Appendix A Data description
C.1 Proof of proposition
Núñez (2004) afirma la importancia de conocer la existencia de elementos y factores que intervienen en el proceso de comprensión del Misterio de fe. Por ejemplo, la relación con un Otro trascendente. Plantea que existe una correlación entre el proceso evolutivo de la madurez de la persona y sus categorías representacionales, las que pueden favorecer o inhibir la experiencia relacional con Dios. Núñez afirma que dentro de esta experiencia de relación se observa una modificación en la comprensión de una realidad trascendente. Señala que a medida que crece, el sujeto va desarrollando una mayor conciencia de la existencia de Dios. Para Núñez (2004) es necesario conocer entonces el desarrollo del pensamiento religioso, y por ende, la transformación de la imagen de Dios en relación a la experiencia religiosa y al desarrollo psicológico evolutivo individual. En esta esfera, el autor nos presenta cinco grandes áreas de la persona (pp. 51-52):
Lo físico: se refiere a las características físicas de las personas.
Lo emocional: la capacidad de conocer y controlar las emociones, se presenta siempre en relación persona-mundo.
Lo social: la capacidad de integrarse activa y positivamente en grupos de pares, o en grupos sociales en general.
Lo intelectual: capacidad de conocer y comprender la realidad operando activamente sobre ella, incluyendo las representaciones mentales. Estas vienen acompañadas por el lenguaje; a mayor representación mental mayor es su amplitud. Esta área es muy importante en el pensamiento religioso.
Lo moral: es la capacidad de plantearse de un modo activo respecto a lo que se considera bueno o malo, lícito o ilícito. Es una capacidad que va evolucionando hasta que llega a un planteamiento personal. El autor señala que lo moral está en relación con lo intelectual. A menor capacidad intelectual, menor juicio moral.
A partir de lo anterior Núñez (2004) señala que estas áreas se relacionan cercanamente con el pensamiento religioso. Su desarrollo creciente permitiría una madurez psicológica, con autoconocimiento e integración. Giacomo Dacquino describe la madurez psicológica como:
“Características de un Yo maduro son la Capacidad de soportar las frustraciones, de controlar los sentimientos de inseguridad y ansia, de adaptarse a nuevas situaciones, de percibir el rol que se tiene personalmente en orden a un efecto, de valorar correctamente el tiempo, de aprender en base a la experiencia personal y ajena, de afrontar la competitividad, de evaluar la realidad social, manteniendo la propia integridad, aún bajo la presión del grupo, y sustituyendo el control ejercido por el ambiente, con el autocontrol”(Citado en Borello, 1999, p. 416).
Borello plantea que este estado de madurez se debe comprender como uno cambiante, que evoluciona con las tensiones propias de adaptaciones en lo intelectual, ético, afectivo y social del desarrollo humano. A su vez, el autor establece que “la madurez religiosa está en consonancia con la madurez psicológica” (Borello, 1999, p. 417). La madurez religiosa, afirma el autor, es un “centro unificador de todos los valores de la persona” (Borello, 1999, p. 418), desde la concepción que cada una tiene de la experiencia religiosa, psicológica y cultural.
Núñez (2004) afirma que en la madurez religiosa intervienen factores que pueden ser facilitadores, inhibidores o neutros. En forma similar, existen factores macrosociales o estructurales que afectan globalmente a una población, como su contexto social, político y cultural, y factores microsociales o específicos importantes como la familia.
Según Borello (1999), Núñez (2004) y Domínguez (2003) entre otros, la experiencia religiosa se constituye a partir de nuestras primeras experiencias de la infancia, y en relación con el mundo materno y paterno. Al respecto Domínguez afirma:
“Los momentos fundamentales de la constitución del sujeto. En esos procesos constitutivos la tutela, el cuidado y el amor parental son la base para la integración primera de la persona y para la adquisición de la confianza básica en sí mismo, en la vida y en los demás” (Domínguez, 2003, p. 24).
