Los cambios producidos en los últimos veinte años en la economía internacional conllevan la necesidad de una profunda reformulación de las corrientes teóricas e ideológicas predominantes en las ciencias sociales. Tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados y dependientes, como Brasil, se producen profundos cambios de enfoque que tratan de adaptarse a las transformaciones actualmente en curso. 13
Las ciencias sociales se habían adaptado a la idea de una ascensión económico-social permanente y continua, tal como había sucedido después de la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, parecía consolidada la hegemonía norteamericana sobre un sistema capitalista internacional integrado. Las enormes desigualdades de ese sistema se resolverían por medio de la transferencia de capitales y tecnología y el consiguiente desarrollo económico, social y político de los países “en vías de desarrollo”. Tales objetivos podrían realizarse por el proceso de “modernización”, que superaría los tradicionales “obstáculos” que trataban el desarrollo. A pesar de los fracasos representados por la revolución china, coreana, yugoslava, vietnamita del sur, cubana y argelina, el poderío militar norteamericano y las tácticas de contrainsurgencia permitirían recuperar el terreno perdido, restablecer el orden y retomar los canales “normales” del desarrollo.
Este optimismo comenzó a desvanecerse en los últimos años de la década del 60. Como vimos, los países capitalistas desarrollados comenzaban a ser sacudidos por violentos movimientos sociales “inexplicables” como por ejemplo el Mayo francés, el verano caliente italiano, los cuestionamientos estudiantiles en Colombia y en Berkeley, las agitaciones japonesas, etc. Los partidarios conservadores perdían las elecciones en Europa y se iniciaban gobiernos social-demócratas y socialistas. Las divergencias entre Estados Unidos y Europa se ampliaban en torno de la guerra de Vietnam. El dólar iniciaba su caída como moneda internacional: comenzaba su desvalorización en relación con el oro y la “serpiente” monetaria, con la inestabilidad de todas las monedas europeas.
Vimos también que desde 1966-67 las recesiones económicas de los países desarrollados comienzan a sincronizarse ya a repetirse en períodos cada vez más cortos y en formas cada vez más agudas. Europa se abre en dirección al Oriente comunista, antes considerado bárbaro y “atrasado”. En la década del 70 los Estados Unidos, derrotados, abandonan Vietnam del Norte: asisten impotentes a la revolución africana, al ascenso del movimiento palestino, del socialismo árabe y a la “incomprensible” revolución de Irán. Después de recurrir a la aventura fascista para contener la transición pacífica al socialismo en Chile, terminan la década derrotados en la OEA y obligados a aceptar el triunfo sandinista en Nicaragua.
Junto a la humillación del centro articulador del capitalismo internacional, se profundiza la crisis en los países capitalistas desarrollados: las recesiones combinadas en altas tasas de inflación anuncian un largo período de crisis. El desempleo asume proporciones alarmantes y se convierte en un fenómeno permanente.
La expulsión de los trabajadores emigrantes –ahora excedentes- acentúa el racismo. La criminalidad se expande junto con el desempleo. Se deteriora el clima social y la juventud –más directamente afectada por esta situación- se decepciona cada vez más y se refugia en la cultura de la droga o bien reacciona por la vía del conservadorismo restaurador, en el plano moral, de un mundo material que ya no puede alcanzar.
Son entonces enormes los nuevos problemas que surgen de la larga fase depresiva iniciada en 1966-67 y el pensamiento social tiene que adaptarse a esas nuevas realidades. En este nuevo contexto podríamos tratar de sintetizar los tres principales líneas de reordenamiento d las corrientes doctrinarias y sus expresiones más elaboradas teóricamente:
a) El neoliberalismo
En primer lugar, podemos constatar una revisión del pensamiento liberal en torno de un nuevo liberalismo claramente conservador en el plano económico, político y cultural.
Se hace muy difícil conciliar en nuestros días la defensa de la “libre iniciativa” y el “libre comercio” en una economía nacional dominada por pocas firmas monopólicas; una violenta centralización del sistema financiero y una articulación de grupos económicos, cada vez más poderosos, entre sí y con el Estado, obligado a intervenir crecientemente para regular el funcionamiento de la economía y para asegurar la tasa de ganancia de los capitalistas. En el plano internacional, la retórica neoliberal se enfrenta a la realidad del creciente proteccionismo, el fortalecimiento del nacionalismo, la intervención masiva y compacta de las organizaciones internacionales –sobre todo el Fondo Monetario Internacional- en la regulación no sólo del comercio mundial, sino también de las políticas económicas nacionales.
