Dos ejemplos concretos: la idea del «buen salvaje» en la relación Europa-América Latina y la infl uencia de Francis Bacon en la Revolución Industrial
Decidí comenzar el libro con dos ejemplos concretos de cómo las ideas, la fi losofía y los intelectuales infl uyen en la realidad y en el curso de la historia para abrir de golpe los ojos a aquellos que creen que el mundo intelectual es inútil y no merece mayor preocupación. Partamos con la primera idea.
A cualquiera que conozca algo de la imagen que los europeos tienen de nuestro continente no puede dejar de resultarle curiosa esa fascinación que históricamente han experimentado con nuestros proyectos revolucio- narios. Su amor por guerrilleros sanguinarios como el Che Guevara, su idolatría nauseabunda por tiranos como Fi del Castro y su abierta simpatía por gobernantes con vocación autoritaria como Evo Morales y Hugo Chávez dan cuenta de este fenómeno. No es un misterio que en Europa todo proyecto revolucionario y dictatorial lati- noamericano que no sea califi cado de «fascista» genera una especie de hipnotismo acrítico, concitando simpatías de forma bastante transversal. Detrás de todo esto se
esconde una idea que ha sido catastrófi ca para nuestro continente y que ha sido potenciada por diversos inte- lectuales en la historia, extendiéndose con singular vi- rulencia por el mundo desarrollado europeo. Se trata de la idea del «buen salvaje», la que se remonta a tiempos del descubrimiento de América. Como recuerda Carlos Rangel en una obra que debiera ser lectura obligada de todo latinoamericano más o menos letrado, en la época del descubrimiento cierta teología afi rmaba que Dios no había destruido el paraíso sobre la Tierra y que este se encontraba en alguna isla o lugar perdido en el Mundo.8
En esta isla no habría enfermedades ni vejez, ni males de ningún tipo. Sería un Nuevo Mundo no corrompido por la civilización y poblado de seres que no conocían el mal, es decir, de «buenos salvajes». El «buen salvaje» sería un hombre en estado puro de inocencia viviendo en total armonía con la naturaleza y los demás en comu- nidades en que, como decía un entusiasta Montaigne, no había ricos ni pobres ni superioridad política alguna y no se conocían palabras como traición, mentira, avaricia o envidia. Era el ser humano antes de la caída, un ser no pervertido por la civilización europea que Rousseau denunciaba como el súmmum de la decadencia. Un ser sin aquellas pasiones que justifi can la existencia de leyes y sin nociones de propiedad privada responsable, según el mismo Rousseau, de dar inicio a la execrable civilización con todas sus guerras, desigualdades y atrocidades.9
8 Véase Carlos Rangel, Del buen salvaje al buen revolucionario, Monte Ávila Editores, Caracas, 1982.
9 Sobre este tema resulta de gran interés el discurso de Rousseau titulado Sobre el origen y fundamento de las desigualdades entre los hombres, en el cual se encuentran una serie de elementos recogidos posteriormente
Esta idea del «buen salvaje» es, según Rangel, la res- ponsable del complejo de culpa que hasta hoy tienen los europeos respecto del rol que jugaron en los países del Tercer Mundo y particularmente en América Latina. Ellos habrían venido a «contaminar» con su desprecia- ble civilización a los buenos salvajes, a pervertirlos y a destruir su inocencia importando las despreciables leyes e instituciones corruptas y antinaturales como la pro- piedad privada, antes inexistente en América y ahora fuente de todas las desigualdades y males sociales. La propiedad privada impediría el derecho natural al goce igualitario de todos los bienes y frutos de la Tierra, cual era la situación antes de la caída y antes de la conquista europea de América.
Como era de esperar, toda esta mitología alimentó a caudillos latinoamericanos, en todas las épocas, que abogaban por una «igual repartición de la riqueza» como forma de resolver los problemas entre los hombres. En ese intento por derrocar el orden corrupto impuesto des de afuera, el «buen salvaje» se convierte en el «buen revolu- cionario», un ser que lucha por librarse del virus decaden- te traído por los europeos y más tarde por los norteame- ricanos. El «buen revolucionario» sería el descendiente indígena de los habitantes primitivos que poblaban estas felices tierras antes de que los europeos comenzaran su saqueo y sembraran la corrupción, y que cual Robin Hood lucha por reestablecer el orden natural y puro.
