• No results found

CHAPTER 7: RECOMMENDATIONS AND CONCLUSIONS

7.5 Programme management and Implementation

L a profesora L aurie S antos es una de las primatólogas más destacadas del país. Desde su puesto de directora del Yale University CapL ab (el Aka, L aboratorio de Cognición Comparativa) ha logrado comprender sistemas sociales que tienen los monos de la especie capuchino, que desafían muchas de las suposiciones mantenidas durante largo tiempo sobre las distinciones existentes entre los monos y los seres humanos. E xplica ella que, a veces, observar a los capuchinos es como si uno estuviera viendo una telenovela (sin esos horribles diálogos). L os monos desarrollan sentimientos de celos, de pena, de preocupación, de alegría y de otras emociones que solíamos creer que eran exclusivas de los seres humanos. E llos también chismorrean sobre sus parejas, roban y se apartan de los otros, igual que lo hacemos los humanos. Tal como parece, la dinámica de la sociedad de los monos no difiere de la nuestra y, en algunos aspectos, es increíblemente parecida.

L o que ya no se parece, según apunta la doctora S antos, es cómo nos comportamos —humanos y monos— en nuestros respectivos ambientes sociales. L a razón de esta diferencia radica en que la evolución natural y la evolución cultural se mueven a velocidades completamente distintas. S antos comenta: «L a cultura se mueve mucho más deprisa que la selección natural; demasiado deprisa para que la selección natural pueda afectarnos biológicamente» 1.

Otro argumento que apuntala esta observación es que nuestra infraestructura social es mucho más compleja que la que hubiera podido prepararnos la selección natural. Cuando observamos a los monos, vemos especies que muestran trasfondos emocionales similares a los nuestros, y los tratan con las habilidades básicas que encajan con sus necesidades.

P or otro lado, si nos observara una raza de extraterrestres verían en nosotros una especie de seres que luchan a brazo partido para habérselas con la complejidad social en la que nos hallamos inmersos y que amenaza con ahogarnos el día menos pensado.

L o que todo esto quiere decir es que nuestro cerebro está, en muchos sentidos, en desacuerdo con nuestro entorno social. E l cerebro feliz es protector, predecible y conservador; unas características que no son las que mejor encajan en una sociedad que concede un alto valor a la imprevisibilidad, a la rapidez y al consumo. S in embargo, aquí es donde nos encontramos, y nuestra cultura social se las arregla para subsistir sin que importen las enormes dificultades existentes. Al fin y al cabo, somos los artífices de nuestra sociedad. Así pues, sigamos excavando un poco más.

¡Oye tú, que te estoy evaluando!

E mpezaremos por un elemento esencial de la dinámica social: las primeras impresiones. Todos sabemos intuitivamente la importancia que tienen las primeras impresiones. Desde una edad muy temprana el mantra que reza «Nunca olvides una primera impresión» está grabada en nuestra psique. P ero ¿qué es lo que sucede realmente cuando nos encontramos por primera vez con una persona que nos produce un enorme impacto? Investigadores de las universidades de Nueva York y de Harvard trabajaron conjuntamente para identificar qué sistemas neuronales son los que entran en juego en ese primer contacto. A fin de llevar a cabo ese trabajo el equipo investigador creó un nuevo experimento en el que se examinaba la actividad cerebral cuando los participantes mostraban sus primeras impresiones sobre individuos de ficción 2.

A los participantes se les proporcionaron los perfiles de veinte individuos en los que se describían diferentes rasgos de su personalidad. L os perfiles se acompañaban con fotografías de esos personajes ficticios, incluyendo escenarios en los cuales se mostraban los rasgos positivos (por ejemplo, inteligencia) y los negativos (por ejemplo, pereza) de dichos individuos.

Una vez leídos esos perfiles se preguntaba a los participantes que evaluaran lo mucho que les gustaba o desagradaba cada una de esas personas. E stas impresiones variaban dependiendo del valor asignado a los trazos positivos y negativos. P or ejemplo, si un participante valoraba la inteligencia más que la agresividad, se establecía una impresión positiva del perfil en lo referente a la inteligencia. Durante estas impresiones del periodo de formación se estudió la actividad cerebral de los participantes mediante un mecanismo de representación óptica por resonancia magnética (fMRI). B asándose en las evaluaciones de los participantes, los investigadores pudieron determinar la diferencia de la actividad cerebral cuando se enfrentaban a una información que se mostraba como la más importante a la hora de establecer la primera impresión.

