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En la perspectiva lacaniana, la división del Sujeto implica la necesidad de definir una parte de nuestra subjetividad como sujeto del inconsciente, como sujeto del deseo. Esta conclusión surge de la articulación de la relación del sujeto con su discurso por el efecto de la Spaltung. Esto se encuentra expresado en forma concisa en el extracto de análisis que Lacan desarrolla en "Position de l'inconscient":192

"Al sujeto, entonces, no se le habla. Ello habla de él y es allí donde él se capta."

Todas las consecuencias metapsicológicas vinculadas con el hecho de que el sujeto está dividido por el orden del significante se encuentran

implícitamente reunidas en estas dos fórmulas. El "ello habla" hace aquí referencia al Sujeto en su ser, en la autenticidad y la verdad de su deseo. Una verdad de esta índole, evidentemente, no puede ser hablada por el propio sujeto, dado que él sólo está representado en su discurso. Lo único que puede hacer es hacerla hablar. A partir de la metáfora del Nombre del Padre queda claro que S2 hace hablar a S1 ya que el deseo del sujeto (S1) sólo puede hacerse escuchar a través de un significante de sustitución (S2). La dimensión del lenguaje oculta al sujeto de sí mismo en la verdad de su deseo. A la inversa, el deseo del sujeto ello habla de él en su discurso sin que lo sepa. En ese sentido, se puede decir que el deseo recubre

estrictamente el registro del inconsciente. El sujeto en la verdad de su

deseo puede ser considerado entonces como sujeto del inconsciente. El

"ello habla de él" que designa a este sujeto del inconsciente constituye

aquello de lo que estamos indefectiblemente separados al estar únicamente representados en el lenguaje. Correlativamente, el sujeto hablante articula permanentemente algo de su deseo en el "desfiladero de la palabra". Sugiero ilustrar esquemáticamente esta incidencia del sujeto del inconsciente, del sujeto del deseo, en la articulación significante de la siguiente manera:

Sin embargo, el lenguaje que hace advenir al sujeto como es una

industria del habla que, como tal, debe ajustarse a la estructura habitual del discurso. Ahora bien, la articulación de un discurso supone la

identificación de los dos aspectos que lo caracterizan. El aspecto del

enunciado del discurso y el acto de enunciación que elabora ese enunciado.

Esta discriminación, clásica dentro de la lingüística, es absolutamente fundamental desde el punto de vista de Lacan para especificar la relación que el sujeto hablante mantiene con el inconsciente y el deseo.

Antes de ver cómo Lacan nos introduce en lo más profundo del inconsciente y de su sujeto a través del análisis del alcance de esta

discriminación, nos referiremos a los sentidos que esta distinción entre enunciado y enunciación puede tomar en el campo lingüístico y también a sus posibles consecuencias.

¿Qué se entiende en lingüística por enunciado? En primer lugar, la idea de una serie acabada de palabras emitida por un locutor. La finalización de un enunciado está dada, generalmente, por un silencio que produce el sujeto hablante para puntuar su articulación. Por otra parte, cada tipo de discurso se caracteriza por una serie de enunciados cualitativamente diferentes.

A partir de la publicación, en 1932, del tratado de Linguis-tique genérale

et de linguistique francaise de Bally, se opone tradicionalmente el

enunciado a la enunciación. Esta oposición se basa en la misma clase de diferenciación que se puede reconocer entre fabricación y objeto

fabricado. La enunciación es, efectivamente, un acto individual del habla y

por lo tanto el enunciado debe ser considerado como el resultado de un acto de enunciación; en otras palabras, como un acto de creación del sujeto hablante.

Desde ese punto de vista, la enunciación plantea cierto número de problemas lingüísticos; en primer lugar, puesto que se trata de un acto de

lenguaje, es decir de una iniciativa intencional del que habla. Ahora bien,

el conjunto de factores y de actos que contribuyen a la producción de un enunciado es múltiple. Algunas corrientes de la lingüística se dedicaron a estudiar sistemáticamente esa propiedad del acto de habla. Citaremos, especialmente, a la escuela lingüística de Oxford y a J. L. Austin,193 uno de

sus mejores representantes. Mencionaremos también a John Searle de la Universidad de Cambridge (USA),194 que también se dedicó a los

problemas de la enunciación.

Austin trató, en especial, de identificar lo que sucede cuando se produce una enunciación. Esto lo llevó, en una primera etapa, a minimizar la importancia de ciertos enunciados del discurso que la filosofía acostumbra a privilegiar: los enunciados afirmativos. De hecho, algunas afirmaciones pueden ser consideradas verdaderas o falsas desde el punto de vista del

acto de la enunciación. Austin diferencia, así, las afirmaciones auténticas

que provienen de una enunciación constatativa de aquellas que hacen algo sin que por eso se las declare verdaderas o falsas: las enunciaciones performativas. Estos últimos actos de enunciación aparecen como enunciaciones que nos permiten hacer cosas por medio de la palabra

misma. Esto es lo que lleva a Austin a la conclusión de que toda

enunciación es, ante todo, un acto de discurso que, como tal, apunta a realizar algo.

