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Publications in the ERIM Report Series Research ∗ in Management ERIM Research Program: “Organizing for Performance”

“La Arquitectura es hoy esa actividad que uno llama arte, colocando allí

la palabra para servir de pantalla a las vanidades y a los negocios.” Le Corbusier

Entretien Avec les Étudiants des Écoles D’Architecture. Les editions de minuit. París, 1957. Versión castellana: Mensaje a los Estudiantes de Arquitectura. Ediciones Infinito, Buenos Aires, 1961

La arquitectura constituye una actividad humana que afecta tanto a la esfera intelectiva como al mundo físico material. Se trata, al mismo tiempo, de un

saber y de un hacer. Aunque posiblemente sea más preciso hablar de un saber para un hacer. Es decir, un conocimiento y una actividad intelectual

que tienen su sentido y su fin en la realización de un objeto determinado, concreto, físico y material.

Además de la finalidad que se concreta en el edificio construido, la actividad arquitectónica tiene su razón de ser en la contribución a la felicidad de los seres humanos a través, precisamente, de su materialización.

Pocas actividades humanas han sido objeto, como la Arquitectura a lo largo de su historia, de una continua redefinición. Pareciera que siempre que se pretende adscribir a la Arquitectura dentro de algún territorio concreto del conocimiento, del arte o de la realidad física se planteasen fricciones que hacen que no resulte fácil, ni suficientemente clara, la definición de lo que la Arquitectura es.

Tratar de arrojar luz sobre el eterno conflicto que plantea la dicotomía arte-

ciencia en relación con la arquitectura, es una empresa realmente ardua si,

para ello, se pretende echar mano, como fuente de información, de las opiniones vertidas al respecto, a lo largo del hilo de la historia, por tratadistas, arquitectos, artistas y pensadores. Si se presta atención a los textos, se

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observa que, con frecuencia, se emplean en ellos los términos arte o ciencia sin que sea fácil, en muchos casos, determinar el verdadero alcance de lo que significan. Esta dificultad se ve acrecentada, por otra parte, si se considera también el hecho de que los propios conceptos de arte y ciencia han sufrido importantes variaciones en lo que respecta a su propio significado. Esta situación, obliga a matizar y, en cierto modo, a relativizar el supuesto enfoque científico o artístico que la arquitectura haya podido tener en cada momento histórico, o para cada autor.

Puede afirmarse que incluso quienes postulan la esencialidad artística de la Arquitectura no pueden pasar por alto el problema de la especificidad de lo arquitectónico respecto a las otras artes. En este sentido, la necesidad de dar satisfacción a las necesidades humanas, el carácter funcional del producto arquitectónico, los condicionamientos técnicos presentes en la construcción, o la intervención de diversos agentes a lo largo del proceso de producción, hacen que la arquitectura resulte difícilmente equiparable a la pintura o a la escultura, por mencionar solo aquellas artes plásticas que, históricamente, se han considerado como más afines a aquella. El reconocimiento de que la arquitectura es un arte sometido a un complejo entramado de normas y condicionamientos constituye, en cierto modo, la negación de la idea de arte. En efecto el trabajo arquitectónico está determinado por la necesidad; tanto en lo que se refiere a la satisfacción de un programa de necesidades funcionales que dé cumplimiento a las expectativas de utilización, como en lo relativo a la sujeción a las leyes de la naturaleza, que garanticen con suficiente fiabilidad y eficacia la seguridad y el confort. Por otro lado, la obra de arquitectura no es nunca una empresa individual, por el contrario, necesita de la concurrencia y esfuerzo de numerosos agentes que, en mayor o menor medida, influyen en el resultado final.

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Estas circunstancias, entre otras, hacen que la arquitectura no resulte equiparable, en sentido estricto, al trabajo artístico que, al menos desde la época romántica, se entiende como una prístina manifestación de libertad individual.

