La descentralización latinoamericana, es un proceso que inició en la década de los 80
como parte de un ajuste estructural en el contexto de la crisis de la deuda y la alta inflación, que
buscó reducir el tamaño de la administración central con una segunda fase en la década de los 90
que provino de la crisis provocada por las anteriores medidas, y que buscó mejorar las políticas
sociales y fomentar la participación (Ciudades y Gobiernos Unidos CGLU, 2008).
Fernando Rojas (citado en Montecinos, 2005), sobre las causas de la descentralización en
América Latina señala que más que la racionalidad fiscal de los años 80, ha sido el contexto
político el que ha determinado en gran medida el proceso descentralizador. Es así como el
regreso de la democracia en Brasil y Paraguay, los procesos de pacificación interna en
Nicaragua, Colombia y Guatemala, la multiplicación de centros de poder en Venezuela y la
reorganización de la sociedad civil en Bolivia son ejemplos de los orígenes de la
descentralización latinoamericana. La excepción viene dada por los casos de Argentina y Chile,
en los cuales se observa que el proceso fue iniciado con la motivación de lograr mayor eficiencia
en el uso del gasto público y fortalecer las capacidades de gestión del Estado.
Otros autores como Finot, refieren adicionalmente que el cambio en la política de Estados
Unidos favoreció que esta potencia pasara de apoyar las dictaduras militares, a promover la
defensa de los derechos humanos y ciudadanos, recuperando el funcionamiento democrático de
la región, así los mismos que participaron masivamente por recuperar los derechos humanos,
cual implicaba la transformación del aparato centralista a una descentralización del poder hacia
el ciudadano (Finot, 2001).
Sin embargo, este autor le resta importancia al discurso de la participación ciudadana
como hecho histórico que marca el fin del paradigma centralista o de planificación central,
afirmando que fue la crisis de la deuda externa de algunos países, la cual determinó un alza de la
tasa de interés que resultó insoportable para economías latinoamericanas y en consecuencia ante
la necesidad de reducir los déficit fiscales se generó la tendencia a transferir responsabilidades
sobre prestación de servicios a gobiernos subnacionales y a privatizar las empresas estatales
(Finot, 2001).
Bajo estas distintas perspectivas, tenemos que en América Latina durante las décadas de
los 80 y 90, la transición democrática se acompañó de reformas del Estado y del inicio del
proceso de descentralización donde se puede distinguir dos ciclos:
El primero se desarrolla en los años 80, en un contexto de crisis de la deuda externa y alta
inflación, en donde el Estado busca reducir el tamaño de la administración central y disminuir el
déficit fiscal, se transfiere la prestación de servicios básicos a los gobiernos subnacionales y se
privatizan empresas estatales (Ciudades y Gobiernos Unidos CGLU, 2008).
El segundo ciclo se inicia a mediados-finales de la década de los 90, en medio de severas
crisis financieras y sociales que afectan a países como Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador,
resaltan el desarrollo democrático y la participación ciudadana (Ciudades y Gobiernos Unidos
CGLU, 2008).
Estos ciclos tomaron diferentes formas en cada región. Los países federales reforzaron los
niveles intermedios. En los países andinos y en Chile se implementaron reformas profundas que
fortalecían el nivel municipal y permitían el surgimiento de un nivel intermedio (departamentos
o regiones) en períodos de tiempo relativamente breves, aunque con fuertes fluctuaciones,
avances y retrocesos. En el resto del cono sur los procesos de reforma fueron más lentos
(Ciudades y Gobiernos Unidos CGLU, 2008). De esta manera la descentralización se convierte
en una herramienta para la democratización del gobierno, un mecanismo para afrontar problemas
económicos y una forma de organización más eficiente.
En este mismo contexto histórico, el auge de tendencias de instituciones internacionales y
multilaterales tales como la integración regional y la globalización, limitaron la acción de estado
nacional y potencializaron la de los gobiernos locales. La ola de políticas neoliberales
promovidas desde instituciones internacionales de gran relevancia como el Grupo Banco
Mundial, sirvieron como refuerzo del proceso descentralizador en América Latina, pues se ha
evidenciado que las organizaciones financieras internacionales solo incluyeron este tema en la
agenda cuando ya los gobiernos de América Latina habían emprendido el camino
descentralizador. (Falleti, 2010, pág. 11).
De manera anecdótica, Tirado Mejía refiere como los organismos internacionales
medidas descentralizadoras estaban siendo promovidas desde distintos lugares y desde
organizaciones poderosas y como una condición para la financiación de proyectos como las
líneas de crédito destinadas exclusivamente al fortalecimiento de los gobiernos locales por el
Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial, entendiendo fortalecimiento como
saneamiento fiscal y como el fomento de la participación ciudadana para generar mecanismos de
control y sostenibilidad (Alcaldía Mayor de Bogotá, 2001).
El crecimiento urbano fue otro de los factores de gran influencia para que se reforzara la
tendencia a descentralizar como respuesta a los problemas de aprovisionamiento de servicios
públicos, situación que se presentó particularmente en las capitales. Las ciudades
latinoamericanas presentaron su mayor etapa de crecimiento y concentración de población entre
las décadas de los 40 y los 80, la migración de población de las zonas rurales hacia las ciudades
se dio principalmente por la búsqueda de inserción en mercados laborales industriales y el
crecimiento económico de las ciudades. Este proceso de crecimiento de las ciudades
latinoamericanas se caracterizó entre otras cosas, por la imprevisión de las autoridades locales y
sobre todo por la poca capacidad gerencial de estas (Alcaldía Mayor de Bogotá, 2001, pág. 25).
Que el Estado pudiera responder a las necesidades poblacionales era una de las
prioridades, sin que esto significara que la descentralización siempre tenía como objetivo
reforzar la autonomía de las grandes ciudades (Falleti, 2010, pág. 12). Más adelante esto