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If your programme involves contact with children or vulnerable adults, either direct or indirect (including observational), please confirm that you have the relevant clearance from the

APPLICATION FOR THE APPROVAL OF AN EMPIRICAL PROGRAMME INVOLVING HUMAN PARTICIPANTS

22. If your programme involves contact with children or vulnerable adults, either direct or indirect (including observational), please confirm that you have the relevant clearance from the

La característica esencial de la literatura, lo que la diferencia de otras creaciones artísticas, es que se expresa mediante la palabra. Para Lapesa, “obra literaria es la creación artística expresada en palabras, aun cuando no se hayan escrito, sino propagado de boca en boca” (Cervera, 1991: p.10).

Esta definición centra el interés en la creación, en el arte, en la expresión mediante la palabra, e implica recepción por parte de alguien, aunque no se precisa quién sea el destinatario o el receptor.

A pesar de que la polémica sobre la existencia de una literatura infantil y no una sola literatura siempre estará presente, podemos decir que en la literatura infantil “se integran todas las manifestaciones y actividades que tienen como base la palabra con finalidad artística o lúdica que interesen al niño” (Cervera, 1984: p.15). Esta definición logra alcanzar a todas las manifestaciones y actividades que presentan las condiciones fundamentales para la existencia de la obra literaria

infantil: huella de arte, atractivo lúdico e interés por parte del niño receptor. La inclusión de actividades provoca el reconocimiento de literatura para los juegos en los que el niño emplea la palabra como elemento básico de creación y de diversión. El interés por parte del niño tiene sus raíces no sólo en la identificación con las producciones ajenas o propias, sino es por la participación en el goce de la literatura.

Cualquier definición de literatura infantil que se formule deberá cumplir dos funciones básicas y complementarias. Por una parte, tendrá que ejercer un papel integrador o de globalización, para que pueda abarcar todo lo que se considera literatura infantil. Por otra, tendrá que actuar como selectora para garantizar que sea literatura. De esta manera, podemos concluir que la literatura infantil suma dos ambigüedades.

Al proporcionar la literatura infantil al niño, se debe intentar a ofrecer, siguiendo a Bruno Bettelheim, una literatura que “divierta y excite la curiosidad, estimule la imaginación, ayude a desarrollar el intelecto, clarifique emociones, esté de acuerdo con necesidades y aspiraciones, sirva para conocer las dificultades y sugiera soluciones a los problemas” (Bettelheim, 1990: p.11).

Por otra parte, el actual marco curricular español propone una iniciación del niño en la literatura, básicamente de tradición oral, que propicie un encuentro gozoso para que vaya despertando su curiosidad e interés así como la concepción de los libros como portadores de algo atractivo, maravilloso e interesante y a los que hay que apreciar y cuidar.

Para que los adultos consigan una intervención adecuada y ajustada en el proceso de selección, es necesario que adquieran una postura crítica y coherente ante la literatura infantil, así como que dispongan de criterios para la selección, técnicas y recursos para su utilización.

Es importante que distingamos entre obra literaria y lo que no lo es, así como debemos diferenciar entre el lenguaje estándar y el lenguaje artístico (véase adelante capítulo 3.4.1), vehículo de la producción literaria, que ha de ser aceptada por el niño (Cervera, 1988: pp. 257-277). Lo más trascedente en esta concepción integradora es precisamente la voluntad de englobar manifestaciones y actividades un tanto abandonadas. Junto a los clásicos géneros de la narrativa, la

poesía y el teatro, trasunto de la época, lírica y dramática, hay otras manifestaciones, menores ciertamente, que pasan a encuadrarse en la literatura infantil: rimas, adivinanzas, disparates y patrañas, fórmulas de juego, cuentos breves y de nunca acabar, retahílas, recuentillos... Además, debemos añadir las actividades pedagógicas y creativas tan fecundas como la dramatización y otros juegos de raíz o trayectoria literaria, como la canción y juegos de corro, en el que el niño es agente y receptor (Cervera, 1991: pp.11-12).

Esta visión amplificadora crea condiciones para potenciar el juego como elemento motivador del contacto con la literatura infantil y favorece el tránsito de actitudes generalmente receptivas a otras más activas donde sobre todo la participación y la motricidad tienen importancia.

Una precisión significativa puede ser la del papel que la literatura infantil desarrolla en el marco de la cultura. Sin entrar en la espinosa cuestión de la definición de cultura, hay que admitir que la literatura infantil debe tenerse como parte de ella. No sólo por los valiosos aportes: mitos, leyendas, cuentos tradicionales, que de ella recibe; no sólo por la función iniciática que respecto a ella desempeña en muchas ocasiones, sino por su manera propia de estar en ella.

Durante muchos años se ha visto en la literatura infantil un subproducto de la pedagogía y de la didáctica. Todavía algunos sólo justifican su existencia como recurso didáctico. En ambos casos la función más elevada que se le puede conferir es la de introducir al niño en la cultura o facilitarle la adquisición de los conocimientos que le hacen falta. Hoy en día se interpreta que su manera de estar en la cultura ha cambiado: la literatura infantil es básicamente una respuesta a las necesidades íntimas del niño. Esto ya está generalmente admitido. No se trata ahora, por tanto, de aproximar al niño a la literatura, bien cultural y ajena a él, sino de proporcionarle una literatura, la infantil, cuyo objetivo específico sea ayudarle a encontrar respuesta a sus necesidades. Este es el papel que se le ha descubierto en el conjunto de la literatura. Esta singularidad dentro del ámbito general de la literatura determina su importancia, porque responde a necesidades íntimas que se le plantean al niño, pero que éste es incapaz de formular, y esto supone actuar sobre su inconsciente.

Marc Soriano (1976) emplea un argumento, que podría afectar a esta definición de la literatura infantil que defendemos y al objetivo básico que le atribuimos como respuesta a las necesidades íntimas del niño. Soriano dice: “Un niño puede conmoverse ante una obra de mala calidad, siempre que satisfaga sus exigencias afectivas del momento, y quedar indiferente ante un hermoso libro que excede a sus posibilidades de comprensión. Y si esto es así, ¿es razonable estudiar en perspectiva estética los libros para juventud? ¿No sería mejor verlos a la luz de la pedagogía o de la sociología y evitar hablar de literatura?” (Soriano, 1976: pp.178-179).

En el principio de la cita el mismo Soriano reconoce las exigencias de adecuación a las necesidades infantiles, lo que es la justificación del carácter del niño. Pero, ¿parece lógico que esta respuesta la dan sólo las obras de “mala calidad”? Si son obras de calidad literaria, pero dejan “indiferentes” a los niños, porque superan “sus posibilidades de comprensión”, es evidente que estas obras no son aptas para niños. De este modo podemos decir que los argumentos de Soriano se destruyen por sí mismos.

3.2

El contacto del niño con la literatura infantil. El niño