5 PROGRESS TOWARDS IMP LEMENTING IWRM IN NOSTRUM-DSS PARTNER COUNTRIES
5.4 Progress through the use of DSSs
En abril de 1975, meses antes de incorporarme al desta camento guerrillero de las montañas del noroeste, la organización me orientó viajar a la ciudad de México y permanecer en ella varios meses. Debía contribuir en la captación de relaciones políticas y solidarias cuando nuestra organización todavía estaba en el anonimato. Y también colaborar en la formación política de compatrio tas, la mayoría mujeres con hijos, que se integrarían en breve al trabajo en el interior. Diferentes circunstancias de índole familiar, derivadas de la persecución o asesinato de sus padres o esposos, las habían llevado a vivir lejos de Guatemala. Pero estaban al tanto de la realidad del país, querían volver al terruño y eran receptivas al mensaje revolucionario de nuestra organización.
Me despedí de algunos familiares, arreglé maletas con lo indispensable y partí llevando conmigo a mi peque ño hijo. Llevaba instrucciones de hospedarme en un hotel determinado, en donde me buscarían los próximos días. No llevaba ninguna referencia más, ni conocía a persona alguna en el país vecino.
En esta nueva etapa trabajé bajo la dirección de un veterano de la lucha revolucionaria. Era el compañero Antonio Fernández Izaguirre, quien había sido dirigente estudiantil, activista político y escritor en los años del gobierno democrático de Jacobo Arbenz. En aquel enton ces también dirigió el periódico Vocero Estudiantil En la década de los sesenta participó en la resistencia urbana y luego fue fundador del Ejército Guerrillero de los Po bres. Estuvo entre los quince compañeros que integraron el destacamento que se asentó en el norte del Quiché en 1972. Había sido destinado a México para desarrollar el
trabajo de solidaridad. Se trataba de un compañero con amplia cultura, de pensamiento político y revolucionario profundo, respetuoso de todos nosotros. Su modo de ser era sencillo, discreto, austero; le gustaba la poesía y la música clásica. Su lugar de origen era Cuilco, remoto muni cipio del departamento de Huehuetenango. Lo conocí acompañado de su esposa y de sus pequeñas hijas. El 4 de junio de 1981 fue detenido y desaparecido en un operativo de inteligencia en la costa sur. Se pretendió hacer creer que había caído por errores operativos elementales en un retén militar. Pero obviamente se debió a otras razones: trabajo de infiltración en nuestras filas o traición de algún miembro de la organización.
Meses antes de partir, aunque habíamos seguido trabajando como equipo para la organización, mi com pañero y yo habíamos roto nuestra relación de pareja. Con esa ruptura terminaban cinco años de matrimonio entre nosotros. Nos habíamos conocido meses antes de mi graduación como maestra, participando en activida des de formación y proyección social en "El Cráter", una agrupación de jóvenes dirigida por religiosos que, a partir de la doctrina socialcristiana, estudiaba la realidad social del país. Él tenía las mismas inquietudes sociales que yo, estaba próximo a concluir sus estudios universitarios y trabajaba. También me apoyaba en las diversas activida des que yo desarrollaba. Así que compartiendo aspiracio nes sociales y manteniendo cada uno espacios propios, la relación se estableció y avanzó.
Nuestro casamiento fue un dolor de cabeza para mi familia. Aunque tenía amistades y me relacionaba socialmente con numerosas personas, no anuncié mi ca samiento ni invité a mis amistades. Quise algo diferente de lo que es la costumbre, evitar gastos a nuestras fami lias y ahorrar dinero para viajar de inmediato a Europa, donde mi compañero estaba becado. Así que realizamos
nuestro matrimonio en una capilla modesta sin decorados, sin música y sin trajes de boda. Sólo nos acompañaron familiares muy próximos. Cumplimos con lo esencial de las leyes religiosa y civil, sin las convenciones sociales. Respeto y comprendo a quienes recurren a ellas, pero a mí me son ajenas.
A lo largo de nuestra relación compartimos experien- cias felices, pero también tuvimos dificultades que finalmente condujeron a la ruptura definitiva. Así que el viaje a México no sólo era una tarea más que asumía con responsabilidad, sino que lo consideraba oportuno en el aspecto personal. Necesitaba estar lejos de mi excom pañero y de la familia, especialmente porque los meses siguientes al rompimiento fueron conflictivos, dolorosos, desagradables.
Las tareas en México eran de carácter temporal para mí, porque me habían asignado a la montaña, modalidad de militancia a la que siempre había aspirado. De ahí que emprendiera el viaje con entusiasmo y tranquilidad.
