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a oración cristiana es ejercicio de la fe, y la fe no se reduce a un tiempo determinado del día, sino que a medida que crece, va invadiendo todas las actividades y aspectos de la vida. La fe viva lleva el amor de Dios en sí misma, y el amor a Dios no se limita, sino que abre al Infinito divino que ama todo lo que él ha creado y se difunde constantemente, sin pausa.

El tiempo de oración formal, dedicado, en el silencio y recogimiento, a concentrar las fuerzas interiores y exteriores en la conciencia de Dios presente y a la escucha de su voz interior, ha de ayudar a que esa conciencia de Dios y su presencia se actúe en la realización de la divina voluntad por amor, sea cuando comemos, sea cuando dormimos, sea cuando realizamos cualquier obra necesaria a nuestra vocación[84]. Lo que impide esa vida de fe y de oración continua son nuestras aficiones desordenadas, nuestro egoísmo, el atractivo externo de las realidades placenteras, o dolorosas, que nos vuelve a la superficie y a las apariencias, a no ver las criaturas en su relación con Dios que espera nuestra respuesta de amor en todas las situaciones.

Por eso es necesario despegar el corazón, adherirlo puro y sencillo a Dios, confiando en su providencia siempre presente, buscarlo para encontrarlo en todas las cosas. Las jaculatorias son expresión de ese deseo, nacido de la fe y del amor, o instrumento que lo suscita. Con jaculatorias expresa o interiormente formadas, la persona se puede ir habituando a este modo de buscar y encontrar a Dios en todas las cosas y en todas las personas.

La exhortación de san Pablo a los tesalonicenses: «Orad sin interrupción. En todo dad gracias» (1 Tes 5,16), parece cumplirla él, cuando dice a los romanos «…que os recuerdo sin interrupción en mis oraciones» (Rom 1,9). Y en esa dirección parece apuntar san Ignacio cuando aconseja a los estudiantes jesuitas que se ejerciten «en buscar la presencia de nuestro Señor en todas las cosas… y causará este buen ejercicio, disponiéndonos, grandes visitaciones del Señor, aunque sean en una breve oración. Y allende de eso, puédense ejercitar en ofrecer a nuestro Señor Dios muchas veces sus estudios y trabajos de ellos, mirando que por su amor los aceptamos, posponiendo

nuestros gustos, para que en algo a su Majestad sirvamos, ayudando aquellos por cuya vida él murió»[85].

Y lo que dice a los estudiantes, porque «no pueden practicar largas meditaciones, allende de los ejercicios que tienen para la virtud (oír misa cada día, una hora para rezar y hacer examen de conciencia, confesar y comulgar cada ocho días)»[86], puede aplicarse también a los que se dedican al ministerio apostólico, o a las madres y padres de familia en las labores de la casa, o en el ejercicio de la educación de los hijos, o en el de su profesión, aunque puedan o deban dedicar también ratos más largos a la oración. En todos los grandes orantes podemos observar que la perfección de su amor a Dios les ha llevado a eso. «Para mí, escribe santa Teresita, la oración es un impulso del corazón, es una simple mirada lanzada al Cielo, es un grito de agradecimiento y de amor tanto en el seno de la prueba como en el seno de la alegría; en fin, es algo grande, sobrenatural, que dilata mi alma y me une a Jesús»[87]. O como el apóstol de los esclavos negros, san Pedro Claver: «Agradarle y darle gusto (a Dios) en todo y por todo»[88].

Y san Francisco de Borja escribe en su diario espiritual: «…de una manera o de otra, hacer siempre su voluntad, como instrumento tocado o tañido de su mano» [89], y procuraba permanecer en oración siempre al ritmo del reloj. A los pocos meses de haber sido elegido General de la Compañía de Jesús, escribía en sus apuntes del día 5 de noviembre de 1565: «…pedir una limosna como pobre cada hora, etc.»[90]. Y entre las gracias y luces que recibía el día siguiente: «…las pláticas el viernes, en casa y colegio, etc., guardar la vara y el maná en el arca que es nuestra alma, esto es: temor y amor. Ver el efecto de la vara en guardarse de las ocasiones; el efecto del maná, que se vuelve todo dulce por Cristo. Lo mismo para el temor. Evangelizador y cartujo, mira la diferencia: unos imitan a Cristo en el desierto, otros a Cristo evangelizando y predicando, etc. Así, como a Cristo servían los ángeles en el desierto, así el ángel le habló… para mostrar que, en la una vida y otra, nuestra convivencia está en los cielos, y nuestra vida angélica»[91].

Ya san Juan Crisóstomo, el gran orador a favor de la oración, enseñaba que no solo hay que orar cuando se tiene la meditación sobre lo que pedimos, «sino también cuando uno está ocupado en sus deberes, o cuando cuida enfermos, u otras ocupaciones u obras útiles gratuitas, mezclando en ellas el deseo y recuerdo de Dios, para que todas se conviertan en alimento dulcísimo para Dios como condimentadas con la sal del amor

divino»[92]. Ve en esta oración constante el ambiente a propósito para que podamos sacar fruto más abundante en la vida.

San Ignacio de Loyola escribe, en la parte III de sus Constituciones, que los estudiantes sean exhortados a menudo «a buscar en todas cosas a Dios nuestro Señor, apartando cuanto es posible de sí el amor de todas las criaturas, por ponerle en el Creador de ellas, a él en todas amando y a todas en él, conforme a su santísima y divina voluntad»[93]. El que merece ser amado con todo el corazón está en todas las cosas, por ello puede amarse en todas. Y, amando a Dios, amaremos a todas las cosas en él, pues no amarlas en él, sería amarlas en lo que no son, en aquello para lo que no han sido criadas, sería desviarnos de su amor. No estaríamos conformes con su santísima y divina voluntad.

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18. Dificultades en

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