Los condes de la Marca Hispánica penetraron por el Segre «hasta el interior de España» y «de allí regresaron felizmente con un gran botín», después de «haberlo asolado e incendiado todo», como escribe el Astro- nomus. El analista imperial anota asimismo la devastación de los campos, la quema de las aldeas y «el botín no pequeño», agregando a renglón seguido: «De igual manera, después del equinoccio de otoño los condes de la Marca Bretona llevaron a cabo una incursión en las posesiones de un bretón rebelde llamado Wihomarco y todo lo devastaron a sangre y fuego». Y por qué no iban a hacerlo, cuando en definitiva la dignidad imperial se entendía «como una misión divina y como un ministerio eclesiástico» (Schieffer). Pero Luis se entregó después «a la caza en las Ardenas» y más tarde acudió a una dieta imperial en Frank-furt. donde tenía que «recibir de todos los eslavos orientales... embajadas con presentes»: de los abodritos, los sorbios, los wiltzos, los bohemios, los moravos, los predenecentros (un grupo oriental de los abodritos, en el cantón de Branitschevo) así como de los ávaros de Panonia, pueblo éste que después desapareció de la historia para siempre.36
Pues en la corte se hacían pagar espléndidamente dejando sentir todo su poder. Incluso al lejano príncipe Grimoaldo de Benevento le obligó el emperador desde su subida al trono «mediante pacto y juramentos (pacto et
sacramentis) a que ingresase anualmente 7.000 sólidos de oro en el tesoro
real» (Anonymi vita Hludovici)37
En 824 el monarca marchó de nuevo con tres grupos de ejército —él personalmente mandaba uno— contra los bretones y su príncipe Wiho- marco, sucesor de Mormano. Los otros dos cuerpos de ejército estaban al mando de los hijos del emperador Pipino y Luis, a los que evidentemente se unieron de manera muy especial los caudillos de los cantones limítrofes, los condes de Tours, Orleans y Nantes.
Al igual que en el otoño los tordos y otros pájaros caen en apretadas bandadas sobre los viñedos para comerse las uvas, así también los francos irrumpían al comienzo de la cosecha y saqueaban los abundantes productos del país. Así lo cuenta en el canto cuarto de su epopeya el sacerdote franco Ermoldo Nigelo, quien armado de escudo y espada acompañó a la expedición militar contra los bretones, cantándola (no sin cierta ironía personal) como una gran proeza de Luis. «Buscan las riquezas escondidas en bosques, pantanos y tumbas. Se llevaron consigo a unos hombres desgraciados, ovejas y bueyes. Los francos lo asolaron todo. De acuerdo con las órdenes del emperador las iglesias fueron respetadas, pero todo lo demás fue pasto de las llamas.»
A lo largo de cuarenta días, informan las fuentes francas, Luis el Piadoso asoló «todo el país a sangre y fuego», «lo castigó con una gran devastación» (magna plaga), él que no dejaba de ser «el más piadoso de los emperadores», como lo ensalza el corepíscopo Thegan, «pues ya antes respetaba a sus enemigos, cumpliendo la palabra del evangelista que dice "Perdonad y se os perdonará"». Luis destruyó campos y bosques, aniquiló buena parte de los rebaños, mató a muchos bretones, se llevó a muchos prisioneros y regresó con rehenes «del pueblo desleal». (El rey Wihomarco fue cercado poco después en su propia casa por las gentes del conde Lamberto de Nantes, que lo mataron a palos.)