En México mis jornadas de trabajo pronto fueron agotadoras. Cumplía tareas que implicaban visitar diver sas personas, estudiar y preparar reuniones; realizaba ejer cicios físicos para estar en condiciones de incorporarme a la guerrilla; compartía tareas domésticas en la casa donde vivía y atendía a mi hijo. A él lo llevaba conmigo a todas partes. Pesaba entonces más de 25 libras y yo tenía una mochila especial para llevarlo a la espalda y acomodar su ropa y alimentos del día. Pero cargarlo de siete de la ma ñana a siete de la noche diariamente resultó agotador para ambos. Nos movíamos en una ciudad grande y siempre en autobuses y metro repletos de gente. Por las noches, luego de bañarlo, darle de comer y acostarlo, lavaba los pañales y preparaba el trabajo del día siguiente.
Vivíamos siete personas —cuatro adultos y tres niños— en un apartamento de dos dormitorios en la co
lonia Roma. Sobrevivíamos todos con el salario de una compañera, quien trabajaba de secretaria en una oficina. Ella era viuda de un revolucionario de los años sesenta, secuestrado por el ejército frente a ella y sus pequeños hijos, una noche lejana en la ciudad de Guatemala. Tortu rado y asesinado apareció días después en el oriente del país. Traumada por el acontecimiento y temiendo por sus hijos, viajó al exterior. Había sido bailarina y en giras de su grupo conoció diversos países; también era maestra de educación primaria. Pero las vicisitudes del exilio la lleva ron a emplearse varios años como obrera en una fábrica. Cuando la conocí, sus hijos salían de la adolescencia y me llamó la atención la forma como se relacionaba con ellos. Había amor inmenso unido a respeto, confianza y amistad. Entre ellos no habían tabúes ni secretos. Eran relaciones de estable suavidad y sencillez que se mantuvieron en los años posteriores, aun en el marco de una situación familiar y económica muy difícil, dramática no pocas veces. Pero nunca les escuché quejas ni reclamos a la vida militante a la que los tres se entregaron por años. Ejemplarmente los supo encauzar por el camino revolucionario y el amor a Guatemala. Ha sido una mujer eficaz y valerosa en sinfín de tareas operativas de alto riesgo. Con firmeza y modestia ha pasado las pruebas del fuego, la prisión y la tortura; así como aquellas de las inacabables tareas grises que conlleva una militancia prolongada.
En los días de México nuestra colectividad consistía en cinco adultos, dos adolescentes y cinco niños meno res de seis años. Nos vestíamos fundamentalmente con ropa usada que nos proporcionaban algunas relaciones. Nuestra alimentación era frugal, debido a la estrechez económica, aunque tomábamos leche en abundancia, la cual nos era donada por una colaboradora. Llevábamos una vida sencilla y laboriosa con paseos dominicales en los parques de la ciudad.
Ante mi cúmulo de trabajo, una de las compañe ras y los dos jóvenes —un hombre y una mujer— me ayudaron una temporada con el cuidado del niño. Pero ellos también necesitaban tiempo para estudiar y realizar otras actividades. Así que al cabo de algunas semanas, el responsable del grupo me comentó que había una familia obrera que estaba en disposición de cuidar a mi hijo. La propuesta era que él viviera con ella de lunes a viernes y yo lo tuviera el fin de semana. Le manifesté mi acuerdo y al día siguiente me acompañó a la casa de dichas personas. Fue así que conocí a una familia y a un barrio obrero de la ciudad de México, pues las relaciones que yo atendía eran intelectuales que vivían en zonas residenciales al sur de la ciudad.
Se trataba de una familia extensa y muy pobre. Vivían juntos abuelos, hijos e hijas casados y nietos. En un espacio pequeño habían construido, poco a poco y con materiales diversos, varios cuartos que daban a un patio común. En éste corrían aguas negras a flor de tierra y se criaban juntos niños y animales domésticos. Cuando vi aquel cuadro de pobreza sentí algo terrible de sólo pensar en dejar a mi hijo allí. Temía que enfermara entre aquella promiscuidad y falta de higiene. Había diez niños entre hermanos y primos; el mayor no pasaba de ocho años. Mi hijo sería el más pequeño, el número once. Durante el día permanecían al cuidado de la abuela Sara y de Carmen, su hija menor, quien tenía dieciséis años y asistía a la escuela por las tardes. La familia sabía que éramos revolucionarios guatemaltecos y por eso se solidarizaba con nosotros. Se mostraron felices cuando llegamos y nos invitaron a comer con ellos. Pasamos el día juntos. No sólo no esperaban ni aceptaron ayuda económica alguna por los gastos que mi hijo les ocasionaría, sino que deseaban saber exactamente qué quería que le dieran de comer, cuáles eran sus horarios y mis costumbres para cuidarlo. Yo estaba sufriendo un
choque interno con la realidad material que veía; pues fue hasta ese momento que me di cuenta que una cosa era mi disposición personal a enfrentar esas y peores condiciones de vida en aras de la revolución, y otra estar dispuesta a someter a mi hijo de año y medio a ellas, sobre todo sin estar a su lado. Sentí que el mundo se me caía encima, pero hice esfuerzos enormes —los suficientes para tran quilizarme y no denotar temores—, y traté de razonar con sensatez. Les manifesté lo mucho que valoraba su solidaridad, que agradecía su apoyo y que atendieran a mi hijo exactamente igual que a los demás niños. Y por dentro me decía persuasivamente: "Si estos diez pequeños chorreados y vivaces están bien, ¿por qué no lo habría de estar el mío? ". Sin embargo, al caer la tarde me despedí y alejé de la vivienda con un nudo en la garganta.