Por otro lado, es frecuente que desde posiciones que defienden tesis de objetividad y racionalidad abunden las concesiones hacia los supuestos artísticos que, en ocasiones, se manifiestan con gran efervescencia metafísica, lo que no deja de ser cuando menos paradójico y contradictorio, al menos si se analizan estas opiniones desde una visión romántica de los conceptos de arte y de artista, que, como se ha dicho, tiene su distintivo en el ejercicio de la plena libertad “creadora”.

Entre estas posturas extremas se sitúa todo un conjunto de posiciones intermedias que pueden resumirse en una especie de convención que consiste en admitir la dualidad o ambivalencia científico – artística de la arquitectura. Es, en cierto modo, el reconocimiento de una doble condición: por un lado, la arquitectura es una actividad gobernada por las leyes de la física, por las necesidades de la sociedad y por exigencias económicas y por otro, constituye un medio de expresión de naturaleza similar a la de las otras artes y, por lo tanto, fuera de las pautas de lo racional, lo normativo y lo previsible. Esta ambivalencia ha tomado cuerpo metodológico en la dicotomía bergsoniana

razón-intuición y, sobretodo, en la escisión falaz, artificiosa e interesada, del

proyecto en dos fases antagónicas y complementarias que pueden definirse como: fase creativa y fase productiva.

Así, una parte de la actividad arquitectónica correspondería al ámbito del pensamiento racional, comunicable y, en consecuencia, objetivo y científico; en tanto que la otra parte pertenecería al ámbito de lo irracional e inefable y, consecuentemente, subjetivo y artístico.

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En el otro extremo, cabría situar a quienes postulan el trabajo arquitectónico como algo estrictamente técnico cuyo producto es una especie de resultante mecánica determinada por todo el cúmulo de condiciones externas.

A lo largo de la historia, el concepto de la Arquitectura se ha venido debatiendo entre esas dos instancias: por un lado, la instancia objetiva, racional, lógica y científica; por otro la instancia subjetiva, irracional, intuitiva y artística. Esta doble esencialidad de lo poético afecta tanto a los aspectos más intrincados y profundos de los procesos mentales de la “creación” como a los aspectos más operativos y pragmáticos:

“Poética o mejor Poiética. En una parte el estudio de la invención y de la composición, el papel del azar, el de la reflexión, el de la imitación; el de la cultura y del medio; en otra parte, el examen y el análisis de las técnicas, procedimientos, instrumentos, materiales, medios y agentes de acción”

Valery, Paul

Teoría Poética y Estética. Editions Gallimard. París 1957. Visor Dis., S.A. Col La Balsa de la Medusa. Madrid, 1998

Con este acuerdo o convención puede decirse que la cuestión quedaría zanjada, pues, en la medida en que constituye una posición intermedia, vendría a dar satisfacción a unos y otros. Sin embargo, la cuestión se muestra más compleja dado que la admisión de esa dualidad puede entenderse en forma de feliz acuerdo entre dos mundos. Pero, para que haya acuerdo, debe reconocerse la existencia anterior de un conflicto, desacuerdo o antagonismo. La lucha entre lo objetivo y lo subjetivo, entre lo racional y lo irracional, plantea cuestiones primordiales que exigen una toma de postura previa, pues afectan de lleno a la finalidad de la arquitectura por tener implicaciones éticas y metodológicas: éticas en cuanto la cuestión de fondo consiste en determinar la legitimidad de lo irracional y de lo subjetivo, en una actividad cuya finalidad es la felicidad colectiva y cuyo alto coste es financiado por otros; y metodológicas en cuanto la escisión del proyecto en fase creativa y fase productiva no se

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muestra como la opción más deseable, en la medida en que puede plantear problemas acerca de la unidad de la obra que deben ser abordados.

