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vienen a vivir conmigo porque me huelen, me reconocen y saben

que somos de una cierta condición o catadura moral parecida. Hijas

de puta, no quedará una rata viva en esta casa, a no ser por mí. Ya

mañana el muchacho guatemalteco que echa el cloro en la piscina

sacará las cuatro ratas muertas. He escapado del Perú huyendo de

las ratas gordas de la política para terminar confinado en una

casona millonaria, rodeado de ratas de todo tamaño y pelaje y unas

colas largas, larguísimas, tanto que parecen una mezcla de rata con

mapache.

El hombre sale de su casa y se dirige a la televisión. Oscurece. No ha sido un día bueno, se ha sentido cansado, contrariado, la lluvia no le ha dejado dormir. Necesita un estimulante. Se resigna a tomar uno que es legal. Se detiene, baja del auto, compra un café helado y conduce lentamente, con aprendida parsimonia, por unas autopistas que lo llevan al estudio de televisión.

El hombre sabe hacer dos cosas: hablar en público y escribir en privado. Lo primero le resulta natural, es algo que ha trabajado y en cierto modo dominado desde que era niño, azuzado por los adultos de su familia, en particular su abuelo Jimmy. Lo segundo es más arduo y trabajoso y bastante peor recompensado, por eso sigue haciendo televisión. Ya no es joven, ya no siente el cosquilleo de la vanidad, le parece que la exhibición pública es vulgar, majadera, a menudo denigrante, carente de una mínima elegancia. Y, sin embargo, sigue exhibiéndose cada noche solo porque le pagan. Ya no le interesa salir en televisión, necesita estimularse con cafeína, de ese modo consigue empinarse sobre la modorra y la apatía y hablar unas cosas que con suerte interesan a unos pocos.

El hombre habla de política, de las personas que ejercen el poder o lo disputan, del circo ególatra que es la persecución afanosa, obsesiva del poder. Le apasiona el poder, le interesan las

personas que ambicionan el poder, las sigue con atención, las encuentra raras, fascinantes, autodestructivas, criaturas heridas que buscan de un modo intuitivo la redención mediante el afecto o la aprobación de los demás. Cuando era joven, quiso tener poder, lo soñó y en algún momento de la madurez pensó que debía arrojarse al abismo del poder, aun a riesgo de perder la vida y estropear el precario bienestar que conocía. Ahora solo le interesa mirar el poder y comentarlo, no ocuparlo, solo quiere hablar del poder, que tal vez termina siendo una manera de aspirar a un poder marginal, minúsculo, inofensivo, el poder del charlatán, del predicador. «Esto es lo que soy —piensa—: un charlatán. Me gustaría ser divertido, ingenioso, ocurrente, pero no lo soy, soy solo un sujeto aburrido que mira el poder, habla del poder y termina hablando de un puñado de personajes envanecidos y ensimismados, anclados en el océano turbio, marrón, del poder.»

Hay veinte o treinta personas, no más, sentadas en unas sillas plegables, metálicas, que escuchan el discurso del charlatán. Entregándose al vértigo de su cháchara enjundiosa, el hombre cree oír el eco de la lluvia. Es viernes. Se pregunta por qué esas personas han salido de sus casas y manejado por la autopista para perder su tiempo de esa curiosa manera. «Podrían estar viéndome en el televisor, y sin embargo eligen esto, esta forma pusilánime de entretenimiento, esta abulia, esta modorra. No es que yo sea entretenido —piensa—, es que sus vidas son tan predecibles y exentas de diversión que les parece excitante venir a verme en la televisión», se dice a sí mismo, espiando esas caras, esas miradas cansadas, despobladas de entusiasmo. Y luego intenta de un modo fallido, desesperado, hacerlos reír, arrancar una risotada sincera del público, al menos una, que es algo, la ambición del humor, que lleva al hombre a decir las cosas más deslenguadas, desmesuradas, reñidas con la moderación y el buen gusto, pero las risas y la elegancia son empeños que le resultan aparentemente incompatibles.

Terminado el programa, atiende a las personas, las escucha, les dice algo amable, se retrata con ellas. Ya casi nadie pide una firma, ahora todos o casi todos quieren una foto. Cuando comenzó a salir

en televisión, no existían los teléfonos móviles, era muy infrecuente que el público (así llama a las personas que lo miran y escuchan, no así a las que lo leen, esas personas son los lectores) fuese al estudio con una cámara fotográfica. Ahora son muy pocas las personas que salen a la calle sin la posibilidad de hacerse una foto con alguien, con un famoso, por ejemplo con ese hombre que es un escritor fracasado y un charlatán a sueldo, solo eso, una vida perdida en muchas carreras de corto aliento y escaso vuelo.