Era la prueba más dura a la que me sometía hasta ese momento de mi vida. Podía haberla rechazado, pues no era una obligación sino una propuesta. Las otras compa ñeras vivían con sus hijos pequeños al lado y si mis tareas eran más, o yo asumía mayores compromisos, era porque tenía capacidad y disposición para hacerlo. Y de ninguna manera porque me las exigieran o me presionaran.
Ha habido diversas formas de participar en el movi miento revolucionario. Se podía colaborar periféricamen te, asumiendo tareas que permiten llevar una vida familiar y laboral normal, por ejemplo. Aunque las contingencias de la lucha podían dar al traste con tal estabilidad en cualquier momento. Pero la necesidad de que hubiera militantes profesionales —dedicados constantemente a la organización, que acumularan experiencia en diversos campos del trabajo, que asumieran tareas y funciones que requieren disponibilidad permanente, que antepusieran las necesidades de la lucha a las propias— caía por su peso. Si los proyectos políticos que se desarrollan den tro del sistema y que disponen de recursos abundantes,
necesitan un contingente de partidarios profesionales, la causa revolucionaria los necesita en mayor número, tiempo y dedicación.
Cada quien decidía la modalidad que quería según su disposición y posibilidades. Sin embargo, era una tradi ción que las mujeres fuéramos casi siempre colaboradoras. Una especie de retaguardia de los padres, los hermanos, los novios, los maridos, los hijos y hasta los amigos. Y las formas de colaborar se reducían, salvo excepciones, a rea lizar tareas domésticas, mandados y compras para núcleos de militantes; a criar y educar a los hijos propios y ajenos; a escribir a máquina, reproducir y trasladar materiales escritos; a cuidar enfermos y heridos; a trasladar mensajes y encubrir actividades que otros realizaban. No desprecio esas tareas. Al contrario, sé que son necesarias y las valoro profundamente. Y es estimulante que numerosas mujeres y hombres las hagan en función de la causa popular y revolucionaria. Pero yo no aspiraba a esa perspectiva. Y la posibilidad de militar manteniendo a los hijos consigo no sólo lleva riesgos calculados de caer en manos de los cuerpos represivos junto con nuestros seres más queridos, sino que me parecía una decisión injusta, incluso egoísta para con mi hijo. Pues la militancia revolucionaria en las condiciones de clandestinidad y confrontación que se Kan impuesto en Guatemala es muy dura. Más tempra no que tarde se convierte en inestabilidad habitacional y laboral, en desplazamientos geográficos, en actividades que chocan con la dinámica familiar y social habitual. Además somete a los niños a una disciplina estricta por razones de seguridad; y a desatenciones de nuestra parte, forzadas por las prioridades del trabajo organizado. Si tal régimen de vida es difícil para quienes lo asumimos conscientemente, ¿cómo no lo va a ser para nuestros ni ños? No quería ese régimen de vida para mi hijo, preferí buscarle otras alternativas y correr otro tipo de riesgos.
Sin embargo, la forma en que los militantes resolvemos la situación y perspectiva de nuestros hijos es una deci sión personal. Cada quien procede como puede y mejor le parece. Y respecto a ello existen tantos puntos de vista como padres, circunstancias y etapas de la lucha hay.
