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Qualification standard for the vocation of MECHATRONICS TECHNICIAN (311990)

encuentran determinadas en el cerebro, ¿somos hombres libres o marionetas?

vicción, pago todas las mercancías en la caja, esta acción es el producto de un acto de voluntad libre.

Este planteamiento se halla en oposi- ción a una concepción difundida, no sólo en la tradición filosófica, según la cual libertad y determinación son inconci- liables. Pero esta concepción carece de plausibilidad, toda vez que una acción simplemente no determinada no puede depender tampoco de las convicciones, deseos y demás propiedades del autor. Entonces no se podría hablar ya de una acción autodeterminada, sino sólo de una acción indeterminada y, por ello, en definitiva, azarosa.

¿Es la libertad una ilusión?

Tras estas reflexiones fundamentales, retornemos a la cuestión de partida: ¿qué significa, para la libertad de nuestra voluntad, la posibilidad de que las con- vicciones y con ello los móviles de nues- tra acción se basen en las actividades cerebrales?

Cuando una convicción es el funda- mento de un acto de voluntad libre, la libertad de la voluntad no puede estar amenazada por el hecho de que esa con- vicción tenga un fundamento neuronal. El caso es lo contrario: en tanto que el proceso neuronal realiza un rasgo cen- tral de la personalidad, proporciona a nuestros deseos y convicciones efecti- vidad sobre la realidad física; es decir, constituye una condición del obrar auto- determinado.

¿A qué resultado nos han conducido, por fin, las reflexiones filosóficas? El que las convicciones y valoraciones se realicen neuronalmente no contradice, en principio, nuestra autodetermina- ción. Lamentablemente, esto no signi- fica que una intensiva investigación filosófica, sin movernos de la butaca, nos haya obsequiado con la libertad. Si exis- ten o no tales decisiones autodetermi- nadas, no pueden aclararlo los filóso- fos. En este punto serán decisivas, ante todo, las ciencias neurológicas. Compe- te a éstas mostrar si las acciones singu- lares efectivamente son determinadas por rasgos centrales de la personalidad o si dependen, pese a todo, de factores externos.

Sigamos sobre la relación entre con- ciencia y libre albedrío. De acuerdo con nuestra definición de autodetermina- ción, los rasgos de personalidad cen- trales no tienen por qué obrar en todos los casos de modo consciente. Cuando se trate de acciones promovidas por pro- cesos preconscientes, nuestro obrar podría seguir siendo autodeterminado; a saber: cuando esos procesos precons-

cientes dependieran, a su vez, de rasgos personales importantes. También por este motivo, las muy discutidas inves- tigaciones de Benjamin Libet no con- tradicen radicalmente el punto de vista de que hay acciones autodeterminadas. Libet ha descubierto que al menos las acciones simples (movimiento de una mano) son preparadas ya con procesos neuronales antes de que la persona que actúa se decida conscientemente a la acción. Aunque es objeto de controversia qué conclusiones permiten los experi- mentos de Libet, no se detecta ninguna refutación de la autodeterminación. Posiblemente esos experimentos modi- ficarán nuestra imagen del papel de la conciencia en las decisiones.

Las cuestiones abordadas aquí mues- tran por qué tienen un significado tan cen- tral, para nuestra comprensión del mundo y propia, los problemas de la concien- cia y sus fundamentos neurobiológicos. Primero, sin conciencia no sabríamos nada de nuestra propia realidad ni de la del mundo que nos rodea. A la inversa, el conocimiento sobre la conciencia y sus bases físicas nos puede informar algún punto sobre cómo se engendra nuestra imagen de la realidad. A su vez, la con- ciencia y la autodeterminación desem- peñan un papel central en cuestiones jurídicas y éticas fundamentales. Todo nuestro sistema de derecho se basa en el presupuesto de que podemos responder de nuestros actos. Si no fuera verdad, esta- ríamos obligados a realizar cambios fun- damentales en dicho sistema.

La conciencia y la facultad de acción autodeterminada, empero, tienen tam- bién una significación central para el concepto de persona. Este, por su parte, desempeña un papel decisivo en algu- nos de los más importantes debates actua- les, por ejemplo, sobre el aborto y la in- vestigación en embriones. Cuanto más sepamos de qué dependen la conciencia y la libertad de la voluntad, y cuanto mejor comprendamos los mecanismos implicados, antes podremos determinar qué seres vivos cumplen estos criterios.

MICHAEL PAUEN es catedrático del Instituto de Filosofía de la Universidad Otto von Guericke de Magdeburgo.