El hombre ha intentado meticulosamente ser un escritor de ficciones, un mentiroso profesional, pero ha fracasado. Sus libros no interesan, no se venden, se consideran literatura menor, subterránea, una cosa fallida, contaminada por la excesiva vanidad. No ha fracasado por haragán, ha sido persistente y tenaz en el ejercicio de su vocación, la de contar mentiras, ha fallado porque no ha leído lo suficiente, no se ha entrenado para ser luego un escritor, ha perdido de vista ese dato crucial: para ser un buen escritor es preciso ser ante todo un buen lector, no basta con poseer una cierta pericia narrativa ni estar mirando todo el tiempo lo que ocurre en tu vida, no basta con eso, hay que aprender a contar historias leyéndolas, hay que aprehender palabras leyéndolas, hay que aprender de la vida leyendo, no necesariamente viviendo de una manera exagerada, inmoderada.

Todo lo que el hombre ha contado en sus novelas proviene de su propia vida, su memoria, que acaso reinventa de un modo caprichoso lo que cree que ha vivido. Todo se origina en el río caudaloso que es la vida, nada es impostado, libresco, aprendido en una biblioteca. El hombre ha escrito numerosas veces su biografía turbulenta y pecaminosa y quizás ahora predecible. «Ya basta — piensa—. Ya he contado mi vida suficientemente, tanto que ya no sé lo que he vivido. Pero debo seguir contando una historia. ¿Y qué historia voy a contar, si prescindo por completo de lo que conozco, de lo que he vivido, de la galería de personajes tremendos y afiebrados que habitan mi familia? ¿Debo imitar a otros escritores tantas veces premiados, que ya no escriben sobre sus vidas, sino sobre las vidas de unas personas notables que ahora están muertas y sobre las que entonces es prudente y acaso conveniente fabular?

¿O debo perseverar en el tono personal, confesional, impúdico, en el relato despiadado, a secas, de lo vivido?»

El hombre se pregunta esas cosas en el auto, de regreso a su casa. «A nadie le importa todo eso —piensa—. Mis primeras novelas despertaron algún interés, una cierta curiosidad morbosa, chismosa; ya luego me he repetido, he fatigado al lector, se han alejado juiciosamente de mí, y por eso me gano la vida hablando zarandajas en televisión y no consigo llegar al paraíso que siempre soñé, el de ganar suficiente dinero con las cosas que escribo como para dejar de exhibirme en la televisión. No llegaré al paraíso, ya lo veo con claridad, no se me tiene como un escritor; se me recuerda, si acaso, como el charlatán de la televisión, el que dice naderías irreverentes, el que lo sacrifica todo en la búsqueda obsesiva del humor, la risa, que es siempre más reconfortante que el aplauso, porque el aplauso se hace de un modo consciente, esforzado, cortés, y en cambio la risa, cuando es franca, proviene de una zona auténtica de la personalidad, o eso parece.» El hombre piensa con serenidad, sin perder el aplomo: «Soy entonces un escritor fracasado que ha tratado de tener éxito como hablantín o comentarista o comediante ocasional y que, no nos engañemos, también ha fallado en esa ambición menor, mediocre. Soy un fracaso en toda la línea —continúa—: como hombre, como padre de familia, como escritor y ahora, esta noche, este viernes que languidece, como charlatán. Lo que se origina en mí carece de interés, aburre, espanta a los jóvenes», concluye.

Todo esto lo ve con absoluta claridad, mientras limpia su rostro del maquillaje, pasando unos paños húmedos que quedan impregnados de un polvo rosado. Esto es lo que soy, un fracaso, se dice, mirándose en el espejo. Y, sin embargo, insisto, no me callo, sigo coleccionando palabras escritas y habladas, dejo constancia de mi existencia de esa manera meticulosa. El silencio es la muerte, el día que ya no hable ni escriba estaré muerto o muy cerca de morir, debo celebrar la vida buscando palabras a tientas, capturándolas, encapsulándolas, metiéndolas en la burbuja de mi vanidad.

Aunque tiene plena consciencia de su fracaso, se siente tranquilo, no se hace demasiados reproches, acepta su destino con

la melancolía del perdedor, del que sabe que no se ha esforzado lo suficiente para obtener la recompensa deseada. «Tengo lo que merezco», piensa. «No tengo más lectores porque no los merezco y no los merezco porque no he sido un buen lector», concluye. Luego se sienta en la terraza, enciende las luces de la piscina y bebe un vino dulce de origen canadiense. A lo lejos siente el olor de las ratas muertas, envenenadas.

(Jaime Baylys, «La soledad del perdedor», El Siglo XXI)

Los gerentes del canal, que tienen pinta de bribones, cacos,

facinerosos, un venezolano gay insoportable y un boricua con cara

de boxeador retirado, me tienen las bolas llenas. Dicen que el

programa no funciona, que mis monólogos de humor no son

graciosos, que la audiencia no me percibe como humorista, que

debo volver a la política. Me han pedido cambiar de horario a las

ocho de la noche y hacer un programa político, de política pura y

dura. Les he dicho a gritos, por teléfono, que de ninguna manera

cambiaré de horario ni de formato, si quieren me cancelan el

programa y me pagan el año entero como manda el acuerdo

firmado, pero moriré en mi ley, con las botas puestas, y hasta

noviembre haré el programa tal como fue diseñado, como un late

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