En una segunda etapa de sus investigaciones, Austin intentará aislar el aspecto de ese acto de enunciación en tanto que acto de discurso, aspecto que denominará como valor de ilocución de la palabra. Dicho de otro modo, en este caso se trata de un aspecto del habla que puede realizar algo en tanto forma parte de un acto. Austin cita el siguiente ejemplo de frase performativa. A la tradicional pregunta: "¿Acepta por esposo, por esposa a... X ...?", el sí con el que, en principio, responde el interesado, es un "sí

performativo": "Comencé haciéndoles centrar la atención, gracias a

algunos ejemplos, en ciertas enunciaciones muy simples que pertenecen a lo que llamamos performativo. Estas enunciaciones, a primera vista, parecen 'afirmaciones', a juzgar por su aspecto gramatical. Pero al examinarlas más de cerca, se observa con toda evidencia, que esas enunciaciones no son susceptibles de ser verdaderas o falsas. Ser verdadera' o 'falsa' es, sin embargo, la característica tradicional de una afirmación. Uno de nuestros ejemplos, recordemos, era la enunciación 'sí' (tomo a esta mujer como legítima esposa) formulada en el transcurso de una ceremonia de casamiento. En este caso, al pronunciar estas palabras, más que darnos cuenta de algo (de que nos casamos) en realidad estamos

haciendo algo (nos casamos)."195

Convengamos en que la observación de Austin no es intrascendente en la medida en que demuestra que la enunciación no es estrictamente

homogénea a la ejecución del enunciado.

Esto hace que en lingüística se pueda circunscribir la enunciación dentro de ciertos parámetros. Pero el parámetro más importante sigue siendo el que concierne a la puesta en escena del sujeto en su enunciado. Un parámetro semejante remite necesariamente a la naturaleza del

representante que hace que el sujeto esté presente en su enunciado, y al que denominaremos Sujeto del enunciado. Este parámetro introducirá al sujeto del enunciado de un modo particular que dependerá de que esté presente en forma explícita o, por el contrario, relativamente ausente.

Habitualmente el sujeto se actualiza en sus propios enunciados por medio del "yo" ("je"). Pero el sujeto del enunciado puede también encontrar un representante adecuado en el "se", el "tú", el "nosotros", etc. Estos pronombres le permiten al sujeto mostrar cierta neutralidad subjetiva con respecto a sus propios enunciados, como suele suceder, por ejemplo, en el discurso didáctico. En este tipo de discurso constituido por

enunciados gnómicos el sujeto articula proposiciones en la forma de la generalidad o la universalidad como por ejemplo: "La tierra gira alrededor del Sol" o: "Se dice que todos los hombres son mortales".

Estos enunciados se caracterizan por abrir una brecha entre el sujeto del enunciado y la enunciación. Por el contrario, pareciera que esa distancia tiende a disminuir en cuanto el sujeto articula un enunciado por su cuenta: "Yo voy al cine". Sin embargo el "yo" de un enunciado de ese tipo no deja de ser, a pesar de todo, un representante del sujeto en el discurso; más exactamente, un representante convocado por el sujeto en el acto mismo

de su enunciación. Hay que distinguir, entonces, entre el sujeto del enunciado propiamente dicho de su participación directamente subjetiva

que lo convoca como tal en el discurso. Esa clase de participación subjetiva que actualiza un representante como sujeto del enunciado en un discurso será denominado sujeto de la enunciación. Se trata aquí del locutor considerado como una entidad subjetiva, lugar y agente de la producción de los enunciados.

En cierto modo existe una oposición entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación que no hace más que reiterar la oposición puesta en evidencia en el interior del sujeto a través de la división del sujeto.

La distinción sujeto del enunciado / sujeto de la enunciación remite directamente a la oposición fundamental que señala Lacan entre lo "dicho" y el "decir" que acarrea la consecuencia que se refiere a la verdad del

sujeto que sólo puede decirse a medias.

Recordemos algunas ideas presentadas por Lacan en "L'Etourdit":

" 'Lo dicho' no existe sin 'el decir', se ve que es el caso de muchas cosas, de la mayor parte, incluida la cosa freudiana tal como la he situado, como lo dicho de la verdad (...) Así es que 'lo dicho' no existe sin 'el decir'. Pero si bien lo dicho se presenta siempre como verdad, aun si nunca pasa de ser un dicho a medias, el decir sólo se acopla al ex-sistir, es decir, al no ser de la 'dit-mension' de la verdad."196

Como el sujeto adviene gracias al lenguaje, podemos decir que su advenimiento se produce en el acto mismo de la articulación significante, es decir en la enunciación. Pero, como hemos visto, en cuanto ese sujeto aparece gracias al lenguaje se pierde dentro de él en la verdad de su ser puesto que sólo aparece representado. Al mismo tiempo, la verdad del sujeto, por su parte, se muestra únicamente a través de aquello que permite el advenimiento del sujeto, es decir, en la articulación del lenguaje, en su

enunciación. A este respecto, el sujeto del inconsciente, el sujeto del deseo debe ser localizado al nivel del sujeto de la enunciación, como lo subraya

Lacan: "La presencia del inconsciente, para situarse en el lugar del Otro, debe buscarse en todo discurso en su enunciación."197

El inconsciente aparece entonces en el decir, mientras que en lo dicho la verdad del sujeto se pierde y sólo aparece con la máscara del sujeto del enunciado; para hacerse oír no le queda otra salida más que decirse a medias.

