Part 1: Plant development of six cultivated strawberries in production conditions
2.2 Analyses of plant architectural data
2.2.4 Proportion of branch crowns and extension crowns as a function of the
La lección que Simón Pedro aprendió en 24 horas, muchos no aprenden en toda su vida, pero nosotros lo podemos conocer en pocos minutos. Se trata de los tres escalones que son necesarios para obtener la cima del éxito.
A. Primer escalón:
Identificar errores que conducen al fracaso
Mientras no se sepa dónde estuvo la equivocación, jamás se podrá corregir. Cuando se va a parchar un neumático del auto o la bicicleta, antes que nada, el mecánico ubica dónde se encuentra el agujero. No necesitamos cambiar llanta (esposa, trabajo, país, cuerpo o Iglesia), sólo tener la decisión para buscar el problema, y la valentía para enfrentarlo y solucionarlo.
Simón, con la inercia de la tradición, cometió varios errores durante la noche entera. Si no se hubiera dado cuenta de ellos al amanecer, estaría condenado a repetirlos, con los mismos nefastos resultados.
El primer paso para no seguir fracasando, es reconocer dónde nos equivocamos, para poder entonces intentarlo de otra forma y no reincidir en los mismos yerros. Si no identificamos nuestras fallas, éstas corren el riesgo de hacerse crónicas; pero si las descubrimos podemos relativizarlas, y hasta beneficiarnos de ellas, por las ricas enseñanzas y valiosas experiencias que nos dejan.
Conozco una persona que cada vez que la encuentro y le pregunto: “¿Cómo estás?”, me responde: “Exageradamente bien”. Sin embargo, lleva tres matrimonios, lo despidieron del trabajo y su cuerpo le está cobrando facturas pendientes. El pobre no se ha dado cuenta de que está ponchada su llanta, y corre en su bicicleta con un neumático
desinflado.
No es suficiente identificar los distintos errores, sino descubrir la fuente de donde provienen. Por ejemplo, una persona bebe en exceso. Esta no es la cuestión, sino la consecuencia de su baja estima o soledad. Agresión, depresión, egoísmo o inseguridad, tienen una causa que los provoca.
No basta la aspirina para suprimir el dolor de muela; es necesario ir hasta la fuente que lo provoca. Los conflictos se agrupan por familias, pero un hombre sabio descubre la raíz de este racimo.
Muchos sólo atacan los síntomas de una dificultad; pero, astutamente, ésta cambia de vestido para seguir desplazándose por los túneles y sótanos de la vida. Su argucia es muy inteligente: nos desvía la atención para que atendamos únicamente la epidermis, mientras se disfraza con otra fisonomía.
Vamos a señalar cada uno de estos errores de Simón que fueron “la universidad de los porrazos” para que se graduara con título de vida exitosa. Tal vez no florece ninguna guirnalda de olivo que no haya sido regada con el sudor de la contradicción. No existe profeta que no haya sufrido rechazos ni visionario que no fuera tomado por iluso, con quimeras que tocaban la frontera de la locura.
B. Segundo escalón:
Aprender en la escuela de los errores
Una vez descubiertos los errores, pero sobre todo la raíz que los provoca, el siguiente paso es aprovechar las equivocaciones, para por lo menos aprender cómo no hacer las cosas. Quien sabe dónde se encuentra la causa de sus tropiezos, ya ha ganado la mitad de la batalla.
Tomás Alva Édison (1847-1931) intentó 2,500 veces inventar la forma de almacenar energía eléctrica, sin conseguir su objetivo. Un periodista, de manera sarcástica y
burlona, le preguntó: “¿Qué siente haber fracasado tantas veces?” El inventor le contestó: “Yo no he fracasado. Yo simplemente he descubierto 2,500 formas de cómo no se
obtiene el pequeño acumulador”.
El sabio ya había aprendido 2,500 maneras de cómo no se lograba, y se sentía muy contento de haberlo comprobado. Había comprendido que los fracasos nos enseñan, por lo menos, a cómo no hacer las cosas, lo cual ya es mucha ventaja, para no tropezar otra vez con la misma piedra y con el mismo pie.
Vamos a ver tanto los errores de Simón, como también lo que el pescador de Cafarnaúm aprendió de ellos al día siguiente.
Existe un momento clave que determina el paso del fracaso al éxito: cuando Simón se baja de la barca y comienza a lavar las redes en silencio. Suspender la tarea fue necesario, ya que de haber continuado por el mismo ritmo, podría extenderse el día entero sin nada conseguir. Detenerse es crucial para no caer en la catarata del fracaso. Se necesita el tiempo de pausa e interiorización para encontrarnos con nosotros mismos. Sin este paso siempre vamos a culpar a agentes externos de nuestros errores. Dejar de
pescar, salir de la barca significa encontrar un nuevo ambiente que favorezca la reflexión, porque tanto la pesca como el fracaso se encuentran primeramente dentro de nosotros mismos.
