Conclusions and Future Work
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¿Por qué fascinan tanto los reality shows? No porque representan lo real tal cual –lo que resultaría in‐significante, por repetitivo, redundante, como la vida cotidiana misma– sino porque hacen significar, le dan a esa vida cotidiana un plus de realidad, en un proceso de sobresemantización que convierte la realidad en espectáculo/espejo. Varios recursos concurren a esta hipervisibilidad: el efecto‐lupa (consistente en centrarse en detalles nimios: recuérdese la pérdida del bolso de Pocholo en Hotel Glam2), la exageración, la hipérbole (obvia en los protocolos de
presentación), la sobreactuación (los “shows” montados por los participantes de los
realities). Todo esto contribuye a que se genere una realidad sui géneris.
1. Un espacio‐tiempo arbitrario:
El simulacro aparece primero en la propia conformación del espacio y la construcción temporal: como algo totalmente construido, del orden de la convención –podríamos decir teatral–, dentro de un espacio muy codificado.
La “casa” de Gran Hermano es una pura convención televisiva (nada más alejado del hogar familiar): ni del todo casa familiar, con sus dormitorios comunes, un poco estudio televisivo, con sus focos, y espacio hiperteatral con su “quinta pared” de cristales opacos, representación panóptica del ojo televisivo. Es un espacio fuertemente híbrido, tanto como espacio físico como entorno humano: ni pareja, ni grupete de amigos, ni pandilla, un poco tribu; espacio informe que permite todas las interacciones, espacio virtual, u‐tópico (en ningún lugar). El de La Granja es todavía más arbitrario: tanto en su conformación como en su función: espacio contradictorio, que acoge, pues, personajes que no tienen nada que ver con su naturaleza, en un enfrentamiento irreal entre el mundo de los famosos y el mundo rural. Préstame tu vida, programa donde los participantes permutan los roles, Hombres G, donde los hombres se transformaban en metrosexuales, asesorados por
gays… Programas todos en los que se plantean situaciones completamente inverosímiles, dentro de una contradicción fundamental entre el ser y el hacer, resuelta mágicamente por la televisión. 2. Un universo híbrido: Son también del orden del simulacro los espacios simbólicos creados en estos programas: ni del todo públicos, ni totalmente privados; de ahí el cariz atípico de la intimidad mostrada/construida por el medio: a mitad de camino entre el secreto y la exhibición. Transformar la intimidad en espectáculo es hacer de ella algo volcado hacia el exterior, es decir su opuesto. Esto también se refleja en la estructura narrativa, en particular espacio‐temporal: • espacios virtuales, híbridos, que toman prestado tanto de lo documental como de lo ficticio y hacen de los realities un género en el cruce de varios formatos,
• un tiempo indefinido, que es el de la cotidianidad misma, caracterizado por su transitividad, en los reality shows, por su carácter no cerrado, desde el punto de vista narrativo,
• personas que se transforman en personajes mediante su prestación pública – cobran realidad en su propia performance– y se convierten en verdaderos iconos sociales.
Tal vez sea esta hibridación lo que tanto fascina en los reality shows y, más ampliamente, en la telerrealidad, precisamente porque es profundamente ambivalente, pero se supera la contradicción mediante una conciliación de los contrarios.
De la ambivalencia a la duplicación hay otro trecho muy corto que los programas de entretenimiento franquean alegremente, con sus números de imitación, sus dobles de famosos, hasta los realities de última generación, donde los concursantes juegan de manera redundante a ser sí mismos. En un juego de desdoblamiento se construyen como “personajes”, en el sentido más narrativo de la palabra: personajes que se forjan ante nuestras miradas, sobre los que podemos interactuar, como en los juegos de rol; una realidad maleable/manipulable hasta cierto punto, donde también se juega con los roles y las identidades, con el otro, y que tiene mucho que ver con lo imaginario (lo que quiere ser/no puede ser uno en la vida real).
