antigua federación iroquesa, el proceso que había de seguir una medida que un individuo quisiese proponer a la colectividad era según un informe coetáneo (redactado por el rev. Asher Wright, citado en Wilson, Edmund,
Apologies to the Iroquois, Londres, 1960, p. 174) el siguiente: la medida debía ser primero aprobada por la familia, luego por el clan, luego por los cuatro clanes emparentados que ocupaban su sitio en la casa de deliberacio nes, luego por su naci5n. Cuando todo esto se había llevado a cabo, las medidas del gran Consejo se sometían al conjunto del pueblo para que diese su asentimiento. Era una regla fija que todas las medidas debían ser acorda das por unanimidad. Por eso todas las discusiones, sin excepción, se prolon gaban hasta que cesaba la oposición. En otro caso la propuesta era desesti mada.
mitán considerablemente las posibilidades de control aun de los jugadores más fuertes del plano superior. Si el balance global de un juego de estas características permite que todos los jugadores del plano superior y del plano inferior jueguen conjuntadamente contra el jugador más fuerte, A, entonces las probabilidades con que puede contar éste de obligar a aquellos a hacer las jugadas que, en función de su estrategia, sean las más convenientes para él, son extraordinariamente reducidas. Por el contrario, las probabilidades de que ese conjunto de jugadores obligue a través de su estrategia a éste a hacer aquellas jugadas que más respondan a sus decisiones es muy grande. Si, por otra parte, hay grupos rivales de juga dores en el piso superior que son aproximadamente igual de fuertes y se equilibran entre sí, de tal manera que ni unos ni otros estén en condiciones de ganar claramemte, entonces un jugador individual A situado en el plano superior pero al margen de esos agrupamientos tiene grandes probabilidades de controlar a esos grupos rivales y a través de ellos la marcha del juego siempre que lo haga con la máxima cautela y la máxima comprensión de las singularidades de esta com plicada figuración. Su fuerza de juego descansa en este caso en la comprensión y la habilidad con que sea capaz de apro vechar las oportunidades ofrecidas por la constelación de los equilibrios de poder haciendo de ellas la base para su estrate gia. En ausencia de A aumentaría, dada la rivalidad de los grupos del piso superior, la fuerza de juego de los grupos in feriores.
3 b) Modelo de juego de dos niveles: tipo simplificado de democratización
Supóngase un juego en dos pisos en el que la fuerza de los jugadores del piso de abajo aumente, en relación con la fuer za de los jugadores del piso de arriba, lenta pero continua mente. Si se reduce el diferencial de poder entre los grupos de juego de ambos planos, si cambia en dirección a una reduc ción de las desigualdades, el equilibrio de poder se hará más lábil y elástico. Tenderá en una mayor medida a fluctuacio nes en uno u otro sentido.
El jugador más fuerte, A, del plano superior puede seguir demostrando su superioridad entre los jugadores de ese pla no. Con el incremento de poder de los jugadores del plano
inferior, sus disposiciones de juego se exponen a la influencia de una figuración mucho más compleja en una medida mucho mayor que el jugador A del modelo 3a ya comentado. También en éste el grupo de jugadores que constituyen el plano inferior tiene ya una incidencia no desdeñable sobre la marcha del juego. Pero tiene comparativamente muy poca influencia manifiesta y casi ninguna influencia directa sobre los agrupamientos del plano superior. La influencia de los jugadores del plano inferior suele ser indirecta y latente, entre otras cosas porque les falta organización. Entre los sig nos manifiestos de su fuerza latente se cuenta la vigilancia permanente sobre los jugadores del piso de arriba y la densa red de medidas encaminadas a mantenerlos bajo control, me didas que es corriente que se endurezcan cuando aumenta su fuerza potencial. Sin embargo, las coacciones de las depen dencias que ligan a los jugadores del plano superior a los del inferior son menos visibles. La superioridad de los primeros es tan aplastante que muchas veces los jugadores del plano superior tienden a creer que su libertad para hacer o no hacer lo que quieran es absoluta en relación con los jugadores del plano inferior. Sólo se sienten vinculados y limitados por su interdependencia con los jugadores de su propio grupo y por el equilibrio de poder existente entre ellos.