Errar el blanco nunca ha sido un problema. Al mejor cazador se le escapa una liebre. Pero no detenernos para reflexionar e identificar la falla, nos anquilosa para mejorar. Simón era un experimentado pescador, pero esto no garantizaba el éxito en cada incursión por el mar de Tiberíades. Vamos a ver en qué consistió el fracaso de aquella noche.
a. Sin Jesús y con Jesús en la barca
Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra;
y, sentándose,
enseñaba desde la barca a la muchedumbre.
Mientras el pescador de Cafarnaúm abandonaba su barca y se disponía a retirarse de la faena, el Maestro ve la inmensa multitud deseosa de escuchar la Palabra. Selecciona la barca de Simón para amaestrar a la gente. Usa precisamente la barca que toda la noche había fracasado en el mar. El instrumento de trabajo que no ha servido para pescar peces en el mar, ahora es la tribuna desde donde Jesús lanza las redes de su Palabra poderosa. Cuando algo no funciona como esperábamos no debemos decir que fracasamos o que nos equivocamos, sino identificar tanto para qué es inútil como encontrar para qué sí funciona.
En la famosa empresa 3M estaban elaborando un tipo de papel adhesivo sin conseguir lo que necesitaban. O el material no aceptaba el adhesivo o el adhesivo se pegaba a otro material, por lo que no se encontraba la fórmula adecuada. Los ingenieros de producción presentaron un papel con un suave pegamento que tampoco llenaba los requerimientos, pues se despegaba con facilidad. Sin embargo, el gerente de la planta pensó que este material podría usarse. Así nació el “post it” autoadherible que se puede pegar y despegar muchas veces. No es que no fuera bueno sino que servía para otra cosa diferente.
Encontró que servía para otra cosa que nunca había pensado. Jesús se sube a la barca que toda la noche ha estado danzando al vaivén de las olas sin conseguir pez alguno, pero encuentra que puede servir para otro objetivo: anunciar la Palabra de Dios. En el Reino de Dios nada se desperdicia. Las migajas de la multiplicación de los panes se deben recoger para nada perder, sino trasformar.
b. De la orilla a lo profundo
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
“Boga mar adentro, y echen sus redes para pescar”.
Jesús ordenó a Simón: “Boga mar adentro”. Lo primero que hace el Maestro es abrir las puertas del horizonte que los fracasos habían cerrado. El artesano de Nazaret se rebela a vernos sentados en la playa lavando redes. Definitivamente, ésta no es su voluntad. Simón se había bajado de su barca y miraba la playa; ya no soñaba con retar el mar, sólo quería irse a dormir a su casa. Había extinguido la esperanza de pescar. Se desmoronó anímicamente. Dejó de confiar. El problema era más grave de lo que parecía, pues no se reducía a una barca vacía, sino al desánimo que lo había invadido y lo paralizaba. Se dio por vencido y por eso los resultados concordaban con su falta de expectativas.
Hay gente que prefiere dormir que soñar, y se adormece con droga, vino o trabajo en exceso. Los que pierden la capacidad de soñar, generalmente se duermen o anestesian. Pero en cuanto Simón Pedro va a lo profundo, sabe que no está realizando un viaje turístico, sino enfrentando un reto.
c. De lavar las redes a intentarlo una vez más
Cuando estaban en medio del mar, Jesús tomó el mando de la operación: Echen sus redes para pescar.
Se trata de los propios instrumentos de trabajo. Luchar con lo que disponemos a mano y no con lo que desearíamos tener, ni menos lamentarnos por lo que carecemos. Cada uno debe descubrir cuáles son sus propias redes.
Es curioso que lograran la pesca más maravillosa unas redes que no están perfectamente limpias. Sin embargo, el principal anhelo de un pescador no es presumir sus redes
pulcras, sino llenas de peces. Quienes prefieren tener sus instrumentos de trabajo limpios no los vuelven a echar al mar. En el fondo, no quieren perder lo que han ganado; o mejor, no están dispuestos a invertir en la misma empresa. Lo cierto es que siempre se tiene que renunciar a otras opciones para ganar lo esencial. Un buen negocio es aquel en el que se puede hasta perder algo, porque las ganancias van a ser inconmensurables.
Solamente los hombres de carácter trascienden la historia porque fueron capaces de intentarlo una vez más… y esta ocasión fue capaz de compensar todo lo demás.
