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Publicado en valledeliebana.info el 22/07/2015 El 22 de julio de 1915, hace ahora cien años, coinci- diendo con la fiesta de Santa María Magdalena, se produjo la bendición de la reconstruida ermita dedicada a esta santa en el barrio de Maredes, en Campollo. El pueblo lo celebró a lo grande, con más de doscientos asistentes a la fiesta, según informó La Voz de Liébana el 31 de julio de aquel año.

Pese a sus glorias pasadas, que comienza recordando la crónica, era entonces Maredes "la más pequeña

aldea de la comarca, un barrio de Campollo habitado por tres familias". Su ermita de la Magdalena se había

derrumbado hacía unos 25 años, trasladando la imagen de la Santa a la iglesia de Santa Justa de Campollo. Los vecinos suspiraban desde entonces "por una capillita donde restablecer su trono. Un hijo del pueblo re-

cogió estos deseos y abrió una suscripción entre sus convecinos de allende los mares, con cuyos recursos se reconstruyó la ermita".

Aquel 22 de julio, que amaneció sin una nube, bien pronto «los jóvenes de Campollo habían recorrido ya todo

el pueblo redoblando su tambor y disparando cohetes». Y sigue la crónica:

"Las campanas dieron los toques de costumbre en las grandes festividades, y a las nueve y cuarenta salía la procesión de la Iglesia parroquial con la imagen de la Magdalena, presidiendo el párroco de Villaverde acom- pañado de varios sacerdotes, de muchos forasteros y de todo el pueblo en masa. Se subió la pendiente re- zando el santo Rosario, y tras breve descanso, la procesión volvió a ponerse en marcha entonando la leta- nía".

"A las 10 y veinticinco llegó la procesión a Maredes, habiendo invertido 45 minutos en el trayecto. Inmediata- mente el señor Teniente arcipreste, expresamente facultado, procedió a bendecir la ermita, rociándola exterior e interiormente con agua bendita, usando para esta ceremonia la planta hisopo ordenada por la rúbrica. A las 10 y 50 comenzó la misa solemne, que cantaron cuatro sacerdotes, oficiando de preste el párroco del pueblo asistido del de Valmeo y Bores".

En la homilía, el párroco, Castor Bedoya, da gracias a los bienhechores y a los asistentes y felicita a los veci- nos de Maredes por volver a contar con la imagen de la Santa, de quien destaca después cómo cambió su vida de pecadora por otra de penitente, exhortando a los oyentes a seguir sus pasos.

Terminada la misa y antes de comer, se acordó pinar el mayo. La crónica reproduce algunos cantares de las mozas durante la operación:

"Aquí estamos las doncellas para festejar el mayo queriendo seguir las huellas

de nuestros antepasados.

Ermita. Foto tomada de cantabriasolofotos.com

Acérquense los casados, y también los forasteros, que van a pinar el mayo los mocitos de este pueblo"

Algunos tenían destinatarios concretos como éste dedicado a Carlos García, abogado, amante de las esce- nas tradicionales lebaniegas:

"A don Carlos el de Dobres de verdad le suplicamos, que se acerque a las maromas

y ayude a pinar el mayo."

O éste:

"Si necesitan ayuda para tirar de maromas, pueden llamarle, que está don Máximo en La Viorna."

Ni los sacerdotes se libraban de los cantares:

"Ya se acercan los casados, y también los forasteros; y si es preciso, señores, también se acercará el clero.

Todos los señores curas en el barrio de Maredes, tirarán mejor del pollo que tiran de los cordeles."

Después de pinado el mayo:

"El vuestro mayo galanes, el vuestro mayo florido, tiene cambas y dentales,

para todos los vecinos. Con vivas y aclamaciones

habemos de festejar, a aquel galán que consiga

hasta la cumbre llegar. ¡Arriba, galán, arriba! no lo dejes de cobarde, que el premio le tienes cerca, lo que cuesta es lo que vale."

A la una, terminado de plantar el mayo, se dirigieron a Maredes, distante un centenar de metros de la ermita, unas doscientas personas que se acomodaron en las casas los que pudieron y el resto en una cerca, a la sombra de unos fresnos. Y es que «los tres vecinos de Maredes se habían propuesto obsequiar con un ban-

quete a todos los que con su presencia ese día les honraban. A este fin degollaron ocho carneros, adquirieron

doce cántaras de vino e hicieron cocer once o doce fanegas de riquísimo pan». Eran los vecinos Eleuterio

García Galiante y Raimundo y Julián Fernández.

"Distribuyeron la comida las cocineras Valeriana Torre, Dorotea Soberón, Laura Torre, Petra Pando, Eugenia González, Eugenia Soberón, Benita Soberón y Máxima Fernández, ayudándolas en su tarea Concepción Torre y los jóvenes del pueblo."

"Por la tarde se aumentó el número de forasteros con algunos jóvenes de buen humor, especialmente de Potes".

Acaba el cronista, Carlos Fernández, alabando a los vecinos de Maredes que hicieron posible lo que antes había calificado como "espectáculo grandioso, conmovedor, inolvidable".

Para acabar, digamos que en los cien años transcurridos, la ermita de la Magdalena de Maredes ha sido obje- to de alguna restauración. Así, por ejemplo, a principios de 2002 se llevaban a cabo obras de reparación del tejado, saneamientos de los muros interiores e instalación de nuevo solado, cuando, al cavar una zanja a pocos metros de la ermita para enterrar los escombros, se localizó una tumba de lajas. El estudio realizado por el arqueólogo Lino Mantecón determinó que la necrópolis podría ser medieval y, dado que la advocación de María Magdalena está relacionada con malaterías, lazaretos y hospitales para leprosos, apunta la posibili- dad de que estuviera relacionada con la existencia de una "instalación que funcionó como hospital o leprose-

ría en momentos alto o plenomedievales bajo tutela religiosa". Sobre este hospital "se edificó tiempo después una ermita en la que la funcionalidad del edificio anterior quedaría recogida en esa advocación a María Mag- dalena".

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