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Putting Projects Into a Societal Context Peter Goodhew

La visión marxista del mundo es incompatible con la vi­ sión cristiana. En las páginas que preceden nos hemos es­ forzado por poner este hecho a plena luz. Y, sin embargo, en numerosas ocasiones los comunistas emplean las mis­ mas palabras que nosotros. Como nosotros, hablan de de­ mocracia. Como nosotros, hablan de Estado, de libertad, de moral, de nación, de paz... Ahora bien, esas palabras no tie­ nen, en absoluto, el mismo sentido en su pluma que en la nuestra. De donde resulta que, al expresar su pensamiento con nuestros vocablos, obran de forma tal, que no compren­ demos lo que realmente quieren decir, e incluso, compren­ demos todo lo contrario. Ellos lo saben, y emplean esta dia­ léctica del vocabulario para decir su verdadero pensamiento, completamente seguros de que, haciendo eso, nos engañarán

EL COMUNISMO FRENTE A DIOS

y nos inducirán a obrar de la manera más de acuerdo con su objetivo estratégico.

Veamos algunos ejemplos. Marx y Lenin hablaron con un completo cinismo de la dictadura del proletariado. Lenin la definió como un poder que no está limitado por ninguna ley y que se apoya directamente en la violencia... Pero como el fascismo de Mussolini y el nacional-socialismo de Hitler impusieron a los tácticos comunistas hacer de la palabra «dictadura» un símobolo del mal, después de 1945 hemos visto instalarse en los países de Europa Central la dictadura del proletariado, pero bajo un nombre más de acuerdo con esta aspiración popular hacia la libertad. Mediante una in­ versión del idioma, a la cual sólo hemos prestado una escasa atención, las dictaduras del proletariado se han transformado en democracias populares... Los comunistas establecen así una equivalencia rigurosa entre dos palabras que, precisa­ mente, están consideradas como antinómicas. Cuando dicen democracia comprendemos democracia. Ahora bien, debié­ ramos comprender dictadura...

Es cierto que, en la teoría leninista, esta equivalencia está perfectamente fundada. Puesto que el mal está identi­ ficado con la clase burguesa, y el bien con la clase proleta­ ria, hay que distinguir entre dos clases de democracia: «La

democracia burguesa que sucede al feudalismo, y la demo­ cracia proletaria que sucede a la democracia burguesa» (1).

Por estar sometida al principio del «centralismo democrá­ tico», esta democracia proletaria o popular consiste en la absoluta sumisión a la voluntad del más fuerte. Así, resulta «evidente» que la dictadura del proletariado es la democra­ cia popular.

Otra ambigüedad dialéctica del vocabulario marxista pro­ viene del empleo por los comunistas de las palabras «hu­ mano», «humanidad» y «hombre». Cuando leemos estas pa­ labras en Marx o Lenin inmediatamente pensamos en el hombre en tanto que persona. Para nosotros, la defensa del hombre es la dignidad de la persona, la libertad del hombre es la libertad de la persona, etc.

Para un materialista consecuente ésas son «superestruc­ turas capitalistas». Cuando Marx escribe que: «La naturaleza

y el hombre existen por sí mismos», evidentemente no habla

de la persona, sino de la materia pensante considerada en abstracto. Del mismo modo, en sentido marxista, la digni­ dad del hombre no es la dignidad de la persona, sino la ca­ pacidad autocreadora de la materia pensante en evolución. Hay muchos cristianos, e incluso a veces sacerdotes, que,

(1) Lenin: La revolución proletaria y el renegado Kautsky,

página 21 (ed. fr.).

¿QUE ES EL LENINISMO?

habiendo leído a Marx sin suficiente formación filosófica y económica, han creído que Marx hablaba de la «persona» cada vez que hablaba del hombre o de lo humano. Así, lo han entendido al revés en lo fundamental de su pensamiento, y en ningún momento han vislumbrado que lo que Marx di­ ce de lo humano, precisamente corresponde a la destrucción de la persona.