Aunque usted no lo crea, todas estas patrañas, culti- vadas por pensadores de la talla de Rousseau, forman
por las corrientes socialistas y marxistas entre los que destaca una visceral condena a la propiedad privada.
parte de la visión europea sobre América Latina hasta el día de hoy. Y las consecuencias de estas falsas ideas, promovidas por hordas de intelectuales europeos y lati- noamericanos, no son menores. Desde escándalos a raíz de la película de Mel Gibson Apocalypto, que enfrentó de manera directa y gráfi ca a los europeos con la obscena crueldad de los aztecas, pasando por la abierta adora- ción de dictadores y la simpatía por caudillos populis- tas, hasta un directo aporte de capitales europeos a los brazos más extremos de los movimientos indigenistas latinoamericanos. Sin ir más lejos, en el caso de Chile los grupos extremistas que conforman la Coordinadora Arauco Ma lleco reciben apoyo directo desde España, Fran cia, Holanda y otros países que ven a los indígenas como «explotados» y «discriminados» por el sistema «neo- liberal» contra el cual luchan heroicamente para evitar su extinción como cultura. En Europa se muestran do- cumentales de ciudad en ciudad sobre el tema mapuche, pidiendo colaboraciones en dinero para la causa que toca la fi bra de los acomplejados europeos. En las pantallas y disertaciones se ven indígenas agredidos por la policía, detenidos y sufrientes, víctimas de grandes consorcios forestales que pretenden arrebatarles todas sus tierras. El tema mapuche en Europa goza de una popularidad de la que un chileno poco informado se sorprendería. Es un tema de moda entre intelectuales y círculos acadé- micos. El llamado del escritor portugués y premio nobel de literatura José Saramago a principios del gobierno de Bachelet, el año 2006, invitándola a «mirar a los ma- puches», dice bastante sobre el posicionamiento de este asunto en la agenda intelectual europea. Y esto no es nuevo. Ya en 2002, la ex primera dama francesa Danielle
Mitterrand se había dado el lujo de criticar al entonces presidente Ricardo Lagos por la detención de mapuches que habían bloqueado carreteras para detener la cons- trucción de la central hidroeléctrica del alto Bío-Bío.
Así se exacerba desde Europa el violentismo mapu- che; el que, por supuesto, como dice en un artículo de la edición chilena de Le Monde diplomatique el antropó- logo Rosamel Millamán, no es más que una lucha le- gítima contra el sistema «neoliberal» impuesto en la dictadura militar con el fi n de recuperar sus «derechos ancestrales».10
Estas son solo algunas muestras del legado de la idea del «buen salvaje» que los europeos han cultivado por siglos y que los ha llevado a aplaudir y apoyar dictadu- ras, movimientos terroristas y revoluciones, en el pasa do y también hoy. Cosas como las descritas más arriba son enseñadas en las universidades y colegios, donde los alumnos, puestos en manos de la intelectualidad pro- gresista que predomina en Europa, aprenden a sentir culpa y a justifi car los intentos por recuperar ese paraíso perdido en que vivían los antiguos primitivos latinoa- mericanos. Algunos incluso vienen a nuestro continente a integrarse a estos grupos de «redentores».
El daño de estas ideas «buensalvajistas» ha sido efec- tivo y concreto para nuestro continente y continúa cau- sándose año a año estimulado, como dice Jean-François Revel en el prólogo del libro comentado, por el uso que
10 Véase Rosamel Millamán, «La confrontación mapuche contra el sistema neoliberal chileno», en Le Monde diplomatique, «Historia y luchas del pueblo mapuche», Editorial Aún Creemos en los Sueños, Santiago, 2008.
los europeos históricamente han hecho de América Lati- na como «apoyo de fábulas». De esta forma, aun cuando sin duda seamos los latinoamericanos los primeros res- ponsables de la propagación de mitos nefastos, Europa hace su parte ofreciéndonos un estímulo prodigioso en el hecho que los espejismos de nuestra imaginación y las excusas que nos forjamos «son devueltas del extran- jero, estampados con un certifi cado de autenticidad de conciencia universal».11
La idea del buen salvaje, que además se avino muy bien con teorías imperialistas como las que ha esparci- do el uruguayo Eduardo Galeano,12 y según las cuales
nuestra pobreza se debe a la explotación por parte de países desarrollados y la riqueza de ellos se explica por lo que nos han succionado, ejerce hasta el día de hoy una infl uencia real. Ella permite explicarnos en parte fenómenos completamente actuales como el del lobby Mapuche en Europa, y nos da luces para entender esa irracional fascinación con la que los europeos miran a Latinoamérica. Aunque sea difícil creerlo, la idea del «buen salvaje» en ese contexto se encuentra quizás tan vigente como hace cinco siglos. Siguiendo su desprecio ancestral por el conocimiento auténtico de nuestro con- tinente, muchos europeos se encuentran convencidos de que los terroristas mapuches en el sur de Chile son po- bres víctimas de la represión y discriminación de gran- des y poderosas corporaciones forestales y del Estado
11 Carlos Rangel, op. cit., p. 13.
12 Sobre este punto hablé con mayor detención en mi anterior libro El Chile que viene donde expliqué los efectos y la raigambre mar- xista de las teorías imperialistas que campean en América Latina.
