Pål E Martinussen and Jon Magnussen
2.3 The roles of state and market
2.3.1 Purchaser–provider models
Nieves: buenas tardes. Les presento a Liliana cantagalli, que es
coordinadora del Equipo de trastornos de la alimentación del hos- pital de san Isidro y docente de la cátedra de clínica con púberes y adolescentes de la Facultad de Psicología. En esta oportunidad nos va a presentar un caso de su práctica a partir del cual vamos a inten- tar trabajar en el nudo la inhibición.
I. El caso
Liliana: Patricia es una mujer de treinta años que consulta en el Hospital de San Isidro a raíz de episodios de vómitos y atracones que padece desde sus quince años, cuando llega a pesar 40 Kg., vómitos sólo interrumpidos durante el embarazo de su hijo de dos años, reiniciados tras el nacimiento del bebé.
Hizo tratamiento en Aluba durante un año y medio a los catorce años, y en su juventud un tratamiento psicológico privado, siempre “tra- tando de encontrar la causa de la bulimia y la anorexia”, y de una “base de tristeza que siempre tengo: mi papá y esa competencia que nunca me deja bien parada”.
De su padre dirá: “Fue muy duro toda la vida, se encargó de traernos la parte económica. Me cuesta muchísimo la relación con él, yo soy la del medio. He deseado más de una vez que se muriera, y después sentirme culpable. Con mi hijo mi papá es una persona distinta. Es el padre que nunca tuvimos. Dice mamá que sí fue así con nosotras, de chiquitas. No
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tengo recuerdos de mi papá jugando conmigo. Despreciativo con la gente, altanero, “yo lo sé todo”, era su posición.
“La inseguridad que tengo, todo era para demostrarle que yo podía. Costaba mucho satisfacerlo. Tenía que ser un logro”.
Interrogada acerca de qué había que demostrarle, responde: “Que yo era digna de su orgullo también, yo estaba desesperada por llamar la atención de mi papá”. Atención que parecía centrarse, según la paciente, en su hermana mayor, con quien sostiene una competencia permanente, y afectos de amor y desprecio muy intensos. “Yo engordaba o adelgazaba según lo que hacía ella”. Esta relación sólo se apacigua un tanto luego de un accidente que esta hermana tiene en el extranjero y que casi le cuesta la vida. “Tuvieron que reconstruirle la uretra entera y todavía no se sabe su condición para ser madre, me hizo replantearme por qué la juzgaba tanto, volver a ese sentimiento de hermana”.
Durante el inicio del tratamiento los vómitos se producían a diario, por lo menos una vez, y por períodos varias veces al día, al punto de “comer para vomitar, descargarme de algo, un descargo, me saco un peso de encima”. Al interrogarla acerca de cuál es el cargo, cuál es la culpa, responde: “por mentir, en todo lo que fuera la enfermedad mentí mu- chísimo”. En una sesión comenta: “Trato de controlar todo, y se volvió a repetir un sueño: Un accidente aéreo que veo desde la casa donde vivía yo antes. Un avión despega, se da vuelta y cae boca abajo, y yo lo puedo ver desde la casa donde vivía. Ahí no viví la mejor época de mi vida, desde los once a los veintidós, y ahí me enteré que se había suicidado mi tío” (hermano paterno).
Intenta controlar sus vómitos como conjurando algún mal: “no voy a vomitar para asegurarme de que él vuelva”.
Sus preocupaciones constantes son, por un lado, volver a insertarse laboralmente y por otro la seguridad de su hijo, expresada como “si a Lucas le pasa algo…” Hijo buscado, pero a cuyo parto le sucede una depresión puerperal que dura hasta el quinto mes del bebé aproximada- mente, y de la cual dirá: “Había perdido la independencia”, y por otro lado: “Me agarró que volviera a la panza”. “La mamá perfecta tiene que tener leche. No entendía a mi bebé”.
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Por razones laborales del padre, se trasladan a Uruguay en su pri- mera infancia, regresando a Buenos Aires en quinto grado. Infancia marcada por ser “gordita”, alcanzando un peso máximo de 70 Kg. hasta la pubertad.
A la vez que despliega su historia, un nuevo sueño, esta vez una pesadilla la interroga: “Cosas de tragedia. Ya me confirmaron que no en un trabajo, otra vez eligieron a otra, hay otra mejor. Pesadilla del once de septiembre, yo estaba adentro y veía como se iba cayendo el edificio. Estaba tratando de ver cómo salía. Yo voy caminando por el techo o las paredes. Se está cayendo. Ni rasguños, ni nada, me las podía arreglar”.