Dos zonas cerebrales mostraron una actividad importante durante la codificación de la impresión más relevante: la agmídala que, según las investigaciones realizadas al respecto, se ha vinculado al aprendizaje emocional sobre objetos inanimados y valoraciones sociales de confianza; y el córtex cingular posterior, que también se encuentra vinculado con la toma de decisiones económicas y la valoración de las recompensas.

E stas dos zonas cerebrales se hallan unidas a la forma de cómo determinamos el valor de las cosas (o «procesamiento del valor», si prefiere que lo llamemos así). S i bien la línea del estudio de los resultados de la interferencia conductual nunca es perfectamente recta, parece que este estudio indica que todos poseemos elementos cerebrales que se muestran como severos evaluadores de la otra persona, incluso antes de que se pronuncie la palabra «Hola». La evaluación subjetiva que hacemos cuando nos encontramos con una persona desconocida incluye —por decirlo de forma directa— lo que significa para nosotros. E sta interpretación no es en modo alguno tan cínica como pudiera parecer. E n gran parte estamos inclinados a evaluar a los demás sobre una base de confianza; y para nuestros cerebros la confianza está unida a la recompensa. Tanto el hecho de ganarnos la confianza del otro, como el sentirnos cómodos al ampliar nuestra confianza a esa otra persona son recompensas en el lenguaje de un cerebro feliz. P or consiguiente, tiene sentido que nuestro cerebro comience su evaluación desde el primer momento en que establecemos la relación con la otra persona.

Otro aspecto, no tan evidente, sobre las primeras impresiones, es que la impresión que tratamos de dar influencia en la manera cómo evaluamos a los demás. E ste es el descubrimiento que se hizo con un estudio en el que se incluían cientos de participantes a los que se les proyectó un corto cinematográfico, y sobre el cual debían debatir posteriormente con otro de los participantes 3. A la mitad de estos se les proporcionó un formulario de «impresión de la gestión del objetivo» para que mostraran su impresión sobre el carácter introvertido, extravertido, elegante, fiable o feliz que habían apreciado. Tras el debate, los participantes se evaluaban a sí mismos y a la persona con la que habían hablado, sobre distintos rasgos de la personalidad. Aquellos que tenían su propia impresión de la gestión del objetivo concedieron a la otra persona, a través de la conversación mantenida con ella, una calificación baja en aquellos rasgos conductuales que trataban de mostrar en sí mismos, y no en ningún otro rasgo de la personalidad.

P arece que esto es debido a que cuando tratamos de mejorar un rasgo determinado en nosotros, de forma inconsciente incrementamos el nivel de exigencia de ese mismo rasgo en los demás, por lo que no suelen satisfacernos. Así pues, porque esa otra persona a la que usted intenta impresionar no le parezca tan sociable o segura de sí misma como cree ser usted, no debe pensar que en realidad no lo sea. P odría suceder que su cerebro no logre adecuarse a sus cambios de perspectiva.

Razones para dudar de THOMAS

Según el neuroeconomista Paul Zak lo más importante de poder hacer una estafa no es convencer al incauto para que confíe en usted, sino más bien convencerle a él de queusted confía en él. El sistema neuroquímico que tiene que ver con la estafa es la oxitocina humana* que actúa en el sistema de adhesión. (Las siglas en inglés son THOMAS: The Human Oxytocin Mediated Attachment System). THOMAS es un poderoso circuito cerebral que libera la oxitocina neuroquímica cuando nos mostramos confiados, e induce a que deseemos obtener la misma sensación de confianza en la persona que tenemos enfrente aunque se trate, incluso, de un extraño. Cuando THOMAS es activado por alguien que muestra confianza, nos volvemos más vulnerables a las trampas de una persona sin escrúpulos. El córtex prefrontal, en donde se asienta nuestra capacidad de deliberación, y por tanto de las facultades más vigilantes, se repliega dejando que THOMAS flirtee con el desastre. La otra cara de esta moneda es que si THOMAS no funcionara, jamás podríamos empatizar con nadie o mantener relaciones con otras personas. La investigación de Zak indica que un 2 por ciento de las personas con las que nos tropezamos en situaciones de confianza son individuos inseguros. Suelen mostrarse engañosos, incapaces de mantener relaciones duraderas, y que disfrutan aprovechándose de los demás. Resultan especialmente peligrosos porque han aprendido a simular la

fiabilidad, lo que los hace parecidos psicológicamente a los sociópatas4.