Domínguez (2003) corrobora que en esta experiencia de confianza y cuidado, es fundamental para la persona la posibilidad de desarrollar en forma creciente el deseo de Dios. Ello le permite afianzar de modo permanente una experiencia de fe, que está abierta, que busca y confía en los otros, y crea lazos que, en definitiva, son fuente de apertura y confianza en la relación con Dios y el mundo. Borello agrega al respecto que hay casos de madurez religiosa que se expresan como una “adhesión estable y coherente, abierta a experiencias religiosas profundas” (Borello, 1999, p. 418). Sin embargo, Domínguez señala que quién no puede experimentar esta relación básica de confianza amorosa y sostenida en brazos maternos, “no podrá nunca fiarse de los otros, y por tanto, tampoco de ese otro psíquico que es Dios para nosotros. Como ejemplifica Dostoievski, quien no tiene suelo bajo los pies, tampoco tiene Dios” (Domínguez, 2003, p. 22). Desde la psicología, ambas miradas tienen una vasta trayectoria investigativa, augurando que sin una base segura, se dificulta la posibilidad de reconstruir o construir un vínculo seguro, y por ende, la confianza en otros. Sin duda, la
psicología religiosa nos orienta con criterios y elementos que permiten diferenciar lo religioso de lo pseudoreligioso, una conducta normal de una patológica10. Sus aportes son importantes, pero es importante considerar, como plantea Núñez (2004) que “el análisis psicológico no agota la comprensión del fenómeno religioso” (p. 16). Ahora bien, la gracia no suple a la naturaleza. La manifestación de Dios es el ser humano vivo y pleno, alguien que puede desarrollar las potencialidades humanas que le hacen ser a imagen del Creador (Gen 1,27), hombre nuevo a imagen de Cristo (Rom 8,29). Pero este crecimiento conlleva la conciencia de la limitación humana, de la propia finitud, que abre al ser humano a la búsqueda de la trascendencia.
Desde la perspectiva de la fe se nos ofrece una experiencia de Dios, para que el ser humano pueda experimentar su amor reparador, a través de la gracia y de su Espíritu, el cual nos invita a nacer de nuevo, como San Juan nos revela en el encuentro de Jesús con Nicodemo:
“Te aseguro que, si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. De la carne nace carne, del Espíritu nace espíritu. No te extrañes si te he dicho que hay que nacer de nuevo. El viento sopla hacia donde quiere: oyes su rumor, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así sucede con el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3, 5-8).
Para Grün (2008), este nacer de nuevo proviene de un encuentro profundo cuando atravesamos la crisis de la edad media. Es una oportunidad de romper con los esquemas pre-hechos que traemos en la dinámica de relación, y de las representaciones que tenemos de Dios. Grün afirma:
“Todo aquello que nos ocurre desde afuera no puede finalmente quebrarnos. Quiere abrirnos a Dios. Quiere romper nuestros modelos de interpretación estancados y las ilusiones que nos hacemos de la vida. De este modo, no nos quebramos nosotros mismos sino que somos abiertos para nuestro auténtico ser. Y cuando se rompan nuestras imágenes de Dios estaremos abiertos al auténtico Dios” (Grün, 2008, p. 37).
10Pp. 9-16 Revisar criterios de la psicología religiosa de Rodolfo Núñez doctor en
A su vez, Domínguez señala que la representaciones o imágenes de Dios se elaboran no solo por la experiencia de los primeros cuidados y protecciones de la madre/cuidador, sino también, y de un “modo fundamental, a partir de elementos simbólicos paternos, en cuanto ley, modelo, ideal y promesa” (Domínguez, 2003, p. 25). A modo de ejemplo, Domínguez tipifica la experiencia de imagen de Dios que significó para San Francisco de Asís, señalando al respecto:
“El vendría a representar una ilustración paradigmática del sujeto dinamizado por un tipo de representación de Dios como amor, fuente de amor y generadora, por tanto, de una disposición amorosa frente a toda la realidad. Hay un dinamismo unitivo, pacificador, acogedor frente a todos y frente a todo. Es una representación de Dios que queda esencialmente vinculada con las experiencias amorosas primeras, maduradas, sin embargo, convenientemente para evitar sus tentaciones regresivas e infantilizantes” (Domínguez, 2003, p. 23).
Domínguez plantea que dentro de las posibilidades que se nos presentan, las experiencias primeras de cuidado pueden convertirse en un problema para la vida de fe, ya que pueden generar un proceso de maduración inadecuado. El autor señala que las representaciones sagradas pueden, entonces, cumplir una función regresiva, de resistencias y de defensas frente a una realidad que nos muestra su dura cara, limitante o frustrante, y que genera angustia y malestar. “La religión entonces se convierte en un esquema defensivo poderosísimo frente a esa realidad en la que nos vemos abocados a desarrollar nuestra existencia y en la que nuestra fe debe madurar” (Domínguez, 2003, p. 27).