Menos «afortunadamente» terminó el mismo año una expedición militar contra Pamplona, cuando de regreso a través de los Pirineos parece que los francos tuvieron su merecido en el mismo desfiladero de Roncesvalles, donde según cuenta la leyenda, la retaguardia de Carlo-magno fue aniquilada en 778 luego de haber destruido la ciudad vasca de Pamplona. Ahora, apenas medio siglo después, en aquella oscura garganta las tropas de los condes Aeblo y Asenario «fueron exterminados por los habitantes desleales de las montañas... casi hasta el último hombre». Los dos condes escaparon con vida «tras la pérdida de todo su ejército» (Astronomus)38
En su legislación el emperador empezó de nuevo a apoyarse clara-
mente en la Iglesia, con cuyos representantes había tenido que vivir ex- periencias tan dolorosas sin haber podido o sabido sacar ninguna lección. Como quiera que fuese luchó abiertamente por el honor y la protección de aquella Iglesia, por su exaltación y naturalmente también por la dignidad de sus servidores, a quienes había que prestar reverencia y cuya predicación había que escuchar. Reclamó ayunos, la santificación del domingo, la erección de escuelas para la formación del clero, y también se vio obligado a exhortar a los obispos «para que cumplieran sus deberes pastorales en todo su alcance».39
Mas no podía abandonarse únicamente a Dios y a la Iglesia. De ahí que en aquellos tiempos siempre difíciles, cada vez que Luis imploraba la bendición del cielo sobre sus proyectos, nunca olvidaba lo que sobre todo confería a los mismos su eficacia decisiva. Así, cuando sólo algunos años después impuso a todos un ayuno de tres días y solicitó el apoyo del Altísimo, pensando en los enemigos de los cristianos ordenó al mismo tiempo que todos los sujetos al servicio militar estuviesen listos con caballos y armas, con ropas, carretas y provisiones, para que llegado el caso pudieran intervenir de inmediato. Así tenía que ser: a quien se ayuda. Dios le ayuda...40
Desde luego cuando en 826, estando en la corte real de Salz sobre el Saale, supo de la defección del ilustre Aizo y de la revuelta que había provocado en la Marca Hispánica, donde había puesto de su lado los castillos que poseía, a los condes sin ninguna lealtad y a la población enormemente explotada, y a menudo expulsada o esclavizada por sus cortes, el monarca decidió de inmediato reflexionar a fondo sobre el feo asunto y sobre todo empezó por dejar que su cólera se desvaneciese con la cacería de otoño («autumnali venatione»).
Entretanto Aizo puso guarniciones en los castillos tomados, conquistó otros, tanteó a los moros, que contaban en la península con un Estado que funcionaba bien y con los que la población de godos y autóctonos —que ya bajo Carlos I se habían lamentado amargamente de la opresión que sufrían por parte de los condes cristianos y de sus esbirros— se entendía mejor de cuanto hubiera podido esperarse. Día tras día trataban y negociaban entre sí con la plata acuñada por los francos y las monedas de oro árabes. Y Aizo, que evidentemente intentaba arrancar a los francos la Marca Hispánica, no dejó de contactar con el emir de Córdoba Abderramán II (822-852), y a fe que con gran éxito.
Luis el Piadoso, por su parte, envió primero (827) hacia el sur al abad Helisacar, su antiguo canciller, y después a su hijo Pipino, rey de Aquitania, «con innumerables tropas francas». Pero los moros, que habían cruzado el Ebro. que habían saqueado las regiones de Barcelona y Gerona, que habían pegado fuego a las iglesias y asesinado cruelmente a los sacerdotes llevándose consigo a muchos cristianos, pudieron regre-
sar a Zaragoza sin ni siquiera haber visto el cuerpo de ejército franco, que por los motivos que fuese llegó demasiado tarde; lo que ciertamente permitía barruntar «imágenes de matanzas horribles en un futuro inme- diato», como advierte el Astrónomo. En consecuencia el monarca, tan piadoso como supersticioso, cuando tuvo noticia de los signos terribles envió «tropas auxiliares para proteger el mencionado margraviato y hasta que llegó el invierno se entretuvo con la caza en los bosques cerca- nos a Compiegne y Quierzy». En 828 otra expedición de su hijo Lotario «con un numeroso ejército franco» tampoco obtuvo resultado alguno. Y Aizo desaparece de la historia sin dejar rastro.41
Guerra contra los búlgaros
También estalló un conflicto con los búlgaros.
Su kan Omurtag (815-hacia 831), que fue el primer soberano búlga- ro en negociar directamente con los francos, había enviado a Luis desde el 824 repetidas embajadas —también con presentes— buscando unas delimitaciones de fronteras a la vez que el establecimiento de unas rela- ciones pacíficas. Pero una y otra vez Luis había hecho esperar a los em- bajadores de forma inadecuada y había dado largas al kan. Finalmente, y tras el fracaso de todas sus tentativas, en 827, avanzó en barco por el río Drave hasta la Panonia inferior, devastó el país y hasta puso allí funcionarios búlgaros. Ante la pérdida de Panonia el joven Luis acome- tió al año siguiente una expedición militar contra los búlgaros; pero evi- dentemente sin éxito, aunque los monjes de Fulda alardeasen de haber cantado durante la cuaresma (del 19 de febrero hasta el 4 de abril) mil misas y otros tantos salmos por la prosperidad de las tropas imperiales. Ya al año siguiente los búlgaros volvieron a remontar el Drave «y pe- garon fuego a algunas aldeas de los nuestros cercanas al río» (Annales Fuldenses). La corte imperial calificó «las acometidas y devastaciones de los infieles» —también los sarracenos hicieron estragos en la Marca Hispánica— al igual que otras calamidades como «justos castigos de Dios».42
Algo más de «fortuna» tuvo evidentemente en su tiempo el margra- ve de Tuscia, Bonifacio, a quien el emperador había confiado la protec- ción de Córcega. ¡Y en la «caza» de los corsarios infieles el celoso defen- sor de la isla avanzó hasta las costas de África!
