Chapter 2: Psychological essentialism: A literature review
2.4. Psychological essentialism and humanisation
A nivel metafórico el cuidado hacia los niños es una moneda de dos caras. Así cuentan las mujeres indígenas vendedoras ambulantes, a las que, por una parte, la maternidad les da sentido a la vida, les da alegría y satisfacción, sobre todo al ver a sus hijos crecer en los valores de respeto, rectitud, esfuerzo. Y por otra parte brindar los cuidados a los niños es un acto de desgaste físico, cansancio extenuante (Prieto, 2015) y de soledad. En ese sentido, para estas mujeres el cuidar a los niños es una tarea cansada, al mismo tiempo que les otorga una retribución; la de poder representar una buena familia:
Para tener un hijo tenemos que ser responsables, sea padre o madre. Entonces también para las mujeres es más trabajo que tenemos que estar día y noche cuidándole al niño. Y también me dijo que aún así ha salido adelante, aunque sea solita pero ha hecho estudiar, la primera está estudiando en la Universidad y el otrito también, el último está en el colegio (María Laura, 2015, taller de memoria del cuidado).
La vida ha sido dura…desde que eran wawas sufrimiento… pero más antes (en que no había guardería) solo cargados, y detrás el otro también yo tenía, cuando mi hijo el primero ya tenía 2 años, ya tuve el otro, entonces están seguiditos, entonces así mismo cargada el uno (el más tiernito) y amarcada el otro, con los animales a trabajar, andaba y camina. Entonces que sufrimientos más antes para trabajar (…) Las mujeres somos las que estamos con los niños durante el día y durante la noche, aunque lloren, cuando están enfermos. (…) A mí me viene el sentimiento (llora)… siento que me van botando así los hijos, así cuando eran chiquitos así juntos vivíamos con todo y sí, ahora siempre yo me paso llorando y paso así porque de pequeños a veces jugaban así, a veces así llegaban a la casa molestaban…yo quería pegar a mis hijos…les pegaba cuando no hacían los deberes de la escuela, o se ponían a cantar y tenían que estudiar…les pegaba por eso, pero ahora me arrepiento. Ahora que ya están grandes se van botando todos. (Su cuñada) la mija me está acompañando con mi nieto y con eso estoy feliz con la niña en la casa, a veces ya no me lloro. Vuelta cuando ella
se va a salir a cualquier parte y me quedo solita no me dan ganas de entrar a la casa” (Francisca C., 2015, Taller de memoria del cuidado).
En este sentido el cuidar tiene que ver con el cansancio extenuante de estar a disposición y atento al otro noche y día. Estas tareas se hacen más difíciles cuando el marido no comparte el cuidado de los niños, las labores del hogar o cuando hay pocas redes de apoyo. Aunque discuto en el capitulo 2 la institucionalización del cuidado con la llegada de los Centros de desarrollo infantil, me parece que la presencia de estos centros de cuidado del gobierno apoyan la labor de estas mujeres, aunque como lo explicaré en dicho capitulo, ellas deben aceptar otras condiciones de cuidado para sus hijos.
Luz y María A, también señalan la ardua tarea de andar caminando con los niños para todas partes dicen, “estamos todo el día en el corre y corre”:
Luz explica lo cansado que es llegar al cuartito después de haber vendido frutas todo el día. En la tarde cuando está con sus dos hijos, después de vender, sube caminando la calle Rocafuerte a pie, porque los buses no la llevan si anda cargando cajas. Sube con las caja de fruta y los dos niños. Dice que al llegar a la casa, ordena el cuarto, lava los platos y si está desocupada la piedra lava la ropa de los niños. Dice que sus hijos la acompañan y juegan entre ellos mientras ella lava. A veces hace deberes con su hija cerca de las 9 de la noche, y riéndose explica, aunque me siente al lado y no entienda nada le trato de ayudar. Luego se duermen y a las 5 de la mañana va a comprar frutas al mercado (Luz, 2015, Notas de Cuaderno de Campo).