Si disminuyen los diferenciales de poder entre los dos pla nos, se hacen más fuertes las dependencias que les vinculan a los jugadores del plano inferior y como son más fuertes pe netran también más fuertemente en la consciencia de los afectados. Se hacen más visibles. Si los diferenciales de poder siguen disminuyendo entonces acaban por cambiar la fun ción y el carácter de los jugadores del piso superior. Mientras los diferenciales de poder son grandes los individuos del piso de arriba tienen la impresión de que todo el juego y espe cialmente los jugadores del piso de abajo están a su servicio. Con el desplazamiento de los equilibrios de poder se invierte la situación. Cada vez más todos los involucrados tienen la impresión de que los jugadores del piso superior están al ser vicio de los de abajo. Progresivamente los primeros se con vierten en efecto, cada vez más abierta y claramente en fun cionarios, portavoces y representantes de uno u otro grupo del plano inferior. Mientras que en el modelo 3a el juego del pequeño círculo de jugadores del plano superior constituye
sin ambigüedades el centro de todo el juego de los dos planos y mientras que allí los jugadores del plano inferior aparecen a grandes rasgos como figuras marginales y comparsas, aho ra, con el ascenso de la influencia de los grupos inferiores el juego se hace cada vez más complicado para todos los juga dores del piso de arriba. La estrategia de cada uno de ellos en relación con los grupos del piso de abajo a los que representa se convierte ahora en un aspecto de su juego tan importante como su estrategia en relación con los otros jugadores del piso de arriba. Allí cada jugador se ve cada vez más obligado a la reserva, ligado como está por el número de juegos inter- dependientes que debe jugar simultáneamente con jugadores cada vez menos desiguales desde el punto de vista social. La figuración global de estos juegos ensamblados unos con otros se va diferenciando y a menudo se hace inabarcable aún para el jugador más dotado, de tal manera que cada vez se hace más difícil decidir por sí mismo las próximas jugadas.
Los jugadores del piso superior, por ejemplo supongamos que se trate de oligarcas de partido, sólo pueden desempeñar sus posiciones de juego como miembros de grupos de juego más o menos organizados. Los grupos de jugadores de ambos planos pueden mantener un tipo de figuración entre sí que les permita mantener el equilibrio en los dos planos entre grupos interdependientes, pero rivales, de tal modo que la posición así adquirida les confiera mayores oportunidades de poder que a cualquiera otro individuo de la figuración. Pero bajo unas condiciones que tienden a una reducción de los di ferenciales de poder, a una distribución más equilibrada, a una difusión más multilateral de las oportunidades de poder entre los jugadores y los grupos de jugadores, una figuración que confiera a un solo jugador o a un grupo muy pequeño de ellos oportunidades extraordinariamente grandes de poder, esta estructura latente de poder resulta altamente inestable; en la mayoría de los casos aparece en tiempos de crisis y es muy difícil que se mantenga durante periodos más prolonga dos. Incluso un jugador provisto temporalmente de una gran fuerza de juego ha de tomar en cuenta la posición más fuer te de los jugadores del piso inferior que un jugador situado en una posición análogamente fuerte en las condiciones del modelo 3a. El esfuerzo constante que exige ahora de un jugador esa posición es mucho mayor que el de un jugador
de similar emplazamiento en las condiciones del modelo 3a. Bajo las condiciones de este último modelo puede aparecer como si un jugador así emplazado y su grupo pudiesen con trolar y dirigir por sí mismos todo el curso del juego. Cuando la distribución de los niveles de poder es menos desigual y más difusa se evidencia más lo poco que se puede controlar el curso del juego y dirigir desde la posición de un solo jugador o de un solo grupo de jugadores y lo mucho —justo al con trario— que el curso del juego, que es resultado del entrama do de las jugadas de un número muy elevado de jugadores con diferenciales de poder reducidos y cada vez menores, es tructura, por su parte, las jugadas de cada uno de los juga dores.