Desembarcó entre Útica y Cartago, atacó a grandes masas de aborí- genes, «los puso en fuga cinco o más veces y abatió a una gran multitud de africanos», aunque también perdió «un número considerable de su propia gente». De todos modos dejó tras de sí «un gran temor con aque- lla acción» (Annales regni Francorum).43
Especialmente en el último decenio del gobierno de Luis los conflic- tos externos disminuyeron notablemente. La casa soberana católica bastante tenía ya que hacer con las revoluciones de palacio. Esto era ya algo que ocurría también desde largo tiempo atrás en otras cortes del Occidente cristiano, ya desde los comienzos de esta soberanía universal.
Y eso sucedía, por ejemplo, en Roma.
La situación romana: Por qué se canonizó al papa asesino León III
A la muerte del viejo emperador Carlos había soplado en el Tíber un viento mañanero. Apenas desapareció el 28 de enero del 814, a la edad de setenta y dos años, y le hubo sucedido Luis en el gobierno, el alto clero de más allá de los Alpes descubrió que frente al hijo podía com- portarse de otro modo. De nuevo se aspiraba ahora a una mayor au- tonomía y poder, se quería «libertad de acción» especialmente dentro del Estado de la Iglesia. Y se consiguió.
Cuando todavía aquel mismo año la Ciudad Eterna combatía al papa León III, que era profundamente odiado, hizo que inmediatamen- te cayesen a montones «los criminales de lesa majestad» —en 1673 lo canonizaron centenares de asesinos de escritorio en virtud de una cu- ración milagrosa de sus ojos y su lengua ¡tras una mutilación que, según las fuentes, nunca pasó de mera tentativa!—. Hasta al piadoso Luis le desconcertó «que el primer sacerdote del mundo impusiera unos casti- gos tan severos» (Anonymus). En tiempos su mismo padre, Carlos, ha- bía cambiado en destierro las numerosas sentencias de muerte dictadas por León contra sus enemigos de la nobleza romana. Y el año 815, cuan- do León llevaba más de dos décadas sobre la silla que Pedro nunca ha- bía ocupado, estando ya enfermo de muerte sacudió el gobierno del santo una nueva rebelión que comportaba la revuelta nobiliaria a la vez que la insurrección de los campesinos. Había arrebatado violentamente bienes para «la cámara apostólica» y había hecho decapitar a los propie- tarios cuyos bienes había confiscado pronunciando montones de sen- tencias capitales. Y naturalmente también su preciosa vida era objeto de persecución.
Los romanos se amotinaron, escribe el analista imperial, «y empeza- ron por saquear las fincas rústicas, que el papa se había procurado en los últimos tiempos en el territorio de las distintas ciudades, y después les pegaron fuego. En seguida decidieron marchar sobre Roma y tomar por la fuerza lo que les había sido arrebatado, según lamentaban». Avan- zaron sobre la ciudad; pero fueron rechazados por el duque franco Wi- nigis, aunque ya anciano y débil como el papa. Cual consuelo en su tri-
bulación (no para sus súbditos) el enfermo pontífice acabó celebrando misa varias veces al día. Y el duque Winigis se hizo monje algunos años después, muriendo asimismo al poco tiempo.
Pero ¿por qué León III entró en el martirologio romano en el siglo XVII? ¿Por qué se declaró santo a este asesino monstruoso? (¡Un papa, entre paréntesis, que durante los 21 años de su pontificado no convocó por propia iniciativa ningún sínodo que dictase cánones para el afianzamiento de la disciplina eclesiástica!) No se le canonizó por su brutalidad, ni por sus liquidaciones y menos aún por su genuflexión frente a Carlos «el Grande» —si no la primera, sí que fue la última proskynesis de un papa ante un emperador occidental—, al que en exclusiva debía su supervivencia (más en el cargo que en la dignidad). No, se le canonizó, porque en la Navidad del 800 había colocado la corona sobre la cabeza de Carlos; porque forzó de forma tan impresionante la pasión de dominio, el afán de supremacía nunca saciado de los papas; porque con esa señal irradiante a través de los tiempos, con ese «rasgo de genio» (de Rosa), había inscrito de una vez para siempre en el triste libro de la historia la aspiración de caudillaje absoluto de los papas. Sólo por eso también Franz Xaver Seppelt, historiador católico de los papas, ve resplandecer el nombre de León III en el «catálogo de los santos», pese a todas las fatalidades de su largo pontificado y de todos los cadáveres que cubren su camino: ¡Santo, santo, santo! (su fiesta, el 12 de junio).44