Cuando Tomás Alva Édison celebraba el descubrimiento del foco, un periodista preguntó por qué se le daba tanta importancia al momento de encontrar y no se tomaban en cuenta los 3449 descalabros anteriores. El sabio respondió: “No, yo no fracasé 3449 veces, lo que pasa es que este proyecto tenía 3450 etapas”. Si Édison no hubiera intentado la vez 3450, entonces sí hubiera trabajado inútilmente, pero lo que sucedió en la última ocasión trasformó todas las anteriores.
d. En nombre propio o en nombre de Jesús Palabra
Simón sabe que la lógica está en su contra. Por eso responde: “Señor, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu palabra echaré las redes”. La noche entera Simón había tirado tantas veces las redes, basado en su experiencia y conocimiento. Sin embargo, todo había sido inútil, lo más probable era que tampoco nada se sacara del mar. Por lo menos, parecía lo más lógico. Pero es consciente que puede intentarlo una vez más.
No obstante, interviene un factor nuevo que resulta definitivo: “en tu Palabra echaré la red”. Hace lo mismo, pero con diferente intención. Ahora tiene una nueva motivación. Sabe que por él mismo no es capaz. Así, esa Palabra que ha traspasado su mente tiene un poder inexplicable. Cree en lo imposible y en lo ilógico. Este es el punto de partida del éxito. Creer que es posible y esperar contra toda esperanza.
Mientras sigamos creyendo que no vamos a poder, nada lograremos. Pero cuando seamos motivados por la Palabra creadora y eficaz de Jesús, se abrirán las puertas del paraíso. Aunque hagamos lo mismo, si lo realizamos en el Nombre del Señor cambia radicalmente, tanto lo que forjamos como el resultado.
No basta tener una mente positiva y una actitud de vencedor, para triunfar en la vida. La certeza de la victoria estriba en realizar lo que hacemos confiados en la Palabra del Maestro que tiene poder para realizar imposibles. Éste es el momento clave para obtener éxito: creer que es posible, gracias a la Palabra de Jesús.
Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse.
e. Pedir ayuda a los expertos y a los amigos
Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Pescaron tanto que las redes casi se rompían. Si se arriesgaban a sacarlas, se podrían
rasgar y perderían todos los peces. Si lograban sacarlas, serían tan abundantes que rebosaría la barca y ésta se podría hundir. El triunfo también tiene sus problemas. En cierto sentido, el éxito tiene más riesgos e implica más retos que el fracaso. Es más cómodo sacar las redes escurriendo agua, que cuando están pletóricas, pues se corre el riesgo de romperlas. Es más fácil navegar en barcas vacías, que cuando están al ras de las aguas de tanto peso. Mientras el fracaso nos adormece, el éxito nos despierta para encontrar nuevas alternativas.
En esas circunstancias, Simón supo recurrir a sus compañeros de la otra barca,
pescadores experimentados y discípulos de Jesús. El hombre sabio no es quien conoce todas las ramas de la ciencia, sino el que tiene los teléfonos de quienes saben más que él para ayudarle.
Llamaron a los amigos con la certeza de que vendrían a ayudarlos, pero no con palabras, sino con elocuentes señas, porque sólo los amigos entienden las señales y claves de la comunicación.
Hay gente tan autosuficiente, que no quiere pedir cooperación. Otros son tan inseguros, que no saben cómo solicitarla, pero ninguna excusa es razón suficiente para perder los peces que se han ganado.
Pedir ayuda es una moneda de dos caras. Por una parte, corremos el riesgo de ser defraudados o decepcionados.
Lo cierto es que hay que arriesgar, asumiendo la posibilidad de gritar en el desierto. Por otra parte, cuando solicitamos ayuda a otra persona la hacemos sentir importante y necesaria. Elevamos su autoestima al tomarla en cuenta. Ella se siente valiosa y apreciada.
f. Compartir el éxito Vinieron, pues,
y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.
Simón había capturado muchos más peces que los que podían caber en su barca.
Entonces decidió compartir su triunfo. Cuando la fortuna nos sonríe, tenemos que tomar nuevas actitudes para no naufragar embriagados por el champán de la victoria y
mareados por el incienso del triunfo.
Si queremos todos los peces sólo para nosotros, se van a romper nuestras redes, la barca se puede hundir, y hasta nuestra vida va a correr peligro. El éxito que no se comparte, se convierte en amenaza.
su cosecha, que año tras año ganaba el concurso al mejor productor en el Oeste americano.