De estas oposiciones "enunciado / enunciación" o "dicho / decir" que actualizan la estructura dividida del sujeto, resulta una consecuencia lógica, incluso en lo que respecta a la práctica de la cura. Nos referimos especialmente al problema de la atención flotante y los diferentes elementos de ambigüedad que plantea.

La oposición subjetiva entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación, que Lacan sitúa en primer plano en su enfoque del

inconsciente, aporta un punto de vista esencialmente nuevo con respecto a la atención flotante.

En su artículo "Attention (également) flottante", J. Laplanche y J. B. Pontalis198 indican detalladamente las diferentes dificultades causadas por

esa particular actitud subjetiva del psicoanalista en el ejercicio de su práctica. Esta prescripción "técnica" consiste, ante todo, en suspender, tanto como sea posible, las motivaciones habituales que movilizan y focalizan la atención, como por ejemplo: inclinaciones, juicios y otras opi- niones personales. Según Freud, esta suspensión favorecería la propia actividad inconsciente del analista en la medida en que no otorgaría, a

priori, ninguna importancia particular a los diversos elementos del

discurso del paciente. Freud desarrolla explícitamente esta tesis ya en 1912, en su estudio: "Consejos a los médicos sobre el tratamiento analítico".199 Allí precisa que esta actitud subjetiva permite al analista

registrar, en el discurso del paciente, la pluralidad de los elementos que más tarde, en algunos casos, revelarán sus conexiones inconscientes en relación con el deseo del sujeto.

Aunque Freud haya establecido que la atención flotante es la actitud correlativa a la de la asociación libre del paciente, esta regla plantea, de todos modos, algunos problemas de fondo, como lo hacen notar J.

Laplanche y J. B. Pontalis.200 En primer lugar recordemos que la intuición

freudiana que subyace en el principio de la atención flotante reposa en la idea de intentar establecer una comunicación de inconsciente a

inconsciente entre el analista y su paciente. Esto lo explica en esta célebre metáfora telefónica: "En síntesis, el inconsciente del analista debe com- portarse, con respecto al inconsciente emergente del enfermo, como el receptor telefónico en relación al emisor. Así como el receptor transforma nuevamente en ondas sonoras las vibraciones telefónicas que emanan de las ondas sonoras, así también el inconsciente del médico, con la ayuda de los derivados del inconsciente del enfermo que llegan a él, llega a

reconstituir el inconsciente del que provienen esas asociaciones."201

Un proceso de esta índole plantea indefectiblemente un problema esencial: a través de la atención flotante, ¿cómo puede el analista

deshacerse de la influencia de sus propias motivaciones inconscientes? Y otro problema que deriva del anterior: ¿a partir de qué elementos

específicos intervendrá el analista si, a priori, ningún material es privilegiado por su escucha?

Si bien las concepciones metapsicológicas elaboradas por Lacan no solucionan en forma completa estos problemas, al menos proponen un original punto de vista técnico. En efecto, como el inconsciente sale a la luz en el discurso del sujeto por medio del proceso de la enunciación, la

atención flotante resulta flotante sobre todo a nivel del enunciado y de su

sujeto. La agudeza de la escucha, en cambio, deberá aplicarse al registro del decir. Si bien el analista debe conectar su inconsciente con el del paciente, lo que importa, sobre todo, es que sea receptivo a los

significantes que llegan a través del decir, más allá de los significados que se organizan en lo dicho. La intervención oportuna estará entonces

gobernada por el reconocimiento de esos efectos significantes y el lugar de la intervención se circunscribe al orden del significante. La intervención analítica se separa, así, de una comprensión que habría que promover en el paciente, o de una construcción a elaborar a partir del material que aporta. En esta perspectiva, la intervención del analista, que también evita la esterilidad de la interpretación explicativa, se limitará a puntuar el decir del paciente por medio de una escansión que, en el mismo lugar de la

enunciación, liberará la abertura significante que se deja oír cuando se espera que se cierre al llegar a la finalización de un enunciado.

Sobre este punto debemos recordar la evidencia que subraya Lacan: "lo dicho no existe sin el decir' "; esta evidencia no hace más que retomar la oposición "habla/lenguaje" a la que ya se había referido en el "Discours de Rome":

"Siempre encontramos la doble referencia al habla y al lenguaje. Para liberar al habla del sujeto, lo introducimos en el lenguaje de su deseo, es decir en el lenguaje primero en el que, más allá de lo que nos dice de él, nos habla sin saberlo y en los símbolos del síntoma, en primer lugar."202

La intervención analítica tiene la categoría de una operación de lenguaje que se produce bajo la forma de un corte significante en el orden de lo dicho para liberar al "lenguaje primero" del deseo inconsciente que se articula en el decir.

18.

La alienación del sujeto en el Yo