Todavía me estremezco cuando me recuerdo de esos momentos. Me dolió y me costó mucho esa decisión, pero no dudé en tomarla. No lo lamento ni me arrepiento. En circunstancias similares lo volvería a hacer. Para mí era una cuestión de consecuencia militante desde cualquier ángulo que la enfocara. A mi niño también le costó adap tarse. La primera semana, aunque comió bien, lloraba mucho por las noches y se bajaba de la cama que compar tía con varios niños. Entonces se refugiaba debajo, en un rincón donde dormían unos perritos. Allí lo encontraban por las mañanas. La familia me lo dijo preocupada el primer fin de semana que llegué por él. Si bien me causó mucho pesar, mantuve la decisión de que siguiera con ellos, en la medida que estaban dispuestos a probar otro tiempo. Por mis estudios sabía que todo cambio implica un período de adaptación y conocía el límite normal para un niño. Pensé que sólo si mi hijo lo rebasaba tomaría la decisión de regresarlo conmigo y plantearía una reducción de actividades. Pero no fue necesario. En el curso de la segunda semana dejó de entristecerse, durmió en la cama colectiva y se integró al grupo familiar sin reservas. Se llenaba de felicidad e impaciencia cuando me veía llegar a recogerlo; pero se quedaba tranquilo y jugando cuando lo regresaba. Al concluir mi estancia en México lo recogí definitivamente. Se habían encariñado con él y me pedían que se los dejara, con mayor razón si en breve yo me iría para la montaña. Él también era afectuoso con ellos y había adquirido la maña de que si no era el primero a quien la abuela besaba al volver del mandado, le armaba teatro. Durante esa temporada se desarrolló mucho: aprendió
a jugar en grupo, a defenderse cuando lo agredían; a correr, a subir y bajar pequeñas gradas; empezó a tomar café y a comer poquitos de chile con tortilla, alimentos que no figuraban en su dieta anterior. E imitando a los mayorcitos, dio por pedir dinero para comprar dulces en la tienda del barrio. No se enfermó para nada y lo recogí tan gordito y risueño como lo había llevado. Bastó una dosis de antiparasitario para que sacara las lombrices de la panza.
En esta experiencia, como en muchas otras antes y después, comprobé la constante de generosidad y solidaridad de las familias trabajadoras, sin distingo de fronteras ni grupos étnicos. Rasgos sólo comparables en su magnitud con la pobreza en que viven. Años después la militancia me llevó de nuevo a México y acompañada de mi hijo quise visitar a esta inolvidable familia obrera. Pero en la transformada ciudad de doce años después, mi memoria no fue capaz de localizar la vivienda. Varias veces me dirigí al área y recorrí las calles conocidas sin éxito. Posteriormente averigüé que la familia se había dispersado hacía años y que ninguno de sus miembros vivía más en esa dirección.
Cuando el viaje de regreso a Guatemala fue in minente, pedí a mis padres que viajaran a encontrarse conmigo en México. Ellos atendieron mi llamado con prontitud. Entonces les expliqué mi compromiso revolu cionario, pero les dije que trabajaría en el exterior para que se preocuparan menos. Y les pedí que se hicieran cargo de mi hijo por dos años. Ellos sabían que el papá estaría cerca y que lo atendería con cariño y responsabilidad; pero tenía las limitaciones propias del trabajo remunerado y de la militancia. Por eso necesitábamos de su apoyo. Y yo me sentiría más tranquila si se quedaba con ellos, cerca de su papá y en nuestro país. El plazo de dos años lo establecí a partir de mi idealismo de entonces. Si bien
me parecía una eternidad en el plano de la relación con el niño, también me parecía una pequeñez en comparación con las necesidades de la lucha y del pueblo trabajador de mi país. Ingenuamente creía entonces que en ese tiempo, más o menos, la revolución habría cobrado fuerza y estaría en las puertas del triunfo. O que, por lo menos, habrían tantos militantes que yo podría conciliar la militancia con la familia. De manera que retomaría el cuidado de mi hijo para no separarme más de él.
Mis padres se volvieron al país terriblemente tristes por esa nueva separación que yo determinaba; y por la perspectiva de vida por la que me veían optar. Les daba terror que algo me sucediera. Sin embargo, mi papá me dijo que se sentía orgulloso y que saludara los compañe ros de su parte. Aunque preocupada por el dolor de mis papás, esa y muchas veces más en los años posteriores permanecí serena y segura de lo que hacía. Confiaba en que se repondrían con el tiempo y me alegraba que mi hijo estuviera cerca de su papá, quien lo quería y extrañaba mucho. Una semana después de despedirme de ellos en México, volví discretamente al país y me alojé en una casa clandestina. Estando allí, el padre del niño me lo llevó para que lo tuviera conmigo los dos últimos días de estancia en la ciudad. Nos separamos con alegría, como lo haríamos en adelante después de cada encuentro.
Al progresivo alejamiento de mi medio social años atrás, se sumó mi ruptura con todos los lazos familiares. Hacia ninguna de esas separaciones me animaron senti mientos de rechazo o desapego. Al contrario, dejaba un mundo donde había sido feliz y privilegiada. Renunciaba a mis seres más queridos, a las amistades y a numerosas personas apreciadas sin despedidas ni explicaciones. Personas por las cuales mis sentimientos de afecto siguen intactos a la vuelta de los años. Pero para entonces mi identificación y compromiso con los sectores populares
y la organización pesaban más en mi conciencia. Sin em bargo, eventualmente me sorprendo pensando en lo feliz que sería encontrarme de nuevo con familiares y amigos. Quién sabe cuáles sean sus recuerdos de nuestra relación; quién sabe si todavía piensen en mí. Pero me gustaría