Sin embargo, el pensamiento neoliberal alcanza cierta respetabilidad social al conseguir algunos resultados positivos en el combate a la inflación, que corroe el organismo oficial. Esos éxitos se logran a partir de la definición de situación de “exceso” en relación con una oferta en disminución, debida a la recesión. Reducción del déficit fiscal, contención del crédito, restablecimiento de la competencia internacional para obligar a rebajar los costos internos y “racionalización” del aparato productivo a través de la destrucción de las empresas tecnológicamente atrasadas: estas son algunas de las medidas clave para devolver al capitalismo una vitalidad amenazada por la crisis internacional.
La victoria de esas tesis conservadoras provoca enormes convulsiones sociales, arruina y destruye a amplios sectores de trabajadores y pequeños y medianos propietarios y desnuda el carácter explotador, anárquico y antipopular del sistema capitalista.
De este modo el neoliberalismo asume una posición cada vez más espiritualista y fundamentalista, abandonando sus antecedentes racionalistas y materialistas. Ese espiritualismo es un refugio moral para negar y ocultar los efectos reales de la conservación de un sistema económico cada vez más retrógrado: el desempleo, la criminalidad, la drogadicción y otras lacras morales de un sistema socioeconómico en decadencia.
b) El neorreformismo
Una segunda corriente podría denominarse neorreformismo. El neorreformismo se ve hoy revitalizado por el crecimiento de los partidos social-demócratas y socialistas y por el fortalecimiento de gobiernos progresistas del Tercer Mundo, dentro del contexto de una crisis que socava la fuerza y el prestigio de los países centrales.
Bajo el impacto de la crisis, los obreros y los asalariados de los países desarrollados tratan de defenderse generando mecanismos de protección del salario y del empleo. Sin embargo, la crisis tiene implícita la revolución científico-tecnológica, que disminuye cada vez más el tiempo de trabajo necesario para producir los medios de subsistencia humana. Lo que podría ser una bendición para la humanidad se convierte en una desgracia, dentro de un modo de producción estrecho para asimilar esos avances de las fuerzas productivas. Se plantea así el problema más profundo de la reducción de la jornada de trabajo –única forma de neutralizar los efectos perversos del avance tecnológico- y de la creación de nuevas dimensiones de la actividad creadora humana en el tiempo libre dejado por la disminución del tiempo de trabajo necesario. El neorreformismo se siente intimidado frente a esas transformaciones tan radicales y trata de limitar el alcance de las mismas. Imagina mil maneras de adaptar la sociedad a formas productivas más limitadas, a tecnología “apropiadas” y estimula el sector “informal” de la economía, donde sobrevive el pequeño trabajador autónomo.
En el sector ocupacional defiende las medidas de bienestar social y el seguro de desempleo para proteger a los desempleados o subempleados; y en el campo de las relaciones de trabajo trata de garantizar los salarios dentro del contexto, de un sindicalismo vaciado por la apatía de los trabajadores.
En el campo internacional trata de articular a los países subdesarrollados para el establecimiento de normas más igualitarias en las relaciones económicas internacionales, protegiéndose contra la avasalladora acción de las corporaciones multinacionales. Al mismo tiempo trata de salvar la paz dentro del contexto de una confrontación cada vez más decisiva entre los dos grandes sistemas socioeconómicos y sus expresiones nacionales.
El reformismo presenta una posición de resistencia y sobrevivencia de valores del radicalismo. Su pragmatismo se torna ineficaz en cuanto a las grandes decisiones a ser tomadas. Véase por ejemplo el caso de la lucha contra la inflación. Esta sólo puede ser contenida dentro del contexto de una política de austeridad que restringe drásticamente los gastos del Estado y limita las ganancias y, sobre todo, las ventas de los capitalistas. Temerosos de tocar intereses económicos tan fuertes, el reformismo promete mejoras para los trabajadores sin afectar los intereses. El resultado es una política inflacionaria que lleva a la caída de los partidos social-demócratas en todos los países donde no se decida a enfrentar las consecuencias drásticas de una política austera. En Francia se corrigió rápidamente el rubro inflacionario tomando una dirección a la derecha, buscando una conciliación con el gran capital y restringiendo la distribución de la renta. En Grecia, la visión económica más profunda de Papandreu permitió seguir un camino austero en interés de la clase trabajadora. Sin embargo estas excepciones confirman la regla.