Por tanto los momentos que comparte con los niños se vive durante todo el día. Si bien es cierto, no hay un tiempo –esfera-dedicado al juego, las he visto conversar con sus niños mientras caminan, mientras enfundan fruta, a veces los niños están al lado de ellas calladitos mirando la calle o como vende la mamá, otras veces los miran de lejos mientras los niños juegan con los hijos de otras vendedoras ambulantes.
Entonces, uno de los elementos que las hacen sufrir como madres tiene que ver con el juicio y malos tratos especialmente de la familia cercana -la suegra:
A veces las suegras sí también han sabido maltratar más grandes…todo miran… porque siempre sabíamos vivir en la misma casa, a nuestros hijos a veces cuñadas sabían haber así solteras, ellas también a veces eran mujeres que sabían maltratar, y sobre eso también la madre queriendo pegar a nosotros o pega mismo, y la suegra nos maltrata también las cuñadas maltrata, todo eso. Las mujeres hemos sabido vivir en sufrimiento más antes. Ya después haciendo la casita aparte a veces teniendo comida no se puede cocinar no más, coger ni comer ni nada, como dice el dicho “casa ajena”, entonces así es en el campo, vuelta ya haciendo aparte cuando el
marido trabaja y con cualquier cosita ya se cocina ya se coge … tranquilidad si cocina tanto para los hijos tanto para los otros pero así sabíamos vivir juntos; que no se puede coger, cocinar y comer una en el rato que quiera entonces así es la vida sufrimiento” (Rosario A., 2015, Taller de Memoria del cuidado).
Experiencia que fue estudiada por Weismantel (1994) y que tiene que ver con el acceso al orden jerárquico dentro de una familia. La autora explica que las nueras son consideradas como las nuevas, las aprendices, que no hacen las cosas bien y por tanto reciben, en muchos casos, la desaprobación de la suegra quien sabe como funciona el hogar, por eso se les encargan tareas pesadas o andar siempre junto a la suegra para conocer.
En este caso “la nuera” se vuelve lo “otro”, lo extranjero, y es vivido como una invasión al hogar, un cuestionamiento a la hospitalidad que ofrece la suegra. Derrida (2008) explica la complejidad de la hospitalidad, en el sentido de que para acoger al otro, para convertir al extranjero en familiar y superar el temor que genera, el anfitrión debe confrontarse con su propio desamparo, haciéndose vulnerable al ser ajeno-extraño- otro. Entonces la auténtica hospitalidad, es ofertada por, “quizás únicamente aquel que soporta la experiencia de la privación de la casa…de ese sin-lugar, sin-abrigo” (Derrida, 2008: 60).
El cuidado que se ofrece al otro parte de una ambivalencia, por una parte encontrarse con el propio desamparo, al mismo tiempo hay una retribución, la representación de la familia, en otras palabras, el poder crear una herencia, como dice María A., los hijos son mi herencia como diciendo que tienen una parte de ella-huellas. Muchas veces quien no tiene hijos es entendido “como un hogar triste, que nunca van a ser felices” (tayta Domingo G., 2015, entrevista). Por otra parte los hijos son la carta de presentación de la familia y “es responsabilidad de la familia criarlos bien” (Mercedes G., 2015, entrevista), en ese sentido si les va bien a los hijos le va bien a la familia.
Esa idea de criar bien a los hijos, trae consigo una responsabilidad extra a las mujeres que son madres, porque de alguna manera depende de ella el nombre de la familia. Lo que confirma por una parte esta idea de la mujer como guardiana de la cultura, lo que les da sentido a la vida, se sienten valoradas pero por otra restringe otros ámbitos en los que quieran desplegarse.
En ese sentido, el cuidado es ambivalente para las mujeres indígenas vendedoras ambulantes, es cansador y al mismo tiempo les permite construir un sentido de vida.
Con esta idea de ambivalencia puedo entender, cuando las mujeres del taller de Memoria del cuidado en Baldalupaxí, le dijeron a Erica B., (compañera de la universidad) “¿cómo así que dejó el marido solo en Quito y ella se vino a Riobamba?, y cuando contesto que había sido un acuerdo, ellas la miraron con reprobación, diciendo no se puede dejar al marido solo, como diciendo estas cumpliendo mal tu tarea” (2015, Taller de Memoria de los cuidados).