Intervengo para señalar un desmoronamiento. Transcribo el desa- rrollo de la sesión siguiente, en la que dice haberse quedado pensando en sus sueños de cosas que se desmoronan y piensa en su padre. “Papá estaba muy bien en el trabajo, cuando volvimos a Argentina empezaron los problemas, empecé con esos sueños, siempre en la misma casa. Para mí, mi papá siempre fue el roble, el imbatible. Cuando empezó a tener problemas de trabajo, cuando se suicidó su hermano, cuando tuvo un problema con un familiar, lo vi por primera vez quebrarse, fue entre mis doce y quince años. Lo fui a ver y estaba llorando, nunca en mi vida lo había visto llorar, me conmovió completamente, lo abracé y él me abrazaba. Ese edificio que se caía. Descubrí que tenía problemas de comida, en mi cumpleaños de quince no quería comer la torta, me sentía angustiada”.
Intervengo para preguntar sobre el desmoronamiento.
“Papá trabajaba en una importante empresa internacional, lo trasladan a Uruguay, y después de siete años le habían propuesto ir a EEUU, que era su sueño. Mi abuelo paterno estaba muy enfermo y le pide si no puede venir a Buenos Aires. y papá pide la transferencia en lugar de EEUU, a Buenos Aires. El abuelo nos da una casa en el gran Buenos Aires, pagándole un alquiler; siempre el abuelo quería algo más. Empezó a haber muchos problemas con su padre, nos mandaron carta documento para salir de la casa. En Argentina se dedicaba a su trabajo, no le gustaban nuestras amigas, de vuelta no se adaptó a la nueva geren- cia. Lo dejó por un padre que tampoco nunca le enseñó a querer. Ahora
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está muy volcado a la iglesia y ahora te habla de sentimientos. Más de una vez desee la muerte de papá. Sigue teniendo pedantería, orgullo. Hay mucho de mi papá en mi enfermedad”.
Durante el tratamiento el padre enferma de meningitis, y si bien ante el dolor del padre la paciente se asusta, se hace presente la fantasía de su muerte, tantas veces deseada, pero temida ahora, y otra fantasía, la de vi- vir con su madre: “Me encargaría de mamá, las ventajas si él no estuvie- ra”. De su madre, que como ella es la hija del medio, antecedida y sucedi- da por hermanas, dice: “Si a mi mamá le pasa algo lo sufriría muchísimo, no le deseo más que muchísima salud y felicidad, no mostró diferencias con nosotras, con un corazón de oro, me llena de orgullo mamá. Pecó de ingenuidad, confía mucho en lo que yo le digo”. Interrogada acerca de las consecuencias de la ingenuidad de su madre responde: “En el tema de la comida, un montón, cuando le dije que no iba a seguir el tratamiento de Aluba se puso a llorar, me conmovió un montón, que ella nada más era feliz con nosotros”. También su madre era la que “ponía paños fríos” en la relación del padre con sus hijas, y hacía de cuenta que no pasaba nada”. Más adelante en su tratamiento dirá: “Mamá toda su vida fue de esquivar el problema, que esté cómodo él, nosotras tenemos como natural que esté cómodo él”. La relación de la pareja parece haber sido mejor en los años que vivieron en el extranjero, siendo que “papá por mamá se des- vivía, pienso si él no nos tendría celos, que le quitábamos el tiempo”.
Los vómitos continúan y lo plantea como un “Voy a fallar en el intento de no vomitar”, que recibe como intervención una pregunta: “¿Y por qué no podrías fallar?” “No quiero fallar en esto, igual no me gusta fallar, si vomito empiezo a sentirme mal con todos alrededor”, y continúa con “El tema de mi padre nunca lo llego a arreglar, si va a cambiar alguna vez, desear su muerte”, a lo que le sigue la larga lista de reproches desde que empezó a tener problemas laborales en Argentina. Intervengo entonces pre- guntando si no se habrá deprimido el padre con todos estos problemas.
“Se deprime cuando en una discusión le decimos que es altanero, está deprimido cuando no tiene trabajo.” y continúa: “…sacar de aden- tro todo lo malo, como cuando uno vomita. Me dieron ganas de llorar. Creo que tiene depresión”.
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Movimiento de la falla a la depresión, que marca la inminencia del cese de los vómitos.
Retoma lo dicho en aquella sesión: “Hablamos del vómito y lo com- paré con sacar toda la bronca de adentro, no sé si desde ese momento algo cambió, o empecé a decir todo lo que me pasaba. Con la depresión de mi papá siempre sentíamos culpa por no estar ayudándolo. Cada vez que sale un aviso para papá se lo muestro”. Pregunto: “¿Vos lo querés más activo?”