ANALYTISCHEPHILOSOPHIE DESGEISTES. 2aedi-

ción. A. Beckerman. Walter de Gruyter; Berlín-Nueva York, 2000.

DASRÄTSEL DESBEWUSSTSEINS. 2aedición.

M. Pauen. Mentis; Paderborn, 2001.

Javier de Felipe

E

l hombre ha evolucionado en un medio terrestre. Su organismo entero se halla adaptado a deter- minadas condiciones de pre- sión y temperatura, bien conocidas. Desde hace años la medicina espacial ha venido ocupándose de las reacciones del cuerpo de los astronautas ante las situaciones ex- cepcionales que se registran en un medio hostil para el hombre. Pero no existía un estudio sistemático del sistema nervioso. Para paliar esa laguna surgió el proyecto

Neurolab, centrado en el comportamiento

del sistema nervioso en condiciones de microgravedad. De sus resultados depen- derán los futuros vuelos espaciales de larga duración.

La misión Neurolab surgió a raíz de ser declarado “década del cerebro” el decenio de los noventa. Organizada por la NASA, participaron también agencias espaciales internacionales. A bordo de la nave Columbia, lanzada el día 17 de abril de 1998, para aterrizar el 4 de mayo siguiente, acompañaban a los siete tri- pulantes una nutrida carga de animales de experimentación: 152 ratas, 18 rato- nes, 1514 grillos, 223 peces y 135 caraco- les. (En la nave viajaron 12 preparacio- nes histológicas y 9 dibujos realizados por Santiago Ramón y Cajal, en home- naje y reconocimiento internacional al padre de la neurociencia moderna. Sus estudios sobre la microorganización del

sistema nervioso, su interpretación ma- gistral de las preparaciones histológicas y sus ideas sobre la degeneración, rege- neración y plasticidad, han proporcionado el esqueleto intelectual de nuestra con- cepción en torno a la estructura y fun- ción del cerebro en condiciones norma- les y patológicas.)

El Columbia alcanzó una altitud de unos 320 km sobre la superficie terres- tre y viajó a una velocidad de 7,5 km/s. Puesto que la nave daba una vuelta a la Tierra cada 92 minutos, hubo 16 ama- neceres y 16 atardeceres cada 24 ho- ras durante los 16 días que duró el vue- lo espacial. Se realizaron un total de 256 vueltas completas a la Tierra.

Los científicos que intervinieron en el proyecto procedían de diversos países y configuraban 26 grupos de investiga- ción; al estudio de los propios tripulan- tes se dedicaron 11 grupos, en tanto que el resto se centró en el séquito animal. Por lo que a España se refiere, en la misión Neurolab participaron dos labo- ratorios del Instituto Cajal del Consejo Superior de Investigaciones Científicas: el dirigido por el autor (estudio de la corteza cerebral) y el liderado por Luis Miguel García-Segura (estudio del hi- potálamo).

En el Cajal nos propusimos investi- gar los efectos del vuelo espacial en el desarrollo de los circuitos sinápticos en el cerebro de ratas que tenían una edad de 14 días en el momento de la expedi-

ción. Ambos laboratorios, además, nos hallábamos integrados en el grupo que se ocupaba de los efectos que ejercía la microgravedad sobre el desarrollo motor posnatal. La representación norteame- ricana del grupo contaba con Kerry Walton, Dean Hillman y Rodolfo Llinás, de la facultad de medicina de la Uni- versidad de Nueva York, y Robert Kalb, de Yale.

El espacio, un medio hostil

Existen diversos factores relacionados con la microgravedad, las radiaciones cósmicas y el confinamiento, que inci- den notablemente en la salud de los tri- pulantes de las naves espaciales. De esos factores se resienten casi todos los sis- temas del organismo.

Fijémonos, por ejemplo, en el sentido de posición y orientación espaciales. Merced a los receptores sensoriales te- nemos una información precisa sobre la posición, orientación y movimiento de nuestro cuerpo. El cerebro integra la in- formación procedente de los ojos, oídos, músculos, articulaciones y de los senti- dos del tacto y la presión. En particular, la visión nos proporciona la orientación espacial. El aparato vestibular del oído interno nos aporta la noción sensorial de posición y desencadena mecanis- mos automáticos (reflejos laberínticos) que nos ayudan a mantener el equilibrio. Intervienen los mecanorreceptores, que responden a las fuerzas mecánicas, in-

El cerebro

en el espacio