los esqueletos enteros suelen proce- der de animales que han muerto por causas distintas de la depredación y quedaron prestamente enterrados, antes de que acudieran carroñeros que los desmembraran. Los huesos con señales que los museos evitaban, como la pelvis de Triceratops, son

precisamente los especímenes que mejor conservan las pruebas de la estrategia alimentaria.

 Aase Roland Jacobsen, del Museo Tyrrell, ha estudiado restos esque- léticos parciales, sueltos, y los ha comparado con esqueletos completos de Alberta. Descubrió que los huesos aislados presentaban unas 3,5 veces más marcas de mordisco (14 por ciento) que el resto de los ejemplares (4 por ciento).

¿Halcón o buitre?

 A 

lgunos rasgos de la biología de los tiranosaurios —coloración, sonidos emitidos o cortejo de apa- reamiento— podrían permanecer ocultos en el misterio. Pero podemos

abordar su conducta alimentaria estu- diando el registro fósil. La recolección de nuevos restos indirectos podría, por fin, acabar con una polémica paleon- tológica que dura ya 80 años: resolver

siT. rexfue depredador o carroñero.

Cuando se descubrió T. rex hace

un siglo, se le incluyó de inmediato entre los depredadores. Pero unas garras afiladas y unas mandíbulas poderosas no convierten a nadie for- zosamente en depredador. Sin ir más lejos, la mayoría de los osos son omní- voros y matan sólo para procurarse un pequeño porcentaje de su dieta. En 1917, Lawrence Lambe, paleon- tólogo canadiense, examinó el cráneo de un albertosaurio y dedujo que los tiranosaurios se alimentaban de carroña reblandecida. Llegó a esta conclusión tras observar la ausencia de desgaste dentario. (Las investi- gaciones ulteriores demostrarían que el 40 por ciento de los dientes de los tiranosaurios aparecen desgastados y rotos, algo que, basado en mis esti- maciones de la tasa de reemplaza- miento dentario, debía ocurrir en un período de dos o tres años.) De ese modo, Lambe adelantaba la opinión minoritaria que los consideraba unos enormes “buitres” terrestres. Los ar- gumentos aducidos en la disputa entre partidarios de la depredación y defen- sores del hábito carroñero se han cen- trado en las posibilidades anatómi- cas y físicas de T. rex, dando lugar a

un juego de p unto-contrapunto. Los partidarios de la postura carro- ñera adoptaban la “teoría de la debi-

5. ESTE COPROLITO, de tiranosaurio quizá, mide 44 centímetros de longitud. Semejante ta- lla no la alcanza ningún carnívoro conocido. Por su talla, edad, contenidos y contexto geo- gráfico pertenece probablemente a T. rex .

   K    A    R    E    N    C    H    I    N 10 CENTIMETROS

lidad dentaria”, según la cual los dien- tes alargados deT. rexhubieran lle-

vado las de perder en lides depreda- doras o no hubieran resistido morder en hueso. También aducían que sus brazos diminutos descartaban cual- quier ataque letal, sin olvidar que

T. rex habría sido demasiado lento

para atrapar una presa.

Los partidarios de la postura depre- dadora respondían con datos biome- cánicos. Citaban mis propios estu- dios sobre dinámica del bocado que demostraban que los dientes deT. rex

eran muy robustos. (Por mi parte, me propuse no entrar en el debate hasta que no aparecieran pruebas físicas directas.) Replicaban con datos de Kenneth Carpenter, entonces en el Museo de las Montañas Rocosas, quien había estimado que los brazos “insignificantes” deT. rexpodían do-

blar un peso de 180 kilogramos. Es- grimían, además, el trabajo de Per Christiansen, de la Universidad de Copenhague, quien, basado en las pro- porciones de las extremidades, expo- nía queT. rexpodía haber alcanzado

47 kilómetros por hora. Velocidad superior a la de cualquier contempo- ráneo suyo, aunque la resistencia y la agilidad, difíciles de cuantificar, debieran entrar también en esa con- sideración.

No bastan las investigaciones bio- mecánicas para resolver el debate de predador-carroñero. No bastarán nunca. En vez de especular sobre su adaptación a la caza, el determinante crítico que nos llevará al nicho eco- lógico deT. rexse esconde en el modo

y la intensidad con que utilizaba los animales de su entorno. Los dos gru- pos discrepantes admiten que los ani- males depredadores, pensemos en leones o hienas manchadas, carro- ñearán en alguna ocasión, y que los

carroñeros clásicos, como los buitres, podrán a veces depredar. Atendidas las pruebas físicas, forzoso es inferir que los tiranosaurios cazaban y carro- ñeaban.

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