Las representaciones que se hacen los jugadores de su jue go —sus «ideas», los medios conceptuales y lingüísticos con que tratan de elaborar y dominar sus experiencias de juego— se modifican consiguientemente. En lugar de referir la mar cha del juego sólo a jugadas individuales de individuos ais lados crece lentamente entre ellos la tendencia a desarrollar conceptos más impersonales para el dominio mental de sus experiencias de juego, conceptos que responden mejor a la autonomía relativa del proceso de juego frente a las inten ciones de los jugadores individuales. Pero esta elaboración de medios conceptuales comunicables que responden a la consciencia creciente que van teniendo los jugadores del ca rácter en principio no controlable por ellos de la marcha del juego es un proceso lento y dificultoso. Las metáforas que se
utilizan oscilan siempre entre la idea de que la marcha del juego puede reducirse a las acciones de jugadores individua les y la idea de que tiene un carácter suprapersonal. Durante mucho tiempo es extraordinariamente difícil para los juga dores percibir con claridad que el hecho de que la marcha del juego no sea controlable por ellos, lo que fácilmente hace que éste aparezca como una especie de «superpersona», se deriva de su recíproca dependencia y vinculación en tanto que jugadores y de las tensiones y conflictos implícitos en este entramado.
Comentarios
1.— Estos modelos de entramados, con independencia de su contenido teorético, no lo son en el sentido tradicional de la palabra, son modelos pedagógicos. Nos sirven aquí sobre todo para facilitar la reorientación de la capacidad de imagi nación y para clarificar la índole de las tareas a que se en frenta la sociología. Se dice que la tarea de la sociología es el estudio de la «sociedad». Pero no está nada claro qué ha de entenderse por «sociedad». La sociología aparece muchas veces como una ciencia a la búsqueda de su objeto. En parte esto se deriva de que el material verbal, los instrumentos conceptuales, que el lenguaje aporta para la determinación e investigación de este objeto no son lo suficientemente flexi bles para poder desenvolverse sin dificultades de comunica ción y de una manera ajustada a la peculiaridad del ámbito de ese objeto. Los modelos pedagógicos son un medio para superar tales dificultades. El uso de la imagen de personas jugando un juego entre sí como metáfora de las que forman entre sí una sociedad facilita la tarea de repensar las imáge nes estáticas que son consustanciales a la mayoría de los con ceptos que se emplean habitualmente en este contexto y de llegar a las imágenes mucho más dinámicas que se necesitan para abordar con mejores pertrechos conceptuales las tareas que se presentan a la sociología. Basta comparar las posibili dades representativas de conceptos estáticos como «indivi duo» y «sociedad» o «ego» y «sistema» con las que se abre el uso metafórico de las diveras imágenes de jugadores y juegos para comprender la flexibilización de la capacidad imaginati va que estos modelos aportan.
2.— Los modelos sirven además para hacer más accesibles a la reflexión científica determinados problemas de la vida social, que aún jugando efectivamente un papel central en todas las relaciones humanas, se olvidan con demasiada fre cuencia en el trabajo intelectual. Se cuenta entre ellos sobre todo el problema del poder. Este ocultamiento ha de atri buirse en parte sencillamente a que los fenómenos sociales a los que se refiere este concepto son de una naturaleza enor memente compleja. A menudo se simplifica el problema pre sentando una sola forma de las fuentes de poder de que dis ponen los hombres, como la forma militar o la económica,
como la fuente de poder a la que puede reducirse toda forma posible de ejercicio del poder. Pero así justamente se oculta el problema. Las dificultades conceptuales que se plantean cuando se trata el problema del poder descansan en el carác ter polimórfico de las fuentes del poder. No es el cometido de estos modelos —o de esta introducción— ocuparse exhausti vamente o con exclusividad de los problemas que se señalan. Nuestro cometido no es aquí solucionar el problema del «po der», sino sólo rescatarlo de su sumergimiento y abrir una vía para su estudio, dado que es uno de los problemas centra les de la sociología. El hecho de que sea necesario abordar de nuevo este problema está relacionado con la dificultad evi dente de indagar en las cuestiones de poder prescindiendo de todo compromiso emocional. El poder de otro es algo que se teme: nos puede obligar a hacer algo queramos o no. El poder es sospechoso: los hombres lo utilizan para explotar a otros en beneficio de sus propios fines. El poder tiene una apariencia inmoral: cualquier hombre debería estar en situa ción de tomar todas las decisiones por sí mismo. Y el aura de temor que posee el concepto se transfiere lógicamente a su uso en una teoría científica. También aquí se sigue sin mayor reflexión el uso lingüístico cotidiano. Se dice que