En eso es una realidad autorreferente, donde la televisión crea su propio universo de referencias: con sus personajes y también sus relaciones (construyendo/destruyendo parejas), sus acciones pasionales (a menudo basadas en el conflicto, las tensiones), un universo donde el logos (la categoría ordenadora de realidad) deja paso al pathos (lo pasional, lo caótico)…
4. De la simulación a la duplicación de realidad
¿Cuál es la diferencia entre la simulación publicitaria y la televisiva? Si en la primera la transformación es invisible, queda enmascarada bajo los ropajes del relato, en la televisión, en cambio, se visibiliza cada vez más esta transformación, mostrándonosla paso a paso (Star Academy, Operación Triunfo). ¡El concurso‐clip tradicional se transforma así en serie por entregas! Como en la publicidad, esta transformación –radical en los programas citados– es un factor de fascinación y remite al poder de con‐formación del medio: este dar forma –expresiva, narrativa, estética– a una realidad que, en un principio no es relevante, es informe. Al respecto, recordamos todos la espectacular transformación de Rosa, la ganadora de la primera edición deOperación Triunfo, al modo de Betty la Fea…
Estamos aquí ante un auténtico proceso semiótico, consistente en construir sentido a partir de los signos –el look es uno de ellos–, pero sólo son signos, “signos de realidad”, como decía Barthes; es decir, signos que quieren sobre‐significar.
Desde esta perspectiva, la televisión, al igual que la publicidad, construye una realidad paralela a la realidad empírica: se alimenta de ella, imita situaciones cotidianas (véanse las sitcoms), pero les da un plus de existencia. Estableciendo un símil con la pintura hiperrealista, que pretende competir con la realidad fotográfica, podríamos decir, parodiando a Baudrillard: Más real que lo real (que lo real
sociológico, objetivo), el simulacro…
Eso es la telerrealidad: un doble de la realidad que, lejos de copiarla como se cree ingenuamente, la reinventa: produce otra realidad. De ahí el décalage constante entre la realidad y su representación realista, como lo vemos en las series sobre juventud, profesiones, donde nos encontramos con protagonistas que se parecen a veces a personajes publicitarios por la exageración de rasgos –este sobreactuar particular de las sitcoms–, sin hablar de los entornos y ambientaciones que son verdaderos espacios publicitarios. Peter Weir lo ha mostrado magníficamente en “El show de Truman”…
La exageración de rasgos alcanza su grado máximo, hasta llegar a una auténtica exacerbación de lo real en algunos programas de entretenimiento, tan de moda en España como lo fue en su momento Crónicas Marcianas, desaparecido hace algún tiempo después de ocho años de existencia. Crónicas Marcianas funcionaba como un espacio de hipervisibilidad, que cargaba las tintas hasta llegar a un permanente pastiche: de lo cutre (en el límite de lo kitsch), de lo monstruoso (con afinidad con lo
freak), pero también pastiche de sí mismo, de la propia realidad representada en el
plató: Xavier Sardá, el presentador y alma mater del programa, jugaba a ser el presentador aparentemente razonable que se dejaba seducir por las señoras de generosas carnes; Boris, su alter ego, era una caricatura de loca, que no era en el fondo, en un juego constante con su propio personaje; Galindo, literalmente freak, el enano listo y guasón…
Eso sería lo freak: una exacerbación de las formas de la representación, la caricatura de un cierto realismo, hasta pasar al otro lado de la realidad. En este sentido, sería un verdadero espacio publicitario, como una parada de los nuevos monstruos televisivos –cuando los del cinematógrafo ya están gastados–, una exhibición de feria, de sujetos y objetos, hasta volverlos humanos en su monstruosidad, una exorcización de los fantasmas más estrafalarios –la mujer felliniana es uno de ellos–, de las pulsiones más descontroladas, aunque dentro de un cierto control narrativo, a pesar del enorme barroquismo formal.
Pero, a diferencia de la publicidad, Crónicas Marcianas no vende nada, sino espectáculo. Es la televisión la que se vende aquí, y los sujetos que en ella se producen, se sacrifican y, hasta cierto punto, se prostituyen, perdiendo todo sentido de la integridad –empezando por la integridad física–, todo sentido de la conformidad. Caemos así en lo grotesco: un descontrol de las formas que asienta una “cultura del cachondeo”, como la he llamado.