Cuando los comunistas hablan de paz en sus congresos o en sus estruendosas declaraciones, expresadas con ocasión de conferencias internacionales, los pueblos libres compren­ den dicha palabra en el sentido que les es habitual. De aquí deducen inmediatamente que los comunistas son gentes co­ mo ellos que han comprendido, por fin, que es posible vivir tranquilos y felices, y se disponen a confiar en ellos. Ahora bien, en el punto que hemos alcanzado en este artículo es casi superfluo mencionar que, en el vocabulario marxista- leninista, la palabra paz no tiene el mismo significado que en el vocabulario cristiano.

Ya que la contradicción, el conflicto, es la ley de la evo­ lución dialéctica de la humanidad, resulta bien evidente que, mientras la propiedad privada no haya sido abolida total­ mente, la única definición posible de paz coincide con la implantación de la dictadura del proletariado en el mundo entero. Por otra parte, los slogans comunistas lo dicen abier­ tamente: «El capitalismo es la guerra; el comunismo es la paz.» Leemos estas frases, pero no vemos lo que significan. Significan que, en tanto que la libertad personal sea res­ petada..., habrá guerra, porque es preciso destruir esta liber­ tad, aunque no esencialmente por la guerra clásica, ejército contra ejército, sino esencialmente mediante la guerra revo­ lucionaria, mediante la que busca hacer ceder a un pueblo «reeducándole».

La campaña que, periódicamente, los comunistas hacen en favor de la paz no tiende, pues, en absoluto, a la implan­ tación de la tranquilidad en el orden sobre la tierra, sino A LA SUSTITUCION DE LA GUERRA CLASICA POR LA GUERRA REVOLUCIONARIA. «La transformación de la gue­

rra entre los pueblos en guerra civil es él único trabajo so­ cialista en la época del choque imperialista entre las bur­ guesías armadas de todas las naciones ¡Abajo las tonterías sentimentales y los suspiros imbéciles en pos de la paz a cualquier precio! Levantemos él estandarte de la guerra civil» (2).

Aclaremos este punto hasta el fin. Cuando los comunistas ofrecen la paz, sus interlocutores entienden que les ofrecen, si no la tranquilidad en el orden, al menos la famosa «co-

(2) Lenin: Pages choisies, p. 26. B. E.

EL COMUNISMO FRENTE A DIOS

existencia». Por consiguiente, están inclinados a perder en parte su desconfianza y a, en cierto modo, desarmarse es­ piritualmente. Ahora bien, esta actitud de desarme espiritual y de no resistencia al comunismo constituye, precisamente, el objetivo fundamental de la guerra subversiva. Finalmente, la ofensiva de paz comunista se identifica, pura y simple­ mente, con la fase media de la guerra revolucionaria.

Lenin lo ha dicho: «El socialismo se opone a la violencia

ejercida contra las naciones, e, incluso, a la violencia en general... Sin embargo, hasta ahora, nadie ha deducido por ello que el socialismo se oponga a la violencia revolucio­ naria. En consecuencia, hablar de violencia en general, sin distinguir las condiciones que diferencian la violencia re­ accionaria de la violencia revolucionaria, es actuar como un burgués, enemigo de la revolución, o bien ser un puro sofista... El mismo razonamiento se aplica a la violencia contra las naciones. Toda guerra es una violencia contra las naciones; ESTO NO IMPIDE QUE LOS SOCIALISTAS SE MUESTREN PARTIDARIOS DE LA GUERRA REVOLUCIO­ NARIA,.»

Antes de terminar con esta cuestión de la táctica en el vocabulario, citemos aún el caso de la palabra «ciencia». Los comunistas hacen de esta palabra un uso excesivamente in­ moderado. Hablan de socialismo científico, de sociología cien­ tífica, de «concepción verdaderamente científica», etc. Aho­ ra bien, en su espíritu, esa palabra es rigurosamente sinó­ nima de la palabra materialismo. El socialismo científico es la concepción materialista y dialéctica del socialismo. La sociología científica es el materialismo histórico... De ello resulta que, aquellos que dialogan con los comunistas tie­ nen que elegir entre dos actitudes. O bien se oponen al ma­ terialismo histórico y serán afrentados públicamente, pues se les reprochará, altanera y burlonamente, no ser «cientí­ ficos». O bien, si antes que nada desean ser científicos, paso a paso, llegarán a aceptar el materialismo histórico, hasta sin darse cuenta de ello. Incluso experimentarán interior­ mente una especie de repugnante alegría al sentir que han llegado a ser «científicos».

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