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Decíamos que la teología moral debe hacerse «a la luz del Evangelio y de la experiencia humana», una afirmación que peculiariza su propia epistemología. Además dijimos también que cuando hablamos de experiencia nos referimos a la razón en su más amplia dimensión, es decir, a todo aquello que compone lo humano y que es asequible a través de la mediación de las ciencias, incluyendo también la ley natural. Ahora bien, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de Evangelio/Revelación? Pues simplemente a las principales fuentes de la teología moral cristiana: Escritura, Tradición y Magisterio.

Con ello hay que tener presente que las fuentes están generalmente recopiladas en textos que han sido elaborados en diversos momentos históricos y que, por tanto, requieren un acto de interpretación. De esta forma, como señaló muy bien Gadamer en su obra Verdad y método de 1960 y al igual que ocurre en cualquier otro acto interpretativo, no se puede olvidar que «la interpretación no es un acto complementario y posterior al de la comprensión, sino que comprender es siempre interpretar, y en consecuencia la interpretación es la forma explícita de la comprensión»13. Para ello se

requiere la existencia de algún fenómeno a interpretar, de alguien que lo interprete, y de alguna interacción entre esas dos realidades iniciales. Y ciertamente los fenómenos pueden ser de muchos tipos: una ley, una acción, un ritual, un símbolo, un texto, una persona, un acontecimiento… Pero para lo que a nosotros nos interesa resultan importantes los textos escritos, algo en lo que la hermenéutica moderna desde Schleiermacher ha focalizado bastante su atención. Tales textos parecen, por buena lógica, bastante estables, pero cuando empezamos a reflexionar sobre ellos vemos cómo se vuelven más enigmáticos de lo que en principio pudiera parecer, son como un cajón sin fondo que siempre pueden dar más de sí sin dejar de conservar una actualidad perenne. Por eso se trata de textos que solemos denominar como clásicos, textos que trascienden de alguna forma el tiempo y siempre tienen algo que seguir significando. De este modo los clásicos tienen en común varias características que podemos sintetizar del siguiente modo14:

a) Desde el punto de vista histórico, los clásicos son aquellos textos que han ayudado a

fundar o formar una cultura particular.

b) Desde un punto de vista hermenéutico, los clásicos son textos que teniendo un exceso

y una permanencia de sentido, siempre se resisten, sin embargo, a la interpretación definitiva. Esto es importante, porque representa un ejemplo a la vez de estabilidad radical hecha permanencia y de inestabilidad radical hecha exceso de significado a través de recepciones siempre cambiantes.

c) Son también fundamentales porque exigen atención: es difícil aproximarse a un texto

clásico y forzarle a ser conocido o a la pretensión de que es bastante similar a lo que ya conozco como para no merecer un esfuerzo de comprensión. Se pueden intentar «domar», obligando a hacer una única lectura legítima, pero siempre se escapan de la «domesticación».

d) Los clásicos tienen la posibilidad de ser universales en sus efectos y, aunque su

operatividad está culturalmente condicionada, pueden desaparecer del canon de clásicos y reaparecer en otro momento histórico.

e) Por último, no hay un texto clásico cuya recepción no haya tenido una historia

complicada. Y los lectores posteriores no podrán acercarse a estos textos sino con el recuerdo consciente, o preconsciente, de las lecturas de intérpretes anteriores. Ningún clásico llega a nosotros puro y autónomo, sino que trae consigo una historia conflictiva de recepción, trae su propia permanencia y su exceso de significado.

En definitiva los textos clásicos, que siempre constituyen fuentes de referencia y también de autocomprensión de lo humano, son palabra que nunca deja de hablar directamente en cualquier momento de la historia, y así son contemporáneos. Gadamer afirmaba que «lo clásico es lo que se conserva porque se significa e interpreta a sí mismo; es decir, aquello que es por sí mismo tan elocuente que no constituye una proposición sobre algo desaparecido, un mero testimonio de algo que requiere todavía interpretación, sino que dice algo a cada presente como si se lo dijera a él particularmente. Lo que se califica de “clásico” no es algo que requiera la superación de la distancia histórica; ello mismo está constantemente realizando esta superación con su propia mediación. En este sentido lo que es clásico es sin duda “intemporal”, pero esta intemporalidad es un modo del ser histórico»15.

Por eso mismo nosotros no podemos convertirnos en meros receptores pasivos de las posibilidades que ofrecen los clásicos, sino que debemos aceptar el desafío de integrarlos en la búsqueda de la verdad, y para ello es necesario poner en cuestión nuestros criterios actuales en una interpretación que deje que los textos hablen y signifiquen. Es decir, se trata de interpretar los textos teniendo en cuenta los elementos siguientes16:

– Comprender esos textos es inevitablemente comprenderlos de forma diferente a como sus autores originales o sus primeras audiencias los comprendieron, pero sin perder el espíritu con el cual fueron concebidos.

– Cualquier intérprete contemporáneo aborda el proceso de interpretación con alguna comprensión previa de las cuestiones planteadas por un texto clásico.

– El buen intérprete admite de buen grado que su precomprensión (sus «pre-juicios») sean puestos en tela de juicio, permitiendo que el clásico cuestione las expectativas y criterios actuales del intérprete. Esa precomprensión no puede sino operar en alguna forma de interacción entre texto e intérprete. Cada intérprete llega al texto llevando sobre sí esas complejas historias de efectos que llamamos tradiciones.

– No hay más posibilidades de escapar de la tradición que las que pueda haber de escapar de la historia o el lenguaje.

Con tales criterios, validos también para la utilización de los textos que conforman la tradición cristiana, podemos entrar ya en el análisis de las fuentes teológicas del discurso moral, que tiene unas particularidades que superan por exceso cualquier tipo de texto

clásico y que han desempeñado un papel esencial en toda la historia cultural y religiosa occidental.

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