El agricultor confesó que se debía a que compartía su semilla con los vecinos. “¿Por qué comparte su mejor semilla de maíz con sus vecinos, si usted también entra al mismo concurso?”, interpeló el reportero. El agricultor respondió: “el viento lleva el polen del maíz maduro de un sembradío a otro. Si mis vecinos cultivaran un maíz de calidad inferior, la polinización cruzada degradaría constantemente la calidad del mío. Si quiero una buena cosecha debo ayudar a que mi vecino también la logre. Así todos ganamos”. C. Tercer escalón: Cambiar mentalidad y estrategia
No basta identificar los errores, ni es suficiente sacar el aspecto positivo de los mismos. Es necesario, también, cambiar nuestra mentalidad y encontrar la estrategia adecuada que nos ofrezca mejores resultados.
a. Cambio de mentalidad
El éxito de Simón Pedro no se reduce a una pesca maravillosa, sino a un cambio de mentalidad. El plan de Dios no es que obtengamos un triunfo transitorio sino que nuestra vida entera sea victoriosa con una mentalidad de vencedores. No basta tener éxito en algún aspecto de la existencia, sino una vida exitosa, donde aún los fracasos se
aprovechan para nuestro bien. Simón creyó que era posible lo que hasta entonces parecía imposible.
Si pudiéramos sintetizar en qué consistió el cambio del hijo de Jonás sería: dejó de ser Simón el pescador, para convertirse en Pedro el pescador con una nueva mentalidad y una nueva estrategia.
Tengo un amigo que, curiosamente, también se llama Pedro. Él vive en California y se dedica al comercio de bienes raíces desde hace muchos años. Me contó que de acuerdo a su estricto control de estadísticas, necesitaba un promedio de 67 llamadas telefónicas para realizar un negocio.
Un día que yo estaba en su casa lo oí hacer una llamada telefónica, y me di cuenta que no había logrado hacer venta alguna. Sin embargo, al colgar el teléfono sonreía. Yo le pregunté por qué estaba tan contento, si no había vendido el terreno que pretendía. Él me contestó con la boca llena de satisfacción: “Esta era mi llamada 34. Sólo me faltan 33 para alcanzar el siguiente contrato. Cada cliente que no me compra es motivo de alegría pues así me acerco a la llamada 67, que es el promedio para realizar un negocio”.
Pedro tiene una mentalidad de triunfador, aun cuando no venda, porque sabe que cada día está más cerca de lograrlo.
Hay gente que piensa que siempre va a fracasar, porque nació con mala estrella. Cree que no tiene suerte y que todos están en contra de él. No confía que pueda obtener lo que otros han alcanzado ni tiene confianza en el futuro. Siempre está con los brazos abiertos para recibir las noticias negativas. Cuando lee el periódico, nunca busca el número ganador de la lotería, sino que se alimenta de la nota roja de crímenes y
accidentes. Ve el cielo nublado. Se le ha extinguido la luz de la esperanza y el mañana es amenazante.
Conozco una persona tan pesimista, que cuando yo atravesaba una etapa de muchas dificultades en mi vida, me trataba de consolar con lo siguiente: “No te preocupes, mañana va a ser peor”.
Lo primero que necesitamos es cambiar la mentalidad despojándonos de los harapos de perdedor, para revestirnos con las guirnaldas de olivo, bañados de champán en el pódium de los vencedores.
Los perdedores ven la cruz, pero ignoran el poder de la cruz. Piensan que hasta el sufrimiento es voluntad de Dios y el ser víctimas los asemeja a Jesús crucificado. Su espiritualidad es ‘dolorista’ y buscan hasta sacrificios, como si no hubiera bastante dolor en el mundo que está en la víspera de su liberación.
La conversión evangélica no se reduce a un cambio de moral o de conducta sino a una trasformación de mentalidad (Cf. Rom 12,2), mentalidad de triunfador. Somos más que vencedores (Cf. Rom 8,37) y libramos una batalla que sabemos ya fue ganada hace dos mil años cuando el nuevo Adán derrotó a la muerte. El triunfador repite tanto a sí mismo, los demás y hasta a los problemas: “Todo lo puedo en Aquél que me fortalece” (Flp 4,13). Cada circunstancia, por más incomprensible que sea sirve para bien de los que aman a Dios (Cf. Rom 8,28). Para Dios no hay nada imposible (Cf. Lc 1,37).
Para el triunfador no existe la palabra “imposible”. En su diccionario no se encuentra el “no se puede”, ni en sus labios aparece el “ya para qué”. Este es el secreto del éxito. Cambiar nuestra mentalidad perdedora, por una mentalidad triunfadora.
b. Cambio de estrategia
Bill Clinton criticaba a George Bush, diciendo que un demente se caracteriza por hacer lo mismo y de la misma forma, creyendo que va a obtener resultados diferentes.
Tomás Alva Édison intentó 2,500 veces inventar el acumulador, pero alcanzó el éxito porque tuvo tanto la constancia para no desistir, como la sabiduría de hacerlo cada vez de forma diferente.