“Más de una vez él nos reclamó que le debíamos el sostén económico, la ayuda que él nos había dado. Me da bronca”.
En su infancia “…siempre era la gordita, me aislaba mucho. Ha- cerme la payasa de chiquita, cayéndome al piso, y me lastimaba, pero no importaba porque los demás se reían. ¿Habré tenido una infancia tan feliz?”
Intervengo entonces, como en sucesivas ocasiones, interrogando esa imaginaria felicidad infantil, o la perfección supuesta a su hermana, o su madre, intervenciones que descompletan y alivian a la paciente.
“Estoy teniendo un poco más de paz adentro, lo asocio con mi niñez, que haya descubierto que mi niñez no era tan feliz como creía”. Pre- gunto: “¿Lo que pesaba era sostener esa ilusión?”A lo que responde: “Tal vez ese ideal no era tan así…” Se pregunta sorprendida, dado que ya no vomita, qué puede haber cambiado, dado que venía vomitando hace quince años.Tras una discusión con su esposo, tiene ganas de llorar: “En otro momento, era el punto para vomitar, como mi mamá, que hace de cuenta que no pasa nada”.
Movimiento que hace lugar a la angustia, a la vez que interroga y abre distancia de la posición materna a la que se encuentra identificada.
Teme heredar de su padre la depresión que también padeció y llevó a la muerte a su tío.
La pregunta por el cese de los vómitos es cerrada ahora con una in- terpretación que lo pone nuevamente a su hijo como causa: en el jardín de infantes de su hijo cae un árbol, y en agradecimiento porque su hijo está ileso, es que deja de vomitar.
Decido en este momento poner término al tratamiento hospitalario, al año de haberse iniciado, y que continuará a su pedido en privado.
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En este tramo de tratamiento atraviesa momentos de angustia, y reaparece la sorpresa por el cese de los vómitos, cese ubicado nuevamente como más allá de su control. “La ira contenida estuvo conmigo muchos años, la aplacaba vomitando”.
Sueña: “Me secuestraban y yo decía: “Pero yo no quiero que me violen más. No quiero ver más””. Algunas de sus asociaciones fueron: “Como te- nía tantas ganas de ser deseada, porque como era gordita y nunca causaba ningún tipo de interés, en la adolescencia, quería que me secuestraran”. A mi pregunta por el ser forzada a ver responde: “Era una violación que era yo, pero yo me estaba viendo también, me fijo en la escena”.
Otro sueño: “Estoy comiendo un chicle, como que va creciendo. Me lo voy sacando, sacando, pero van quedando restos, restos, hasta que al final queda limpia la boca, después de eso empezaba a hablar, porque eso me tapaba la boca. A raíz de haber dejado de vomitar estoy como más angustiada”.Se pregunta “¿Podré hacer las dos cosas, convivir con la maternidad y mi trabajo?”
Se inserta laboralmente en una empresa donde “….me buscaron por ser mujer”, hecho que vive como una “…caída en mi autoestima, es in- distinto ser mujer u hombre”, antecedido por un sueño que tiene mientras está manteniendo entrevistas laborales en la empresa que finalmente la toma: “Había un bombonazo atómico que me declaraba su amor y lo rechazaba a él para seguir con vos –refiriéndose al marido– porque te quería”. Se pregunta: ¿Me podría pasar alguna vez que me enamorase de alguien, cambiaría mi vida por algo así?
Intervengo destacando el ser mirada con amor y su rechazo. En el trabajo, su sensación de no estar a la altura “…es una constan- te medición de mi parte, cuánto me falta, éste sabe más…” y la duda: “Tal vez estoy en un puesto más alto del que debería estar, y esa duda me mata”; no entiende, se siente tonta.
Varios sueños eróticos con jefes y compañeros de trabajo remiten a la mirada de un hombre. “Hace rato que no me sentía mirada”. Interroga- da responde: “Uno tiende a desmerecer lo que tiene al lado. Mi marido como mi mamá, ¿me dicen cosas porque me quieren?” Intervengo para señalar este analogía: “Mi marido como mi mamá…”
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Dos ausencias consecutivas al tratamiento me alertan acerca de un punto de angustia, frente al que intervengo con una frase que ella retoma: “Me quedé con tres palabras que me dijiste: no te asustes, me lo repetía cada vez que me frenaba”.