chileno, aún capturado por el modelo «neoliberal» de Pinochet. Por eso los fi nancian y defi enden en sus ata- ques terroristas, que ven como una salida desesperada a la cruenta persecución racista de quienes solo buscan ser respetados en su pureza ancestral, libres de las co- rrupciones de la civilización capitalista. De esta forma, el agricultor en Temuco que pierde su casa producto de un atentado incendiario de grupos fi nanciados desde Europa es mucho más víctima de ideas acuñadas hace cinco siglos de lo que pudiera llegar a imaginar.
Veamos ahora brevemente otra idea que fue clave en el desarrollo de Occidente y que no tiene nada que ver con el mito del «buen salvaje». Pocos conocen la infl uencia que tuvo el fi lósofo inglés Francis Bacon en el desarrollo de la revolución industrial. Bacon, creador de la teoría de la inducción, fue el primero en prometer que la liberación de la humanidad se lograba a través del conocimiento. Según él, a través de la ciencia el hombre alcanzaría la felicidad, un futuro esplendoroso logrando superar, entre otros, los males de la pobreza. Esta idea de la autolibe- ración material a través del conocimiento, como apunta el fi lósofo austriaco Karl Popper, constituyó el chispazo inicial de la revolución industrial inglesa, que en primera instancia fue una revolución fi losófi ca y religiosa.
La promesa de Bacon, dice Popper, «estimula la em- presa y la confi anza en sí mismo. Alienta a los hombres a depender de sí mismos en la búsqueda de conocimiento y de esta manera a independizarse de la revelación divina y de antiguas tradiciones».13 Bacon fue así el portador
13 Karl Popper, «La infl uencia de las ideas fi losófi cas en la historia de Europa», en Revista Estudios Públicos, n.º 2, Santiago, 1981, p. 193.
del mensaje de la Ilustración que cortó con la creencia cristiana tradicional según la cual había que esperar la otra vida para disfrutar del porvenir. A partir de Bacon el lema pasó a ser el clásico dicho de que «Dios ayuda al que se ayuda a sí mismo». La promesa de poder y riqueza estaba hecha y la civilización europea la asumió extendiéndose en el mundo entero.
El ejemplo de Bacon nos permite entrar en la que según Popper es la idea de mayor importancia históri- ca y sin la cual, por cierto, Occidente no sería lo que es hoy y ni usted ni yo estaríamos donde estamos. Se trata de la idea que tan bien expresó Platón en su alegoría de la caverna, según la cual los seres humanos podemos conocer la verdad absoluta, idea que hoy sabemos falsa, pero que defi nió el curso de la evolución occidental como ninguna otra. Platón la había formulado en La República, donde sostuvo que todos conocíamos la verdad antes de nacer pero que al llegar a este mundo simplemente la olvidábamos y solo teníamos imágenes difusas de ella. Se trata, entonces, según Platón, de utilizar la razón para ver más allá de las sombras y reconocer así la verdad. Este optimismo epistemológico resurge en el Renacimiento y con Bacon como uno de sus máximos exponentes. Re- chazando el trabajo especulativo como fuente del conoci- miento —esto es, la idea según la cual la verdad se puede conocer sin necesidad de observar la naturaleza—, Bacon propone la observación de la naturaleza como la forma de establecer leyes y como única fuente del conocimiento científi co. Una vez conocida la verdad por esos medios, esta merecía absoluto respeto. Así, Bacon no solo dio un giro en las formas de conocimiento de la época, sino que además hizo del respeto por las verdades científi camente
reveladas casi un objeto de culto que ningún misticismo podía discutir, con lo cual inició una revolución científi - ca sin precedentes en la historia humana. Para Voltaire, Ba con fue uno de los más grandes hombres de la his- toria, un fi lósofo que luchó contra la ignorancia de las universidades y quien inauguró, no solo la fi losofía, sino también la física experimental. Según Voltaire, incluso las tesis de Newton habían sido ya sugeridas por Bacon. Para el fi lósofo francés la relevancia de Bacon en la historia es gigantesca: antes de él casi todos los descubrimientos habían sido obra del azar.14
Las dos ideas que he tratado brevemente bastarían para sepultar cualquier argumento que negara la impor- tancia de los intelectuales y las ideas en el desarrollo de la historia humana. En lo que sigue de esta primera par- te del libro voy a profundizar en el análisis explicando la forma en que el mundo de las ideas y de la cultura, tan despreciados por los sectores de derecha en Chile, operan sobre las mentes de los hombres —la suya y la mía— determinando sus acciones y opiniones, advirtien- do de paso sobre el hábil uso que la izquierda hace de esta dimensión.