No se debe olvidar que la exacerbación de la escisión entre lo artístico y lo técnico llevó durante el siglo XIX a que los arquitectos fueran, en buena medida, relegados a la elaboración de diseños de fachadas (fachadismo). El resultado fue un eclecticismo decorativista, mediocre y banal que en nada benefició a la Arquitectura, ni a la ciudad, ni a los arquitectos, que aún no se han desprendido del todo del sambenito de “artistas” especialistas en la edulcoración de amargas realidades por medio de escenografías. Más bien al contrario, con la expansión de las empresas consultoras, se está produciendo una regresión a los supuestos que consideran al arquitecto como mero agente capaz de añadir cierto “estilo”, cierto “toque personal” a cualquier artefacto cuyo proyecto está predeterminado por el mercado.

A esa tesis corresponde la abyecta afirmación de John Ruskin: “La arquitectura radica en el ornamento añadido al edificio”.

Zevi, Bruno

Architettura in Nuce. Instituto per la Collaborazione Culturale S.P.A., Roma, 1964

Versión castellana: Architettura in Nuce. Una Definición de Arquitectura. Aguilar, S. A. De Ediciones. Madrid, 1969

Más reciente (1945) es la afirmación de Nikolaus Pevsner: “Un cobertizo para

bicicletas es un edificio; la catedral de Lincoln, es una obra de arquitectura...; el término arquitectura se aplica solo a los edificios proyectados en función de un “appeal” estético”. Se da así por consolidada, no solo la distinción entre

edificación y arquitectura, sino también que esta distinción va necesariamente aparejada a otra más dudosa que supone la existencia de tipologías arquitectónicas (simbólico-representativas) y tipologías edificatorias (simple construcción).

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Tras la Segunda Guerra Mundial se produjo el nacimiento de una nueva conciencia social. El aumento de la complejidad técnica y constructiva y las nuevas exigencias funcionales, han llevado a la arquitectura a una

tecnificación que la vincula más al mundo de la ciencia. En paralelo, la

pérdida paulatina de la religiosidad, la separación de poderes y las libertades democráticas han propiciado, en cierto modo, el alejamiento de la Arquitectura de los valores simbólicos y artísticos.

Todo este proceso de transformación basado en el progreso social, técnico y económico sirvió de marco a un debate acerca de la arquitectura cuyo resultado fue un cúmulo de teorías, más o menos explícitas, tendentes a redefinir la finalidad y los alcances y, en consecuencia las actitudes, los medios y los procesos necesarios para la producción de la demandada nueva

arquitectura. Esta nueva arquitectura reclamaba recuperar el “status” de

objetividad que había tenido, y que, como se ha dicho, había ido perdiendo y que ahora se torna estrictamente necesario.

Un análisis, siquiera superficial, del texto de Vitruvio pone de manifiesto el problema de la dualidad arte-ciencia: ya desde su inicio, en la descripción de las tres componentes (firmitas, utilitas y venustas) parece quedar claro que: en tanto que la fírmitas y la utilitas caen claramente del lado de lo objetivo y lo racional, el concepto de belleza es más lábil y no permite una clasificación definitiva.

Ludovico Quaroni explica bien esta cuestión:

“El conocimiento cultural de la 'utilitas' y de la 'firmitas' pertenece, en

uno y otro caso, a la esfera racional del conocimiento, aunque sean cosas muy distintas entre sí e instintivamente tiendan a una recíproca incompatibilidad, mientras que el conocimiento cultural de la 'venustas', es decir, del modo de manipular 'utilitas' y 'firmitas' para obtener de

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ellas arquitectura, pertenece, por una parte, a la esfera racional y, por otra a la irracional”.