alguien «tie ne» poder y ya está, a pesar de que el giro verbal que hace aparecer al poder como una cosa lleva a un callejón sin sali da. Ya antes se ha señalado que los problemas del poder sólo pueden aproximarse a una solución si se entiende por tal cla ramente la peculiaridad estructural de una relación omnipre sente que —como peculiaridad estructural— no es ni buena ni mala. Puede ser ambas cosas. Nosotros dependemos de otros, otros dependen de nosotros. En la medida en que de pendamos más de los otros que ellos de nosotros, en la medi da en que esperamos más de los otros que a la inversa, en esa medida tendrán poder sobre nosotros, siendo indiferen te que nos hayamos hecho dependientes de-rllos a causa de la pura violencia o por nuestro amor o por nuestra necesi dad de ser amados, por nuestra necesidad de dinero, de sa lud, de status, de carrera o de variación. Sea como fuere, en una relación directa entre dos personas, la relación de A hacia B es siempre también la relación de B hacia A. Dejando a un lado casos marginales, en tales situaciones la dependen cia de A respecto de B está siempre ligada a la dependencia
de B respecto de A. Pero es posible que la última sea mucho menor que la primera. En tal caso, el poder de B sobre A, la posibilidad con que cuenta B de controlar y dirigir la actua ción de A, es mayor que el poder de A sobre B. El equilibrio de poder arroja un saldo de poder favorable a B. Algunos de los tipos más elementales de equilibrio de poder en relaciones bipersonales directas y las correspondientes evoluciones de tales relaciones están ilustrados en los modelos de la serie 1. Pueden servir también como correctivo al uso estático del concepto de relación y recordar que todas las relaciones —como los juegos humanos, por ejemplo— son procesos.
Pero las relaciones y las dependencias que implican pueden no ser sólo personales, sino pluripersonales. Supongamos una figuración integrada por muchos individuos interdepen- dientes en la que todas las posiciones dispongan aproximada mente de las mismas posibilidades de poder. A no es más po deroso que B, B no es más poderoso que C, C no es más po deroso que D, etc. y a la inversa. Es muy probable que la interdependencia de tantas personas obligará en muchas oca siones al individuo concreto a actuar de un modo diferente a como actuaría en ausencia de esa coacción. En este caso se siente inclinación a personificar o reificar conceptualmente la interdependencia. La mitología ligada a la propia tradi ción lingüística nos mueve a pensar que siempre ha de haber «alguien» que «tenga poder». Así se identifica siempre a una persona encargada de ejercer ese «poder» a cuya presión nos sentimos expuestos. O bien se habla de una especie de «su- prapersona» como la «naturaleza» o la «sociedad» de la que se dice que tiene poder y a la que se hace mentalmente res ponsable de las coacciones a las que nos sentimos sujetos.
El hecho de que actualmente no se distinga por lo general clara y tajantemente entre las coacciones que cualquier inter dependencia posible entre individuos —aun en el caso de una figuración construida de tal manera que todas sus posiciones estén provistas de las mismas posibilidades de poder— ejer ce sobre individuos y las coacciones que se derivan de la des igual provisión de oportunidades de poder entre las posicio nes sociales tiene ciertas desventajas tanto prácticas como teoréticas. No es posible entrar aquí en el conjunto de pro blemas que esto plantea. Baste con decir que los hombres po tenciales que somos cuando nacemos no se transformarían
en los hombres que llegamos a ser si no estuviesen expuestos a ninguna coacción determinada por la interdependencia. Pero, desde luego, esto no significa que la forma actual de la interdependencia ejerza el tipo de coacción capaz de contri buir a la actualización óptima de las potencialidades huma nas.
3.— En el modelo la el juego es estructurado en gran parte por las intenciones y las acciones de una persona. La marcha del juego puede ser explicada sobre la base de los planes y los objetivos de un individuo. En este sentido el modelo la es probablemente el que mejor responde a la idea que un gran número de personas se hacen de cómo se puden explicar los acontecimientos sociales. Al mismo tiempo recuerda a un bien conocido modelo teorético de la sociedad, un modelo que parte de la interacción entre dos individuos en principio independientes, ego y alter. Pero el modelo no se agota con esto. La relación, en realidad es contemplada todavía en tér minos de situación y no de proceso. Los problemas que hemos planteado en relación con la naturaleza de las interde pendencias humanas y los equilibrios de poder y todo lo que implican se sitúan todavía más allá del horizonte de las llamadas teorías de la acción. Registran, de todos modos, que interacciones intencionales tienen consecuencias no in tencionadas. Pero ocultan el hecho central para la teoría de la praxis de la sociología de que en la base de toda interac