La derecha y el peligroso desprecio por la fi losofía
A pesar de haber superado hace tiempo el umbral de bienestar necesario como para dedicar más tiempo y re- cursos a temas intelectuales y culturales, nuestra élite
14 Véase: Voltaire, «Sobre el canciller Bacon», en: Cartas fi losófi cas
social y económica no ha desarrollado un interés serio por fomentar lo intelectual. Ni siquiera ha aumentado sustancialmente sus esfuerzos por cultivarse a sí misma, lo cual queda en evidencia en muchos casos con una simple conversación. Particularmente sorprenden te re- sulta el que personajes connotados del mundo de los negocios, abogados, empresarios o políticos, demuestren serios problemas al enfrentarse con temas que trascien- dan lo que Hegel llamó «vida concreta», como si fueran súbitamente arrojados a un inmenso y árido desierto. Este provincianismo intelectual, que consiste en creer que el mundo se reduce a lo que conocemos, es un ras go característico de aquella etapa en la cual los temores ali- menticios nos impulsan a concentrar todas nuestras ener- gías en acumular riqueza. En el caso de buena parte de la élite chilena, la superación de la etapa materialista —esa en que desesperadamente luchamos por asegurar nuestra subsistencia— no se ha traducido aún en el desarrollo de una consciencia refl exiva, ni me nos en un cambio sustan- cial de hábitos intelectuales. Lo cier to es que muchos de sus integrantes viven una realidad post materialista en los hechos —la plata ya está, por lo que dejó de ser una urgencia—, pero conservan una mentalidad materialista bastante primaria —siguen persiguiéndola como si fuera lo más importante en la vida. Son las mismas personas que luego suelen quejarse cuando las cosas andan mal, pero que no hacen mucho por cambiarlas.
No debemos engañarnos: las élites chilenas, pudien- do destinar muchísimos más recursos al consumo de cultura y sobre todo a asumir un rol crucial en la de- fi nición de las ideas dominantes en la sociedad, salvo honrosas excepciones, le deja ese campo a la izquierda.
Y se lo deja, como hemos dicho, porque en estos círcu- los el mundo de las ideas y de la cultura en general es despreciado por ser «inútil». Víctimas de ese arraigado prejuicio son carreras universitarias como sociología, fi losofía, ciencia política, historia, arte o antropología, las cuales son mal vistas e incluso llegan a ser prohibi- das a los jóvenes que ocasionalmente se manifi estan in- teresados en ellas.
Este, por cierto, es un error gigantesco que implica no entender la utilidad y el poder político y social que tienen las ideas, cuyos profesionales, denominados «inte- lectuales», son capaces de cambiar el curso de la historia para bien y las más de las veces para mal. La venta de camisetas y pósteres con la cara de Marx exclamando: «Sorry guys, it was just an idea», es mucho más signifi - cativa de lo que podría pensarse. Y es que las ideas de este personaje, que gustaba describirse a sí mismo como ratón de biblioteca —el paradigma del inútil, diríamos en Chile—, infl uyeron decisivamente en la historia de la hu- manidad, tiñéndola de crímenes, miserias y atrocidades. Y no hay duda de que su legado perdura, aunque con otros rostros, hasta hoy. Como él, legiones de pensadores menos conocidos han formateado el curso de la historia contribuyendo así a defi nir nuestra suerte. Por eso, la co mún afi rmación según la cual la fi losofía es inútil es extremadamente peligrosa, porque la Filosofía, la cien- cia de las ideas por llamarla de alguna forma, o es útil o trasciende a la utilidad, pero en ningún caso es inútil. De hecho, esta «inútil» disciplina es la responsable de los más grandes avances y de las peores catástrofes de la historia. Jacques Maritain, el pensador católico más importan- te del siglo XX, era categórico en esta materia. Él era un
convencido de que las ideas mueven a los hombres y que, por tanto, la lucha por las ideas es algo que jamás se debe descuidar. Sobre la importancia de la fi losofía en la vida de personas como usted y como yo, Maritain es enfático:
Nuestras decisiones prácticas dependen de la postu ra adoptada ante las cuestiones últimas, sobre las que el pensamiento humano es capaz de preguntarse. Por esta