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2.6 Proprietary Information 1 General (Cont'd)

dos concepciones opuestas del conocimiento que se asocian a dos modelos de ser humano y de cultura: el racionalismo y el empirismo. El primero asume que la guía última del pensamiento y la acción hu­ manos debe ser la argumentación racional; el segundo, que debe ser la experiencia sensible acumulada por la memoria. El método de las ciencias naturales modernas combina satisfactoriamente ambos en­ foques, pero en cuestiones filosóficas o políticas no se ha logrado una síntesis tan consensuada. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a primar la coherencia lógica de las ideas sobre los datos de la sensibilidad? Por ejemplo, las posiciones políticas más pragmáticas o liberales suelen asociarse a modelos de justificación empirista y son más reacias a ad­ mitir ideas o argumentos con validez universal y absoluta que justifi­ quen cambios bruscos en la sociedad. Suele considerarse que la Revo­ lución inglesa de 1688 —que conservó la monarquía y un montón de tradiciones— se asocia a planteamientos de tipo empirista, mientras que la Revolución francesa de 1789 —que decapitó al rey por ser rey y trató de establecer incluso un nuevo calendario con semanas de diez días— se asocia a planteamientos más racionalistas.

Una pregunta muy antigua

En realidad se trata de una dicotomía que surca toda la historia del pensamiento occidental desde la Antigüedad hasta nuestros días. Así, figuras como Platón reflejan una visión del mundo racionalista, mien­ tras que Aristóteles responde a una visión empirista. El gran poeta y filósofo Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), admirador declarado de Berkeley, consideraba que el racionalismo o el empirismo eran rasgos psicológicos básicos de las personas —algo así como un estilo cogni- tivo— con el que se nacía y al que no se podía renunciar. La filosofía de los siglos xvii y xviiifue especialmente consciente de esta dicotomía

e hizo de ella un tema explícito de reflexión. Con todo, si se analizan con detalle las obras de los grandes pensadores, se comprobará que nunca hay un modelo puro y que siempre es necesario hacer puntua- lizaciones y excepciones. Los rasgos esenciales de estos dos plantea­ mientos aparecen resumidos en el esquema adjunto.

El conocimiento objetivo de la realidad se basa en procesos de razonamiento deductivo que no dependen de la experiencia. La realidad comparte con la razón su estructura fundamental. El conocimiento del mundo material es intrínsecamente matemático. La mente posee una

dinámica interna de conocimiento y estructuras o contenidos innatos, es esencialmente activa. • • • La esencia de la filosofía es la reflexión- argumentación. El conocimiento objetivo procede de la experiencia sensible, y remite siempre

a esta. La realidad puede no compartir con la razón su estructura fundamental: la experiencia y la cultura determinan los contenidos de la mente. El conocimiento del mundo material es empírico-pragmático. La mente es un papel en blanco, básicamente pasiva, y se rige por la asociación, el hábito y el interés. • • l La esencia de la filosofía es la descripción-crítica. ¿Si las ideas son

innatas, cómo no lo conozco ya todo? • • • ¿Cómo distinguir teorías lógicas y distintas? • « • ¿Cómo deducir verdades de hecho? ¿Es empíricamente demostrable el empirismo? • • • ¿Son empíricas las verdades matemáticas? « • • ¿Cómo aprender de cero?

de nuestros contenidos mentales se convierte en el criterio de verdad.

Esta solución al problema del conocimiento humano su­ pone la existencia de una «sustancia material y exterior a la mente» que posee ciertas «cualidades». También asume que,

de alguna manera que nos es desco-

Las cosas están donde está nocida, estas cualidades producen

el conocim iento, es decir, a su vez en nuestra mente ciertas

en la m ente. «ideas» que se corresponden con

Sm ellas y las representan de modo fia­

ble. No obstante, como solo tenemos cinco sentidos, que nos proporcionan un repertorio muy limi­ tado de ideas, no tenemos conocimiento cierto, ni impresión sensible alguna, de esas «sustancias materiales» que constitu­ yen los objetos físicos «en sí».

Aunque Berkeley presenta su Tratado como una obra neta­ mente constructiva, en realidad su argumento básico consiste en criticar todo este planteamiento. Según Locke, el cono­ cimiento humano es objetivo porque se refiere a sustancias materiales externas, pero si analizamos qué es realmente una sustancia material externa nos encontramos con que nunca podemos mirar por encima de la muralla de ideas que ro­ dean nuestra mente para ver qué es lo que hay al otro lado.

Berkeley criticó este planteamiento de Locke al decir que «la realidad de las cosas no se puede sostener sin supo­ ner la existencia de la materia» y apelar con este término a una sustancia que «ni actúa, ni percibe ni es percibida» vale tanto como decir «que has supuesto que conocías no se sabe qué, no se sabe de qué manera y para no se sabe qué uso». Y para George Berkeley, dar por supuesto que conocemos no se sabe qué, no se sabe de qué manera y no se sabe para qué uso no es una buena manera de iniciar una explicación.

«Dentro» y «fuera». El embrollo de la teoría del conocimiento moderna

Aristóteles, Descartes o Locke comparten el presupuesto de que, para saber si conocemos el mundo, es más importante explicar el origen de lo que pensamos que aclarar su con­ tenido. Pero, además de este presupuesto, comparten tam­ bién otro fundamental: para que una idea sea objetiva tiene que tener un origen «externo»: la única manera de saber si nuestro pensamiento es conocimiento objetivo del mundo consiste en determinar si el origen de nuestras ideas es «ex ­ terno» a la mente. Con alguna matizable excepción en la Edad Media, la tradición filosófica occidental siempre dio por supuesto, hasta Berkeley, que solo el «venir de fuera» garantiza la objetividad del conocimiento. Pero, ¿qué es este «venir de fuera»?

Cuando un lector no experto se inicia en este tipo de de­ bates, la primera reacción espontánea es pensar que la fron­ tera real entre «dentro» y «fuera» de la mente es la piel que nos recubre. L os avances de las neurociencias han sustituido progresivamente esta frontera, la piel, por otros elementos orgánicos como los receptores sensoriales, el sistema nervio­ so periférico, el sistema nervioso central, la corteza cerebral, etc. Pero en realidad estos avances científicos, de enorme importancia médica y psicológica, no han contribuido de­ masiado a resolver el problema filosófico porque, en el fon­ do, siempre se trata de trasladar la misma frontera de un lugar a otro.

En realidad, ningún filósofo moderno ha ofrecido un trata­ miento riguroso y absolutamente coherente del problema del dentro y el fuera en el conocimiento humano. Ni Descartes, ni Locke, ni Berkeley son una excepción. Con mucha fre­ cuencia, en sus obras lo que determina realmente el dentro

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