Quaroni, Ludovico

Progettare un edificio. Otto lezioni di architettura. Gabriele Mazzotta editore. Milano, Italia,1977

Versión castellana: Proyectar un edificio. Ocho Lecciones de Arquitectura. Ediciones Xarait. Madrid, 1980

Quaroni parece enunciar el problema y dar la resolución, en la medida en que vincula la solución de la venustas a una especie de satisfacción y acuerdo anterior de la firmitas y la utilitas. No plantea de forma clara una subordinación pero en sus palabras late un orden de prioridades, o al menos un orden metodológico, en la medida en que vincula la obtención de la belleza a una adecuada manipulación de los aspectos relativos a la fírmitas y a la utilitas. La dualidad arte-ciencia persiste en Alberti que caracteriza su idea del buen arquitecto como la de un científico de alta calificación ética y, al mismo tiempo, como un artista que no obstante fundamenta su trabajo en una sólida experiencia:

“La arquitectura es un asunto de gran envergadura y no es de la

competencia de cualquiera abordar un tema tan importante. Aquel que tiene el valor de llamarse arquitecto ha de poseer un espíritu elevado, una inagotable capacidad de trabajo, la más rica erudición y un máximo de experiencia, pero sobre todo ha de contar con una seria y bien fundada capacidad de juicio y con entendimiento. Puesto que en la arquitectura recibe el mayor elogio quien sabe juzgar qué es lo necesario. Porque construir es una necesidad, mas construir adecuadamente depende tanto de la necesidad como de la utilidad. Así construir de manera que guste a la gente distinguida sin que repulse a los humildes resulta sólo de la experiencia de un artista cultivado, receptivo y prudente”

Alberti, Leon Battista

De Re Aedificatoria. Ediciones Akal. SA. Madrid, 1991

La posición de Alberti es clara en el sentido de la defensa del juicio sensato y de fundamentar en la necesidad y la utilidad así como en la reflexión, la

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erudición y la experiencia el trabajo del arquitecto. De esta forma, Alberti es un teórico precursor de la modernidad.

Redefinición de lo arquitectónico.

Una vez superada la fase gótica, puede afirmarse que en el periodo que media entre el Renacimiento y el siglo XVIII no aparecen grandes contradicciones ni disidencias sobre esta concepción dual (arte-ciencia) basada en cierto acuerdo de las componentes vitruvianas. Pero es a partir de mediados del siglo XVIII y, sobretodo, durante el XIX, cuando se desarrolla todo un proceso de redefinición de la disciplina que, hasta el momento, no ha cesado. En efecto, cada movimiento, buena parte de los arquitectos, los historiadores y los críticos sienten la necesidad de definir nuevamente la arquitectura. Las definiciones de arquitectura se multiplican a conveniencia, según la visión o enfoque de cada cual. A este respecto, tanto Bruno Zevi en “Architectura in

Nuce”, como Luciano Patetta en su “Historia de la Arquitectura (antología crítica)” han aportado algunas de las definiciones más importantes, bien sea

por su trascendencia intrínseca, bien por la importancia del autor. También en este estudio se recogen aquellas que se ha considerado que guardan mayor relación con el tema tratado, dividiéndolas en dos grupos: por un lado, aquellas definiciones que enfatizan el carácter artístico, irracional, inefable y metafísico de la arquitectura y, por otro, las que hacen hincapié en los aspectos racionales, comunicables, verificables y científicos.

El que esta continua redefinición haya cobrado especial relevancia durante los tres últimos siglos es, sin duda, debido a los importantes avances tecnológicos y científicos, por un lado, y a los cambios sociales, políticos y económicos, por otro. Todo ello ha obligado a la reflexión acerca de los fines y, sobretodo, la razón de ser de la arquitectura. Fines y razón de ser que han sufrido, con el

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curso de los siglos, una enorme transformación, por lo que cualquier revisión documental debe ser tomada con la mayor precaución; tanto mayor, cuanto más alejada en el tiempo se encuentre la fuente de procedencia consultada. En ocasiones, es preciso volver, y así se hará, sobre textos clásicos de diversos autores, en el entendimiento de que hay cuestiones que permanecen

ad aeternum. No obstante, como se ha dicho, conviene actuar con cautela en

estos casos, pues se puede dar fácilmente un sentido equivocado a lo que originalmente se quería decir en aquellos textos.

