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A comienzos del siglo XVI las marinas españolas y portuguesa alcanzaban territo- rios ya conocidos anteriormente (África, Asia, archipiélagos polinesios, y las tierras americanas recientemente descubiertas). Los rusos, por su lado, se extendían al este y norte de los Montes Urales hacia Siberia. Los genoveses y venecianos mantenían su comercio de bienes valiosos hasta el interior del Asia continental. Las potencias mediterráneas rechazaban la invasión turca (España en el sur de Italia ya en 1488)

derrotando su armada en las costas occidentales de Grecia (1571), y habían frenado su avance tras la derrota del rey Luis de Hungría (casado con María, hermana de Carlos V) e impedir más tarde que se apoderaran de Viena.

Pronto comenzaron nuevas organizaciones territoriales en Centroamérica y Suda- mérica, que permitieron a las potencias ocupantes extraer grandes riquezas en metales preciosos, así como intercambiar cultivos y explotaciones ganaderas de especies de las que antes carecían tanto Europa como América. España construyó entidades políticas (Virreinatos, Provincias). Portugal (en el territorio brasileño, además de en Asia) y otros países se atuvieron a explotaciones económicas encomendadas a Compañías que las respectivas Coronas fundaban o autorizaban a tal fin, y que también se produjeron en los dominios españoles bajo forma de Encomiendas.

Entre tanto, las armadas británicas establecían puntos estratégicos en Centroamé- rica, para apoderarse de riquezas transportadas hacia España por su flota. Emigrantes ingleses fundaban colonias en Norteamérica, y franceses en Canadá –sin óbice de que sus piratas tuvieran también bases en aguas caribeñas, para estorbar el tráfico de las flotas españolas o para traficar con esclavos africanos–.

Se establecía así, a nivel mundial, un proceso que anteriormente conocíamos den- tro de los límites más estrictamente europeos. Tras de los exploradores llegan con- quistadores, luego negociantes, simultáneamente misioneros cristianos, después colo- nizadores agrícolas, luego fundadores de universidades, constructores de catedrales, creadores de nuevas ideas propiciadas desde la tradición cultural europea.

Ya desde el principio una idea básica fue la de la “igualdad universal de toda la humanidad”, que la tradición cristiana y renacentista definió sin dudas a través de diversas instituciones españolas, desde finales del siglo XV (como se advierte en el documento donde figura el testamento de la reina Isabel) y, tras agudas polémicas doctrinales, a comienzos del siglo XVI.

Una circunstancia relevante fue, por otro lado, el modo en que diversas opinio- nes de pensadores cristianos produjeron creencias aparentemente incompatibles que dieron juego a muchos poderes políticos europeos, para establecer privilegios y prohi- biciones de Iglesias cristianas que se dividían entre “romanas” y “reformadas”. Ello produjo una contraposición doctrinal sobre la inteligencia de la libertad personal y social, que protagonizaron, respectivamente, el clérigo Erasmo de Rotterdam (De libe- ro arbitrio Diatriba, 1524) y el fraile agustino Martín Lutero (De servo arbitrio, 1525).

Premio Nobel de la Paz 2012

Se agudizó también el debate sobre la ciencia en general, entre los doctrinarios y los empíricos. La intransigencia religiosa se clonó bajo forma de intolerancia política. Inquisidores y perseguidores proyectaron sus maquinarias coactivas hacia los nuevos territorios descubiertos. La unificación doctrinal y litúrgica intentada en el Concilio de Trento, antes de mediado el siglo XVI, se quebró en Iglesias nacionales diversificadas según las influencias políticas dominantes en cada territorio europeo. Incluso en las Islas Británicas sedimentaron Iglesias particulares originadas en cuestiones persona- les y dinásticas.

Un tratamiento intelectual de estos problemas se estratificó con máxima amplitud y gran claridad posteriormente, desde ángulos diversos. Concretamente, el estudio que articula bajo nuevas metodologías la obra del español Melchor Cano De locis theologicis (1563) es la más notable expresión de este esfuerzo reintegrador. Pero de poco valieron esfuerzos constructores de paz, como los que conjugaron posteriormente grandes teóricos como Francisco Suárez y Hugo Grocio (primeras décadas del siglo XVII, en vísperas de la ya mencionada Guerra de los Treinta Años, que tan nefastamen- te instrumentó diferencias eclesiásticas para fortalecer objetivos políticos presentados como incompatibles).

Posteriormente, tras el perfeccionamiento de las técnicas industriales, de la na- vegación, de la mecánica metalúrgica, de la invención de las máquinas de vapor, de la apertura de canales interoceánicos, y de la asignación de zonas de influencia entre diversos países europeos en el continente africano; la expansión de los intereses mercantiles, económicos, culturales y políticos europeos se produjo con un alcance mundial. En este nuevo horizonte, la independencia, o la recuperación de antigua personalidad política, de distintos territorios americanos, asiáticos y polinesios, en los siglos XIX y XX, respecto a sus antiguas metrópolis, crearon una red de Estados que participaban ya activamente en la actividad global, algunos con personalidad jurídica matizada como sucedía con países del Cercano Oriente, y con las organiza- ciones cuasi-imperiales de la Commonwealth británica o de la Unión Francesa.

Tras la independencia de los países sudamericanos bajo influencia portuguesa y española, el apoyo militar de los EE.UU. de Norteamérica a los sublevados en Cuba y en Filipinas eliminó la anterior presencia política de España en aquellos parajes, pues dicho país americano se apoderó también de la isla de Puerto Rico, en el Caribe, ocu- pando además las otras islas antes de situar en ellas gobernantes cómplices.

Las escisiones ideológicas internas en España, provocadas por