c) El pensamiento socialista
El pensamiento socialista revolucionario, en sus diversas versiones, se encuentra también en profunda transformación. Después de un auge de ensayos revolucionarios en la década del 60, el ímpetu radical de esa corriente fue contenido y los modelos rígidos y utópicos de la acción social se fueron disolviendo. Piénsese por ejemplo en la “revolución cultural”, el “foquismo” el “populismo”, etc. Estas y otras versiones unilaterales de la táctica revolucionaria cedieron el paso a un pragmatismo y a la búsqueda de una adaptación a las condiciones históricas concretas. La experiencia de la Unidad Popular chilena y las luchas democráticas en América Latina se articulan con la polivalencia táctica de procesos como el vietnamita y el nicaragüense, y con el éxito de las luchas de liberación africanas. La rígida contraposición entre reforma y revolución se diluye frente a las necesidades concretas de amplios procesos democráticos que reconstituyen la lucha electoral. Las necesidades de los Estados nacionales progresistas de mejorar las perspectivas de la economía nacional abren un enorme campo de acción en los foros internacionales, particularmente en el
Movimiento de los No Alineados, en la UNCTAD, en el Grupo de los 77, en el diálogo, Norte-Sur, en la UNESCO y en la OIT. Dentro de este marco de apertura de foros internacionales, cumple un especial papel el renacimiento de la Internacional Socialista, fuera del contexto de la guerra fría y dentro del marco de la búsqueda de una mayor independencia estratégico-táctica europea.
Tal como en el plano internacional, en el plano nacional se rehacen los frentes y las alianzas, y viejos enemigos se reconcilian, abriendo un nuevo espacio de colaboración entre reformistas y revolucionarios que tal vez tengan en el proceso nicaragüense su forma más elaborada.
Hacia la ultraizquierda –como resultado de ese desplazamiento del pensamiento revolucionario hacia el centro- renace el anarquismo, bajo la presión del desempleo cada vez mayor. Se anuncian peligrosas confrontaciones entre los desprendimientos anarquistas de las izquierdas y las huestes fascistas desarrolladas a la sombra de gobiernos conservadores cada vez más agresivos.
Brasil no escapa a este panorama internacional. Después de vivir la experiencia extrema de un modelo económico concentrador y marginalizador y de un Estado autoritario que llegó a las puertas del fascismo, Brasil se convirtió en una de las zonas claves del escenario internacional. Con una población en crecimiento, que lo transformó en uno de los países más populosos del mundo; con una industria poderosa y un espacio geográfico aún vacío y en proceso de colonización; con la sobrecarga de tener que pagar la mayor deuda externa del mundo subdesarrollado, este país puede convertirse en un laboratorio de las grandes transformaciones que aguardan a la humanidad en el siglo XXI.
La lucha de estas corrientes teóricas y doctrinarias tiende, pues, a profundizarse en Brasil. El pensamiento social latinoamericano eclosionó a nivel internacional en la década del 60 con la teoría de la dependencia, la teología de la liberación, la pedagogía del oprimido, la reforma universitaria y los movimientos de apoyo a la cultura popular. Estos avances en el campo de las ciencias sociales se unieron al boom literario latinoamericano, la bossa nova y el cinema novo para configurar y expresar la vitalidad de una cultura renovada por los amplios y abarcadores procesos revolucionarios y luchas sociales de las últimas décadas. En la medida en que avanza el proceso democrático en nuestro país recuperamos nuestra savia cultural y se profundiza la capacidad creadora de nuestra producción intelectual. Asimilar la revolución científico- técnica actualmente en curso, romper las barreras de una economía internacional desigual y expoliadora, abrir el camino para el advenimiento de una civilización democrática, participativa y socialmente justa en el Tercer Mundo: todas éstas son tareas importantes y desafíos fundamentales que se plantean a nuestra intelectualidad y a nuestro pueblo y que deberán motivar a las nuevas generaciones.