Que la arquitectura esté sometida a esta redefinición permanente obedece pues, sin duda, a razones más profundas que el mero afán de arquitectos, historiadores y críticos por aportar y justificar su propia opción personal. De hecho, este fenómeno definitorio no parece desarrollarse con la misma intensidad en otras profesiones por muy complejas que estas sean. Solamente la ciencia y el arte siguen estando inmersos en este mismo proceso de continua redefinición.

Tanto la Arquitectura como la Ciencia y el Arte muestran una especial sensibilidad a los cambios culturales, sociales, políticos y económicos, de modo tal que tanto sus fines, como sus métodos, se encuentran en un proceso evolutivo sometido a discontinuidades importantes. Por otro lado, debe hacerse notar que al constituir, las sociedades democráticas, un caldo de cultivo para la diversidad de opciones y corrientes de pensamiento, favorecen, sin duda, la proliferación de concepciones y enfoques teóricos arquitectónicos diferentes. Sin embargo, en lo que respecta a la realidad construida, esta libertad de opciones es más formal que esencial, debido, paradójicamente, a las limitaciones que impone el “libre mercado”, cuando no la pura especulación.

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El resultado de ese proceso de redefinición constante es que la voz

Arquitectura ha adquirido un carácter polisémico. El término adquiere distintos

significados según el contexto en el que se incluya. Unas veces está íntimamente relacionada, como se verá, con los conceptos de sistema, orden y estructura, otras se relaciona con lo construido y otras con lo artístico y creativo.

Como se ha dicho, el término Arquitectura ha venido adquiriendo una cierta variedad de acepciones que, aunque no vienen todas recogidas oficialmente en el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia, si son habitualmente empleadas, tanto en el lenguaje común, como en diversas jergas profesionales especializadas (arquitectos, críticos, historiadores, etc). En la vigésima segunda edición del Diccionario de la Real Academia Española aparece la voz “arquitectura”, en su primera acepción como “Arte de

proyectar y construir edificios”. Es decir, en lo que se refiere al mundo de la

edificación el termino “arquitectura” es contemplado únicamente como una actividad: la de proyectar y construir edificios, pero bajo la especie dudosa de “Arte”. Cuando a los conceptos de proyectar y construir se antepone el de “arte”, la definición puede tener una doble interpretación: En primer lugar, la de que toda acción de proyectar y construir constituye un arte, y, en segundo lugar, que solo proyectar y construir con arte puede considerarse Arquitectura. Por otro lado, las tres primeras acepciones de la voz “arte” son:

1 Virtud, disposición y habilidad para hacer alguna cosa.

2 Acto o facultad mediante los cuales, valiéndose de la materia, de la imagen o del sonido imita o expresa el hombre lo material o lo inmaterial, y crea copiando o fantaseando.

3 Conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien alguna cosa.

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La primera acepción se refiere al arte como un atributo o capacidad de carácter personal: El arte -y por extensión de tal definición, la arquitectura- pertenecería así al sujeto agente, al autor. El arte o la arquitectura reside en el artista o arquitecto y, en consecuencia, emana de él. El que este atributo sea un don innato o un saber susceptible de ser adquirido, es siempre objeto de controversia que divide radicalmente a arquitectos y críticos.

Para los que creen que la Arquitectura es un saber adquirido, el conocimiento objetivo es, lógicamente, condición indispensable, necesaria y suficiente. Para los que piensan que la Arquitectura es un atributo innato de la persona, el conocimiento objetivo es condición necesaria pero no suficiente.

Independientemente de que se pueda estar más próximo a cualquiera de los dos enfoques, en el presente trabajo se pretende huir de toda concepción personalista de la arquitectura. Se entiende así que la arquitectura está en la obra y no en el autor.

Es sólo la tercera acepción la que se refiere al arte como algo realmente objetivo. Se trata de una definición que sin duda es limitada, pero que

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