Un par de sueños con contenido erótico con compañeros y uno con su padre son casi el cierre del tratamiento: “Papá abusaba de nosotras. Me acariciaba. Estaba acostada en mi cuarto y papá venía y como que me abrazaba de una manera rara, no de padre a hija, pero lo sentí como abu- so. Yo estaba en una actitud muy pasiva, no por rechazo, sino porque, esto es un divague, lo veo más cercano al abuso psicológico, abuso de autoridad”.
A los cuatro meses de estar trabajando, un embarazo le permite refu- giarse en la maternidad, e ir dejando el trabajo y el tratamiento.
II. La lógica de la inhibición.
Nieves: muchas gracias, Liliana. mi comentario va a tener dos
partes. una parte en la que voy a seguir un poco el relato que hizo Liliana para ir ubicando distintas cuestiones, y un segundo momen- to en el que intentaremos a llevar ese recorrido al nudo. titulé mi comentario “control de vuelo”.
antes de comenzar con él, les voy a leer una cita del Seminario
XXIII: “El cuerpo no se evapora, es consistente, y eso es lo que le es a la mentalidad antipático, únicamente porque ella cree allí tener un cuerpo para adorar. Esta es la raíz de lo imaginario. Yo lo pienso, es decir, lo hago panza, es decir, lo sufro, es a eso que se resume, es lo sexual lo que miente ahí dentro por contarse demasiado”1
Patricia llega a los treinta años al tratamiento con Liliana con esta cuestión de los vómitos que viene provocándose desde hace quince años, la mitad de su vida. Inmediatamente plantea que se siente mal parada y en un estado de competencia, y por otro lado, una base de
1 Lacan, J. El Seminario. Libro XXIII. El sínthoma. Paidós. buenos aires, 2006. Pág. 64.
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tristeza que liga con su padre. Describe a este padre como duro, des- preciativo, altanero, salvo con los niños, ya que con su hijo el padre es una persona distinta; por otro lado tiene relatos por parte de la madre que refieren que cuando ella era niña también el padre era así. se trata de un padre que sólo puede ser dulce, tierno o amoroso con los niños. Desde el primer momento se enuncia un deseo de muerte hacia al padre, que es totalmente consciente y que le provoca culpa.
Por otra parte refiere una inseguridad ligada a la obligación de de- mostrarle al padre su valor. De modo que desde el inicio se pone de relieve en Patricia una posición mostrativa, es decir, una disposición al acting destinada a llamar la atención, a demostrarle al padre.
Por otra parte está la rivalidad con su hermana mayor, que pa- rece haber sido la preferida del padre. con esta hermana entra en una relación especular, engordando y adelgazando en función de los avatares de esta relación.
al referirse a los vómitos que se provoca a diario, hay un mo- mento en el cual ella dice: Comer para vomitar… descargarme de algo …un descargo. La analista interviene preguntando cuál es el cargo, y ahí surge la cuestión de la mentira. Esta mentira queda ligada a lo que se oculta en el control: Trato de controlar todo. De modo que la posición de Patricia es una posición de control, en la que los vómi- tos cumplen una función de control, una función de mentir o de ocultar, y también una función de conjura respecto de un mal.
En este momento Patricia trae un primer sueño, repetitivo, el sueño del avión que cae. Ella liga directamente ese sueño con una etapa de su vida, de los once a los veintidós años, que asocia con la casa desde donde ella veía el accidente aéreo. La nombra como la casa en donde se enteró del suicidio de su tío paterno, de modo que ese avión que cae queda ligado a esa marca.
Por otro lado, podemos ubicar algunos significantes en este sue- ño que son significativos: despegar, darse vuelta, caer, y, boca abajo –ahí está la boca. Es en el marco de este sueño que ella va a significar a los vómitos como conjura, al decir: No voy a vomitar para asegu-
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Los vómitos están al servicio del control, y a la vez ella quisiera poder controlar los vómitos. si ella controlara los vómitos se ase- guraría de que él vuelva. Ese “él” queda un poco indefinido pero remite a la línea paterna, ya que surge en el marco de ese sueño en el que la referencia es el suicidio del tío paterno.
Por otra parte ella trae las dos preocupaciones que podemos ubi- car como las demandas que la llevan al análisis: la reinserción labo- ral, y la angustia por la seguridad de su hijo; dos cuestiones que ella no puede controlar.
Por otro lado, ella también testimonia de la dificultad en la que se encontró a partir del nacimiento de su hijo para ubicarse en el lugar de otro: Había perdido la independencia… no entendía a mi
bebé. En este punto podemos definir ya un primer aspecto de la
posición de Patricia, que es una posición de niña. En la medida que el padre sólo podía ser amoroso con los niños, ella eligió –median- te la inhibición de su feminidad– quedar ubicada en una posición